Profesor Cristian Montes *

Según Paul Ricoeur, en su libro Tiempo y narración, narrar lo vivido es una forma de convertir un cúmulo de experiencias en algo inteligible, integrando ese material amorfo y caótico en un relato. Narrar una historia es, por lo tanto, un gesto de consecuencia con la vida y, en casos como el del libro que hoy presentamos, una señal de justicia para todos quienes han sufrido los embates más duros de la historia. Como señala el filósofo francés: «Contamos historias porque, al fin y al cabo, las vidas humanas necesitan y merecen ser contadas. Esta observación adquiere toda su fuerza cuando evocamos la necesidad de salvar la historia de los vencidos y los perdedores. Toda la historia del sufrimiento clama venganza y pide narración».

El ejercicio de memoria realizado por Reinaldo Mendoza se enmarca en una dinámica temporal que evita la linealidad y se despliega al interior de una estructura eminentemente fragmentaria. Es una búsqueda que no solo se nutre del pasado del autor, sino que también interpela al proceso de escritura mismo. Al escribir, surge la posibilidad de evocar el ayer, un impulso que estimula, a la vez, el acto de narrar. Elocuente al respecto es el siguiente enunciado del libro: «No es hasta hoy que vino este hecho a mi memoria». Recordar no es una tarea fácil para el autor; implica un esfuerzo deliberado, puesto que hacer memoria es también un acto de indagación en las zonas más esquivas del pasado. Cuando se refiere a un amigo de hace muchos años, por ejemplo, se pregunta a sí mismo: «¿Cómo nos conocimos? He tratado de recordar (…) aunque me he esforzado, no puedo recordar cómo nos conocimos, creo que él tampoco.

Tanto el criterio compositivo del libro como el estilo literario utilizado permiten apreciar la fusión en la escritura de dos géneros literarios: el testimonio y la crónica. Es sabido que la literatura testimonial alcanzó una amplia repercusión en los países del Cono Sur que vivieron dictaduras militares, consolidándose como la vía privilegiada para abordar historias particulares y especialmente traumáticas. Así, vivencia y narración de la experiencia se relacionan así como una dupla inseparable. Como en toda obra de este tipo, el libro de Reinaldo Mendoza sobrepasa el ámbito de lo personal para transformarse en un testimonio colectivo; en este caso, el de una generación que sufrió los efectos devastadores de la dictadura militar chilena.

Por otro lado, la crónica ha sido históricamente uno de los géneros más productivos en la transmisión de experiencias a través de las generaciones. Al aliarse con la literatura, y al constituir un territorio que es a la vez documento y discurso artístico, este género incorpora procedimientos constructivos de una clara intención estética. En este sentido, la información recopilada nunca está desligada de la mirada interpretativa del autor. Su subjetividad impregna de intimidad los hechos relatados, abriendo así la posibilidad de estetizar lo cotidiano.

El espesor narrativo-descriptivo que articula los capítulos del libro permite apreciar la existencia de dos ámbitos de pertenencia identitaria del narrador. El primero de ellos es el espacio familiar, que tiene como núcleo esencial el amor y el cobijo del entorno más inmediato. Por extensión, pertenecen también a esta constelación las amistades, los compañeros de militancia política y los colegas de profesión. En el relato se evidencia el valor que la familia le otorgó al estudio, a la lectura y al enriquecimiento cultural; todo ello ligado a la asimilación de una posición ética intachable ante los otros, ante sí mismo y ante la sociedad.

El segundo ámbito es el Partido Comunista. En las páginas del libro se muestra cómo, desde niño, el espíritu de la política ya habitaba en él, aun antes de racionalizarlo, como una herencia natural de su propio hogar. Muy de a poco, el autor irá comprendiendo lo que verdaderamente significa ser comunista: un proceso de aprendizaje profundo y de constantes experiencias. Solo al llegar a la adultez entenderá la dimensión total de esa palabra, enlazando así, de manera definitiva, su propia vida con la historia del Partido.

Algunos de los valores que se desprenden de estos dos ámbitos identitarios son la amistad transgeneracional, la nobleza, la consecuencia, la lucha por la justicia y la conciencia social; todas ellas expresiones de un profundo humanismo. Dichos valores se incubaron ya en la infancia del autor, una etapa que él mismo define como un tiempo de felicidad. Hoy, desde su presente, Reinaldo formula el imposible y frustrado deseo de poder cambiar la realidad y transformar así la historia, para evitar que hubiese ocurrido el Golpe Militar y los efectos demoledores que produjo la dictadura. Unido a ello se desliza la esperanza de poder volver en algún momento a revitalizar el sentido de comunidad. Cabe recordar, como bien señala el historiador y antropólogo José Bengoa en su emblemático libro: La comunidad perdida que: “Durante la transición ha quedado al descubierto cómo la integración social y los canales de participación que la harían posible no han alcanzado un nivel concreto de coherencia. Lo que queda, en cambio, es una sociedad escindida, insegura y violenta”. Sin embargo y a pesar de ello, la añoranza de Reinaldo Mendoza no se solaza en la melancolía, sino en la idea de que todavía es posible recuperar, de alguna forma, es sentido de comunidad perdido.

La mayoría de los capítulos del libro se focalizan en personajes específicos, que fueron determinantes en el proceso formativo del autor. Al darles presencia y voz, accedemos también al itinerario personal, existencial y político de Reinaldo Mendoza. La caracterización de cada uno de ellos se construye desde una profunda cercanía, no solo afectiva, sino también visual: el autor los retrata de cerca, detallando tanto sus rasgos físicos como sus temperamentos. Todos devienen seres entrañables, movidos por una ética muy propia.

Son figuras dignas y heroicas a su manera: como el viejo comunista; Carlitos, el ciego que tocaba el acordeón; Alejo, aquel gigante con corazón de niño y soldador de la Jota; el Loncho y su asumida homosexualidad, en tiempos donde el entorno no perdonaba; o el Condorito o el Profeta, entre tantos otros personajes que permitían que la vida alcanzara su máxima expresión de humanidad: “Era hermoso; nos reconocíamos como cómplices de sueños. No había nada más que nuestras utopías. Éramos hermanos y hermanas de convicciones, capaces de dar la vida por esa compañera o compañero, lo que fue comprobado tan trágicamente años después”. Junto a estos personajes populares, prácticamente invisibles para el resto de la sociedad, el libro convoca a figuras relevantes de la Iglesia Católica, como el obispo Fernando Ariztía y, muy especialmente, el sacerdote Guido Peters, para quien el autor proclama con fuerza: «¡Honor y gloria para este cura tremendo!». Asimismo, en la esfera política, destacan nombres trascendentales como Volodia Teitelboim y, de manera central, Salvador Allende. Su figura, según afirma el propio Reinaldo, marcó a fuego no solo su quehacer político contingente, sino su vida entera, logrando que en el libro ambas historias —la del líder admirado y la del militante— se entrecrucen de forma inseparable hasta el presente.

Como planteaba Miguel de Unamuno en su libro En torno al casticismo, la intrahistoria de los pueblos es la vida silenciosa y cotidiana de la gente común; esa capa profunda que funciona como el verdadero motor de la sociedad en contraste con la historia oficial. Es una corriente continua que sostiene la vida en paralelo a los grandes cambios políticos. En el caso de La memoria siempre, el despliegue de la intrahistoria nos permite acceder a la infancia del autor: una casa siempre abierta a la comunidad, el taller de calzado de su padre, la confección familiar de volantines y el pulso vivo del barrio. Reinaldo nos narra su inserción en el Partido Comunista y las diversas tareas que fue asumiendo, al tiempo que nos adentra en la memoria de La Legua, una población ligada profundamente a su historia familiar. Es un acierto que el autor no idealice este espacio; nos entrega un retrato profundamente realista, donde conviven las diferencias sociales, las lógicas de la ostentación y la delincuencia —desmitificando, eso sí, los prejuicios de quienes miran desde afuera—. Desde ese realismo, el libro nos sumerge en la épica de las tomas de terreno, la polarización de los años sesenta que se exacerbó durante el legítimo gobierno de Salvador Allende, y la juventud del autor volcada a las calles en jornadas de propaganda y rayados.

Finalmente, el texto nos conduce hacia el quiebre que sufrió el país, es decir: el Golpe de Estado con toda su carga de horror, su propia detención en el Estadio Nacional, los duros años de dictadura, la esperanza del triunfo del No y la transición democrática. Todo este viaje decanta en su presente, cerrando un círculo que culmina en su labor actual como guía en el Memorial del Estadio Nacional, donde sigue rescatando, día a día, esa historia que merece ser contada. Respecto a esta función, que constituye en sí misma un profundo ejercicio de memoria, el autor reflexiona en las últimas páginas sobre la inmensa dificultad que implica intentar relatar lo vivido desde la posición de un testigo y un sobreviviente. La violencia, la tortura y la deshumanización del cautiverio son zonas oscuras que parece faltar el lenguaje para narrar el horror. Al intentar hacerlo, se revela la insuficiencia de las palabras ante la magnitud del trauma. Como señala Patrick Dove en su texto Narrativas de justicia y duelo: testimonio y literatura del terrorismo de Estado en el Cono Sur: «La experiencia dictatorial pone en duda la capacidad de la literatura de responder a una crisis que afecta a toda la sociedad (…) Los extremos de violencia y crueldad hacen dudar de la posibilidad de nombrar, posibilidad que tradicionalmente ha sido la tarea fundamental de la literatura».

Es precisamente en ese límite, en esa grieta del lenguaje, donde el libro de Reinaldo Mendoza cobra su mayor valor: porque aun cuando las palabras parezcan no bastar, su testimonio insiste, nombra y hace justicia. A modo de conclusión, podemos decir que todos estos núcleos de sentido —el valor de la memoria, la necesidad imperiosa de transmitir la experiencia, el peso del testimonio y la compleja condición de sobreviviente— se concentran y cobran sentido en la propia voz del autor, quien sintetiza en qué consiste su proyecto vital: «Uno de mis proyectos más queridos y sentidos es la defensa de la vida, y creo que, como sobreviviente, soy memoria viva y en esa categoría hablo por los que no están y fueron parte de mi vida y de lo que soy. Hablo por los compañeros torturados, por los que ya no están; hablo por aquellos que tienen miedo aún hoy día, y los entiendo porque yo también lo tengo, pero ya no por mí, porque ya he vivido suficiente, sino por los que vienen».

*Doctor en Literatura y profesor de la Universidad de Chile, en las cátedras de Literatura Chilena Contemporánea, Literatura Hispanoamericana Contemporánea y Teoría Literaria. Se desempeña en el Departamento de Literatura de la facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. Miembro de Letras de Chile.

La memoria siempre, de Reinaldo Mendoza
La memoria siempre, de Reinaldo Mendoza