Por Max Valdés Avilés

“Y tú, padre mío, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”.

(Dylan Thomas)

Cuando la tarde de ayer acompañé el féretro de nuestro amigo Aníbal Ricci al cementerio, pasó por mi mente este poema —muy desconocido, quizá— del narrador Dylan Thomas. Lo escribió cuando su padre agonizaba, ferozmente, en su hogar. Él tuvo el tiempo de la despedida, el tiempo de las últimas palabras que se dicen para soportar la muerte de quien amas. Ese privilegio nos fue vedado puesto que Aníbal decidió, bruscamente, cortar con el mundo y los paisajes que lo rodeaban. ¿Qué sucede en el alma que de súbito decidimos romper con lo real para huir? Aníbal siempre deseó huir aun de sí mismo. Todo el tiempo que habitó aquí fue provisorio. Él lo sabía y nosotros intuíamos que caminaba por una cuerda floja, que de la noche a la mañana podría venirse cuesta abajo. Y tal vez eso nos asustaba, al menos a mí. Y a pesar de la fragilidad del tiempo que lo contenía mantuvo su humildad, una suerte de falsa serenidad pues sabía que su final se lo fabricaría él mismo.

No siempre convivimos con seres de esta naturaleza: talentosos, pero incapaces de salir a flote por sí mismos, como si la inteligencia no fuese útil para la propia sobrevivencia; sensibles, hasta el punto de escribir con desgarro del dolor y la angustia; frágiles, como un niño pueril que no sospecha los peligros que vuelan sobre su cabeza; arriesgado, pues reconociéndose vulnerable, buscaba en la oscuridad el arma que lo habría de asesinar.

Conocí a Aníbal el año 2000 cuando me mostró su primer manuscrito; era una novela que anunciaba los temas que le inquietaban: la muerte, en primer lugar; la tentación de lo prohibido; los traumas que acarrea la lucidez y la dificultad de vivir el día a día. Me sorprendió su inteligencia, su habilidad lingüística (casi no había que corregir demasiado), su necesidad de escribir todo el tiempo, como si fuese él una máquina de escribir que corre, atolondrándose y cae para luego volver a la misma máquina y continuar hasta extenuarse. No supe si era disciplina o una pulsión constante, pero lo hizo y así llegó a escribir más de una decena de libros, de varios géneros, pero el narrador se metamorfoseaba, se disfrazaba para relatar algo similar: la agonía de estar en el mundo, amar con extrema dificultad y vivir el exceso y caer en espacios marginales. En todos ellos se exponía a que acabaran con él.

Un par de veces —cuando estaba ebrio— lo golpearon sujetos violentos, le robaron su reloj, su celular, sus tarjetas de crédito. En una de esas oportunidades me tocó visitarlo: postrado, me recibió con una sonrisa de niño herido como pidiendo perdón por la falta cometida. No se le podía culpar, castigar o aconsejar diciéndole que se cuidara la próxima vez, que se alejara de esos tipos que solo le producían deterioro; no hubo caso, volvía una vez más sobre el mismo terreno minado poniendo en juego su supervivencia. ¿Cómo comprender que un amigo, a quien respetas y seguramente admiras, se dé el lujo de lanzarse al vacío? Porque eso ocurrió. Una tragedia, en un par de segundos dejó de ver; perdió la razón, tal cual, y olvidó todo su pasado, a todos nosotros, no le importó más que lanzarse al olvido eterno y quizá con ello vencer a la vida, pues la muerte lo jaló y lo lanzó, como quien en un día de furia lanza una fruta contra el pavimento pues esta venía podrida, descompuesta y la única manera de superarlo fuese la ira, la ferocidad, un acto violento para acabar con todo y volverse nada.

Aníbal no entró dócilmente a esa buena noche como el verso de Dylan Thomas. Aníbal no pensó —no podía pensar, su mente estaba destruida por el alcohol— no miró a su alrededor —no podía ver a su familia, a quienes lo criaron y apaciguaron—; no logró recordar a quienes lo amaron. No distinguió el rostro de su madre (dulce, resignada, abatida) que quizá podría haberlo detenido ¡justo a tiempo! Y volverlo a acoger, volverlo niño tierno, travieso y curioso. Pero no fue posible: las garras purulentas de la muerte lo tenían prisionero. Tampoco Aníbal vio a Dios en esa tarde confusa, distorsionada, quien podría haberlo cogido a la fuerza y llevarlo a la calma, decirle quizá no lo hagas, es feo que te vean así, los niños verán tu cadáver y se asustarán y tú no eres de los que asustan a los niños. Eres un buen hombre y podrías ser un gran escritor.

Pero tampoco Dios se le cruzó frente a sus ojos. ¿Quién entonces podría salvarlo? ¿Quién de nosotros estuvo cerca, el día antes, para prevenir esa decisión? ¿O es imposible entrar en la mente y en el corazón del otro? Y lo que pretendemos que es el amor, no es el amor; lo que pretendemos es la solidaridad, no es la solidaridad; lo que pretendemos es la comprensión, tampoco lo es. Hay tantos casos de escritores que culminan así: enredados en una melancolía de hombre muerto. El mismo Dylan Thomas murió por sobredosis; antes de morir dijo: «Me he tomado dieciocho whiskies seguidos, creo que es el récord».

No es una sorpresa la muerte. Lo es la manera cómo nos golpea. Y la forma como sucedió con Aníbal puede ser injusta para un hombre que fue un buen tipo, que no hizo daño a terceros, que mantuvo siempre su generosidad, su sencillez, su buen trato. Sin embargo, fue su vida, su decisión, errada o no, dramática, dolorosa para sus testigos, incomprensible siempre, pero jamás nos enseñarán ni estaremos bien vestidos o relucientes cuando nos comuniquen que un buen amigo nuestro ha muerto.

Esas son las condiciones de este juego de estar en el mundo. Ser soportable. Eso por vencer Aníbal no lo superó. Fue un buen tiempo convivir con él. Fue sano, aunque suene irrisorio. Nos queda lo que escribió y la relectura de sus libros quizá nos ayude a comprender mejor lo que nos quiso decir, todo el tiempo que estuvo con nosotros. Así pasará con él. Así pasará con nosotros. Tal vez por ello escribió tanto y sin duda el oficio de escribir retardó, retrasó su muerte. Como lo hará con nosotros.

Recibí su último manuscrito que se titula: “140 días: El infierno de Pasolini. Diario de una esquizofrenia”. Posee un prólogo de su misma pluma que en un segmento dice: “Esta novela es un recorrido por diferentes estados de consciencia dentro de un proceso de sanación. Por un lado, la idea de superar una profunda adicción a las drogas y por otro, agravada por un contexto mental digamos precario. Esta inestabilidad es producto de un brote esquizofrénico que, cada cuatro años, altera mi funcionamiento del cerebro. Es un círculo vicioso, debido a que mientras más severa es la alteración de dopamina y serotonina, la sensación de felicidad será suprimida y esto impulsará a los centros de placer. Dicho de otro modo, la mente requerirá contrarrestar estos desequilibrios recurriendo a la satisfacción inmediata. En ese esquema entra la cocaína, que inyecta adrenalina al organismo e invoca deseos sexuales fuera de control”.

Este manuscrito parece una confesión de lo que fueron sus últimos meses. Me lo confió para que le diese un informe de lectura pues “veía la posibilidad de que, si poseía valor literario, pensara en ser publicado por Vicio Impune. ¿Estarías dispuesto a jugártela con este nuevo libro? Creo que es el que más me representa. No quiero que caiga al olvido, yo me voy a morir antes que mi padre…” (me escribió en uno de los tantos emails). Lo cierto es que sí merece ser publicado. Aníbal fue un gran narrador y los contenidos de esta novela, de más de doscientas páginas, son desgarradores. Quizá sea el texto en que realmente aparece el autor sin máscaras y vemos su enfermedad de una forma que conmueve por su crudeza y honestidad.

Después de lo sucedido y antes que caiga en el olvido (como todos los escritores) será un homenaje póstumo que deseo cumplir. Es lo menos que un vivo puede hacer por un amigo ya fallecido. Descansa —ahora sí que sí— en paz, querido Aníbal Ricci.