Por José Miguel Neira Cisternas
Santiago, Chile, Julio de 2026
A las preguntas acerca de ¿qué puedo yo llegar a saber? y ¿qué debo yo hacer? Immanuel Kant respondió que la conclusión a que había llegado era que las fuentes de nuestro conocimiento son dos: el mundo sensible y la razón. Del mundo sensible obtenemos variadas percepciones mas no la realidad en su conjunto; es decir captamos las formas como la realidad impresiona nuestros sentidos, mientras la razón, en cambio, nos acerca al conocimiento primario.
Ambas fuentes: el mundo sensible y la razón, resultan de las acciones que el ser humano emprende impulsado por una voluntad que le permite observar, analizar y sentir, a partir de los estímulos diversos que aparecen en el decurso de aquel propósito. Así, el ser humano razona y actúa dando a sus actos intencionalidad; esto permite que –individual y socialmente- sus propósitos puedan ser calificados como buenos, apropiados, adversos o perversos.
El calificativo que otorguemos a los actos propios o a los de otros, emana del hecho irrefutable de que todos los seres humanos somos racionales. Es cierto que razonamos, pero Hegel agrega que lo que necesitamos es que los seres humanos sean razonables, lo que constituye una aspiración a algo superior, en la que fatalmente anida la controversia, dado que los criterios para calificar algo o un hecho como aceptable o comprensible son variados, debido a que sobre cada cosa o asunto hay más de un punto de vista, a partir de que somos parte de una sociedad, vale decir, miembros de una asociación impuesta o indeseada, compuesta por seres desiguales. Como constatación de esta idea, un siglo después Ludwig Feuerbach afirmó que “no se piensa igual desde un palacio que desde una choza.”
Como un acto de libertad, la voluntad es rescatada por los iluministas para ser puesta al servicio de la razón en pro de un conocimiento primario. Así, la libertad, en términos kantianos, es una facultad humana indivisible e inalienable, coincidente con las proclamas del liberalismo político de Locke, facultad que irrumpe en la historia de las ideas con un hecho concreto: la gloriosa revolución inglesa de 1688, el antecedente político del movimiento ilustrado y fundamento del republicanismo y de las revoluciones burguesas de fines del siglo siguiente: la norteamericana de 1776 y la francesa de 1789.
¿Por qué mencionar a Immanuel Kant? Lo hacemos porque en un mundo cada vez más pragmático, todo se vuelve objeto de cuestionamientos y esta colisión de argumentos incoherentes, confusos, incompletos o deformados por el oportunismo, habría de desembocar, inevitablemente, en la interrogante acerca de qué tipo de sociedad nos merecemos los seres humanos, dando origen a los derechos que deben acompañar esa aspiración y al cuestionar de conceptual de los derechos humanos como de su vigencia. A lo largo de este proceso iniciado tardíamente, podemos afirmar que los Derechos Humanos son un referente relevante, como orientación moral para la consumación de conductas razonables. Sin embargo, la constatación de su violación sistemática, habla de una muy relativa vigencia de la moralidad en diversas esferas del poder, tanto como sus violaciones seculares, demuestran que su instalación en el gran dispensario de ideas de la historia, es tan tardío y coetáneo como el concepto de clase social.
Ambos conceptos, surgen de un milenario conflicto de intereses entre grupos sociales antagónicos, pero que entran a sistematizarse a partir de la emergencia consciente de la burguesía, como una clase que disputa el poder a la nobleza haragana, y alcanzan claramente su objetivo en la Inglaterra de fines del siglo XVII desarrollándose hacia el resto del mundo en el siglo siguiente: el siglo de las luces.
A lo largo de una ilustración que, como ideología influirá sobre las mentes más sensibles durante al menos dos siglos, Kant emerge como el racionalista que habla de actos morales y Hegel, como el pensador que levanta el concepto antagónico de Sociedad Civil y que, aun siendo un gran racionalista, valora el rol de la pasión en los procesos históricos.
Un siglo antes y en sentido contrario, Hobbes, exponía casi como una fatalidad, es decir, como algo inevitable, la necesidad de un poder absoluto mientras “el hombre sea lobo del hombre”, y es una gran verdad, que buena parte de aquel juicio, expuesto en 1651 en su Leviatán, parece no haber perdido vigencia.
Precisemos, sin embargo, que el poseer la razón no es garantía alguna de triunfo, y que más que un lugar común es aquello de que la historia la escriben los vencedores, no porque tengan la razón o sean objeto de la predestinación de un supraterrenal poder dispensador de favores, sino por los empleos fríos y oportunos de la fuerza y del engaño. Macchiavelli, desterrado tras la derrota de la restauración republicana de Florencia, escribió en El Príncipe que “el triunfo siempre exime, la derrota jamás.”
Benedetto Croce, compatriota suyo, dirá cuatro siglos más tarde que “la historia es la hazaña de la libertad”. Nosotros, menos optimistas que el gran filósofo y esteta italiano, podríamos afirmar que la historia es la larga lucha por la libertad y que en esta lucha, como en cualquier guerra, la verdad es siempre la primera víctima. Ahora, si la libertad es algo inseparable del ser humano, algo que a los seres más conscientes de su valía no les podrán arrancar jamás, entonces tendríamos que sostener con Sartre, que estamos condenados a ser libres, porque esta cualidad es inseparable del ser humano, un ser con proyectos y con memoria. Un animal eminentemente social: el animal político de Aristóteles; un ser dotado de historia.
De allí que observemos con atención, el cuadro desolador y nada nuevo de la continua y sistemática violación de las libertades individuales, a la par de cómo se propician distractivos para la heteronomía o ausencia de autonomía, anestesiando o adormeciendo la libertad para no desestabilizar el orden imperante. Así, a sabiendas de que tiene el control suficiente, el sistema endulza la autonomía remanente, para asignarle un carácter periférico, casi inocuo y hasta estructural, con rótulos embriagadores como hobbies, pasatiempos o actividades de tiempo libre (Kotow Lang).
Volviendo a Kant, este afirma que el ser humano es persona en tanto un agente racional y moral que se reconoce como tal entre otras personas, motivado por intereses y a la vez consciente de que los otros seres poseen también sus propios intereses, lo que delimita sus motivos.
Es necesario empero, señalar que la persona llega a serlo siempre y cuando disponga de un entorno sociocultural acogedor porque, como un continuo, habrá individuos ansiosos pero impedidos de personalidad, por lo que los Estados -creativamente- deberían garantizarles las posibilidades para una mejor inserción cultural como seres de derecho; es la tarea que impone a los gobiernos un humanismo ético.
Hemos empleado hasta aquí, en varios párrafos, la palabra persona. Siendo muy antiguo el origen etimológico de este sustantivo y largo el proceso de asignación de sus cualidades y contenidos, debemos entenderla como resultado de un metamórfico constructio de superposiciones y significados complementarios. Phersu es la palabra etrusca que designa a una máscara. Luego, la representación escénica designará con ese término parte principal del atuendo y también el rol de un actor que, al representar a otro, se convierte en el personaje del teatro griego. Casi veinte siglos después, durante la baja edad media (siglo XIII), persona distingue a un individuo que difiere de otros por rasgos propios que le son característicos, descripción que luego de otros siglos, dará paso a lo que entendemos como la personalidad de un ser; aquello que también se da en llamar el carácter. Así, a toda persona, por poseer características que la diferencian de otras, debemos entenderla como un individuo.
Si los individuos realizan muchas tareas en común, se comprende como a partir de la necesaria estructuración de funciones, el buró de los tiempos más modernos dará origen al personal, concepto que designa a los grupos que realizan funciones subalternas dentro del Estado y luego de una empresa. Grupos con un rol suplementario: un término meramente instrumental.
Luego de lo expuesto, se comprende que persona es un agregado que distingue a un ser humano como individuo. Un ser con poca o mucha dignidad, según las cualidades que épocas más recientes van agregando y reconociendo, en la medida en que se las reclama como derechos inherentes, ante el peligro de no ser aceptadas o de serle arrebatadas.
De esto concluimos que no se es persona por nacer humano, sino por cualidades que se le reconocen y conquista, porque le resultan inviolables y le elevan social y culturalmente. Al respecto, recuerdo con no poca emoción, el afiche del Primer Simposium Internacional de Derechos Humanos, realizado en el Chile de 1978, y que la Vicaría de la Solidaridad instaló en la fachada de nuestro templo catedral frente a la Plaza de Armas de Santiago, con la imagen escultórica de uno de los cautivos de Michelangelo Buonarroti, esforzándose en levantar con sus poderosos brazos la piedra que aún cubre su cabeza, precedido de una tremenda invocación ¡Todo hombre tiene derecho a ser persona!
Si los derechos humanos comienzan su dialéctico y difícil proceso de difusión, asimilación, enriquecimiento cualitativo y también de rechazos a partir del movimiento ilustrado y muchas declaraciones los expusieron desde entonces, la inmensa mayoría de ellas -desgraciadamente- no pasaron de las buenas intenciones o de ser simples recursos propagandísticos, destinados a obtener apoyos externos para causas que no tenían precisamente un carácter humanitario. Prueba de ello, los Estados Unidos, la primera república inspirada en los altos ideales liberales de la ilustración, mantuvo vigente la esclavitud para la población afro descendiente otro siglo, hasta finalizada la guerra de secesión en 1865, mientras las discriminaciones hacia esa misma población continuaron perpetrándose hasta un siglo después, en las luchas que los negros sostuvieron por los derechos civiles en la década de 1960 y que tantas víctimas costaron.
En Francia, la Asamblea de los Estados Generales contaba en 1789, con un importante elenco de diputados abolicionistas. Sin embargo, las discusiones acerca de la igualdad entre los hombres, que obtuvieron rápidos resultados en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y que tendrían luego influencia en nuestras repúblicas, no impidieron que durante etapas más radicales de la revolución, se trajera hasta Haití la guillotina, para cortar las cabezas de esos mismos esclavos que poco antes habían impedido que la Perla de las Antillas fuera tomada por los británicos. Lo anterior, no impidió que éstos, ya fogueados por las guerras anteriores, pudieran expulsar a las tropas coloniales y proclamar la primera república negra del mundo en 1804.
En nuestro país, los manuales de Historia Nacional, han enseñado por largo tiempo, que Chile fue, después de Dinamarca, el primer país de América en declarar el fin de la esclavitud mediante la Ley de Libertad de Vientre de 1811. Sin embargo, en aquello que podríamos tomar como un acto chauvinista de la historia oficial, se omite que la mayoría de las juntas de gobierno surgidas a partir de 1810, aprobaron declaraciones semejantes como resultado de la presión que sobre ellas ejercía Inglaterra, interesada en el dominio económico del espacio americano luego de una posible independencia de la corona española, y también porque aquel imperio era considerado como un eventual aliado estratégico ante un necesario suministro de armas. Pertinente es también, señalar que lo descrito no habría sido posible sin la llamada Ley de libre comercio del mismo año, que no buscaba un espacio para Chile en el gran mercado internacional, sino legitimar el hasta entonces ilegal contrabando, que desde hacía un siglo realizaban ingleses y norteamericanos, para el logro del mismo propósito.
Como podemos constatar, los titulares no siempre expresan el contenido real de los documentos sino que, las más de las veces, encubren propósitos aún inconfesables. Téngase presente entonces que la abolición de la esclavitud en Chile, solo fue posible en 1826, cuando la guerra de independencia finalizaba y, aun así, contó con una fuerte oposición de vecinos de la provincia de Coquimbo, entonces el norte minero del país, rubro en que no existía el trabajo estacional y donde la escasa mano de obra esclava constituida por prisioneros mapuches, resultaba muy rentable.
Las declaraciones de derechos no expresan claramente todos los alcances de sus propósitos. Suelen declararse de manera solemne y son potencialmente muy amplios, pero no comprometen institucionalmente. No establecen plazos deseables, no crean organismos que asuman su implementación, ni enuncian castigos a sus incumplimientos.
Desde la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas en 1948, las propias potencias vencedoras de la segunda guerra mundial y que dieron impulso a esta organización, han actuado muchas veces en sentido contrario a algunos de sus principales propósitos. Por ejemplo el principio de no intervención en los asuntos internos de otro Estado, ha sido violado de manera impune. Así, la guerra fría que ocurría en Europa, coexistía con la guerra caliente y sin cuartel que se libraba en una periferia de tres continentes, cuyas áreas de influencia y generadoras de recursos estratégicos eran disputadas por las mismas potencias que debían garantizar la paz.
Algunos ejemplos conocidos son, el de un Viet Nam que tras independizarse de Francia en 1953, resultó dividido por intervención de Estados Unidos, la misma potencia que a partir de 1953 iniciaba la guerra que divide a Corea. El fracaso de Estados Unidos por influir en Egipto, luego de que ese país rompiera con la presencia británica, llevó a la OTAN en su conjunto, a hacer fracasar la República Árabe Unida RAU, que incluía desde el país de los faraones hasta el territorio sirio, facilitando de este modo la actuación impune de Israel, su enclave neocolonial, sobre los territorios de Palestina y Jordania. Una década después, el golpe de Estado contra Sukarno, en 1966, castigó directamente al líder de la Indonesia libre e impulsor del grupo de los No Alineados.
Trasladándonos a nuestro escenario continental, la sucesión de golpes de Estado en nombre de la Doctrina de la Seguridad Nacional durante las décadas de 1960 y 70, perpetrados por ejércitos con armamento, adiestramiento e ideología imperialista norteamericana, además de las Guardias Nacionales instaladas en las repúblicas bananeras de América Central, son prueba evidente de que la libre determinación de los pueblos no es respetada si afecta los intereses imperiales.
La Corte Internacional de Justicia, dependiente de Naciones Unidas, dictamina órdenes de captura para genocidas como Netanyahu, que éste viola impunemente cuando de manera recurrente viaja a Estados Unidos, país que es miembro permanente del Consejo de Seguridad y que debería hacer cumplir el dictamen. Los genocidas viajan mucho y sin problemas hasta la potencia protectora, porque todos los violadores de derechos humanos tienen un padrino que les protege y Estados Unidos, en su propio territorio, viola el derecho internacional humanitario en lo que respecta al derecho de asilo de centenares de miles de inmigrantes, mientras Rusia, al igual que cuando era la Unión Soviética, impide la presencia de veedores de Naciones Unidas en su territorio, actitud que por ese mismo período, replicaron los países del otrora socialismo real.
Los derechos de primera generación de 1948, como los de segunda y tercera generación, pierden el carácter de referencias morales ante el hecho de que carecen de una autoridad encargada de asegurar su respeto. Así, más que nuevas declaraciones de derechos, lo urgente es una reformulación operativa de Naciones Unidas, que debería contener disposiciones que obligasen a los Estados a un esfuerzo planificado y una redistribución de recursos mundiales para garantizar condiciones materiales y culturales para la concreción de los derechos ya declarados, asegurando así su respeto.
Mientras esto no ocurra, son los propios pueblos los llamados a emprender una tarea mancomunada, consistente en dar una lucha sostenida por instalar derechos acordes a sus necesidades más urgentes, con un contenido cultural propio y que desaloje de las mentes, todo el oprobio de las discriminaciones que los han mantenido divididos.
“La función de los derechos humanos no es igualar a los seres humanos, sino la de igualar sus posibilidades de desarrollo”. Más que dar, los Estados verdaderamente democráticos y toda su institucionalidad, pública y privada, deben posibilitar el desenvolvimiento integral de la persona humana. Deben garantizar libertades cautelando su libre ejercicio.






Muy interesante. La historia es la misma que se repite