Por Eduardo Contreras Villablanca

Hoy nos convoca un libro que no es solo un testimonio personal, sino una parte viva de la memoria de Chile. El libro de memorias de mi padre es, en el fondo, la historia de un hombre que decidió —como los salmones de su hermosa introducción— nadar siempre contra la corriente, remontar los ríos del tiempo para reencontrarse con sus orígenes, con su país y con su pueblo.

Mi padre, abogado, político, militante comunista y protagonista de algunas de las páginas más intensas de nuestra historia reciente, nos entrega aquí no un relato egocéntrico, sino un ejercicio profundo de memoria colectiva, su obra se enfoca en buena medida a retratar personas destacadas con las que le tocó interactuar en su vida: Luis Corvalán, Max Berrú, el juez Baltasar Garzón, Luis Enrique Délano, Lola Falcón, Poli Délano, Volodia Teitelboim, su gran amigo italiano Giorgio Oldrini, el músico cubano Leo Brower, Silvio Rodríguez, el actual secretario del PCE español Enrique Santiago, su gran amigo escritor Mario Amorós (autor del prólogo), los pintores “Pepe” Balmes y Julio Escámez, el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica, Gladys Marín, el juez Juan Guzmán Tapia, entre muchos otros que desfilan en estas páginas. En cada capítulo de este libro vibra el pulso de un país, y un continente, que ha vivido victorias y derrotas, exilios y regresos, sueños y heridas aún abiertas.

El libro nos lleva desde la infancia en Chillán —esa ciudad marcada por el terremoto del 39 y por una niñez feliz entre empanadas, tangos y revistas como El Peneca— hasta los años de formación universitaria, cuando un joven Eduardo abrazó el derecho como instrumento de justicia y, poco después, la militancia como compromiso con su pueblo.

Es el relato de un tiempo en que la educación pública era orgullo nacional, en que las ideas se debatían con pasión en las plazas y en que la política no se medía por encuestas, sino por convicciones, y estas últimas no cambiaban en función de aquellas.

En sus memorias revivimos junto a él el caso del “Chacal de Nahueltoro”, donde el derecho se confronta con la ética y la humanidad; el encuentro con Salvador Allende, que marcaría su vida para siempre; y la presencia luminosa de Pablo Neruda, Julio Escámez, Nicolás Guillén, Graham Greene, Jorge Amado, Carlos Puebla, y tantos otros gigantes de la cultura que cruzaron su camino.

En estas páginas también se asoma el horror. El golpe de Estado, el quiebre de un país, la persecución, el exilio. Mi padre narra esos años oscuros sin victimizarse, con la serenidad de quien sobrevivió para contar, e incluso para vivir la vida con alegría y desde ahí seguir luchando. Desde Cuba, México, la RDA o Panamá, su voz fue una más entre miles que mantuvieron viva la esperanza del retorno y la justicia.

Y cuando ese retorno se hizo posible, fue también protagonista de una de las gestas más importantes de la historia judicial y moral de Chile: la querella de 1998 contra Augusto Pinochet. Esa acción, junto a Gladys Marín y tantos compañeros y compañeras, abrió la puerta a un proceso que por fin empezó a romper la impunidad.

Desde entonces, estuvo en primera línea en causas que estremecen nuestra conciencia: calle Conferencia, Operación Cóndor, Caravana de la muerte, la tortura en Venda Sexy, la muerte de Pablo Neruda, y otras causas que lo fueron acercando mucho al juez Juan Guzmán Tapia, y al fundador de la Brigada de DDHH de la PDI, mi hermano Sandro Gaete.

Cito precisamente a Sandro, que en el primer lanzamiento de este libro señaló: “En una época en que vemos la llegada al poder del neofascismo, posibilitada por medios de comunicación que han naturalizado la mentira como herramienta política, y cuando nos preparamos a recordar los 50 años del golpe civil militar; con este ejercicio de rescate de la memoria, Eduardo nos demuestra que el derecho es un instrumento de transformación social y política y que, a través de su ejercicio, luchando con las armas que nos entrega la ley, podemos honrar la memoria de nuestras víctimas, obteniendo algo de la necesaria verdad y justicia, que urgentemente requiere nuestra sociedad, para finalmente, consolidar el nunca más”.

Este libro es, por tanto, mucho más que un recorrido biográfico. Es un testamento ético y político. Una travesía por más de ocho décadas de historia chilena contada desde la mirada de quien nunca renunció a su coherencia, ni a su ternura, ni a su fe en el pueblo.

Mario Amorós, en su prólogo, lo resume con justicia al decir que estas son “indiscutiblemente las memorias de un hombre feliz”, ya que la tenacidad culmina por alumbrar frutos. Y lo son, porque pese a las pérdidas, los exilios y las traiciones, aquí habla alguien que no se rindió ante la derrota, alguien que además de seguir nadando contra la corriente, lo hizo sin dejar de cantar, sin dejar de tocar el piano, la guitarra y el acordeón, sin dejar de ser el alma de las muchas fiestas que engarzó en su vida, y alguien que finalmente, en el otoño de su existencia, encontró en la memoria un arma de futuro para así dejarnos este libro.

En cada página late la convicción de que el derecho, la política y la cultura pueden ser instrumentos de emancipación; que la belleza y la justicia no son opuestas, sino hermanas. Como lo han señalado tantas voces durante nuestra historia.

Por eso, este libro de memorias no cierra nada: abre. Abre la posibilidad de mirar atrás y recurrir a la memoria para entender un poco más el complejo presente que vivimos, y más allá de eso: para energizarnos, y así lograr que la lucha por un Chile más justo no sea una nostalgia, sino una tarea vigente, y urgente.

Mi padre, escribió las páginas que muchos quisiéramos haber podido escribir sobre nuestras propias vidas. Este libro es, en definitiva, un acto de amor. Amor por Chile, por su pueblo, y por la justicia. Amor por esa corriente que a muchos nos lleva, río arriba.

Habitante de dos siglos, Memorias de un hombre feliz
Habitante de dos siglos, Memorias de un hombre feliz