Por Alejandro Durán Macho (Santiago 1986)
En la comuna de La Reina, las casas son espaciosas, para familias con varios hijos. El antejardín casi siempre muestra rosas blancas o rojas y un patio interior con naranjos, limoneros y a veces caquis, unidos por un parrón añoso.
Afuera, una hilera de quillayes y acacias descargan su sombra sobre la techumbre de tejas.
Este es el caso. Claudio, de 31 años, era el arrendatario de una vivienda interior, a la espalda de una gran casa en el frontis del terreno donde funcionaba un jardín infantil. La entrada de auto exhibía de sombrero el parrón de hojas grandes, testimonio de un regadío tupido. Las parras botaban corteza vieja como serpiente que cambia de piel.
Al fondo, una casa mariposa con dos habitaciones.
Era la residencia clandestina de Claudio Gonzales Rauchit.
Como un libro abierto, la casa interior presentaba dos habitaciones unidas por un pasillo cocina que accedía al baño completo. El dormitorio, vestido con dos colchones de lana amarrados por una hábil aguja de sacos, mantenía un respetuoso silencio a los sueños declarados cuando dos pechos frotaban la humedad de sus deseos.
La sala grande fungía como living comedor con una modesta colección de artesanía sencilla y colorida.
Berta, parvularia y directora del jardín infantil, había subarrendado la casa interior donde vivía Claudio con su compañera. En realidad, Berta era una colaboradora de gran astucia. Siempre callada y atenta.
En las condiciones de clandestinidad bajo dictadura, un hecho inesperado desencadena una verdadera tormenta donde nadie sabe qué final depara el destino.
Y eso es lo que acaba de ocurrir.
Claudio se enteró de que dos compañeros recién ingresados al país tenían una crisis de seguridad. La red donde serían instalados había caído en manos de la CNI. Mientras tanto, esperaban en un lugar público la ayuda de la organización.
Esta información le llegó a través de la llamada de control que realizaba regularmente a un teléfono fijo donde comunicaron lo sucedido. Era un teléfono que recibía avisos y pedidos como parte de la red de comunicaciones de la organización.
Desesperado en la emergencia, Claudio decidió algo que contravenía toda noción básica de seguridad; los fue a buscar y se los llevó a su casa a la espera de una mejor decisión.
Pedro y Alfredo se instalaron en la casa del dirigente clandestino.
Esa tarde conversaron trivialidades, dándose ánimo y confianza en que ya se generaría una mejor solución. Ambos oriundos de Valdivia, ya habían vivido la experiencia de ser tomados presos y permanecer recluidos hasta su expulsión al exilio. Por ningún motivo podían volver a caer detenidos por el peligro cierto de pasar a engrosar la lista de desaparecidos o muertos en simulacros de enfrentamientos.
Claudio mentalmente improvisaba la creación de una nueva red que los acogiera.
Al otro día, muy temprano, golpearon la puerta.
Claudio abrió y Berta le mostró una bolsa con marraquetas.
Acercó su rostro a la mejilla de Claudio para saludar con un beso de protocolo y le susurró: “Hay dos agentes de la CNI en la recepción esperando refuerzos”.
Claudio le dijo a Berta: “lleva a los niños a la sala del fondo sin salir”.
Entendido, respondió Berta.
No sé cómo, pero hay dos agentes de la CNI en la recepción esperando refuerzos, les comentó Claudio a Pedro y Alfredo.
Diga cuál es el plan, preguntó Alfredo con una calma impresionante, mientras se lavaba los dientes.
Pedro sufrió una especie de desmayo por lo cual se sentó con la vista clavada en Claudio.
Claudio sintió culpa por la situación, pero rápidamente urdió un plan.
El plan es el siguiente, indicó Claudio; saldremos los tres con el siguiente orden: tú, Alfredo, irás al costado pegado a la muralla; tú, Pedro, irás al medio; yo iré al lado mirando la ventana para hacer contacto visual con los agentes, armado con una pistola Browning, la cual irá gatillada a la vista como aviso de que vamos en disposición combativa. Claudio pronunció lentamente las instrucciones mientras mojaba sus labios secos por la tensión del momento. La respiración era corta y las manos sudaban.
En caso de tiroteo, troten los dos hacia la puerta y luego corran a la izquierda hacia la calle Simón Bolívar. Háganlo en zigzag para dificultar la puntería de los agentes si se diera el caso.
Hacia dónde después, preguntó Alfredo.
A la plaza Ñuñoa, y si no son recogidos, busquen a María Cristina de Aedo en el comité de detenidos desaparecidos de parte de Claudio y René. Ella era una estrecha colaboradora del dirigente clandestino y la combinación de nombres una clave.
Mientras se acercaban a la entrada de la casa, distante a unos cinco metros de la reja, apretaron los brazos de Pedro.
Claudio se detuvo, tomó contacto visual con los agentes, cuya silueta se podía distinguir detrás de la cortina de tul, mostrando el arma firmemente empuñada. Empujó con su mano izquierda la espalda de Pedro para que avanzara más rápido, dada la nula reacción de los agentes, quienes esperaban los refuerzos.
Segundos interminables se vivieron en esos instantes donde cualquier movimiento brusco desencadenaba el tiroteo.
Mientras tanto, los niños habían sido llevados a una sala al fondo del jardín para protegerlos y a la espera del desenlace.
En medio del silencio donde se escuchaban solo los pasos de los tres compañeros, Claudio alcanzó a Pedro, ya repuesto, y a Alfredo, quienes partieron hacia la calle Simón Bolívar, y Claudio en dirección a la calle Larraín.
Afortunadamente la crisis de seguridad había sido resuelta exitosamente.
Lo más probable es que una persona avisara a la policía de la entrada de tres hombres sospechosos a un jardín infantil o que alguno de los tres estuviese con seguimiento.
La vivienda fue abandonada con los escasos enseres en su interior.
Claudio, años después, tuvo ocasión de agradecer a Berta por la valiente decisión de avisar la presencia de los agentes, quienes llamaron desde el teléfono del jardín pidiendo refuerzos, mientras esperaban parapetados tras la cortina de tul.
Claudio cuenta que, una vez lograda la salida del lugar, tuvo que avisar que el domicilio estaba quemado, para que ni su compañera ni otro alto dirigente clandestino llegaran al lugar.
Unas inmensas ganas de comer algo dulce invadieron a los tres compañeros.

Alejandro Durán Macho en sus palabras:
Trabajé desde 1990 hasta 2020 en una fábrica de envases para alimentos en el cargo ejecutivo de grandes cuentas. Desde 1973 hasta 1983, viví en el extranjero regresando al país e integrándome a las actividades para recuperar la democracia. Me formé como Coach Ontológico el año 2013 en la escuela Newfield Network y formo parte de su fundación Comunidad y Servicio como voluntario. Padre de cuatro hijos y abuelo de cuatro nietos.
Son áreas de interés para mí la escritura de poemas y cuentos. Actualmente participo en dos talleres literarios. Desde el año 2023 participo en el taller De las Flores bajo el auspicio de la institución PRAIS Oriente. Durante 3 años creamos un libro lanzado en marzo del 2026 en el Parque de la Paz (ex- villa Grimaldi) cuyo título es “La savia bajo la lluvia” dirigido por el taller La Barca Luna dedicado a la literatura testimonial, memoria viva y derechos humanos.
Realizamos presentaciones en distintas actividades realizadas en torno a fechas relacionadas con la recuperación de la memoria histórica y de defensa de los derechos humanos.
El año 2026 me integré al Taller de Cuento Intermedio dirigido por Diego Muñoz Valenzuela. A la fecha he elaborado una serie de cuentos que relatan mi pasado político como el cuento “La CNI y la cortina de tul”.






El autor, profesor Yvenet Dorsainvil, me pasó 2 ejemplares de su libro para quien se interese en la temática haitiana.…