Invitamos a leer esta colaboración de Adrián Marcelo Ferrero (1970), La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Profesor, Licenciado y Dr. en Letras por la UNLP. Ha publicado libros de narrativa, poesía, investigación, editado un libro de grandes prosistas argentinos contemporáneos. Entre sus publicaciones, el libro Sigilosas. Entrevistas a 30 autoras argentinas contemporáneas, seleccionado por el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación para su publicación. Colabora habitualmente con medios académicos y de periodismo cultural en Chile; ha obtenido premios nacionales e internacionales.
LA RESPIRACIÓN DE UN JARDÍN
Por Adrián Marcelo Ferrero
El cambio no fue abrupto. Hubo transiciones. Floraciones recientes. Porque primero florecieron los malvones, con un rojo muy intenso. Tres gajos que recogí de la calle, que alguien había descartado y para mí fueron providenciales. Betty porfía con que fue ella la que lo plantó a uno en el cantero y al otro en una maceta. Yo estoy seguro de que fui yo. Porque también planté otro malvón en el fondo del cantero, contra la medianera del vecino. Y también planté otro en una maceta contra el ventanal del living. En fin, versiones. La hortensia que me había regalado Emilia para mi cumpleaños se marchitó. No pudo sobrevivir al invierno. Pero Betty rescató unos brotes que todavía resplandecían y en cualquier momento ella promete su esplendor. Si mal no recuerdo, eran celestes o lilas, ya no recuerdo, cuando me las regalaron florecidas. Podría ser tanto uno como otro color en mi memoria. El laurel había florecido hace un tiempo, flores rosas, alargadas, lo más campantes. Pero resultó ser que las hormigas hicieron de las suyas y mordisquearon todos los tallos, sobre todo en la parte superior, justo donde brotaban las flores. También hay un rosal amarillo, que tiene dos capullos. No sé qué decirles. Ahora que está en tierra y no en la exigua maceta en la que descansaba apretado antes tendrá más lugar para una raigambre que se profundice en expansión. Los capullos amenazan con estallar de un momento a otro. Los helechos serrucho se han mezclado en la misma maceta con otras plantas, morada, sobre todo, que ha arraigado con potencia. Pero ellos parecen ignorar la invasión de estas invasoras y tolerar esa compañía que seguramente les quitará espacio para sus raíces y para la humedad tan nutritiva. El aloe vera, que también integra el abanico de mis saqueos cuando los encuentro junto a los árboles de la vereda de los vecinos, descartados por sus dueños o jardineros y apoltronados en pilas en donde es difícil desentrañar qué plantas son. Esas casas de barrio norte que tienen fondo, pero desde afuera no se nota o no se alcanzan a adivinar más lotes que ganen en profundidad. Es increíble cómo algunas casas de frente estrecho o angosto se prolongan en jardines traseros que nadie podría a ciencia cierta vislumbrar. El aloe no sé por qué en lugar de erguirse enhiesto y poderoso, como antaño, seguro de sí mismo, ahora parece desinflado. Las hojas se derrumban más que erguirse con fortaleza. Lánguido, parece una doncella con mal de amores.
En el jardín también habita el jazmín que me regaló mi prima Laura. Me dijo cuando vino a casa a traérmelo que eran de los que no se morían nunca. Eso le dijo el dueño del vivero donde lo compró. Por lo visto era hombre de palabra. Porque ha sobrevivido a cinco o seis inviernos, incólume, con tallos reverdecidos. Pero eso sí, ahora con hojas pequeñas y sin asomo de dar flor, pese a lo inminente de la primavera. Hay otras plantas en el jardín. Una palmera que tuvimos que cortar porque se iba en vicio hacia las alturas, pero no se ensanchaba en la parte horizontal o hacia los costados. No daba hojas en la parte inferior. Y yo extrañaba esas palmeras profusas. Esta era como un mangrullo, perdida allá en lo alto. Hay otras plantas en mi jardín, que Betty riega religiosamente todos los días. Hay un cactus o dos, enanos. Diminutos. Que resisten las inclemencias del clima. Y la falta de lluvia o riego. Este año tuvimos muchas precipitaciones en La Plata. A veces lluvias torrenciales. A veces lluvias moderadas. A veces chaparrones intempestivos. Otras lloviznas subrepticias, casi imperceptibles, que parecían clandestinas. Humedecían el piso de ladrillos del jardín y los canteros quedaban con unas gotitas diminutas, de esas que se confunden entre el follaje. Betty ha traído unas bolitas diminutas, con forma de lágrima, marrones, que se utilizan como sebo para capturar a las hormigas depredadoras. Se llevan esas bolitas a sus hormigueros y luego esa sustancia letal contamina toda su colonia. Han resultado ser bastante eficaces, porque las hortensias reverdecidas y los malvones están intactos ahora que tienen este veneno salvador. Son como una espada de Damocles sobre los insectos depredadores.
Yo no había usado veneno para hormigas jamás. No había sido necesario. Pero resulta que, en casa, en el interior de la casa quiero decir, tuvimos una invasión de hormigas negras que salían por el sumidero de la ducha, por detrás de los muebles de la cocina, por el rodillo de las persianas. Eran letales. Arrasaban con todo. Y dos por tres uno dejaba un plato con comida y amanecía lleno de hormigas en la pileta de la cocina. O se iba a dar una ducha y amanecía con una miríada de hormigas todas arracimadas en la zona del sumidero. Ahora parece que se han retirado. Pero nada garantiza que no haya un regreso de la plaga.
A veces me instalo en el jardín a tomar sol. No tanto a leer. Tiene unos grandes sillones de ladrillo a los que se les coloca encima para que sea un asiento mullido, sendos almohadones verde oscuro. Los seis almohadones encajan perfecto en los sillones porque fueron hechos a medida. Tirantes, si bien no invitan a apoltronarse sí a sentarse porque despiertan la contemplación. Se retiran por la noche para que la humedad no los arruine. No son impermeables. El jardín está todo tapiado por rejas altísimas que salen desde la terminación de la medianera hacia lo alto. Esas rejas tienen una enamorada del muro, entre otras plantas trepadoras, que las cubren hasta conferirnos total privacidad. Originariamente hubo unos rosales trepadores. Claro que está la contaminación auditiva de obras cercanas, con sus taladros u otra herramienta ruidosa.
En el jardín hemos descubierto aguiluchos. No bajan. Tampoco abundan. Pero se los suele ver en el árbol del jardín del fondo o en la antena de los vecinos. Acomodados para una siesta o un descanso. Tomaban sol en invierno. Emiten fuertes chillidos y han lastimado a conocidos o personal de la casa y se han tenido que hacer ver por médicos. También viene un colibrí, que tiene un árbol predilecto en el que liba su néctar. Betty dice cuando llega: “Pasó un ángel”. O dos pájaros con el pecho colorado que recorren el jardín a sus anchas hasta saciarse de libertad o de alimento y remontan vuelo. Son chúcaros. Frente a cualquier estímulo o sonido intrusivo huyen. También llegan aquí palomas. Más sucias, defecan y dejan sus deposiciones sobre los canteros o bien sobre el soporte pintado de verde que antes era del toldo y se desplegaba a las horas más calientes del mediodía y de la tarde.
La hortensia que me había regalado Emilia quedaba bajo techo. Cuando llovía me acordaba de que tenía que sacarla al patio para que la lluvia la regara. Ahora, eximido de esa tarea, la hortensia en el cantero, ya arraigada, protegida como dije también de las hormigas, se moja a sus anchas, como un pájaro de movimientos imperceptibles.
Mi jardín es un patchwork hecho de fragmentos, de plantas que me traen o que recojo o compro. Es un jardín vivo. Esa es la respiración de mi jardín. Cambia, muta, se moja y se seca, brilla. Brillante, mi jardín respira. Yo asisto a su espectáculo como un testigo fiel, atento a sus necesidades y a ver el modo en que puedo embellecerlo más aún o arrancar las hojas secas, el pasto que se va en vicio, las ramas podridas. Hay plantas decanas, que hace añares que lo habitan. Hay otras recién llegadas que conocen de su luz y de su generosidad hace poco. Pero todas parecen haber encontrado su rincón. Su lugar en el mundo. Su reparo. Su amparo.
Hay otro jardincito delantero, circundado por rejas verde terminadas en punta que a mí me llegan al cuello. Ese jardín también es memorable. No tanto como el trasero, mucho más amplio en superficie. Pero tiene un rosal blanco generoso, que se prodiga en una cascada de rosas cuando llega la primavera. También hay una planta de flores rojas. Como cepillos. Con peristilo que emite pequeños rayos de ese color. Si mal no recuerdo se llama o le dicen limpia botellas o plumero de botella. La casa con estos dos pulmones de aire respira. Entonces el aire se purifica, la tierra se moja, el verde se torna más turgente, las flores se abren con aplomo y el agua de riego hace prodigios, sumada al agua de la lluvia.
Estos no son los Jardines colgantes de Babilonia. Ni los de Versalles. Ni los jardines ingleses tan cuidados, con madreselvas, con rosas chinas, con bulbos, con misteriosos senderos empedrados que conducen por territorios por descubrir. No tienen un estanque al que vienen a beber las aves. Pero son jardines también exponentes de la experiencia vital, de la savia que surca sus hojas, de las gotas de rocío que quedan impregnadas en la madrugada y cubren el césped y la gramilla con generosidad.
Estoy bien. Estamos bien. Nosotros también respiramos mejor gracias a estos dos modestos jardines. Dos modestos jardines que son nuestros, forman parte de un hogar, de una familia que los alimenta, los riega, los cuida y los habita y los venera. Como otra habitación de la casa. Rica en estímulos e insectos, en mariposas y vaquitas de San Antonio. En aves y bichos bolita.






El autor, profesor Yvenet Dorsainvil, me pasó 2 ejemplares de su libro para quien se interese en la temática haitiana.…