Por Eddie Morales Piña

La obra de Daniela Catrileo (Santiago, 1987) tiene un hermoso título. De por sí, el onomástico con que se reúne su poesía, 2016-2026, es poético lírico. El verbo soñar tiene connotaciones que van más allá del mero actuar del subconsciente, en el momento del ingreso en la etapa donde el durmiente entra en un mundo paralelo, en que todo puede ser independientemente de las teorías freudianas. Por otra parte, el ensoñar en este caso tiene un complemento. Se trata de cetáceos, criaturas marinas que, sin duda, que están rodeadas de un halo especial; son como los personajes principales de las aguas oceánicas y que han adquirido una simbología en la literatura universal -cómo no recordar a Moby Dick-.

El título de la obra compilatoria de la poeta Catrileo forma parte de un poemario en curso, pero que ha escogido -o los editores lo han hecho- para darle nombre al texto que recoge su creación poética en los años señalados. Soñamos con cetáceos, de algún modo, nos conecta con el agua. El agua es como el leitmotiv de la escritura de la poeta. Y en cuanto formando parte de los elementos primordiales de la materia, el agua tiene -por sí misma- una significación especial. Simbólicamente, el agua puede representar muchas ideas y acontecimientos -en la Biblia el agua es un núcleo esencial desde el Génesis hasta el final de la escritura.

El texto de la poeta Daniela Catrileo contempla un quehacer poético de diez años. Este mester -la palabra proviene del castellano medieval y alude al trabajo, en este caso, poético- de Catrileo mantiene a lo largo de la década sus características presentes en el primer texto con que comenzó su emergencia en la literatura chilena contemporánea, especialmente en la lírica. Desde el primer poemario el agua es el elemento que, como un símbolo, se hace presente. En algunos de los textos posteriores puede que el vital elemento no se trasluzca de forma evidente, pero el lector/a se dará cuenta que está omnipresente. Catrileo es el agua. Su apellido es del mapudungun y significa río cortado. Interesante dato escriturario para dar con el sentido profundo de los poemas que conforman el texto que es la poesía reunida.

El poemario de 2016 se denomina Río herido que -de cierta forma- es una manera de aludir a una afluente torrentosa como los ríos sureños, pero que está connotado con el adjetivo que tiene una potencia significativa evidente. La vida como un río herido no sólo de quien es la hablante lírica, sino de un pueblo ancestral en el devenir de la historia: “El río es voz/ que no/ calla // ¿Qué se abre/ en el lenguaje/ de las aguas?” Lo que se abre en este lenguaje acuático es una verdad existencial de la hablante que involucra lo ancestral y también la realidad en la que ella, la poeta Catrileo, transita. La imagen del río es altamente connotativa.

El poeta medieval Gonzalo de Berceo escribía que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. El río como un tránsito permanente. Como decía un pensador griego antiguo, el río no siempre es el mismo, pues se renueva cada vez en su devenir. Lo mismo puede decirse de la poética de Catrileo desde el año en que emerge su lírica hasta la producción en progreso, que es el que alude a los sueños con los cetáceos. El poeta del mester clerical medieval tenía razón. Todo río desemboca en el mar que es el fundirse en el todo de la humanidad y del universo.

La poética de Catrileo, en este sentido, es una escritura memorialista. El río se configura como la imagen del discurrir de la vida. Es su escritura como la contemplación de un álbum de fotografías. Un álbum como aquellos de épocas pretéritas -no como las fotos que se almacenan en un dispositivo digital- donde el observador va dando vueltas las páginas y va descubriendo el pasado del que, tal vez, no alcanzó a conocer. El verbo soñar vuelve, entonces, a resonar en la configuración textual: “El niño que es mi padre/ corre por el verde mohoso del cerro. // Acarrea bueyes tras un espejo/ amarra troncos/ con la pericia salvaje del nudo. // Prepara la carreta/ hacia su último viaje”.

La poesía de Daniela Catrileo -el lector/a podrá darse cuenta- tiene múltiples resonancias expresivas. La poesía lírica de por sí posee este sentido inmanente. Cada creador lírico tematiza de acuerdo a su percepción estética las experiencias vivenciales y su estar en el mundo. La palabra poética es la que da el ser a lo expresado: “¿El río nos podrá salvar?”. De este modo, la poiesis de Catrileo es una constante pregunta como la que acabo de señalar. El mester poético es una forma de salvación, pues en el ejercicio de la creación lírica la hablante lírica va revelando su existencia como ser: “No se puede huir/ de aquellos que se oculta”. El ejercicio poético de Catrileo -su mester- no dejará al receptor indiferente, ya que es una poesía lírica que nos va adentrando a un mundo donde lo ancestral tiene mucho que dar como forma existencial y donde los motivos líricos como el amor -en el amplio sentido de la palabra- y el lenguaje, van alcanzando cotas sobresalientes desde el Río herido hasta Soñamos con cetáceos: “Trepamos una loma/ y soñamos con cetáceos/ navegando unos mares”. En definitiva, una poeta imprescindible en la lírica chilena reciente. Absolutamente recomendable: “Olvidar todo hasta volver a nacer, y treparse al cristal como un liquen a su helecho”. Sin perder de vista en el acto de lectura la imagen del río. He ahí la clave de este libro que es más que uno.

Daniela Catrileo: Soñamos con cetáceos. Poesía reunida 2016-2026.
Santiago. Editorial Planeta Chilena S. A. 2026. 333 pág.

Soñamos con cetáceos
Soñamos con cetáceos