Por Eduardo Contreras Villablanca

El Club de la Serpiente reúne a seis narradores de registros muy distintos, pero unidos por una sensibilidad común hacia la fragilidad de la existencia humana. Aunque los escenarios son diversos, desde los campos de exterminio nazis y la conquista de América hasta villas marginales, cines de barrio, playas solitarias y calles pobladas por vagabundos, los cuentos dialogan entre sí a través de temas persistentes: la memoria, la pérdida, el desarraigo, la identidad, el desencanto y las distintas formas de exclusión social.

Lo anterior, a pesar de la diversidad generaciones de los escritores, como señala el profesor Cristian Montes Capó en el prólogo. La selección incluye a un representante de la Generación de los Novísimos, que es Ramiro Rivas, tres de la Generación NN 80, representada por Jorge Calvo, Miguel de Loyola, y Luis Alberto Tamayo, y finalmente dos que Montes Capó ubica como generación intermedia; Sergio Infante y Guillermo Martínez.

Como bien se señala también en el prólogo, un elemento que cruza y unifica temáticas de los autores, es el golpe de estado de 1973, y sus secuelas de torturas, asesinatos y exilios.

Buscando más elementos comunes de las obras, llama la atención es que la mayoría de los personajes vive bajo el peso de una ausencia. A veces se trata de un familiar desaparecido, de una patria perdida por el exilio o de un amor que no pudo concretarse; otras veces es la pérdida de una posición social, una ilusión o incluso de una imagen propia. Los protagonistas de esta antología raramente están instalados en la plenitud. Son seres marcados por alguna falta fundamental que condiciona su relación con el mundo.

Señalados esas coincidencias, también se observan ejes temáticos distintos, que se indican a continuación.
Uno de los grandes temas de la selección es la memoria. En los relatos de Jorge Calvo, esta adopta una dimensión histórica y política. El cuento Los condenados, sitúa al lector en los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando un grupo de prisioneros judíos destinados al exterminio descubre que el orden que los condenaba comienza a derrumbarse. Equipaje, por su parte, traslada esa reflexión al contexto latinoamericano: un hombre vive obsesionado por la búsqueda de su padre desaparecido y carga literalmente con una maleta que contiene sus pertenencias. El objeto funciona como símbolo de una herencia traumática que atraviesa generaciones. Incluso el cuento El puente, aparentemente más íntimo, conserva una atmósfera de amenaza e incertidumbre que remite a fuerzas exteriores capaces de alterar la vida cotidiana.

La preocupación por la memoria reaparece en Luis Alberto Tamayo, aunque desde otro ángulo. En Temor a las puertas reconstruye con minuciosidad el funcionamiento de los aparatos represivos durante la dictadura: seguimientos, infiltraciones, detenciones, torturas y mecanismos de control basados en el terror. Mientras Calvo observa las consecuencias de la violencia política sobre individuos que sobreviven a ella, Tamayo muestra el funcionamiento mismo de esa maquinaria. Ambos escritores convierten la literatura en un ejercicio de memoria histórica y de resistencia contra el olvido.

Si Calvo y Tamayo miran hacia la historia colectiva, Miguel de Loyola dirige la atención hacia los paisajes interiores de sus personajes. Sus cuentos están dominados por la nostalgia, el deseo y la imaginación. En Muelle solitario, el retorno del exiliado a los paisajes de la infancia adquiere una tonalidad casi fantasmal. En Muerte en la playa, la experiencia del doble transforma una persecución externa en un conflicto con la propia identidad. En Blue Eyes, el narrador construye una fantasía romántica a partir de una mujer prácticamente desconocida, mientras que Piano Man muestra cómo una canción puede convertirse en contenedor de los recuerdos más íntimos.

Los personajes de Loyola tienden a vivir más en sus recuerdos y proyecciones que en el presente. La realidad aparece filtrada por la imaginación, el deseo o la melancolía.

Los relatos de Ramiro Rivas se articulan en torno a conflictos más abiertamente vinculados con la historia previa al golpe de estado, remontando hasta la colonia. En La espera de Marcial, las humillaciones sufridas por el protagonista, remiten a un problema de identidad cultural que sigue resonando en el presente: la tensión entre lo indígena y lo hispánico. La figura de Ercilla, invocada de manera aparentemente delirante por Marcial, adquiere una carga simbólica que conecta el crimen narrado con siglos de relaciones desiguales.

Por su parte, Mi señor y verdugo revisita la conquista de México desde la perspectiva de uno de los hombres de Cortés, explorando las complejidades humanas que se esconden dentro de los grandes acontecimientos históricos. La presencia de Malinche permite reflexionar sobre mestizaje, lealtad, subordinación y supervivencia.

Incluso relatos como Bruno Solorza giran en torno a jerarquías, traiciones y relaciones de dominación. En Rivas, los personajes nunca están separados de las estructuras de poder que los rodean.

En Sergio Infante aparece una combinación singular de cotidianidad e inquietud. Sus relatos parten de situaciones reconocibles, pero progresivamente revelan dimensiones absurdas, irónicas o inquietantes. En El último regalo transforma una relación matrimonial rutinaria en una tragedia marcada por la ironía del destino. Locus amoenus presenta un escenario próximo a la distopía, donde la devastación convive con la persistencia de vínculos humanos. Desconocidos en el Baquedano captura con notable precisión la intensidad obsesiva del deseo adolescente.

Infante parece particularmente interesado en mostrar que la existencia puede cambiar radicalmente por pequeños accidentes, obsesiones o circunstancias inesperadas. Sus personajes son frágiles, y esa fragilidad suele revelarse de manera súbita.

La incorporación de Guillermo Martínez añade una dimensión muy importante a la antología: la mirada sobre quienes habitan los márgenes económicos y sociales.

En Carretón panadero, aparecen las relaciones de dependencia del mundo rural tradicional, el problema del inquilinaje y las limitadas posibilidades de movilidad social. El protagonista debe escoger entre una libertad precaria y una existencia sometida a estructuras heredadas.

El cuento El regalo, ofrece quizá una de las imágenes más conmovedoras de toda la colección: un hombre en situación de calle intenta expresar gratitud mediante un gesto mínimo y termina enfrentándose a una sucesión de pérdidas que revelan la extrema vulnerabilidad de quienes viven fuera de las frágiles y mínimas redes de protección social.

En Quiebra, introduce además una dimensión muy contemporánea, al mostrar personajes que intentan explicar su frustración personal a partir de cambios históricos recientes. El cuento resulta interesante porque retrata no solo la marginalidad económica sino también las narrativas con que los individuos intentan dar sentido a sus derrotas, en este caso atribuyendo una culpa a la revuelta del año 2019.

Finalmente, Vaso vacío mezcla el policial, la crítica social y la memoria tanto de la dictadura como del holocausto en la Segunda Guerra Mundial. El protagonista, discapacitado y socialmente vulnerable, se convierte en un observador privilegiado de un entorno marcado por la corrupción, la cercanía con el poder y los secretos políticos.

Martínez pone énfasis en las consecuencias de los golpes de la historia sobre personas anónimas. Su foco parece estar en mostrarnos a quienes quedan abajo cuando los grandes procesos históricos terminan.

Tamayo aporta dos registros muy distintos, pero complementarios. En Estas cosas no pasan en Iowa aparece un personaje fascinante: Marito Vizcarra, un hombre que construye toda una identidad a partir del carisma y de pequeñas falsificaciones biográficas. El cuento explora la frontera entre realidad y representación, entre lo que una persona es y lo que consigue que otros crean de ella. La desaparición final del personaje refuerza esa condición casi fantasmal.

Temor a las puertas, en cambio, opera en un registro radicalmente diferente. Es probablemente uno de los textos más duros de la antología, porque describe sin artificios el funcionamiento de la represión política. Los organismos represivos representan el poder absoluto del estado sustentado por el terror y el control.

A pesar de estas diferencias temáticas, los seis autores convergen en varios puntos que se señalaron en el párrafo inicial, y que se detallan un poco más a continuación.

La soledad. Los protagonistas suelen encontrarse aislados: el exiliado de Muelle solitario, el hombre que busca a su padre en Equipaje, el vagabundo de El regalo, el adolescente obsesionado de Desconocidos en el Baquedano o los militantes atrapados en Temor a las puertas. La soledad aparece como condición existencial más que como circunstancia pasajera.

El pasado, que nunca desaparece. Puede adoptar la forma del Holocausto, la dictadura, el exilio, la conquista, un amor perdido o una experiencia juvenil. Los personajes viven constantemente dialogando con aquello que ya ocurrió.

Las identidades individuales inestables. Varios cuentos exploran sujetos que no saben bien quiénes son o que construyen versiones alternativas de sí mismos. Esto va desde el desdoblamiento de Muerte en la playa hasta la impostura de Marito Vizcarra, pasando por los conflictos la condición desplazada de numerosos personajes de Martínez.

Los márgenes. Pocas veces la antología se interesa por personajes exitosos o poderosos. Sus protagonistas suelen ser exiliados, pobres, discapacitados, adolescentes confundidos, presos, perseguidos políticos, trabajadores precarios o sujetos derrotados por las circunstancias. La periferia, más que el centro, es el espacio privilegiado de observación.

El desencanto. La mayoría de los relatos evita las resoluciones triunfales. Predomina una mirada crítica y melancólica sobre la vida, donde los personajes deben convivir con pérdidas, frustraciones o revelaciones dolorosas.

Vista en conjunto, EL CLUB DE LA SERPIENTE se revela como un mosaico de distintas formas de exclusión y resistencia. Cada autor aporta una perspectiva particular: Calvo indaga en la memoria histórica; Loyola en la subjetividad y el deseo; Rivas en las tensiones de la identidad y el poder; Infante en la fragilidad de la vida cotidiana; Martínez en los derrotados y olvidados de la sociedad; y Tamayo en los mecanismos del engaño y la violencia política.

La diversidad de escenarios y estilos podría haber dispersado el conjunto, pero ocurre lo contrario. Lo que termina uniendo a estos escritores es una preocupación compartida por aquellos seres humanos que cargan con heridas visibles o invisibles. En ese sentido, la serpiente del título, si bien se explicita que es un homenaje a Julio Cortázar y su célebre Rayuela, podría leerse como una metáfora de aquello que atraviesa toda la antología: una memoria persistente, inquietante y difícil de abandonar, en torno a personajes que intentan encontrar un lugar en un mundo que rara vez se muestra hospitalario, y que muchas veces los agrede de manera brutal, como en el México de la conquista, en la Alemania de Hitler y décadas después en el Chile de Pinochet, en un ciclo que se repite en el tiempo, como la serpiente que se muerde la cola (Ouroboros), formando un círculo que, de acuerdo a las tradiciones egipcias y helenísticas, es el símbolo de la totalidad, la infinitud y la naturaleza cíclica del mundo, en este caso, la de los golpes de su historia.

El Club de la Serpiente. Antología.
El Club de la Serpiente. Antología.