Por Miguel de Loyola

Leemos La metamorfosis, de Franz Kafka y quedamos estupefactos ante la frialdad del relato. ¿Qué quiso decir el autor? Tal vez sea la primera pregunta que nos asalta cuando terminamos su lectura. Nos quedamos pensando, por cierto; qué puede representar esta  escalofriante transformación del personaje.

Una interpretación bastante lineal puede llevarnos  fácilmente a deducir que Gregorio está cansado del trabajo. Asunto muy natural por lo demás, quién no lo ha estado alguna vez en el mundo, sobre todo si hay que madrugar como Gregorio a las 5 de la mañana. Sumémosle a ello las deudas familiares que arrastra sobre sus hombros juveniles. Por tanto, es posible que se sienta mayormente agobiado por aquel peso. Sin embargo, sabemos bien que en la realidad la gente no se transforma en bicho por razones o causas semejantes, y ni aún por otras peores. Las personas, los seres humanos, siguen con sus formas humanas hasta el final de su existencia, cualquiera sea el resultado de sus vidas. Al menos eso nos dice la realidad, la realidad lineal, cualquiera otra transformación la llamaríamos fantástica, en tanto se escapa a lo real, a la manera convencional que tenemos de percibir la realidad circundante.

Contrariamente a ello, en el relato asistimos a la transformación completa del personaje. Sin más trámites, Gregorio Samsa se convierte en un bicho, aunque bastante poco definido físicamente por el narrador, de igual modo el lector comenzará a imaginárselo, primero muy lentamente, hasta convencerse del todo que se trata de un bicho, y, además, repelente como la inmensa mayoría de los bichos.

Así avanza esta sinfonía kafkiana, introduciendo al lector de golpe en un episodio que tiene un origen fantástico (irreal), pero manejado como algo tan natural como si no lo fuera en modo alguno. Convertirse en un bicho -parece decir entre líneas el autor- es algo natural que nos suceda. En un bicho que por tal abandona sus obligaciones, y todo el interés por su vida pasada en esa ayer llamada normalidad donde se movía su vida de empleado de una casa de comercio.

 Por cierto, las posibles lecturas o interpretaciones de la metamorfosis son muchas, pero es indudable que todas apuntan hacia el ser y a su sentido existencial, quien soy, qué hago aquí, para dónde voy, son las preguntas clásicas que rondan la mente del hombre de todos los tiempos. Las preguntas están dando vueltas permanentemente en el relato, desde el momento en que Gregorio se despierta esa misma mañana sobre la cama. Sólo culminarán con su muerte, la cual parece ser el fin de todo, o la única salida posible para la filosofía kafkiana, como veremos tras la lectura de sus libros.

Recursos estilísticos

Pero veamos un poco la historia ahora desde el punto puramente literario, sin entrar en interpretaciones ajenas a la creación artística propiamente tal. Es indudable que Kafka quiere impactar al lector con el relato, y vaya si no da un golpe de martillo en la atención para mostrar una nueva dimensión de la realidad. Para ello transforma su personaje en esa cosa repelente, usando varios recursos estilísticos. Destacamos primero lo grotesco como herramienta o material del arte para configurar un elemento sustancial en su obra que le permita provocar al lector al punto de revolverle los pensamientos para llevarlo, engatusado, por cierto,  a dónde lleva una obra de arte a su espectador: el plano de la alegoría. Único escenario posible donde la obra parece trasmitir la experiencia de su propio hallazgo,  traspasando allí –en medio de la alegoría- sus propias preguntas al lector. Esa verdad, como propone R.L. Stevenson, a punto de revelarse.

Interesante resulta preguntarse cómo lo consigue, como llega Kafka a convencer al lector de semejante posibilidad. Hemos dicho que a través de un uso despiadado de lo grotesco, pero no siempre lo grotesco termina siendo creíble, como sí ocurre con el bicho kafkiano. Hay que seguir desmenuzando el desparpajo del narrador. Hay tal convencimiento en lo que dice, y la novela avanza con la misma naturalidad como si nada extraordinario hubiese ocurrido. Es decir, en ningún momento nos hará dudar de la nueva realidad de Gregorio, no existe un solo traspié que proponga una vuelta a la normalidad, todo sigue de acuerdo a la nueva dimensión creada a partir de aquella mañana en que Gregorio no puede levantarse a trabajar.

Aunque, por cierto, nada puede ser más grotesco que ver transformada la humanidad en monstruosa. Aunque se trate de un monstruo inofensivo, como ocurre con el bicho de Kafka, por el cual, llegado a un punto, comenzaremos a sentir toda esa piedad que no sienten quienes le rodean. Al menos en apariencia. 

La historia de la extraña metamorfosis se nos cuenta lineal, de principio a fin, sin claudicar en ningún momento, hasta que el bicho aquel es sencillamente olvidado, se ha muerto, dicen. Y es también creíble su muerte para el lector, es más, sosiega la imaginación del lector, quien queda tan tranquilo con la muerte de Gregorio como lo ha quedado su familia.

Pero la lectura se extiende más allá. El proceso de relleno de aquello no contado sigue avanzando en la mente del lector, quien no dejará de preguntarse qué hicieron finalmente con el bicho. Nadie piensa en un funeral, sino más bien en que ha ido a parar al basurero como un bicho cualquiera. Tal vez el relato así lo indica en forma explícita, y la vida continúa, no sólo eso, debe continuar, como efectivamente ocurre en todos los casos, pase lo que pase, muera quien muera, la vida , la rutina debe continuar.

Los personajes

Podemos dar una mirada a los personajes que intervienen en la fábula, también como una manera de indagar en otro de los elementos artísticos que van dando forma y sentido a la historia. Aunque en principio nos resultan distantes, ajenos e inmutables frente a la situación de Gregorio. Esta impermeabilidad de los personajes, sin duda contribuye a crear el clima propicio para una mejor recreación de la alegoría. El estilo indolente, desaprensivo, desinteresado y rayano en la desidia, anticipa lo que será algunos años más tarde el Teatro del Absurdo. La indiferencia de post guerra, el agotamiento de los sueños del corazón, el fin de las grandes utopías.

El padre, se nos representa más bien como un hombre bonachón a quien le ha ido mal en la vida. Tiene deudas que debe pagar el hijo, pero no aparece afectado por el peso de ellas. Tampoco enrostra a Gregorio por causa de las mismas, ni parece desesperarse por el estado del hijo. Es capaz de tirarle manzanas sin remordimientos, casi como un juego. Su salud no es mala, por cuanto consigue un empleo de guardia una vez el hijo enferma.

Y también sabe defender la dignidad de su familia llegado el momento, como ocurre cuando expulsa a los huéspedes. Es una presencia importante en la casa, su voz traspasa los espacios cada vez que habla, pero no tiene aquel aspecto temible que inhibe a Gregorio, sino más bien el aspecto de un hombre agotado, cansado.

La madre, a quien por su delicadeza al parecer Gregorio sublima, es una persona que no tiene un lugar claro en el hogar. Débil de carácter, apenas si se atreve a mirarlo, y no es capaz de tomar decisiones al interior de ese hogar. A pesar que a Gregorio, el sólo oír su voz lo calma y serena. Hay aquí quizá en esta relación un rasgo del afecto primitivo y natural entre madre e hijo y viceversa.

La hermana, quien sin duda es el personaje más activo al interior de la familia, notamos la cercanía y empatía generacional con el hermano, sus esmeros y cuidados, pero asistimos también poco a poco a la actitud inmisericorde que termina adoptando frente a  la situación de Gregorio. Es ella tal vez quien menos desespera, quien parece entender la situación de su hermano, pero no es capaz de percibir el agrado de Gregorio cuando la oye tocar el violín. Hay ahí una contradicción de sensibilidades, por una parte comprende y por otra niega tal comprensión.

La criada juega un rol nada robótico en contraste con la actitud de los parientes de Gregorio, ella quiere claramente que la despidan, no puede resistir la situación. Es ella quien realmente advierte y apenas tolera la presencia del monstruo en la casa.

Los tres huéspedes parecen ser nosotros, los lectores, quienes nos sentamos a festejar el espectáculo, exigiendo por supuesto esto o aquello. La presencia de estos hombres es la culminación del absurdo dentro del absurdo de la historia. Podríamos llamarlos los sepultureros, van de levita negra y sombrero negro, no hay piedad en sus comentarios. Los cuales, dada la situación, resultan hasta muy razonables en su posición.

Es indudable que el manejo de los personajes responde a una elaboración premeditada de los mismos. ¿Sentiría el mismo impacto el lector frente a una madre piadosa? ¿O frente a un padre enrostrador de la situación? ¿Frente a una hermana que sintiera conmiseración por su hermano y se largara a llorar eternamente? Kafka está buscando un efecto, sin duda, tal vez el mismo el efecto de distanciamiento que propone Bertolt Brecht frente al espectador. De hecho, en una de sus frases célebres, Franz Kafka sostiene: 

Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser el hacha que rompa nuestra mar congelada.

Revisemos la premisa de Bertolt Brecht y comprobaremos estupefactos la semejanza de criterios:

 Para evitar que el público caiga en un estado de aceptación pasiva, es preciso hacer añicos la realidad utilizando el distanciamiento.

La anécdota

Volvamos nuevamente nuestra atención a la anécdota completa para retomar otro hilo de la conversación.

Un joven vendedor viajero de cierta importancia se descubre una mañana a sí mismo convertido en un bicho, la única explicación posible a su delirante transformación parece hallarla en su atraso. Gregorio Samsa se ha quedado dormido, y quedarse dormido constituye una falta grave como vendedor de comercio de una empresa. Debe tomar el tren de las 6 de la mañana, pero ya son cerca de las 7 y permanece aún absorto en la cama, pensando qué pudo haberle ocurrido a su despertador. Y así, poco a poco, este joven que se nos representa al principio como tal, vendedor de comercio,  comienza a verse a sí mismo incapacitado para levantarse, imposibilitado de hablar, de decir lo que le pasa a sus parientes cuando le tocan la puerta preguntándole qué sucede. La voz no le sale natural, no le entienden lo que dice. Atónito, descubre que ha perdido la forma humana, que ya no tiene piernas, sino múltiples patas moviéndose. Así sorpresivamente el personaje se encuentra transformado en un bicho,  traspasando, seguidamente, la inquietud al lector, quien comenzará a verlo como tal, a producirse el fenómeno de la verosimilitud en medio de lo absolutamente inverosímil, como el hecho de convertirse en un bicho rastrero, además, de múltiples patas, de cuyo rostro no sabemos nada.

La metamorfosis del personaje es tan perfecta ante los ojos del lector, al punto que en lo sucesivo ya no lo volverá a ver como el joven viajante de comercio, sino en aquel extraño estado en que está convertido.

La frialdad del relato de Kafka para abordar los conflictos del alma resulta aquí un camino seguro para penetrar la corteza más dura del inconsciente, insertándose en el corazón del ser para mirar desde allí mismo todas sus posibilidades de existencia.

Sin embargo, es indudable que tal búsqueda ha sido propulsada por un sentimiento que persigue al creador: la culpa.

 Lógica explicativa

Por otra parte,  la rebelación de Gregorio podría ser contra el hastío de estar sometido a obligaciones desagradables. Pero tampoco él las describe, ni siquiera habla mal de ellas, no hay odio  en sus palabras, no hay resentimientos sociales evidentes, no hay envidias presumibles, ni aún en medio de su desgracia, no hay tampoco desprecio explícito por sus jefes ni por su trabajo. Sólo está la extraña  transformación en una alimaña cuyo sentido ignora e ignoramos, acaso porque además nos resulta un bicho estúpido, que no sabe hacer otra cosa que correr de un lado a otro por el interior de la pieza. Un bicho que además no es agresivo, por el contrario, parece lo suficientemente sumiso como para mantenerlo encerrado en su dormitorio para siempre.

El texto puede llevarnos a combinaciones alucinantes, a la simbiosis, por ejemplo, de transformar al lector en aquel bicho extraño, encerrado en la habitación de su propia alma. O en la familia del bicho, expectante de la situación, pero incapaz de poder hacer algo, como suele ocurrir en la realidad cotidiana de cualquier familia enfrentada a un problema insoluble.

 La biografía

Hay quienes buscando una explicación lógica del relato  acuden a la biografía del autor para hallar una posible explicación, olvidando, por supuesto, que La metamorfosis es una obra de arte y nada puede importar la biografía real del autor en su cristalización. La obra no destila precisamente la vida del artista, sino  aquel punto de alumbramiento donde pudo plasmar ( con palabras, color, luz, notas) su luminosidad.          

Es posible que el biógrafo encuentre referentes reales de la situación del personaje de La metamorfosis, concretamente su difícil relación con el padre, la cual, por cierto, Freud vería tal vez como una patología no precisamente del padre, sino del propio Franz Kafka, quien, sabemos, padecía los enfermizos complejos de culpa que conocemos. Pero si bien estos antecedentes que podríamos llamar reales, nada tienen que ver con la verdad que una obra de arte destila.

En cuanto a las relaciones del personaje con otros de sus personajes, sin duda también podemos hallar una analogía con Josef K. en El proceso, al momento de morir como un perro, un final que se parece en mucho a La metamorfosis. La muerte es el único fin, parece la mejor respuesta de Kafka ante cualquier interrogante que exceda el plano lógico. La muerte es el verdadero fin, no hay otro, no hay respuestas…

Lecturas

La multiplicidad de lecturas posibles surgen a partir del elemento fantástico del relato, y habrá tantas, como tantos lectores existan, pero lo importante no es saber cuál es la correcta. O sea, cuál se nos impone como verdad, patentizada por una mayor fuente de poder, sino, por el contrario, en el caso de la obra de arte, lo que importa es la pregunta, la pregunta planteada al interior de la obra es, en definitiva, la que abre los ojos al lector.  Eso es lo verdaderamente literario.