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	<title>1973 Palabras de Memoria archivos - Letras de Chile</title>
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	<description>Literatura  Chilena</description>
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	<title>1973 Palabras de Memoria archivos - Letras de Chile</title>
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		<title>El Once a Las Once</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Feb 2020 20:29:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Juan Carlos García Araya Arica amaneció como los días anteriores: en estado de emergencia y con patrullas militares en las calles. Por eso no me sorprendió su presencia. Estudiante de la Universidad de Chile, sede Arica, cerca de las ocho de la mañana nos reunimos, entre ellos Jorge Fuentes, el Trosko hoy desaparecido, en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Juan Carlos García Araya</strong></em></p>
<p>Arica amaneció como los días anteriores: en estado de emergencia y con patrullas militares en las calles. Por eso no me sorprendió su presencia. Estudiante de la Universidad de Chile, sede Arica, cerca de las ocho de la mañana nos reunimos, entre ellos Jorge Fuentes, el Trosko hoy desaparecido, en una casa de la Población “Venceremos”. Estuvimos allí hasta cerca de las once y no se nos ocurrió prender la radio ni la televisión.</p>
<p><span id="more-5194"></span></p>
<p>Salí a la calle acompañado del Tevo y al llegar la esquina una camioneta conducida por un trabajador de “Mellafe y Salas” se detuvo y nos informó con voz emocionada del golpe de estado. Quedamos impactados, imaginábamos, aunque no suficientemente, los efectos y consecuencias de una dictadura militar.</p>
<p>Subimos al vehículo, partió rumbo al centro de la ciudad. Íbamos por una calle polvorienta cuando nos hizo parar una angustiada señora. Llorando nos pidió que trasladáramos a su marido al hospital pues había sufrido un ataque cardíaco al escuchar la noticia de la muerte del Presidente Allende. Nuevamente quedamos impresionados. ¡El Chicho había muerto! ¡Esto ya no tenía vuelta atrás!</p>
<p>Pusimos al hombre en la cabina y nosotros nos encaramamos en la parte trasera. Partimos rápidamente. Patrullas militares nos detuvieron dos veces, con voz entrecortada explicamos que llevábamos un enfermo a la posta. Continuamos hasta el cruce ferroviario, otro alto, una patrulla de carabineros. Nos hicieron bajar y controlaron nuestras identidades. Volvimos a explicar que conducíamos a un moribundo. El uniformado no sabía qué hacer, quizás estaba tan asustado como nosotros, finalmente dejó proseguir la camioneta con solo el chofer y el enfermo, el resto nos quedamos hasta que se decidió a dejarnos ir. Cada uno partió por su lado.</p>
<p>¿Qué pasó con ese hombre? ¿Sobrevivió, falleció? ¿Cómo se llamaba? Durante más de cuarenta años me lo he preguntado y todavía no obtengo respuesta.</p>
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		<title>11 de Septiembre: Palabras de Memoria</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Oct 2019 12:36:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Ana María del Río ES MARTES. Es martes. Me levanto a las 5.30. Oscuro todavía. Veo la ventana de Juan Pablo, el Juanpa, prendida. Se quedó estudiando toda la noche. Ingeniería. U. de Chile. Juanpa. Mi vecino. Me gusta. Yo a él no, creo. No sé. Lo más probable es que no. La historia [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Ana María del Río</strong></em></p>
<p><strong>ES MARTES.</strong></p>
<p>Es martes. Me levanto a las 5.30. Oscuro todavía. Veo la ventana de Juan Pablo, el Juanpa, prendida. Se quedó estudiando toda la noche. Ingeniería. U. de Chile. Juanpa. Mi vecino. Me gusta. Yo a él no, creo. No sé. Lo más probable es que no. La historia de mi vida, pienso. Que me gusten aquellos a quienes no les gusto. Y sin viceversa.</p>
<p><span id="more-5024"></span></p>
<p>Ya, córtala con la lágrima, pienso. Hoy toca cola del pan, atina. Me visto y salgo. Está oscuro. Frío afilado. Las mujeres tejen calcetines chilotes. A cuatro palillos. Una cola, un par de calcetines. Los hombres se balancean de un zapato al otro, se restriegan las manos. Ya ni siquiera hablan de fútbol. Nadie habla. Avanzamos de a centímetros. La cuenta de luz en la mano. Para acreditar comuna. Vivo en La Sierra 1480. Frente al Calvo Mackenna. En las madrugadas, la fila de madres silenciosas apretando a sus hijos envueltos en chales. Caminando dentro de la niebla. Todo silente. La cola del pan, lenta. Qué bien. Faltan dos más y me toca. Entonces, alguien cuelga un letrero: «No hay pan». Me ponen 2 Confort y un tarro de salsa de tomates en la mano. Mierda. Necesito pan. He soñado con pan. Caliente, la mantequilla chorreando. Lo arreglaré, pienso. En mi casa, nadie arregla nadie se encarga de nada desde hace tres días. Nadie respira. Nadie habla. Acaba de morir mi hermano, hace tres días. Accidente de auto y huelga de médicos en Posta Central. Mi madre, encerrada en la oficina todo el día. Sale a las 6.00, regresa a las 24.00. Inamovible. La mujer recia. Frente alta, su abrigo color coral. Destroza su dolor a puerta cerrada. Yo me encargo. Casa. ¿Hogar? No sé. Tengo 19 años. Hija mayor. Todo lo que eso implica. Mi padre, en estado latente, sentado en el sillón de su pieza de donde no se levantará sino para tenderse en su ataúd, 3 años después. Yo me encargo. Tendré que ir a tocarle el timbre a la amante del tetrarca. Es vecina nuestra. Ella tiene sacos de harina en el subterráneo. Tiene sacos de todo lo existente. Es amable. Mide un metro cincuenta y siete, un ojo con nube, pelo negro, lustroso, manos anchas, caderas más aún y tiene vuelto loco al tetrarca. Este llega en las noches en un auto con escolta. Dos hombres nocturnos, junto al auto toda la noche. Fuman. Lo esperan. El tetrarca se va a las 5.00. Lo veo siempre. A esa hora suena mi despertador. El tetrarca le deja sacos de todo. Ella es amable. Nadie le habla en el barrio. Le dicen «la amante». La miran rodeando su contorno, como quien marca la silueta de un muerto. Soy la única que conversa con ella. Poco. No es de muchas palabras, pero tiene una sonrisa bellísima. Se lo digo. Me hace cariño en la cara. –Tú eres la linda, –dice. Pienso que no, que se equivoca. Si fuera verdad, él, Juan Pablo, el Juanpa, me daría bola. Es la historia de mi vida y no me gusta. No tiene trazas de cambiar. Ella abre la puerta. –Qué me cuentas, dice. Le digo lo de la cola donde se acabó el pan. Ella me mira. Aparece su sonrisa. –¿Trueque?, –susurra. –Trueque, –digo. Atravieso a mi casa. Voy a la biblioteca y saco el tomo 2 de la Colección Rivadeneira de Autores Españoles. Encuadernado en cuero y pasta española. Me parece un trueque justo. El pan, pienso, el pan. Tendremos pan para siempre. Son 71 tomos. Eso me tranquiliza. Pienso que la cultura es todo. Pan. Ella hojea el volumen. –Qué maravilla, –dice–Con esto tendré para hablar de libros y cosas cultas con el monito. La miro. Sin preguntas. Presumo que el monito es el tetrarca. –Ven a la despensa, –dice. Me da un saco de harina entero, 45 kilos, y un tarro grande de manteca, como los de pintura al óleo. –Esto va de yapa, –dice y me entrega un cartón de 30 huevos. No puedo creerlo. Me suena el estómago. Pan, pienso. Arrastro el tesoro a mi casa. Lo guardo con llave en la despensa. Haré pan en la tarde, pienso. Luego me doy cuenta de que no sé hacer pan. Vuelvo. Le pregunto a ella. De nuevo su sonrisa luminosa, que la convierte en un ser de otro mundo. –Ven, –dice. Me lleva a la cocina. Abre un saco de harina y saca 3 tazas. Las vierte en un bolo. Luego saca la manteca y la pone en sartén. –Hoy vas a hacer pan, –dice. Una hora después atravieso a mi casa con una bolsa de harina donde late, caliente, con pulso propio, el primer pan que he hecho en mi vida. Miro la hora. Mierda. Son las 9.30. Tengo prueba a las 12 y no he estudiado nada. Lingüística Diacrónica. Campus Oriente. Luego, la temida clase con Cedomil Goic. No he hecho la traducción de Roman Jakobson, el capítulo «Ensayos de Lingüistica General». La impertinencia del lenguaje poético». Se la prometí al grupo. Luego, tengo reunión en el grupo de célula. Iremos este sábado a la población La Estrella de Maipú para grabar historias de vida. Me lanzo escaleras arriba. Abro el Larousse y comienzo a traducir a empellones. «Cuál es el rasgo indispensable inherente en cualquier fragmento poético? La impertinencia. Esta es la esencia del lenguaje poético», escribo frenética, tecleando en la Underwood de mi padre. Apúrate. A las 12.00, la prueba. La radio prendida. De pronto, un silencio. El inicio la canción nacional y un corte. Fritura. Luego, como desde el fondo de un pozo, la voz de Allende como bajando a una profundida indescifrable: «&#8230;un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad&#8230; » Corte. Ruido de fritura extrema. Subo el volumen. «&#8230;seguramente Radio Magallanes será acallada y&#8230;». Nuevo corte. Me pongo de pie. Manipulo la radio. Hay solo una. Más fritura. «&#8230;este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas&#8230;». Corte definitivo. Una serie de sonidos ininteligibles. En mi calle, bocinas, y un ruido de hierro apocalíptico que se viene acercando por Antonio Varas. Mierda. Luego, el timbre. Bajo escaleras de dos en dos. Abro violentamente. Es él. Es Juan Pablo. Juanpa. Dios. Me mira. Tiene los ojos muy abiertos. –¿Oíste? Lo miro. Quedo sin habla. Él me toma del brazo. –Dios mío, –dice–. Pasó. No me da la voz para preguntar –¿Qué? Me acerca a él. Su cara está arrasada por algo mayor que nosotros dos. –Ven, –dice. Me pesca de los hombros y cruzamos la calle corriendo hacia su casa. Yo levito. Voy corriendo a 7 centímetros sobre la realidad, sin tocarla. Le siento el olor. Colonia de hombre. Debo estar horrible, pienso. ¿Me peiné en la mañana? No me acuerdo. Me lleva a toda velocidad. Subimos al segundo piso de su casa. Ventanas abiertas. Corrientes de aire cierran las puertas violentamente. En la calle, más cerca, el ruido de fierros rechinando. –Ven, –vuelve a decir. Escalera más estrecha. Nos encaramamos al altillo de su casa. Me toma en brazos y me sube por el tragaluz. –No te pesques de las tejas, –dice–. Ahí voy, –dice después. Estamos los dos en el techo. Cierra el tragaluz. El paisaje de los techos de Santiago. Desplegado como si uno fuera Dios. Me mira. Me atrae a él. Está desolado. Sus ojos oscuros, más oscuros que nunca. Sus manos grandes de pulgar largo. Lo amo, por supuesto. Para siempre. –¿Te das cuenta, Ana?, –dice–. El primer gobierno socialista del mundo elegido por votación popular en el mundo. ¡Arrasado por el poder de la Derecha! ¡Todo el ejército en la traición, Ana, todos! Sigue hablando. Pero yo ya no lo oigo. El ruido de motores en el aire tapa su voz. –¡Los Hawker Hunter!, –vocifera él. Me tira al suelo junto con él. Quedo bajo su tórax. –No tengas miedo, –susurra–. No, no tengo miedo, no tendré nunca más miedo alguno, porque ese momento con las explosiones lejanas que parecen pequeñas bombas de humo y el ruido inconcebible de las tanquetas del Regimiento Cazadores pasando por la calle Antonio Varas esa mañana eterna de 11 de septiembre de 1973, se disuelven por completo porque Juan Pablo, el Juanpa me mira bajo él, me pasa su dedo índice por mis cejas, me levanta levemente la barbilla y me besa duro, brusco, desolado, solo, horrorizado con el horror de aire y tierra y el ruido y me hace el amor duro, y brusco y desolado y asolado y eterno, y al mismo tiempo pleno, carnoso, floreciente porque es mi primera vez y me dejaré desollar viva antes de reconocer eso y sé que nunca podré olvidar ese momento aunque pasen los milenios por debajo del arco de mis cejas.</p>
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		<title>Extracto de la novela sobre el 11 de septiembre de 1973</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Oct 2019 13:57:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Alejandra Basualto Extracto de la novela “Invisible, viendo caer la nieve”, Ed. La Trastienda, Santiago, 2012Cap. 5, La marejada, p. 85 El centro de Santiago apareció súbitamente despoblado. Era la mañana del martes 11 de septiembre de 1973. Muchos oficinistas permanecían en casa, expectantes ante la radio encendida. Los días anteriores habían sido de [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Alejandra Basualto</strong></em></p>
<p><em>Extracto de la novela “Invisible, viendo caer la nieve”, Ed. La Trastienda, Santiago, 2012</em><br /><em>Cap. 5, La marejada, p. 85</em></p>
<p>El centro de Santiago apareció súbitamente despoblado. Era la mañana del martes 11 de septiembre de 1973. Muchos oficinistas permanecían en casa, expectantes ante la radio encendida. Los días anteriores habían sido de mucha efervescencia política y las noticias sonaban cada vez más alarmantes. Los ciudadanos se habían acostumbrado a seguir los acontecimientos minuto a minuto por las emisoras de radio y la televisión.</p>
<p><span id="more-5003"></span></p>
<p>De pronto la voz del locutor pareció alterada, su tono cauto comenzó a descontrolarse, cada vez más alto hasta volverse atiplado. Se le rompe la voz: “Militares avanzan hacia La Moneda. Aviones de combate cruzan el cielo” y el ruido ensordecedor que proviene del parlante del aparato, ahora cae también del cielo, se cuela por la ventana y rompe la mañana primaveral en pedazos disímiles. Toda la ciudad parece enmudecer a pesar del estruendo. Los automovilistas dan la vuelta y corren a sus hogares. Luego, la voz del presidente, grave, quebrada, decidida, se despide del país. Aviones. Aviones. Y más fuego. El sol ha sido rasguñado y manchones de nubes delatan apenas el atropello. Rostros desconocidos en la televisión anuncian bandos, proyectan desolación a través de lo que no muestran las cámaras. ¡Imposible! Nadie va a creerlo jamás.</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>“Lleven a los niños al patio interior.” </em><br /><em>“Que nadie se asome a las ventanas.” </em><br /><em>“Esto es una pesadilla.” </em><br /><em>“Mamá ¿por qué tantos aviones?” </em><br /><em>“Mamá, hoy no tengo que ir al colegio ¿cierto?”</em></p>
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		<title>Lo Que Nos Tocó Vivir El 11 Como Niños: Testimonios Breves</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 23 Sep 2019 14:30:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Juan Carlos Castro: Yo recuerdo que mi abuela me pide que le lleve el desayuno a mi abuelo: su café y un pan. El viejo escuchaba la radio… Fue la única vez que lo vi llorar. Nos abrazó y no dijo más nada. Luis Matte Lira: Yo a esta hora, después de comer, ese 11 [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Juan Carlos Castro</strong>:</p>
<p>Yo recuerdo que mi abuela me pide que le lleve el desayuno a mi abuelo: su café y un pan. El viejo escuchaba la radio…</p>
<p>Fue la única vez que lo vi llorar. Nos abrazó y no dijo más nada.</p>
<p><span id="more-4979"></span></p>
<p><strong>Luis Matte Lira</strong>:</p>
<p>Yo a esta hora, después de comer, ese 11 hacía pucheros de pena en mi pieza, porque habían matado a Allende, y en la noche soñé que era mentira.</p>
<p><strong>Guillermo Ocampo</strong>:</p>
<p>Yo recuerdo cómo mi viejo nos reunió a los hijos mayores, Hugo y yo, y nos dijo “vienen tiempos muy difíciles”. Horas más tarde, tuvo que presentarse en el Regimiento Sangra, porque fue llamado en el Bando N°1 de la Provincia de Llanquihue. Afortunadamente, en la noche, volvió mi viejo a casa. Cuestión que no vivieron tantas y tantas familias, como nuestros amigos Aguilar de Osorno. Nada ni nadie está olvidado: “Verdad, Justicia y reparación”.</p>
<p><strong>Eduardo Contreras Villablanca</strong>:</p>
<p>Ese día mi mamá me despertó temprano y me dijo algo así como:</p>
<p>—Los fascistas mataron a Allende. Tu padre está en Santiago, no hemos podido comunicarnos y no sabemos dónde está, nos tenemos que ir al tiro de la casa, a escondernos donde los tíos Pedro y Elisa.</p>
<p>Creo que no atiné a decir nada. Mi madre se agachó para abrazarme y lloró, pero rápidamente se levantó enjugándose las lágrimas para tomar una maleta, luego caminó hacia la puerta de salida.</p>
<p>Jodida la primera noche en la casa de los tíos. No eran tíos realmente, pero de tan amigos llegaban a parecer hermanos de mis padres. Hubo una balacera en el barrio y tuvimos que pasar la noche tendidos de guata en el suelo. En algunas de esas noches de tiroteo los adultos supieron que los militares estaban allanando las casas de ese barrio, así que nos fuimos a donde el “Rucio” Merino, también amigo de mis padres.</p>
<p>En esos días escondidos, algo me trataron de ocultar los acontecimientos, sin embargo, por retazos de las conversaciones me fui enterando de que habían matado también a Víctor Jara y al amigo de la familia: Ricardo Lagos Reyes, el alcalde socialista que había sucedido a mi padre en la Municipalidad de Chillán; y supe que habían fusilado también a la esposa embarazada del tío Ricardo y a Carlos Eduardo, su hijo de veinte. Nada sabíamos de mi otro “tío” Ricardo: Ricardo Stevens, después supimos que se había salvado.</p>
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		<title>Un día solo como nunca</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 23 Sep 2019 12:26:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Federico Gana Johnson Me zamarrea con una mano mi madre mientras en la otra equilibra apenas un café humeante. Nunca la he visto tan nerviosa. Yo he dormido poco. Le adivino una profunda, desconcertante tristeza. «Despierta, parece que hay noticias de militares que se están alzando». Son las siete y media de la mañana. [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2019/09/23/un-dia-solo-como-nunca/">Un día solo como nunca</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Federico Gana Johnson</strong></em></p>
<p>Me zamarrea con una mano mi madre mientras en la otra equilibra apenas un café humeante. Nunca la he visto tan nerviosa. Yo he dormido poco. Le adivino una profunda, desconcertante tristeza.</p>
<p><span id="more-4971"></span></p>
<p><strong>«Despierta, parece que hay noticias de militares que se están alzando».</strong></p>
<p>Son las siete y media de la mañana. Me he acostado apenas una hora antes, luego de pasar toda la noche en Chile Films junto al cineasta Jesús Panero, avanzando en el documental que el Partido MAPU, al que pertenezco, me ha pedido sobre el fallecido líder Rodrigo Ambrosio. Trato de ordenar mis pensamientos. Lo que todos veíamos venir pero no podíamos creer, está aquí. Sin embargo, apenas puedo recibir la nebulosa información. Atolondradamente, intento beber el café. Está hirviendo, como todo el entorno. Y entre ese sueño atacado violentamente por la realidad, recién comienzo a atar algunos cabos y comprendo fácilmente entonces por qué en la gasolinera de avenida Santa María con Los Conquistadores, donde pude con sorpresa hace poco rato llenar el estanque de mi citroneta verde sin que hubiera alguien a quien cancelarle, había tantos carabineros y ningún empleado. Mantuve la incógnita de ese extraño instante preciso hasta que ya no cupieron dudas en el mundo entero: mientras el país dormía, también lo estaban matando.</p>
<p>Debo volver a Chile Films, obvio. Es lo primero que pienso.</p>
<p><strong>«No salgas, ¿es que no escuchas las balas?»</strong>, dice mi madre. Y sí, se escuchan como el bramido que sale del mar cuando hay tormenta. Como el ruido incógnito que sube de las grandes ciudades cuando se las mira desde las alturas.</p>
<p>Jamás podría recordar cuánto rato después crucé el río Mapocho desde Pedro de Valdivia Norte, en mi citroneta. Me asombraron las calles vacías, la ciudad que por primera vez parecía madrugar detenida. Y sí, recién ahora noté que se escuchaban las balas. Una gigantesca balacera animal y afiebrada, en medio de un silencio humano. Fui hacia el oriente por la avenida Providencia, doblé hacia el sur en Tobalaba y continué al oriente por la avenida Cristóbal Colón. Cuando intenté entrar por la pequeña calle que enfila hacia el estacionamiento de Chile Films, un individuo venía corriendo. Me hizo señas para que me detuviera y a gritos entrecortados y jadeantes tanto por la carrera como por el nerviosismo que demostraba, me dijo que ya habían llegado los militares y que hubo ráfagas, muchas ráfagas. Y muertos.</p>
<p><strong>«No entre, por favor no entre. Y lléveme, sáqueme de aquí, vámonos».</strong></p>
<p>Fue la primera persona que, en esas horas incontables que vendrían, subiría a mi vehículo, sin saber yo de quién se trataba. Habría otros más. Y con este desconocido y desesperado pasajero decidimos acercarnos al centro de la ciudad. Bajamos por Colón, Eliodoro Yáñez, Providencia, la Alameda y doblamos en Miraflores. Era mi recorrido diario y resultó extrañísimo. Desconocido.</p>
<p><strong>«Déjeme aquí, después nos vemos».</strong></p>
<p>Sólo eso alcanzó a decirme el pasajero antes de bajar apurado en la plazoleta frente al cerro Santa Lucía y muchas veces en la vida me he preguntado con sincero interés quién sería este desconocido que me impidió el paso a Chile Films. Y, también, quizás me salvó de las primeras madrugadoras ráfagas en el interior de la empresa productora de cine y documentales, donde los militares –después se supo– se habían dirigido con muy especiales y claras órdenes: eliminar a muchos técnicos, productores de cine y autoridades comprometidas con el gobierno de Salvador Allende.</p>
<p>Recuerdo haber bajado por Huérfanos, sin saber para qué. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? ¿A quién llamar? ¿Dónde estarán mis compañeros? Sin embargo, recuerdo la extraña sensación de no tener tiempo para sentir la soledad. Estacioné cerca de calle Bandera, a una cuadra de La Moneda. Caminé hacia la Plaza de la Constitución pero a los pocos metros me di cuenta de que todos corrían alejándose de ella. Me detuve algunos minutos. O apenas un instante, no lo sé. Opté luego por seguir a la gente que corría y, al subir a mi citroneta, cinco o quizás seis personas desconocidas también lo hicieron.</p>
<p><strong>«Hay que salir, hay que irse, compañero».</strong></p>
<p>¿Seríamos todos compañeros? Lo único claro era que todo estaba plagado de incertidumbre.</p>
<p>Doblé por calle Morandé hacia el norte, atravesamos el río frente a la Estación Mapocho y seguimos por Independencia. Como la intención era regresar a mi casa en Pedro de Valdivia Norte, tomé la primera calle hacia el oriente y, a media cuadra, dos carabineros nos hicieron la señal de alto. Eran aproximadamente las diez de la mañana y fue la primera vez en el día en que sentí que estaba perdido y, por lo que se escuchaba informalmente y los rumores, a punto de morir. Uno de los policías se acercó a la ventanilla del auto y me increpó:</p>
<p><strong>«¿Es que no se da cuenta de que va contra el tránsito y más encima pasa frente a la comisaría? ¡Dése vuelta y váyase!»</strong></p>
<p>Sí, en las primeras horas del Golpe Militar más cruento que se nos venía encima de nuestras vidas y por largos años, yo pude ser tan estúpido. ¿Y quiénes serían los demás pasajeros? ¿Cómo cupieron? ¿Por dónde continué y dónde se bajaron estos momentáneos compañeros de escape? ¿Y por qué y de qué escapábamos? Lo único que recuerdo en nebulosa es que regresé a casa y mi madre, presurosa y callada, me sirvió desayuno mientras comenzamos a escuchar los primeros bandos militares en la radio y a llenarnos de silencio con el mar de fondo de una balacera inexplicable. Poderosa. Permanente. Destructora. Desesperadamente triste.</p>
<h3>LA RESISTENCIA</h3>
<p>Guillermo Bown, compañero de curso en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, vivía al frente de mi casa, en los tradicionales departamentos rojos de la plaza Valentín Letelier. Cuando tocó el timbre, el sonido tuvo un eco distinto al acostumbrado. Fue un sonido muy solitario, no esperable. Le abrí la puerta, nos quedamos mirando con la certeza absoluta de que ni él ni yo sabíamos qué hacer. Por la radio se empezaba a anunciar el bombardeo de La Moneda. Y siempre he tratado de recordar pero no he podido establecer en qué momento ambos decidimos salir a caminar por el barrio, sin rumbo fijo. Enfilamos hacia la subida llamada Oasis del cerro San Cristóbal cercano pues, tontamente acaso (o fuera de sí, o porque la vida y la Historia nos estaba zamarreando inconteniblemente), pensamos en buscar altura para ver desde la distancia el anunciado por las radios ya oficiales bombardeo de la Casa de Gobierno. Y hasta hoy mismo, se me pasa a veces por la cabeza que en esos minutos de consternación mi mente y la de mi compañero Guillermo estuvieron perfectamente en blanco.</p>
<p>Aún más, a poco de subir los primeros faldeos del cerro nos sentamos en una roca, en silencio. ¿De qué íbamos a conversar? Tras unos minutos, y no recuerdo de quién fue la ocurrencia, comenzamos a estructurar un sistema de comunicación secreto mediante letras y números pues, ante la gravedad de los acontecimientos que imaginábamos, decidimos seriamente que entrábamos en la clandestinidad y necesitábamos, por lo tanto, seguir comunicados a como diera lugar. Fue nuestro instante de locura heroica. Además, desde la roca donde estábamos, no veíamos La Moneda, pero sí escuchábamos el paso de los aviones destructores y, posteriormente, el tenebroso sonido de las bombas.</p>
<p>Al cabo de un rato, volvimos hacia nuestras casas. Era, quizás, mediodía y no sabía qué hacer. Llamé por teléfono a un compañero dirigente de mi grupo en el MAPU y, ahora lo tomo como algo muy improbable, me contestó. Le pedí que nos juntáramos y quedamos de vernos a una hora después de almuerzo, en la plaza Pedro de Valdivia, lado oriente, en un escaño cerca de avenida Bilbao. Recuerdo haber llegado, estacionado tranquilamente, haberme sentado en el escaño convenido, haber mirado hacia todos lados durante un largo rato más allá de la hora de la cita y haberme sentido profundamente solo, pues no únicamente el compañero no llegó sino que tampoco había nadie. Era una plaza sin niños, sin vendedores de globos, sin jardineros, sin regadores de agua abiertos. No pasaban vehículos por las calles, solo estaba mi citroneta estacionada. Estúpidamente estacionada y expuesta, pero no me daba cuenta.</p>
<p>Luego de un rato, decidí irme, pero sin saber hacia dónde. Bajé por Bilbao, doblé hacia el sur por Manuel Montt, crucé la avenida Irarrázaval hasta el sector de Grecia, pasé frente al vacío Estadio Nacional y regresé hacia el norte por la avenida Pedro de Valdivia. Era un trayecto sin destino y así lo empezaba a sentir. Luego de cruzar la calle José Domingo Cañas una niña despavorida se aferró con desesperación a la ventana de mi auto y yo me detuve. Al fin alguien. Gritaba no exactamente frases incoherentes, sino que me sonaron ausentes de cordura, alejadas de la realidad o quizás era la realidad del momento y era yo quien estaría fuera de ella. Gritaba la niña de ojos destemplados, por ejemplo:</p>
<p><strong>¡Que todos salgan a las calles!</strong></p>
<p><strong>¡Que tenemos que estar unidos, cada uno en su organización!</strong></p>
<p><strong>¡Dicen que están matando gente, tenemos que hacer lo mismo!</strong></p>
<p><strong>¿Me puedo subir a tu citroneta y seguir contigo?</strong></p>
<p><strong>¿Dónde vas?</strong></p>
<p>Finalmente se acercó ella a otro vehículo y habló al conductor, quizás en los mismos términos que conmigo. Seguí solo. ¿Quién habrá sido esa niña? ¿Habrá vivido? Nunca supe.</p>
<p>Yo no sabía dónde ir, solo hacía que el vehículo avanzara. Como un caballo que sabe su camino de vuelta a casa y al que no hay que guiarlo con el manejo de riendas. He tratado de recordar, sin éxito alguno, el recorrido del tramo entre las esquinas de Pedro de Valdivia y Vicuña Mackenna, por Irarrázaval. Iba en busca de la Plaza Italia. Sólo recuerdo estar recorriendo nuevamente la Alameda, al poniente de La Moneda y haber llegado a la esquina de Las Rejas, donde un pelotón de militares detenía el paso. Un soldado de ojos extrañamente desorbitados que me impactaron por el temor que demostraban y con una carabina al brazo, se me acercó y con voz llorosa y gritona, intentó explicarme:</p>
<p><strong>«Estoy aquí desde anoche, pedimos los documentos a los autos y después se van. Pasan todos. ¿Usted sabe qué ha ocurrido en otras partes? Es que mi hermano, como yo, también entró al regimiento este año y no sé nada de él desde anoche».</strong></p>
<p>Y de ese niño-hombre desambientado y triste, solitario entre los suyos y confuso, miembro forzado de un grupo adueñado de una arteria importante de la ciudad, agotado muchacho uniformado y obedecedor de órdenes superiores, surgió repetidamente la pregunta desesperada que nunca, hasta el instante en que escribo estas líneas, he podido olvidar:</p>
<p><strong>«¿Usted ha visto a mi hermano? Míreme, se parece a mí. Si lo ve, dígale que estoy bien».</strong></p>
<p>Seguí conduciendo, nuevamente envuelto en el olvido momentáneo, pues no recuerdo ni ya nunca sabré cómo ni a qué hora regresé a casa, pero sí fue dentro del horario de toque de queda recién instaurado. Creo, no estoy seguro, que oscureció pronto. Demasiado pronto. Mi madre, que estaba plenamente informada de todo, pues había pasado el día apegada a la radio, me recibió contándome las malas noticias y así supe que todo parecía perdido.</p>
<p>A los pocos minutos irrumpió mi cuñado, que vivía en el mismo sector de Pedro de Valdivia Norte. Venía con una botella de champagne en la mano, feliz y entusiasmado, expresando que la había conseguido en el almacén de la esquina que ya empezaba a distribuir, casi gratuitamente, todos los productos acumulados sumándose al provocado desabastecimiento que imperaba en el país. Este familiar mío, pro dictadura acérrimo, abría así los brazos a los militares. Pasando estúpidamente por sobre el sentimiento de desconsuelo que primaba en el hogar donde yo vivía con mi madre, descorchó la botella de champagne con alegría desbordante y descontrolada. Cayó líquido espumoso al piso de parquet de la sala de estar. La dueña de casa, imperturbable, ordenó a mi cuñado traer un paño de la cocina y limpiar el piso. Recuerdo haber mirado en silencio a este hombre irrespetuoso, triunfal momentos antes, obedeciendo la orden y limpiando arrodillado.</p>
<p>A mi madre, comprometida con el gobierno de Salvador Allende la vi, sin embargo, derrotada en ese instante y en esa tarde, sobre todo cuando conocimos las noticias sobre el Presidente, históricamente asesinado. Y yo mismo comencé a comprender mejor las cosas y a advertir entre tinieblas e imágenes contrapuestas algo del futuro que se nos venía encima.</p>
<p>Habré comido y bebido algo también esa noche, pero lo imborrable en mi memoria es haber subido al segundo piso de mi casa y abierto apenas la ventana del baño, que miraba hacia el oriente. Y permanecer ahí, afirmado al marco de la ventana y, con la sensación de estar escondido, escuchar el sonido como una tormenta de mar enfurecido. Era la realidad de metralletas y guerra mancomunado con el profundo silencio muerto de la ciudad en la que, paulatinamente, se iba tendiendo un manto de soledad, división y una cierta carencia de Humanidad de la cual nunca nos íbamos a liberar completamente.</p>
<p>De veras. Nunca.</p>
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		<title>Cátedra de Educación Cívica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Sep 2019 02:46:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Martín Faunes «La más grande y repetida forma de miseria e infelicidad a que están expuestos los seres humanos consiste en la injusticia, más aún que la propia desgracia.» Immanuel Kant. Nada voy a decir sobre lo que pasó conmigo en aquel horroroso 11 de septiembre, porque por último yo sabía en qué estaba [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Martín Faunes</strong></em></p>
<p style="text-align: right;"><em>«La más grande y repetida forma de miseria e infelicidad </em><br /><em>a que están expuestos los seres humanos consiste en la injusticia, más aún que la propia desgracia.» </em><br /><em>Immanuel Kant.</em></p>
<p><span id="more-4965"></span></p>
<p>Nada voy a decir sobre lo que pasó conmigo en aquel horroroso 11 de septiembre, porque por último yo sabía en qué estaba metido y el riesgo que corría. No vayan a creer por esto que estuve de acuerdo con el golpe, todo lo contrario, de hecho nos preparábamos para enfrentarlo aunque sabíamos que en ese enfrentamiento la sobrevivencia iba a ser dificultosa. Pero sí hablaré de mi padre, que era un tipo locuaz. Nadie que lo conociera podría dudar de eso. Poco dijo, sin embargo, sobre los días que pasó en el Estadio Chile. Apenas, que lo habían apresado porque había decidido permanecer en su lugar de trabajo como profesor, a pesar de las amenazas que les ofrecían a los que no optaran por irse. Y si lo había hecho así fue porque sintió que ese era su deber, con mayor razón si sus alumnos mayoritariamente habían decidido quedarse para defender su escuela. Solo eso nos dijo, jamás entró en detalles de lo que había ocurrido dentro del estadio, donde habían sido llevado junto a los directivos y a los estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, la cual estaba relacionada entonces de manera estrecha con la Escuela Normal José Abelardo Núñez, donde mi padre era el director.</p>
<p>No necesito decir todo lo que quisimos que alguna vez rompiera su silencio, le habría hecho bien no guardarse todas esas cosas que para un viejo radical debieron ser duras si no deseaba recordarlas. No hablo tanto de lo físico, sino más bien al daño que le habían inferido a sus convicciones y al convencimiento de que contábamos con fuerzas armadas constitucionalistas y con una tradición republicana y democrática intachable. ¿Cómo iba a haber entonces un golpe?, él decía, ¿quién se atrevería darlo? En otras palabras, la simbología ética de la escuadra y el compás de su logia Luz y Esperanza, él la atribuía y la proyectaba también al país. Ahora que lo veo desde lejos lo puedo entender mejor y hasta me parece hermoso: los que obran con rectitud piensan que todos actuarán con la misma rectitud, una bella utopía; y esa rectitud obcecada suya y la cuestión del honor, la atribuía a esos que ya habían demostrado con creces no tenerlo. El viejo estaba equivocado. Para nuestras fuerzas armadas la escuadra no era significante, como no lo era tampoco el compás, ni el mazo ni el cincel. Para el ejército símbolos menos constructivos eran los que importaban, el fusil, el corvo, la manopla.</p>
<p>Mi padre se había equivocado y eso lo ponía todavía peor. Alguna vez nos contó, sí, de un débil mental que tenían botado a la entrada del estadio y que milico que pasaba le propinaba un culatazo. Y nos contó del caso del niño que intentó arrebatarle el fusil a un soldado y que había terminado muerto de un disparo junto a la bolsa con que su madre lo había mandado a comprar pan. Nos contó también de Víctor Jara, tan maltratado, pero nada de él, nada de cómo lo habían tratado; y era evidente que el trato con él no había sido digno, por eso, entendiéndolo, y por respeto, nadie quiso preguntarle más.</p>
<p>Bastante tiempo después, de paso por Inglaterra, me encontré con mi primo Pablo que había sido estudiante de Química Industrial de la UTE y había tenido que partir al exilio. Para entonces era catedrático de la Universidad de Bradford. Fue él quien me contó que gracias a mi viejo él había logrado salir de aquel maldito estadio. «Exigió que me soltaran a mí y a varios más, estudiantes de la Universidad Técnica y de la Normal Abelardo Núñez». Su relato me pareció sorprendente.</p>
<p>De vuelta en Chile me atreví a mencionárselo. No fue fácil para nada, pero cuando por fin se decidió a contarlo, empezó preguntándome si recordaba a un teniente o subteniente que bajaba la colina desde el Regimiento de La Serena para hacernos clases de Educación Cívica a nosotros, estudiantes del Liceo de Hombres, ese que hoy se llama «Gregorio Cordovez»; y a mí se me vinieron a la cabeza unas clases aburridísimas en que un uniformado, joven entonces, nos dictaba por las horas de las horas una serie interminable de procedimientos ridículos del tipo «cómo debe izarse correctamente la bandera de la patria». Nosotros, que no podíamos estar menos interesados en esas nobles enseñanzas, pedíamos permiso para ir al baño y ya no volvíamos&#8230; ni locos; permanecíamos escondidos generalmente entre los anaqueles de la biblioteca. Allí, entre lecturas excelentes, podíamos mirar, furtivos, cómo la bibliotecaria se acomodaba las medias. Mi papá era el vicerrector del Liceo de La Serena entonces, y yo, alumno de tercero o de cuarto humanidades.</p>
<p>Le respondí que sí, que lo recordaba perfectamente, cómo no iba a recordarlo si sus clases no eran sino especiales sesiones de tortura. «Pues, al tercero o cuarto día de encierro lo diviso desde la gradería, y me parece a cargo del recinto porque impartía órdenes a diestra y siniestra. Le pedí a un soldado que fuera a decirle que su ex jefe del Liceo de La Serena estaba aquí preso con sus alumnos de la Escuela Normal, y que exigía su libertad y la de todos sus alumnos. El soldado se quedó mirándome sin saber si tenía que darme un culatazo o si era mejor que le fuera a avisar a su mayor o coronel, que sería entonces. La cosa fue que el tipo prefirió ir a avisarle y yo vi cómo se le cuadraba y le indicaba hacia arriba en las graderías al lugar donde me encontraba yo con mis alumnos, y el ex teniente/profesor intentaba verme.</p>
<p>No sé si me vio o no, pero me mandó a buscar. Yo le dije a tu primo y a todos los que estaban cerca fueran de la UTE o la Normal que se mantuvieran en alerta. Bajé entonces, y el tal ahora mayor o coronel pretendió increparme diciéndome: «¿Qué hace aquí usted profesor Faunes?», y me lo dijo el irrespetuoso como haciéndome ver que me había trastornado. En otras palabras, había querido decirme, «¿Qué hace usted aquí?, ¿se ha vuelto loco?». Yo, que lo quedé mirando de arriba abajo y que tendí a reconocer su voz como la del esbirro que nos había recibido en el estadio con un discurso sobre «la sierra de Hitler», una ametralladora con que pensaba asesinarnos, le contesté que si estaba aquí era porque me habían sacado de mi oficina de la Escuela Normal, que era mi lugar de trabajo, y que aquí me tenían con mis alumnos porque era su profesor, y que lo mío no era extraño, lo extraño era verlo a él aquí involucrado en torturas y en un golpe de estado&#8230; imagínate, si el hipócrita había hecho clases de Educación Cívica por tantos años. «¿Acaso está dictando cátedra de educación cívica?».</p>
<p>Así le dije y el tipo se avergonzó. Ofreció dejarme en libertad. «No me muevo de aquí mientras no suelte a todos mis alumnos». Y no quería fíjate&#8230; me dijo: «es que usted no entiende su situación ni la de sus alumnos, señor Faunes, se metieron en algo muy grave&#8230;» Lo interrumpí violento «yo no tengo nada que entender, me suelta a mí y a mis estudiantes y no hay más&#8230;»</p>
<p>Y nos soltó, nos fuimos con tu primo Pablo y el chato Araya, hermano de tu amigo el Chino, y otros treinta o cuarenta de la Normal y la Universidad Técnica caminando muy dignos hasta la Alameda. Ahí dimos la vuelta por la esquina y apretamos corriendo hacia el oriente, hasta no sé&#8230; la Casa García&#8230;» Y ése: «apretamos corriendo», desusado en su lenguaje, lo dijo con un brillo de niño maldadoso en los ojos, tal vez el mismo que debía yo emitir cuando me escapaba de las clases de Educación Cívica del teniente del Regimiento Arica Motorizado de La Serena a mirarle las piernas a la Blanquita del Fierro, nuestra bibliotecaria; y, seguro igual al que él tendría en aquel día catorce o quince cuando, también como un niño, debió correr por Alameda para recobrar su libertad.</p>
<p>Así fue como supimos algo más de lo que había pasado con mi padre. Claro que después el viejo radical y allendista nada más dijo, y qué le hicieron o no le hicieron o si se atrevieron a torturarlo o no, fueron cosas que ya no podremos saber; y cómo podríamos si él desde hace años decora el oriente eterno, aunque desde esos caminos que no conocemos, no cabe duda que nos insta a seguir su ejemplo; esto, a pesar que de manera explícita, él ya no pueda decirnos nada más.</p>
<p>MARTÍN FAUNES AMIGO</p>
<p>El protagonista de este testimonio, era Profesor de Matemáticas y Física, y se desempeñó como tal en la Escuela Normales de Talca, de Valdivia y de La Serena, también en la Universidad Técnica del Estado, Sede La Serena, en el Liceo de Hombres de La Serena, donde llegó a ser Vicerrector, en el Instituto Nacional de Santiago, y en la Escuela Normal Abelardo Núñez de Santiago, de la que fue su último director</p>
<p>El ex teniente del regimiento Arica de La Serena de apellido Manríquez Bravo y nombre César, ex profesor de Educación Cívica del Liceo de Hombres de La Serena, murió hace unos cuatro años en el presidio Punta Peuco, siendo hasta ese momento el único procesado por la muerte de Víctor Jara en el Estadio Chile. Después se descubrió a otros, eran oficiales jóvenes que habían estado presos desde el intento de golpe previo llamado el “Tanquetazo”. El ex teniente Pedro Barrientos, hoy ciudadano norteamericano, de quien se está pidiendo su extradición, aunque no parece haber mucho interés de parte del Estado de Chile por agilizar los trámites que harían esto realidad para que pudiera ser castigado que es lo que corresponde.</p>
<p>Volviendo a ese educador ejemplar que era Manríquez Bravo, él bajaba a hacernos clases de Educación Cívica desde la colina en que estaba el Regimiento, ostentaba el grado de teniente. En realidad, más que clases, lo que hacía era dictarnos los 45 minutos completos desde una libreta que contenía saberes profundos, muy cívicos y republicanos y de raigambre democrática como cuántos eran los diputados y cuántos los senadores, que el presidente duraba seis años en su cargo y que la bandera chilena, de no disponerse de un asta, se debía colgar de alguna la ventana o cornisa con la estrella hacia la derecha o hacia la izquierda, o hacia algún lado así que a mí al menos bastante poco me importa.</p>
<p>Este brillante educador, que lo era tal vez por la necesidad de mejorar sus ingresos, porque para entonces los militares tenían un sueldo normal como los de cualquier empleado público, llegó a ser general de ejército, destacándose también como agente de la DINA, y no solo fue quien comandó el campo de prisioneros Estadio Chile, fue además jefe de la brigada de inteligencia metropolitana, encargada de los grupos Purén y Caupolicán, y posteriormente se hizo cargo del Cuartel Terranova, es decir, de la fatídica Villa Grimaldi. Bastante después llegó a ser subsecretario de guerra de la dictadura hasta 1982.</p>
<p>Manríquez murió en la prisión donde estaba condenado desde el 19 de junio de 2012 a 5 años y 1 día por el secuestro calificado de Héctor Vergara Doxrud, ocurrido a partir del 17 de septiembre de 1974, y ha sido reconocido por victimas sobrevivientes y además por el torturador Guatón Romo como responsable por la tortura y desaparición de un gran número de presos políticos en Villa Grimaldi. Entre otros Jorge D&#8217;Orival Briceño y Jacqueline Binfa Contreras, y estuvo (ya no está porque se murió) sometido a proceso en múltiples otras causas, pero sin duda las más importantes son por los homicidios del cantautor y hombre de teatro Víctor Jara y de Miguel Enríquez, ex secretario general del MIR. Mi padre, para el 11 de septiembre director de la Escuela Normal Abelardo Núñez, donde fue detenido, se encontró con este «prohombre» en ese estadio que ni siquiera con el nuevo nombre con que lo han bautizado se conseguirá borrar las atrocidades que allí se cometieron.</p>
<p>El testimonio <em>Cátedra de educación cívica</em> fue publicado por primera vez en <a href="https://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/gfaunes.htm" target="_blank" rel="noopener">https://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/gfaunes.htm</a>, posteriormente en los libros «Diferentes Miradas, Las historias que podemos contar, volumen dos» (Cuarto Propio, 2006), y en «Chile: Historias que debemos contar» (Monte Ávila Editores, Caracas, Venezuela, 2009).</p>
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		<title>Allende y La Democracia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Sep 2019 02:40:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Carlos Araneda Espinoza Cuando nuevamente recordamos el golpe militar de 1973, y con sus secuelas que aún palpamos en nuestros acumulados culturales, y seguimos esperando que aparezcan nuestros detenidos desparecidos. Poco o casi nada se habla sobre el legado democrático del Presidente Salvador Allende, tema muy importante por el engaño sobre su gobierno que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Carlos Araneda Espinoza</strong></em></p>
<p>Cuando nuevamente recordamos el golpe militar de 1973, y con sus secuelas que aún palpamos en nuestros acumulados culturales, y seguimos esperando que aparezcan nuestros detenidos desparecidos.</p>
<p><span id="more-4964"></span></p>
<p>Poco o casi nada se habla sobre el legado democrático del Presidente Salvador Allende, tema muy importante por el engaño sobre su gobierno que la derecha siempre ha realizado desde sus múltiples espacios mediales. Allende, fue militante del Partido Socialista de Chile y parlamentario por más de 30 años, siempre respetando la constitución de 1925. Cabe destacar que, antes de ser presidente, fue cuatro veces candidato a la primera magistratura, en 1952,1958, 1964 y 1970, e incluso cuando los cantos de las guerrillas y asaltos al poder por las armas eran comunes en la década del cincuenta y sesenta, él se mantuvo fiel al camino democrático.</p>
<p>El mejor ejemplo es su mandato presidencial durante la Unidad Popular. Como nunca, existieron las más amplias libertades en Chile. Allende lo grafica muy bien en su discurso de la ONU en 1972: «Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada.»</p>
<p>Quizás Baradit en su libro <em>La Dictadura</em> hace un buen resumen del tema: «Allende mantuvo hasta el final su compromiso con la democracia chilena, y hasta el mismo 11 de septiembre todos los diarios, radios y periódicos funcionaban libremente. Se quiso llegar al socialismo por la vía democrática y terminamos con el capitalismo neoliberal por la vía armada».</p>
<p>Para terminar, una anécdota que demuestra el compromiso de Allende con la democracia: es de lo que nos enteramos en el 2008, gracias al libro de Ozren Agnic. <em>Allende. El hombre y el político. Memorias de un secretario privado</em>. Agnic cuenta que casi al término de la contienda electoral de 1958, que daba como ganador a Jorge Alessandri, Ibáñez le ofrece al entonces candidato Salvador Allende la realización de un autogolpe para evitar la asunción de Alessandri por la vía de imponer a Allende como presidente. En reunión secreta con generales enviados por Ibáñez –a la que asiste Agnic– este le escucha decir a Salvador Allende: «General, jamás, nunca en mi vida he oído tamaña insensatez y monstruosidad. Me extraña sobremanera que un general de la República se preste para ser el recadero de esta infame maniobra que me está proponiendo Ibáñez a través suyo.</p>
<p>Tenga usted muy claro que mi vida personal es intachable y que jamás prestaré mi nombre ni mi posición para que corra sangre inocente en Chile. Lo aberrante de su mensaje es la antítesis de mis convicciones. ¿Han perdido ustedes la razón?, ¿no han meditado las consecuencias de lo que están planeando? Por esencia, por filosofía demostrada en la trayectoria de toda mi vida política, soy profundamente demócrata. Regresen por donde vinieron y díganle al señor Ibáñez que seré el primero en respetar el veredicto de las urnas, así como seré el primero en combatir cualquier intentona sediciosa en Chile». Para la historia, Salvador Allende es un símbolo de la democracia y la libertad en toda América Latina.</p>
<p><strong>Carlos Araneda Espinoza</strong><br /><em>Profesor de Historia</em></p>
<p><em>11 de septiembre de 2019</em></p>
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		<title>Capítulo realidad-ficción sobre Manuel Condeza (Contreras) cuando se hallaba enclaustrado en su fundo de El Viejo Roble en Fresia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 11 Sep 2019 00:05:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El capítulo que se reproduce pertenece a la novela «Grados de Referencia,» Lom ediciones del año 2011. Nota: capítulo realidad-ficción sobre Manuel Condeza (Contreras) cuando se hallaba enclaustrado en su fundo de El Viejo Roble en Fresia, cerca de Osorno, y el personaje lo entrevista (año 1995) por Juan Mihovilovich 48 ¿Escuchó hablar del Viejo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El capítulo que se reproduce pertenece a la novela «Grados de Referencia,» Lom ediciones del año 2011.</p>
<p><em>Nota: capítulo realidad-ficción sobre Manuel Condeza (Contreras) cuando se hallaba enclaustrado en su fundo de El Viejo Roble en Fresia, cerca de Osorno, y el personaje lo entrevista (año 1995)</em></p>
<p><em><strong>por Juan Mihovilovich</strong></em></p>
<p><span id="more-4950"></span></p>
<h3 style="text-align: center;"><strong>48</strong></h3>
<p>¿Escuchó hablar del Viejo Roble? Haga memoria. Por lo pronto, la idea que transmite es la de un árbol de tronco grueso, madera dura y compacta, de grandes ramas tortuosas y hojas perennes, ¿no es verdad? Y por extensión, la de una persona fuerte, recia y de gran resistencia. Un atleta, tal vez, un leñador, un ovejero o un arriero curtido por las nieves cordilleranas. Puede ser todo o nada de eso. Depende. Lo cierto es que un lunes dieciséis de abril de mil novecientos noventa y cinco vamos rumbo al Viejo Roble. Y al decir que vamos, incluyo a Soledad. Ella es asistente social, una mujer menuda, de sonrisa fácil y actitud maternal. Si la visita a realizar fuera común y corriente, en estricto rigor le correspondería únicamente a ella. Pero claro, no lo es. Su envergadura y riesgos implícitos, el desconocimiento absoluto del lugar añadido a la naturaleza del personaje, obligó a un trabajo de equipo que incluso nos excedía. La decisión del viaje fue ministerial y la designación específica de un abogado que evaluara en terreno los pasos a seguir, le correspondió a Carlos Martel con el visto bueno de la ministra. En su despacho Carlos me consultó si estaba dispuesto a visitar el sitio de voluntaria relegación de Mario Condeza, director de la Central Nacional de Informaciones en la época dictatorial más represiva y temible. Pensé que bromeaba, ¿qué tenía que hacer yo con un sujeto así? ¿Qué significaba que residiera en un lugar ignorado próximo a Osorno cuya única referencia era el nombre del predio? ¿Y qué sentido podía tener esa entrevista? Como recordará, en septiembre de mil novecientos setenta y seis, mientras conducía su automóvil por una avenida de Washington, la explosión de una bomba terminó con la vida de Orlando Laredo, excanciller del régimen de Allende. También murió Ronni Moffitt, su acompañante estadounidense. Imagino que ya hizo el vínculo con Marina Cavieres y su cónyuge. Exactamente, la escritora con quien me reuniera un lejano día del año setenta y ocho en el Parque Forestal de Santiago. Extrañas coincidencias, ¿no cree? Condeza era sindicado como el autor intelectual del asesinato de Laredo y sobre ello ha de estar mejor informado que yo. ¿A qué obedecía, luego, esa visita? La causa criminal la tramitaba un ministro de Corte y la defensa requirió un informe presentencial de Gendarmería con la finalidad de obtener un probable beneficio carcelario. ¿Qué beneficio? Si la condena no excediera los cinco años podía aspirar a una libertad vigilada, es decir, a andar tranquilamente por las calles del país y ser visitado periódicamente por un delegado que verificara su buena conducta. ¿Qué le parece? ¿Imagina que un individuo de tal envergadura circule libremente como cualquier hijo de vecino y que, más encima, se evaluara de tarde en tarde su buena conducta? Al confirmarse el equipo designado hubo una reunión en el Ministerio: siete personas alrededor de una mesa estudiando la operación. La dirección la ejercía la ministra y los datos relevantes los entregaba Martel. Al fin de cuentas era un trabajo profesional de Gendarmería. Hasta allí el paradero de Condeza siempre fue una incógnita pública, más allá de los rumores que lo situaban en el sur. Mientras se vertían opiniones, no pude menos que pensar en las casualidades del destino. Ya Ramírez, un subdirector del servicio, con quien tuviera amistad inicial y término de enemigos, me había transmitido su sana envidia por mi designación. ¿Cómo puede tenerse sana envidia por algo? Si era envidia era también un pecado capital, de querer o desear lo que otro poseía y ese deseo está premunido de un sentimiento de dolor por el bien ajeno. ¿Puede ser sana una deficiencia como esa? Ramírez tenía sentimientos encontrados sobre mí. De su acogida preliminar, llena de promesas y buenos deseos, pasó a una actitud de resentimiento, de cálculo medido y comentarios sibilinos que exteriorizaban su conflicto unilateral. Las razones de su cambio estuvieron matizadas por cuestiones afectivas que no me atrevo a calificar. Sencillamente su conducta varió y ello reafirma lo tantas veces dicho: la amistad es tan frágil como un jarrón de porcelana. Si Ramírez envidiaba sanamente mi tarea era un signo a considerar. Si el destino me situaba ante un personaje odiado y temido, sólo había que aceptar el reto. Y el reto debía ser acorde a la magnitud de la empresa encomendada. ¿Podía actuarse con objetividad? Evaluar sus condiciones de vida, las relaciones familiares y afectivas de Condeza, sus bienes, la disposición y calidad de los objetos de su casa, sus aficiones y problemas personales, ¿darían cuenta de quién era ese individuo que, humilde, requería un informe social y psicológico para acceder a un beneficio alternativo a la prisión? ¿No merecía, lisa y llanamente, quedar recluido como en su guarida del sur? Yo no podía ser objetivo, o bien, mi objetividad coincidía con la de sus crímenes bestiales. ¿Que no había disparado un solo tiro? ¿Que no había torturado a nadie? No me parecían excusas suficientes. Hasta los peores asesinos sienten repugnancia al ver sangrar un dedo o se desmayan ante una autopsia. ¿Cree que Hitler, Stalin o Mussolini inspeccionaban a diario las mazmorras o campos de concentración donde se pudrían miles de seres humanos? Imagino que no. Lo mismo equivalía para Condeza. Con seguridad trazó un plan de exterminio opositor conjuntamente con nuestro pequeño dictador interior. No sonría. De modo indirecto participamos a través de un emisario perverso que ayudamos a consolidar con nuestros temores, complicidades, omisiones o indiferencias. Incluido Condeza, desde luego. En esa reunión importaba dilucidar hasta dónde sería justo el informe a recabar. Lo dije. Mi imparcialidad era directamente proporcional a las monstruosidades cometidas por Condeza. ¿Podía modificarse por terceros ajenos a la visita el carácter o contenido del informe? ¿Habría manos moras incidiendo en un punto o una coma que alterase el sentido de una frase o conclusión? La ministra efectuó un leve movimiento de cabeza y la reunión terminó. O creí que concluía, porque esa reunión se trasladaría al sur, continuaría en nuestras oficinas, permanecería viva en nuestras memorias, días, semanas y años, de otra manera no se explica que hoy la rememore. Y no solo visitaríamos a Condeza: existía una entrevista anexa que ya reseñaré. Por lo pronto, con Soledad y un par de funcionarios de seguridad viajábamos a El Viejo Roble. Transitábamos un camino estrecho y mal conservado junto a una camioneta blanca que nos precedía. En ella viajaban tres individuos encargados de la custodia personal de Condeza que nos habían esperado en Puerto Montt. Con el teniente y su acompañante, que velaban por la nuestra, se había producido un conciliábulo en el aeropuerto. Desde el automóvil observaba el paisaje bajo una lluvia suave y persistente. Atrás quedó la localidad de Fresia y desde allí restaban veintiocho kilómetros de camino barroso y casi inaccesible. A cada lado de la huella aún se erguían árboles nativos y a medida que nos desplazábamos surgían vastas extensiones depredadas por una tala indiscriminada. Una que otra lechería se identificaba con letreros distintivos. El ganado vacuno pastaba libre por el verdor humedecido. No podía eludir la vorágine de mis pensamientos. ¿Pensaba yo o era mediatizado por ellos? Quería controlarlos, pero incursionaban en mi mente apoderándose de mis torpes afanes de dominio. ¿Habría personal militar resguardando el fundo de Condeza? ¿Accederíamos a una especie de bunker con intrincadas ramificaciones subterráneas como se descubrirían un día en Colonia Dignidad? ¿Nos someterían a presiones indebidas? ¿Seríamos presa de un temor irreprimible? ¿Cómo lo saludaría? Ese simple hecho me quitó el sueño los días previos. Se me antojaba una traición humillante un sencillo apretón de manos. No se trataba de una mano cualquiera. De ella emanaron órdenes y decretos de exterminio. Esos dedos firmaron degollamientos, torturas y exilios. ¿Cómo desprenderme de esa piel contaminada? ¿Podría saludar desde lejos, hacer un gesto burdo que fuera equivalente? ¿Y si pusiera mi brazo en cabestrillo simulando un accidente? ¿Igual debería extender la otra mano? ¡Qué dilema tuve esos días, querido amigo! Me escudé en el plano profesional: Soledad y yo éramos ministros de fe. Constataríamos los rasgos sobresalientes de su personalidad, las vicisitudes de su entorno social y regresaríamos. Al cabo de dos horas la camioneta disminuyó la velocidad y se internó por un sendero todavía más tortuoso. A una centena de metros había una tranquera con una pequeña garita a un costado, de ella salió un individuo de contextura atlética premunido de los infaltables anteojos oscuros. Intercambió unas palabras con el conductor de la camioneta, se dirigió a nuestro vehículo y nos observó sin saludarnos. Descendió el teniente encargado de nuestra protección, parlamentaron y se produjo una ligera discusión. Soledad y yo no nos decidíamos a bajar del vehículo. Al rato el teniente nos informa que les impedían ingresar con nosotros. No aceptó: sus instrucciones eran no perdernos de vista o mantenerse a prudente distancia. Quedarse allí significaba aislarse a una cuadra de la casa que divisábamos. El vigilante volvió a la garita y seguramente se comunicó con Condeza. Retornó para levantar la tranquera e invitarnos a ingresar. A un costado del camino interior se erigían dos galpones amplios, de apariencia antigua, con sus portones abiertos: uno correspondía a una lechería, el otro almacenaba forraje para vacunos. A la izquierda de la tranquera, cuatro casas, que después supimos cobijaban a trabajadores del fundo. Descendimos frente a la cabaña de fachada modesta. En su exterior se apreciaba un pequeño jardín carente de flores con pequeños montículos de tierra removida y vegetales recién plantados. Un pequeño pino de unos dos años de vida se erguía bajo una ventana. Al costado izquierdo de la cabaña, tres casuchas con perros policiales amarrados, ladraban constantemente. A la derecha un garaje y a continuación de él, tres dependencias acondicionadas como habitaciones ocasionales. Por las antenas instaladas en la última, el teniente dedujo que albergaba un poderoso equipo de radio. A la altura del techo dos cámaras estratégicamente ubicadas, que podían obedecer a un circuito cerrado de televisión. ¿Nos estarían filmando? ¿Podríamos hacer algo al respecto? Miré al teniente, se encogió de hombros y frunció el ceño en una disculpa entendible. A pocos pasos se hallaba Condeza. ¿Nos observaría por entremedio de esas cortinas de encaje barato que cubrían las dos ventanas principales? Soledad caminaba a mi lado con una carpeta verde entre las manos y me sonreía afectuosa. ¿Estaría nerviosa? ¿Y cuáles eran mis reales sensaciones? ¿Dudas, temores, curiosidad, vanidad encubierta por ser un testigo privilegiado de ese momento? ¿Privilegiado de qué? ¿De estar frente a un asesino a cuyo respecto el parricida que alimentaba al jilguero era poco menos que la santidad misma? Nos encontramos junto a la puerta. Parece ridículo, he golpeado tres veces. Un hombre de baja estatura, rechoncho, de papada sobresaliente, pelo hirsuto peinado a la gomina, mirada punzante, nos está sonriendo al abrir la puerta. Extiende esa mano rolliza, lánguida, que estrecho con un ligero temblor repulsivo. La descripción de Condeza es somera, ya que lo identifica a la perfección, ¿no es así? Viste deportivamente: zapatillas blancas, pantalón gris de cotelé, camisa cuadriculada de montaña y chaleco azul de lana chilota. Nos invita a pasar y a sentarnos en unos sillones de mimbre con cojines de variados colores bordados artesanalmente. Señala que dentro de unos minutos nos servirán almuerzo. La empleada ha preparado una cazuela de vacuno. Le contesto inmediatamente que no, tenemos una tarea profesional, lo entrevistaremos, observaremos el medio en que reside y procederemos a retirarnos. Al ver nuestra determinación no insiste mucho. ¿Cómo sentarnos a la mesa con él? ¿Y cómo pudo imaginar que lo haríamos? No fue una invitación de buena crianza. Su intención era probarnos y medir nuestro temple. Con certeza sabía quiénes éramos, de dónde proveníamos y qué ideas profesábamos. Esa sencilla invitación constituía parte de su trabajo. Claro que se me antojó una maniobra de segundo orden, ¿tan poco poder ya ostentaba? Quien manejara la vida de miles de ciudadanos, que erigiera un imperio de terror basado en la delación y el control individual y colectivo hasta límites insospechados, ¿debía manipularnos con la tentación de una cazuela de vacuno? ¡Qué repugnancia mayor sentí! Sin embargo, pesé mis palabras procurando usar términos justos, frases adecuadas, matizadas de silencios necesarios y pausas indispensables. Mientras Soledad llenaba un formulario tipo con datos de Condeza, observé a nuestro alrededor. Objetos decorativos parecían instalados para la visita: figuras en vidrio de diversos animales, una pequeña embarcación de cobre reluciente, un juego de ajedrez con piezas de plástico, una oscura lámpara de pie. Aquellos objetos desentonaban con el rústico ornamento general: cortinas baratas de lino blanco desteñido, mobiliario de pino oregón, una colección de sombreros de paja alineados en la pared de la antesala. Le pedí permiso para recorrer el interior y asintió. La casa constaba de tres dormitorios: el principal, que correspondía al suyo, con una cama de dos plazas y una imagen del arcángel Miguel sobre la cabecera. ¿Por qué no habría un clóset? ¿Estarían en las otras piezas? Pasé de una en una. También adolecían de ellos, ¿dónde guardaría su ropa? Tampoco se divisaba algún baúl u otro tipo de mueble que sirviera al efecto. En los dormitorios secundarios prevalecía el mimbre y el colihue. Respecto de la cama y veladores, ambos poseían cubrecamas artesanales que hacían juego con el cortinaje del living. Ingresé al único baño y mis sospechas se acrecentaron, ¿vivía Condeza en realidad allí? ¿Por qué tenía la sensación de que aquello constituía una farsa hábilmente montada? El baño era elemental: no existían útiles de aseo personal y la pequeña ducha se encontraba desactivada, sin rastros de uso frecuente. Su estudio personal lo constituían un escritorio, una silla y una mesa que sostenía un fax modelo antiguo. Sobre un kárdex había fotografías familiares recientes: Condeza y sus cuatro hijos, Condeza con sus nietos, Condeza montado en un caballo blanco. Me detuve en su exigua biblioteca de mimbre que, en su nivel superior, contenía varias novelas de espionaje y acción: Wallace, Clancy, Morris West, León Uris. ¿No era acaso la vida de Condeza una novela, un thriller de sangre, misterio y terror? Cuatro o cinco archivadores de igual formato y tamaño se apilaban en el nivel inferior. Estuve tentado de abrirlos, pero no me atreví. En una de las paredes se hallaba empotrada una carabina de la guerra del año setenta y nueve con sus correspondientes cuatro tiros, además de dos escopetas de caza adosadas sobre el dintel de la puerta que daba al dormitorio principal. Encima de un mueble de tamaño regular descansaba un fusil en miniatura que se utilizaba con fulminantes. Cinco corvos de diversos tamaños cuyos filos acerados me provocaron una leve conmoción. Arriba del mueble, adherido a la pared, un mapa aéreo de la propiedad claveteado con variados alfileres amarillos que señalizaban los diferentes deslindes de los potreros. Por último, la certificación del horror: un diploma avalando su calidad de Director de la Dirección de Inteligencia Nacional, colocado en medio del muro junto a dos distintivos metálicos de corte militar y un par de afiches de dos futuros santos: el Padre Hurtado y el Papa Juan Pablo Segundo. ¿Sabrán que sus rostros ornamentan esas paredes? Condeza dice a mis espaldas que está en buena compañía. Me vuelvo y enfrento su mirada aguda escrutando mi reacción. Asiento con un ligero movimiento del mentón, que puede significar cualquier cosa. ¿Se habrá referido a él o a mí? De regreso al living, Soledad levanta la vista diciéndome algo indescifrable, para continuar tomando apuntes en su carpeta. Condeza vive solo en ese sitio hace diez años, es decir, desde mil novecientos ochenta y cinco. Aunque es casado, está separado de hecho, decisión que tomó siendo sus hijos mayores: tres mujeres casadas con militares y el menor de treinta y dos años que vive con su madre. Acabo de verlos en la fotografía de su estudio. ¿Habrá jugado con ellos cuando niños? ¿Qué tipo de juegos? Como adivinando mis pensamientos dice haber sido un padre normal, ¿cuál será su concepto de normalidad? ¿Autoridad, normas, incumplimientos, castigos? Fue exigente y estricto, no más que cualquier padre normal. Ha insistido sobre el término con toda intención, ¿cuál es su concepto de paternidad normal? ¿Alguien que manda, prohíbe y permite como una definición legal? ¿Alguien que se equipara a la mujer en las labores hogareñas? No. No concibe que un hombre corriente realice funciones domésticas. Por ser patrimonio femenino, jamás consintió en mudar a ninguno de sus hijos pequeños. En todo caso, aquello le parece tan lejano. Ahora está preocupado de su actual pareja y de ese tema no dirá una palabra. La privacidad corresponde a la esfera más íntima de un ser humano y nadie tiene derecho a conocerla. ¡Qué terrible contradicción! ¿Lo será? Y quienes irrumpen de madrugada destruyendo puertas y ventanas mientras los padres hacen el amor y sus hijos duermen, ¿carecerán de ella? ¿Habrá una escala gradual de privacidades que el hombre, la autoridad o Dios determinan? ¿Y sus afectos? ¿Tendrá afectos por terceras personas, alguien será su amigo o confidente? Se ha erguido y da unos pasos hacia la antesala. Va hasta su estudio y regresa con un corvo entre las manos. Lo muestra, pasando suavemente uno de sus dedos por el filo acerado. La vida militar es andar al filo de la navaja, dice con suma seriedad como si penetrara en las profundidades de sí mismo. De qué lado estará el filo, me pregunto. Ahí están la mayoría de sus apegos: el Ejército es su razón de ser. ¿Y sus amigos, la familia? Le es imposible inclinarse por alguno de ellos. Cada afecto es diferente para relaciones que también son distintas. Desde niño supo que haría carrera militar. Fue fácil deducirlo: su padre lo era, y como su madre falleció teniendo él seis años de edad, su modelo y referente fue el progenitor. Sus juegos eran comúnmente de corte guerrero y siendo el mayor de tres hermanos, impartía las reglas, determinaba los roles y asignaba funciones. Le agrada mandar, no cabe la menor duda. Basta ver sus gestos duros, precisos, calculados. ¿Se descontrolará de vez en cuando? ¿Tendrá emociones? ¿Podrá amar a los demás con ese nivel de egocentrismo? Es verdad, todos tenemos una exacerbada inclinación egocéntrica, pero ¿seríamos capaces de ordenar a otros que maten por uno? Por cierto, se hace a diario. Las guerras son una sucesión de órdenes en cadena que terminan con la vida ajena. Y ello es recíproco. El triunfo depende de quien se anticipa, ¿no es verdad? Claro que esa es una situación generalizada. En cambio, Condeza decidió ceder su responsabilidad producto de un exacerbado control de sus emociones. Las reprime. Su eventual ansiedad y sentimientos de culpa, que obviamente debiera tener, los deriva hacia otros. No creo que lo perciba. Es más: no lo percibe. Con certeza se ha recubierto de un inconsciente mecanismo de defensa que protege su autoimagen. No quiere sentirse menoscabado. Debe tener pánico de ser observado por sus pares como responsable de sus propios actos. Si parece tan fácil: yo ordeno, tú ordenas, los demás obedecen, ¿dónde está el delito? ¿En qué parte se rompe un eslabón de la cadena? Lo imagino de pantalones cortos, con las rodillas enrojecidas, en posición de distribuir tácticamente a sus soldaditos de plomo. No puede jugar con los demás al diseñar la estrategia: ella le pertenece. No debe dar ventajas, ¿por qué deberían conocer el nivel de sus decisiones? Son simples soldaditos y él los mueve a derecha o izquierda, los hace saltar una valla, volar un puente, cruzar a nado una laguna, tomar por la espalda al enemigo. Y ya grande, ha leído las novelas de espionaje, de contraespionaje, de inteligencia y contrainteligencia. Y se ha percatado de que sus juegos solitarios fueron correctos. ¿Acaso el hombre cambia con el tiempo? ¿Acaso un hombre varía sus opciones durante su estadía en esta tierra? De ninguna manera. Para Condeza el individuo ha de ser invariable, de una sola línea. ¿Y las circunstancias no cuentan? No, tampoco es posible. O es posible en los débiles y pusilánimes. Un hombre de verdad hace que las circunstancias se amolden. Si sus opciones son las mismas, ¿cómo una miserable circunstancia lo hará variar el rumbo? Para él hay un solo ingrediente que trae el transcurso del tiempo: la madurez. Y ella se consolida sobre una estructura dada, consolidada, desde que tenía uso de razón, ¿la tendrá? ¿Cómo no iba a ser siempre de una sola línea si hasta sus preferencias deportivas se mantienen? Mire usted, Condeza también fue futbolista. ¡Dígame si no es una sorpresa! Claro que en el plano infantil: fue jugador de Magallanes, ¿recuerda ese glorioso club que hoy casi no existe? Lo imagino diminuto y rechoncho corriendo tras un balón. ¿Qué posición habrá ocupado dentro de la cancha? ¿Medio campista? No se lo pregunté, con seguridad debió ser un armador, el viejo número ocho que dirigía las acciones y regulaba los tiempos. Incluso hoy conserva su simpatía por la institución. Hombre de una línea, sin duda. ¡Qué increíble! Condeza tuvo también una niñez. Estudió, pasó por la secundaria y terminó sus días en la Escuela Militar. Es gráfico: terminó allí sus días. Lo que vino después ha sido una especie de corolario, la guinda de la torta, aunque suene frívolo en medio de tanto dolor y miseria causados. Condeza se negaba a reconocer culpabilidad alguna. El cónyuge de Marina Cavieres fue un agente que trabajó para la Central de Inteligencia Americana. Él puso el explosivo bajo el auto y su detonación al menos libró al mundo de un peligroso rebrote socialista en este país. ¿No fue eso lo que propugnó Laredo? ¿Un gobierno Allendista en el exilio? Ahora Condeza era un simple hacendado que deseaba vivir en paz, anónimamente, como lo hiciera su vida entera. Preocupado de sus caballos, de la reproducción del ganado vacuno, de una próspera lechería, de la supervisión de aserraderos y de llevar en andas a sus nietos de tarde en tarde. ¿Podían negarle ese derecho? ¿A él, que lo dio todo por la patria y fue leal con el único superior que había reconocido? Miré el reloj: habían transcurrido dos horas. Deberíamos marcharnos. Nos ofreció un café que, con cortés decisión, rechazamos. Aún correspondería visitar al brigadier Paulo Espíndola. ¿Sería casualidad que residiera a cincuenta kilómetros de allí? La aparente seguridad de Condeza contrastaría con la debilidad y quiebre emocional de Espíndola. Ese brigadier general se nos presentaría como un ser dubitativo, irresoluto, medroso inclusive. Quizás un día le cuente los pormenores de esa entrevista, ¿valdrá la pena? Si alguna vez tuve vacilaciones para conceptuar el origen de nuestro dictador interior, sentía que lo había descubierto. Ciertos grados de referencia me situaron un día ante Condeza para descubrir una parte significativa de mis miedos. También de los suyos, naturalmente. Él dependía de un informe nuestro, de un informe objetivo, de un informe que ya se hallaba escrito por su propio puño y letra. Sin duda, jamás habría existido el Dictador sin Condeza. Esa certidumbre me consumía a medida que nos dirigíamos a la salida. Nos dio la mano sin mucha convicción, sin esbozar la sonrisa de bienvenida. Aún llovía suavemente. Miré a las cámaras de televisión como si no existieran. Al llegar a la tranquera me devolví con un presentimiento: me pareció que Condeza cerraba de golpe una cortina, como si lo hubiera sorprendido espiándonos.</p>
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		<title>El Camino Al 11 de Septiembre de 1973</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Sep 2019 13:32:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por Josefina Muñoz Recuerdo mi vida transcurriendo desde siempre en un ambiente amistoso, intelectual y político, de muchas y largas conversaciones, ambas vertientes interactuando. Desde luego, mis años en Constitución, viviendo con mi abuela, con mis padres yendo y viniendo entre Santiago y Constitución en tren, ruta que yo también hacía, y que significaba participar [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2019/09/09/el-camino-al-11-de-septiembre-de-1973/">El Camino Al 11 de Septiembre de 1973</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>por Josefina Muñoz</strong></em></p>
<p>Recuerdo mi vida transcurriendo desde siempre en un ambiente amistoso, intelectual y político, de muchas y largas conversaciones, ambas vertientes interactuando. Desde luego, mis años en Constitución, viviendo con mi abuela, con mis padres yendo y viniendo entre Santiago y Constitución en tren, ruta que yo también hacía, y que significaba participar de su vida en la capital, bastante más nutrida de escritores, artistas y políticos, a quienes quise, admiré y recuerdo siempre.</p>
<p><span id="more-4947"></span></p>
<p>En Constitución había tres librerías en las que gastaba mi mesada, pero cada llegada de mis padres estaba acompañada de varios libros que enriquecían mi librero. Me acompañaba la desgracia de leer muy rápido y quedarme sin libros nuevos era casi una tortura. Cuando no había nada, la única alternativa era la biblioteca de los capuchinos con sus Vidas Ejemplares, de las cuales no recuerdo ninguna, salvo la historia de María Goretti que para muchos de nuestra generación despertó el interés por saber qué era lo que no se decía allí, eso que estaba oculto por las palabras, pero ardiendo bajo ellas.</p>
<p>Había muchos comunistas en Constitución, y fui (lo soy aún) amiga de sus hijos, especialmente de los Chamorro. Recuerdo vagamente algunos actos clandestinos en el período de González Videla, periodo en que mis padres debieron esconderse en el fundo de un amigo. Años después, marchas de conmemoración de algún acontecimiento internacional o por algún “héroe” de las gloriosas repúblicas socialistas. Y las actividades en época de elecciones.</p>
<p>Para las elecciones de 1958, mi abuela había muerto y ya estábamos viviendo en Santiago. Tenía doce años, y después de unos días infernales en el Liceo 5, estaba felizmente matriculada en el Experimental Darío Salas, un liceo donde iban, mayoritariamente, hijos de comunistas, la mayoría pobres, pero con mucha cultura política. Siempre pienso que allí aprendí a pensar, a pensar en los otros, a tener pensamiento crítico, a ser solidaria. No es casualidad que dos de sus profesores, queridos maestros, llegaran a ser Premios Nacionales de Educación: Hernán Vera Lamperein y Héctor Gutiérrez Muñoz.</p>
<p>La radio y los diarios eran indispensables en esos años y siguen siéndolo para mí; día a día seguíamos las elecciones en que se enfrentaban Jorge Alessandri y Salvador Allende. Había participado en todas las marchas y actividades y estaba segura de que Allende ganaría. El día de la elección estuvimos pegados a la radio, hasta que ya muy tarde, el sueño me venció, pero estaba segura de que despertaría y Salvador Allende sería el presidente.</p>
<p>Desperté y supe que eso no había pasado. Fue la primera gran desilusión de mi vida, porque apenas 30.000 votos habían arruinado mis sueños. Continuamos con las marchas, mítines, reuniones políticas, conversaciones, lecturas comentadas, con mis pares en el liceo y la universidad, y con los grupos de mis padres, donde siempre me sentí como una más.</p>
<p>Y así llegó septiembre de 1970. Con Jaime nos habíamos casado el 69, en enero de 1970 nació Jimmy, y llegaron las elecciones. El 4 de septiembre de 1970 fue un día de felicidad plena, de llegada, por fin, a la utopía anhelada tantos años. Sin duda, nuestros hijos conocerían un mundo mejor. Como miles, fui apoderada de mesa, porque, aparte de la gigantesca campaña del terror, corría todo tipo de rumores y la prioridad era defender cada voto.</p>
<p>El 9 de septiembre nos cambiamos a la casa que recién habíamos comprado, que comenzó a ser el nuevo centro de encuentro de familia y amigos y que aún sigue siéndolo, aunque “falta el rey que se fue para siempre con la risa y la rosa en la mano”. El aire, el ambiente, los rostros, eran otros en esos años.</p>
<p>Increíblemente, había ganado Salvador Allende con el 36.6 % de los votos, sin mayoría absoluta, por lo que se realizaron numerosas concentraciones y actividades públicas para que el Congreso ratificara el triunfo, lo que finalmente pasó. Sin duda, desde años antes estaban preparados los planes para que eso no sucediera y, si llegaba a pasar, la respuesta debía ser ejemplarizadora, porque si la izquierda llegaba al poder vía elecciones democráticas, el mundo se volvería inmanejable.</p>
<p>No debe haber un golpe militar en América donde no haya estado la mano de EE.UU. y la Escuela de las Américas, como lo han demostrado los documentos desclasificados que conocemos: Brasil (1964), Argentina (1966 y 1976), Bolivia (1971), Uruguay (1973), nosotros. Así, llegaron a nuestro país muchos exiliados, algunos de los cuales llegaron a ser nuestros amigos, especialmente un grupo de psicólogos argentinos, entrañables. Todos hablaban del horror de las dictaduras, de la tortura, de las muertes; sin embargo, era algo que veíamos imposible en nuestro país.</p>
<p>Uno de los mejores agentes desestabilizadores fue el desabastecimiento, cuidadosamente planificado, además de los errores que pudieron haberse cometido. Recuerdo que cuando comenzó a haber escasez de alimentos básicos, la propaganda de los supermercados Almac de la época decía algo así como “venga a nuestros locales, donde encontrará de todo”; el aviso duró poco, porque el empresariado y los grupos de derecha deben haberlos llamado a terreno. En Providencia vendían pollos en una tienda de calzado y sábanas en un puesto de verduras, y así se iba organizando un mercado negro en que las cosas se vendían en diez veces su valor.</p>
<p>Estuve a cargo de la JAP de mi barrio, atendiendo varias manzanas; cuando llegaban los alimentos, iba casa por casa entregando lo que les correspondía. Nunca hice cola para comprar nada, aprendimos a cocinar con lo que había, como pescado barato, por ejemplo.</p>
<p>En marzo del 73 se celebraron las elecciones parlamentarias, ya en un ambiente muy enrarecido; contra todo lo esperado, el porcentaje superó al de las elecciones del doctor Allende y alcanzó el 43.3%, lo que fue un inesperado y gran triunfo.</p>
<p>Jaime había ganado una Jornada Completa en la escuela de Psicología de la Universidad de Chile y dejó la consulta, para dedicarse solo a sus clases. Yo estaba en Arqueología y había sido elegida presidenta del centro de alumnos.</p>
<p>Y vino el golpe militar, con la violencia extrema que todos conocemos. Recuerdo ese día nublado, la llovizna, los estruendos del bombardeo, el discurso de Allende que hasta hoy me hace llorar, porque es una increíble pieza oratoria, como lo fueron todos sus grandes discursos, dicha a horas de su muerte, sabiendo ya que eso sucedería. Porque demuestra su estatura como ser humano y como político, con sus fortalezas y sus debilidades, pero fiel a sus ideas y a pensar que no hay lucha más justa que aquella que se da para que todos tengan un lugar en el mundo. Fiel a la defensa de la democracia, algo en lo que creo más profundamente año a año. Sin riquezas mal ganadas, triste historia de todos los dictadores del mundo, del nuestro sin duda.</p>
<p>En lo familiar no nos pasó nada irreparable, pero tenemos amigos muertos, desaparecidos, torturados, al igual que una parte considerable de nuestros compatriotas. La mayoría de nuestros grandes e inolvidables amigos se fueron al exilio: Helga Krebs y Julio Montané, Letty Martínez, Carlos Böker; Óscar Stuardo estaba acá y poco después quedó sin trabajo, así que se quedó con nosotros un tiempo. Mi amigo de la vida, Juvencio Concha, preso en Chacabuco. La mayoría no pudo regresar porque no tenían espacio laboral acá; los más afortunados pudieron venir esporádicamente. Nuestra casa fue un lugar de acogida para quienes habían perdido sus trabajos, sus proyectos de vida, y esperaban con angustia y temor la fecha de viaje al exilio, buscaban qué hacer, golpeados profunda y vitalmente. Ahí Jaime tuvo un rol importante en la contención, como amigo, psicólogo y sabio pastor anglicano, que no era, pero me habría gustado que lo fuera, y creo que cumplió el rol a cabalidad.</p>
<p>Los fiscales del Pedagógico exoneraron a cientos de sus profesores, entre ellos, Jaime, que tuvo la suerte de retomar un cargo en el Servicio de Medicina Psicosomática y Salud Mental del Hospital Salvador, gracias a la generosidad y valentía del doctor Víctor Jadresic, actitud poco frecuente en esos años. Reabrió su consulta, atendiendo al mayor porcentaje de manera gratuita, pero desde allí hizo posible que muchas vidas pudieran continuar, a pesar de haber sufrido las violencias inenarrables que generó la dictadura.</p>
<p>Habíamos decidido quedarnos y nunca nos arrepentimos de esa decisión; acá estaba parte importante de nuestros seres queridos, familiares y algunos amigos. Sybila nació en noviembre de 1974, en medio de toda esta situación terrible. El toque de queda era riguroso, en las noches se escuchaban balaceras, y a medianoche comenzaron las contracciones. El doctor me dijo que pidiéramos una ambulancia. Mi recuerdo imborrable es el trayecto entre Miguel Claro y la Clínica Central, por una ciudad vacía, abandonada, muerta, en la que los semáforos funcionaban inexorablemente para nadie, de la cual había desaparecido para siempre nuestro proyecto de una sociedad mejor para todos.</p>
<p>Conservamos algunos de nuestros amigos, hicimos otros nuevos, mantuvimos el encuentro de los domingos a pesar de todas las restricciones. Para nuestros amigos exiliados siempre fue un consuelo saber que seguíamos allí, como si nada hubiera cambiado.</p>
<p>Al comienzo hablé de Constitución y regreso a mi pueblo, porque las historias, lo que somos y seremos se teje desde muchos lugares, conocidos y desconocidos. A tres casas de la mía vivía un amigo de mi abuela, profesor, investigador, don Luis Castillo. Llegó una tarde con un regalo para mi abuela, un ejemplar de la Revista Anales de la Universidad de Chile, Nº85-86 de 1952, con un artículo de su autoría. Me lo mostró y me preguntó si podía leer el título: “Mutualismo y simbiosis en la naturaleza”; había aprendido a leer muy pequeña, en ese momento tenía seis años, pero por primera vez, de tres palabras solo conocía una, y eso lo hizo inolvidable. También tenía láminas y hablaba de gusanos, insectos, bichos de mar, pájaros, algo que siempre atraía mi atención.</p>
<p>Lo leí en ese entonces, entendiendo nada, pero intuyendo que allí había algo muy importante. Abro la revista de nuevo y leo un pasaje que sí entendí en ese momento como algo fundamental y que, de alguna manera, significó algo importante para mi vida. “También se vence en la vida por la alianza entre dos o más seres que se complementan. En la que cada cual aporta al otro y le hace falta”. Yo era hija única, faltaban años para que naciera Diego, me costaba tener amigas y debo haber sido autosuficiente y egocéntrica. De este profesor aprendí, bellamente, que el chagual vivía en mutualismo con el tordo y las abejas con las flores. Y que así debía ser la sociedad humana, un espacio donde cada uno es necesario y siempre necesitaremos a otros para alcanzar, si podemos, nuestro verdadero ser.</p>
<p>Y este modelo de neoliberalismo despiadado en que el ser ha sido desplazado por el tener nos convierte en enemigos y competidores, en individuos que no necesitan a nadie, alejados del sentimiento de ser parte de una sociedad.</p>
<p>Tengo una sola nieta, Michelle, despertando con furor a la adolescencia política y social. En su colegio cada año hacen un acto para recordar el ½ litro de leche, la medida 15 de las 40 medidas de la Unidad popular, dirigida a menores de 15 años, embarazadas y nodrizas. Me emocionó mucho cuando me lo contó, porque ya varias generaciones no conocieron lo que fue la dictadura, ni menos el gobierno de la Unidad Popular. Creo que solo podemos llegar a ser mejores seres humanos conociendo lo que hemos hecho, bueno y malo, conservando esa memoria de nuestro pasado que, de muchas maneras, explica lo que somos ahora.</p>
<p>Hoy no creo en los partidos que tenemos, porque el espectro muestra que sus afiliados están más preocupados de sí mismos, que de los problemas que aquejan a la gran mayoría de los ciudadanos. Sin duda, hay un bienestar de objetos, de cosas que se pueden comprar, de viajes que antes era imposible hacer, pero este modelo genera y profundiza problemas mayores. Creo también que la realidad y los hechos son porfiados y llegará un momento de crisis mayor que requerirá transformaciones profundas.</p>
<p>Por eso, siempre tengo en mi velador el poema La inmensa humanidad de Nazim Hikmet, para no olvidarme nunca que soy parte de ella y la necesito, porque, a pesar de todo, tengo esperanzas.</p>
<p>La inmensa humanidad va a<br />trabajar a los ocho años<br />viaja en tren de tercera<br />a pie por los caminos<br />viaja la inmensa humanidad.</p>
<p>La inmensa humanidad va a<br />trabajar a los ocho años<br />a los veinte se casa<br />se muere a los cuarenta<br />la inmensa humanidad</p>
<p>El pan alcanza para todos menos<br />para la inmensa humanidad<br />y lo mismo el arroz<br />y lo mismo el azúcar<br />y lo mismo las telas<br />y lo mismo los libros<br />alcanza para todos<br />menos<br />para la inmensa humanidad.</p>
<p>No hay faroles en sus calles<br />ni vidrios en sus ventanas</p>
<p>Pero la inmensa humanidad<br />espera<br />la vida es esperanza.</p>
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		<title>El golpe militar: primeras páginas de la novela ENTRENIEBLAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 Sep 2019 16:11:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[1973 Palabras de Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura y Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Diego Muñoz Valenzuela, Ed. Vicio Impune, Chile, 2018 Prefacio Transcurridas cuatro décadas del golpe militar, diversas circunstancias y hechos fortuitos me llevaron a concluir que en mi mente había una serie de confusiones y trastrocamientos respecto a la vivencia de los primeros años de dictadura. La causa, según lo que intuyo, es la internalización del [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Diego Muñoz Valenzuela, Ed. Vicio Impune, Chile, 2018</h3>
<p><strong>Prefacio</strong></p>
<p>Transcurridas cuatro décadas del golpe militar, diversas circunstancias y hechos fortuitos me llevaron a concluir que en mi mente había una serie de confusiones y trastrocamientos respecto a la vivencia de los primeros años de dictadura. La causa, según lo que intuyo, es la internalización del miedo y el dolor, una especie de shock en el que viví sumergido –igual que miles de compatriotas- en ese periodo.</p>
<p><span id="more-4940"></span></p>
<p>Uno era el orden aparente de los recuerdos y otro el que sugería la racionalidad de los datos históricos. De modo que, haciendo a un lado los aspectos ingratos que implicaba activar la memoria de esa época terrible, decidí reordenar lo ocurrido en los dos primeros años. A partir de aquella investigación emergió una línea de tiempo más cercana a la realidad (¿cómo estar totalmente cierto?, no lo sé). De esa línea de tiempo surgió una suerte de diario, y de allí devino este libro.</p>
<p>Lo he titulado <em>Entrenieblas</em>, porque esa fue la sensación que mejor describe mi experiencia. Es una memoria borrosa: como si la historia se observara a través de una ventana empañada por un largo invierno. O desde unos ojos inundados por lágrimas. O desde una ciudad inundada por una niebla densa y persistente.</p>
<p>La escribí en primer lugar para mí mismo, en el intento de recuperar la memoria de ese tiempo donde estuve atrapado en un estado de trastorno temporal. Pienso que ese <em>estado alterado</em> fue una forma de autoprotección generada por la mente, dado la imposibilidad de estar plenamente consciente en un momento donde rigen el terror, la persecución y la muerte por acción del propio Estado, convertido en eficaz maquinaria de exterminio.</p>
<p>Tras leer y revisar varias veces el manuscrito, he concluido que puede tratarse de un testimonio literario que puede sensibilizar –desde el relato de un joven- a las nuevas generaciones. Narrar lo que se vive en una dictadura, el temor cotidiano, la convivencia con el horror, la pérdida temprana de los amigos, la capacidad para afrontar el terror y unirse a otros para acabar con ese infierno, más allá de los riesgos personales que se deben asumir. Es decir, un nuevo esfuerzo contra la entropía del olvido, motivado por el justo anhelo de evitar la repetición de estos hechos. Los nombres son distintos; los personajes y los hechos, realísimos.</p>
<p><em>Diego Muñoz Valenzuela</em><br /><em>Santiago, 19 de febrero de 2018</em></p>
<h3 style="text-align: center;">Martes 11 de septiembre, 1973, 5 A.M.</h3>
<p>El día en que la pesadilla se consumó, Diógenes se había levantado –como acostumbraba- a las cinco de la mañana. No había buses. Tampoco había leche, ni pollo, ni tabaco, ni pasta dentífrica, ni café. Se levantaba temprano porque consideraba que su deber –uno de los pocos que aceptaba a esas alturas- era asistir a clases. Que el colegio funcionara ayudaba a generar la apariencia de que el mundo seguía su curso normal. Aunque no fuera así.</p>
<p>Diógenes tomaba una taza de té y remojaba el pan para que se ablandara. Sus padres dormían. Medio adormilado pensaba a cuál cola ponerse una vez terminadas las clases. Y si tendría alguna posibilidad de éxito. ¿Cigarrillos, aceite, harina, conservas? Ya se vería.</p>
<p>Se peinó con esmero para disimular el largo excesivo del cabello. Los inspectores todavía los revisaban en el ejercicio de aquel guion de normalidad. Mientras tanto el mundo se derrumbaba. Deshizo el nudo de la corbata, apretado en un lazo compacto, y construyó uno nuevo. El cuello de la camisa estaba muy gastado.</p>
<p>Salió. Caminó hacia la avenida por calles solitarias y oscuras. Unos pocos árboles floridos procuraban anunciar la primavera inminente, aunque el ambiente fuese tan gris, tan lóbrego. Se encontró con unos perros vagabundos. Por la avenida pasaban pocos automóviles repletos de pasajeros. Inició la caminata. Eran por lo menos sesenta cuadras. Pasaron varios microbuses atestados de trabajadores y empleados. Diógenes observó aquellos rostros repletos de incertidumbre, rabia y desesperanza.</p>
<h3 style="text-align: center;">Martes 11 de septiembre, 1973, 7 A.M.</h3>
<p>Llegó temprano, antes de las siete de la mañana. El colegio todavía no estaba abierto. Como era usual, el Gato Flores salió desde las sombras. Nadie podía llegar antes que él. Se saludaron y esperaron juntos y silenciosos que el portero hiciera su labor.</p>
<p>Entraron y caminaron a través de los largos pasillos hacia su sala de clases. Diógenes se preguntó acaso el edificio sería gris o él veía así las cosas producto de su estado de ánimo. Le pareció que el sol no alcanzaba los objetos ni la tierra con sus rayos, que éstos se detenían antes de tocar la ciudad. Como si no quisiera entibiarla.</p>
<p>Estudió matemáticas. La clase partía a las siete treinta, media hora antes de lo normal. El profesor hacía trabajo voluntario. Los preparaba para entrar a la universidad. A su modo, también pretendía negar la realidad. Fueron llegando otros alumnos. A las siete treinta había diez, siempre los mismos. Partieron a la sala del profesor.</p>
<p>El profesor usaba unas gafas enormes. Dibujaba esferas, triángulos inscritos en ellas, secantes y tangentes. Había que descifrar aquellos mundos geométricos. El mundo desaparecía engullido por las abstracciones. A Diógenes le agradaba aquello. No sabía si las matemáticas en sí, o la posibilidad de olvidar lo que estaba ocurriendo. O lo que él creía estaba ocurriendo.</p>
<h3 style="text-align: center;">Martes 11 de septiembre, 1973, 9 A.M.</h3>
<p>Estaban los mismos diez que al comienzo de la clase: absortos, impertérritos, sumidos en el universo de los geómetras. Eran casi las nueve de la mañana.</p>
<p>Entonces entró Rengifo con su cara de cerdo para anunciar –dichoso, iluminado- que la catástrofe había comenzado. “Las fuerzas armadas se han pronunciado. Y hay cohesión. Hay cohesión”. Repetía aquellas palabras terribles una y otra vez. Diógenes deseó estrangularlo.</p>
<p>Llegaron otros compañeros del curso. El profesor trató de poner orden y proseguir con su clase. No fue posible. Nadie le hizo caso. Diógenes pudo ver una neblina gris y rojiza dejándose caer en la ciudad. Miró a sus amigos. Estaban desconcertados. Algunos se fueron de inmediato, muy asustados. Otros se quedaron en corrillos, cuchicheando. Otros riendo y celebrando. La hiel inundó la garganta de Diógenes.</p>
<p>Diógenes y otros amigos descendieron al sótano en silencio. Allí esperaron que algo aconteciera. Empezaron a oírse los aviones de guerra sobrevolando el palacio presidencial. Aviones, helicópteros, ráfagas de ametralladoras, gritos. Sonidos terribles que retumbaban en aquel apartado sótano al cual nada llegaba: ni líderes, ni instrucciones, ni armas para pelear.</p>
<p>Uno dijo que era mejor irse. Que nada iba a llegar. Diógenes se fue con los ojos rojos de rabia y de pena. Costaba dar cada uno de aquellos pasos hacia la salida del edificio.</p>
<h3 style="text-align: center;">Martes 11 de septiembre, 1973, 10:15 A.M.</h3>
<p>Diógenes estaba solo en el paradero, justo al frente de la casa de gobierno, rodeada por tanques y tropas militares. Veía borroso, pues tenía los ojos inundados de lágrimas y la bruma gris lo empeoraba todo. Se escuchaban cada vez más disparos; las ametralladoras tableteaban, las personas huían como conejos por las calles.</p>
<p>Diógenes esperaba un microbús o quizás un milagro. O escapar de la pesadilla. El tiempo se deslizaba lento, líquido, impasible. Los Hawker Hunter atronaban el espacio rompiendo la barrera del sonido. Volaban muy bajo, a punto de rozar los edificios circundantes.</p>
<p>Apareció un microbús lleno de personas apretadas. El chofer se compadeció de Diógenes. Era tan patética e indefensa su espera, que frenó y esperó a que subiera. En el cielo los aviones de guerra dejaban su estela de horror.</p>
<p>Convertido en una ameba se introdujo por mínimos intersticios y logró su cometido. Alguien portaba una radio a pilas. El presidente acusó a quienes lo estaban derrocando. Pidió calma, dignidad, no deseaba un baño de sangre. Una señora agradeció a Dios por la sublevación militar. Un obrero la maldijo con voz fiera. La transmisión terminó abruptamente.</p>
<p>El resto del viaje fue silencioso y tenso. Diógenes observaba como la bruma gris y rojiza se apoderaba de la ciudad. Las personas fueron bajando del vehículo y corrieron a sus hogares. Diógenes hizo lo propio y trotó hacia la casa de sus padres.</p>
<h3 style="text-align: center;">Martes 11 de septiembre, 1973, 19:00 P.M.</h3>
<p>El Presidente se había suicidado. La Moneda era un conjunto de ruinas humeantes. Se imponía una Junta Militar. Diógenes pensaba “Esto era lo que intuía. Pero va resultando peor”.</p>
<p>Se escuchaban disparos, ráfagas, sirenas por doquier. Una noche siniestra se dejaba caer sobre Chile. Más siniestra con aquella neblina que se apoderaba de cada rincón, paso a paso. Los camiones repletos de soldados recorrían las calles erizados de armas. Los militares corrían haciendo retumbar sus pesados bototos.</p>
<p>Diógenes escuchaba los ominosos sonidos en el jardín. De pronto oyó un zumbido de moscardones sobre su cabeza y dos balas de guerra se clavaron en la muralla de ladrillos que tenía al frente. Su madre pasó en ese instante y lo abrazó para que entrara a la casa.</p>
<p>Su padre oía las noticias abatido y apesadumbrado. Conoció otras dos dictaduras, llevaba sus huellas en el cuerpo y la memoria. “Esto va a ser peor”, anunció. Diógenes no quiso oírlo. Pensaba en sus amigos. Tenía ganas de llorar, pero no pudo, las lágrimas se le atragantaron.</p>
<p>Su madre sacó el poster del Ché de su pieza. El de Fidel, el de Ho Chi Minh. Quedaron unas horrorosas manchas de neopreno en la muralla y pintura descascarada. Diógenes quiso protestar, pero le faltaron fuerzas. Los posters de Ella Fitzgerald y John Lennon se salvaron. Diógenes pensó en pegar otros carteles sobre los arrancados. Después decidió no hacerlo. Dejó esas huellas a modo de cicatrices.</p>
<p>Decretaron toque de queda.</p>
<p>No sabía qué hacer.</p>
<p>No podía concentrarse.</p>
<p>El tableteo de las ametralladoras, las aspas de los helicópteros, los camiones rugiendo por la ciudad.</p>
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