Por Jorge Muñoz Gallardo

Como un atardecer de invierno,
la sombra fue apagando la luz de mis ojos.
El río y las casas, cercas y calles,
siluetas, fulgores, se iban borrando.
Niebla, tarde, lluvia,
en mi pecho se agitaban con temblores de aflicción.
Miradas, sonrisas, los rostros amados, se desvanecían.
El mundo retrocedía lentamente a mi alrededor.
El miedo se apoderaba de mi ser.
Me agobiaban las preguntas, la falta de respuestas.
Debía hacerme y rehacerme en un continuo esfuerzo.
Conocí la extraña sensación de ser distinto y me puse una y mil máscaras.
Una y otra vez renegué de Dios.
Añoraba no saber, dormir, descansar, no oír los martillos de mi corazón.
Pero, a pesar de todo, había algo que empezaba a despertar.
Era un soplo, una débil esperanza, un sentir en la piel.
La sombra empezaba a enseñarme,
a moldearme en una nueva fragua, en un nuevo y sabio útero.
El oído, el tacto, el olfato, el gusto, buscaban, conocían.
Se acomodaban los aciertos y los errores.
En ese fluir misterioso había dolor, también crecimiento.
Los más pequeños detalles de la vida alcanzaban una dimensión nueva.
Ni Demócrito, ni la media luna del persa, ni la espada del danés,
sólo el hombre ante sí mismo.
Y la mujer, en fina arcilla moldeada
me enseñó su corazón y la flor abierta de sus labios.
Y descubrí en su vientre una playa tibia.
En sus manos suaves, una honda promesa.
En su voz, un arpegio del amanecer.
Y nací de nuevo, y seguiré naciendo y muriendo
Hasta disolverme, como en el mar la lluvia.