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	<title>Cuentos archivos - Letras de Chile</title>
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	<description>Literatura  Chilena</description>
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	<title>Cuentos archivos - Letras de Chile</title>
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		<title>LA VENDEDORA DE NARANJAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jun 2026 12:55:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Rubén González Lefno El barrio donde yo nací estaba conformado por ranchas, muchas de ellas con piso de tierra, ventanas tapadas con plástico y las calles… en realidad eran unos callejoncitos estrechos donde el barro abundaba en invierno tanto como el tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo de tabla, algún tarro [&#8230;]</p>
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<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Rubén González Lefno</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El barrio donde yo nací estaba conformado por ranchas, muchas de ellas con piso de tierra, ventanas tapadas con plástico y las calles… en realidad eran unos callejoncitos estrechos donde el barro abundaba en invierno tanto como el tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo de tabla, algún tarro y cualquier cosa que aparecía tirada sobre el suelo. Claro que para nosotros cada cosa nos parecía un juguete de verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una ocasión, cuando ya era adulta y todavía soltera, conversando con unas amigas surgió la inquietud de identificar el recuerdo más importante que cada una guardaba de su infancia. En mi caso recordaba diversas situaciones, algunas divertidas y también otras serias, experimentadas en el campamento, pero sin ninguna duda mi recuerdo más importante estaba relacionado con algo ocurrido en otro lugar, parece extraño pero es así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era pequeña, pero dicho recuerdo es el que siempre he conservado y del que nunca he querido hablar con nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada mañana salía según lo demandaba el hábito heredado de la familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo suyo era coger el canasto y mirar fuera de la modesta mediagua del campamento. De las condiciones climáticas dependía que saliera únicamente con chaleco o llevar la parka, ya gastada de tanto trajín.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A sus diez años había aprendido el arte del comercio ambulante acompañando a su madre, también el conocimiento de calles y avenidas para evitar confusiones y un probable extravío, del que la madre no aceptaba explicaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Si te pierdes y te atrasas verás lo que te va a pasar- era la sentencia, asimilada y sobre todo temida desde que tuvo uso de razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hacía semanas que había llegado el periodo de vacaciones, llenando de alegría a los niños del campamento. Ella también lo celebraba, pues podría jugar con sus amigas y amigos, dormir hasta más tarde y vivir cada día sin aquellos deberes que la obligaban por largo rato ante un cuaderno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su chaleco esta vez bastaría para transitar a la intemperie. Calzó sus zapatillas, cuya suela se desgastaba más pronto de lo que hubiera querido y, canastillo en mano, salió a la calle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comenzó el recorrido por el sector de aquellas viviendas en las que habitualmente alguien le compraba alguna de sus naranjas. Luego avanzó más allá de la pequeña plaza, donde se detenía al regreso para descansar los pies, sin descuidar el canastillo dentro del cual solían quedar unas tres o cuatro de la docena de naranjas que tenía como misión vender. Claro, cuando lograba que le fueran compradas más de la mitad del total se sentía feliz, sabiendo que su madre estaría conforme con el resultado. En un par de oportunidades había regresado con el canastillo vacío y muchas monedas en el bolsillo de su chaleco. Eran las ocasiones en que todo parecía hermoso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los innumerables periplos por diversos sectores de la ciudad la habían dotado de suficiente destreza en reconocer los lugares de mejores expectativas, como el terminal de los minibuses, donde había varios señores que siempre esperaban sus naranjas, también aquel recinto donde se construía un gran edificio, en el que igualmente le compraban tres o cuatro unidades de su mercadería, mientras se extasiaba observando aquella enorme estructura de metal que parecía oscilar cerca del cielo trasladando cargas que desconocía.. Pero también debía caminar largas cuadras en que todo resultaba estéril. Y observaba dentro del canastillo, contaba las naranjas, revisaba sus monedas y suspiraba bajo el sol agotador del verano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, durante uno de sus recorridos, con la carga todavía completa, decidió virar hacia una calle por la cual transitaban muy pocas personas. Observaba las viviendas de colores hermosos, los jardines con sus flores llamativas, así como las veredas y los árboles imponentes, mientras avanzaba cambiando de mano el canastillo, haciendo un breve alto para recuperar energías y retomar el paso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue en una de esas andaduras que en un ventanal, diferente a todos los otros de la cuadra, algo le llamó la atención. Un niño sobre una silla observaba la escasa dinámica de la calle. Lo miró con curiosidad reparando que él la observaba con una sonrisa. En ese momento otro niño –varios años mayor y con lentes- salía de la vivienda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Cómprame una naranja.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él sonrió. Luego de un momento sacó unas monedas del bolsillo y compró.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Una sola?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Una no más, es para mi hermanito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella observó nuevamente la ventana. El niño le sonreía agitando una de sus manos.<br>Desde ese día, cada uno de sus recorridos incluyó desplazarse frente a la casa del ventanal y su antejardín de césped y flores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas ocasiones el hermano de lentes comparaba una o dos naranjas, mientras el niño sonreía desde su silla tras los vidrios. Así la relación poco a poco pasó a convertirse en cotidiana y amistosa. Y fue un par de semanas después de su primera incursión que, de pronto, al llegar frente a la casa encontró el ventanal vacío. Extrañada y sombría mantuvo la mirada sin explicarse qué había ocurrido, hasta que de pronto vio al niño de lentes aparecer por la puerta cargando al pequeño en los brazos. En silencio vio que lo acomodaba sobre el césped e ingresaba a la vivienda para regresar con una pequeña silla y una bolsa con juguetes. Al reconocerla el pequeño sonrió y ella se acercó tímidamente. Luego, sentada sobre el prado, miraba los juguetes junto a él: un caballito que parecía galopar sobre su base de metal, la figura de una locomotora que poco después quedaba en el suelo, así como un par de palitroques que agitaba en sus manos antes de pasárselos a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De pronto reparó en el canastillo y extendió su mano diciendo naranja, naranja. Ella miró al hermano mayor que limpiaba sus lentes y entregó una fruta al niño. Calculaba que tendría unos cinco años, como su primito, que de vez en cuando llegaba junto a la tía a visitarlos al campamento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jugaron por cerca de una hora hasta que ella recordó que debía continuar con la venta cotidiana y se despidió. El niño dejó de sonreír con la naranja entre sus manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Mañana, mañana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, mañana vendré -respondió ella alejándose.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquella noche durmió a sobresaltos. La figura del pequeño con la naranja en las manos se le aparecía una y otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al día siguiente salió con el canastillo más temprano que lo habitual. Y sin cumplir con el recorrido acostumbrado se apresuró hasta la casa del ventanal, el niño y el pasto verde. Apenas llegó reconoció la ancha sonrisa tras los vidrios y en pocos segundos el hermano lo trajo para posarlo sobre suelo con sus juguetes. Ambos compartieron alegría y gritos. De pronto al niño se le resaló la naranja que tenía en una de sus manos, la que rodó sobre el césped hasta detenerse junto a un arbusto. Ella corrió a traerla y, luego de un momento, el canastillo estaba vacío mientras las naranjas rodaban después de haber sido lanzadas por ambos. Las risas se convirtieron en carcajadas cuando ella -presurosa por traerlas de vuelta- resbaló cayendo de bruces sobre el pasto. El juego se repitió una y otra vez durante horas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuevamente debió despedirse para salir presurosa con el canastillo, después de haber llamado al hermano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Tengo que ir a vender las naranjas- afirmó girando la cabeza para ver al pequeño que ahora la miraba triste.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No había entendido mucho lo explicado por el hermano días antes. Pero tuvo claro que había nacido con algunas dificultades y que su condición era frágil, lo que explicaba el impedimento para ponerse de pie y dar algún paso. También escuchó que diariamente debían darle unos medicamentos para evitar dolencias de las cuales no entendió nada, excepto que su cuerpo era muy débil y enfermaba con facilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde entonces cada día era dejar atrás las calles polvorientas del campamento, continuar por la avenida cercana hasta virar en la calle de la vivienda, reunirse en el prado, hacer rodar las naranjas, alinear los juguetes y disputar batallas interminables que los hacían retorcerse de risa hasta quedar tendidos, mientras ella lanzaba cada una de las frutas hasta sus pies. Así, el patio se convirtió en el escenario donde ambos convertían en realidad cuanto imaginaban.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una oportunidad trasladó a duras penas al niño hasta donde la superficie del césped declinaba, dejándolo apoyado cuidadosamente para, desde unos metros más arriba, enviar rodando cada una de las naranjas hasta los pies de su amiguito. En esa ocasión se convencían que era un incontrolable movimiento sísmico el que provocaba un desastre. Así, el patio un día fue también el océano sobre el que se desplazaba el canastillo cual embarcación gigante luchando sobre el oleaje, desafiando un ventarrón apabullante que en un momento volcaba la nave, desparramando sobre el oleaje verde juguetes y frutas. Fue la primera vez en que un osito de género apareció en los juegos y desde entonces para ella resultó irresistible abrazarlo y entregárselo simulando un recién nacido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Más, más- decía él. Y ella volvía a cargar la nave reiniciando la travesía hasta repetir el volcamiento y las risotadas interminables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego de un par de horas –preocupada- corría por las calles tratando de vender la fruta, ahora machucada. Algunas veces conseguía lo justo para evitar la reprimenda de la madre y, durante el resto del día, rogaba que las horas transcurrieran prontas para dormir, levantarse y repetir la carrera rumbo al jardín de la felicidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja- dijo apenas la vio llegar. Y ella desgajó una de las frutas compartiendo su cariño en cuclillas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de un rato se encontraban en medio de un acantilado que los obligaba a aferrarse mutuamente para avanzar hasta la cima de una montaña gigantesca, debiendo regresar lentamente hasta el valle, los juguetes y el canastillo. Y en cuanto conseguían llegar comenzaban una nueva aventura, previo a la cual le entregaba el osito que ella acunaba balanceándolo entre los brazos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Días después los palitroques luchaban en una cruenta batalla contra enemigos invisibles, atacándolos hasta sitiarlos después de lanzarles aquellos proyectiles redondos. Y se anotaban una victoria heroica dirigidos por el niño, mientras ella hacía avanzar la locomotora tripulada por palitroques, emitiendo su rugido y provocando pavor en el enemigo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El patio también fue salón de fiesta, como en aquella ocasión en que el osito de género bailaba celebrando jubiloso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja, naranja- dijo él. Entonces extrajo varias desde el canastillo para incorporarlas al baile, provocando en el pequeño una alegría inigualable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y fue en una de tales situaciones que -para trasladarlo un poco más cerca de la casa- lo cogió con ambos brazos, alzándolo y poniéndolo de pie. Por alguna razón supo que lo siguiente quedaría grabado para siempre en la memoria de sus afectos. De pie y afirmado fuertemente de ella, el rostro del pequeño se convirtió en expresión inenarrable de felicidad mientras lo hacía dar uno, otro y otro pasito sobre el prado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otra jornada de aventuras levantó el canastillo asegurando que llegaba un avión cruzando la ciudad y que sobrevolaba el patio, aumentando el ruido mientras se acercaba a tierra. El niño levantaba la mirada mientras la nave aérea se suspendía cerca del suelo y –en cuanto quiso elevarse- desde su interior cayeron los bultos redondos de color inconfundible, uno de los cuales llegó a las manos del pequeño, que lo atrapó en medio de carcajadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja, naranja- decía, mientras el avión reanudaba su vuelo hasta que, luego de dar un lento rodeo, bajaba para aterrizar a sus pies, cerca de la tapia de ligustrinas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un mediodía ella puso una de sus piernas dentro del canastillo, acercó a su amiguito hasta que igualmente pudo acomodarlo con uno de sus pies dentro de lo que ahora se convertía en barco para cruzar nuevamente el océano plácido, que los llevaba mientras se abrazaban imaginando una embarcación que se perdía en lontananza luciendo sus velas blancas. Avanzaban afirmados de la nave y no había ola alguna que amenazara volcarlos. Momentos después una agradable calma los bendecía sobre una playa de pétalos y, poniendo distancia de la orilla, descansaron de la travesía deteniéndose en medio de una alfombra de geranios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otra ocasión -después de esforzarse durante un largo rato- logró instalarlo dentro del canastillo con ambas manitos en el asa de mimbre. Fue entonces el piloto de un enorme camión que se desplazaba llevando una carga que lo obligaba a maniobrar, acelerando y frenando ayudado por ella que imitaba el ruido del vehículo, mientras ambos reían, porque la abrupta detención provocaba el desparramo de la carga sobre el prado y el volcamiento que los unía riéndose abrazados al osito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La visita al paraíso de los juegos se había convertido en su mayor alegría. Por ello cada día se apresuraba a llegar hasta allí para recrear las aventuras de él, de ella, de los juguetes, las naranjas y el osito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana, poco antes de mediodía, llegó una vez más hasta la vivienda. Extrañamente, el ventanal se encontraba vacío. Se acercó y esperó. Después de un rato se atrevió a tocar la puerta. No hubo respuesta. Insistió, pero el silencio se mantuvo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cabizbaja y sin ser capaz de aventurar alguna explicación regresó al campamento. Al día siguiente concurrió de nuevo a la casa del jardín ahora vacío y nuevamente encontró el ventanal abandonado. Esta vez fue presa de una tristeza enorme y regresó sollozando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al tercer día encontró al hermano de lentes que salía de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Está hospitalizado -explicó-, ha estado en otras ocasiones y después de algunos días lo dan de alta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada uno de los días siguientes insistió y cada vez debió regresar después de golpear infructuosamente la puerta y mirar largo rato hacia los vidrios de la ausencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había transcurrido más de una semana cuando despertó presa de tercianas. La mamá se preocupó al verla empapada en transpiración. Debió permanecer en cama durante varios días, hasta que superada la fiebre pudo levantarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el primer impulso corrió hasta la casa de su amiguito. Apenas llegó, ansiosa y expectante, se encontró con el ventanal cubierto de cortinas. Esta vez no intentó golpear la puerta y permaneció inmóvil unos minutos. Se aprestaba a emprender el regreso cuando de pronto salió de la casa el hermano mayor que -con expresión sombría- traía algo en una de sus manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces ella se negó a aceptar que fuera verdad la explicación de frases entrecortadas que escuchaba como algo irreal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Antes de marcharse me mostró el osito y reiteró que te sea entregado. Repetía naranja, naranja -explicó con los lentes empañados- y ahora es tuyo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante largos años nos hemos divisado esporádicamente con el hermano, pero nunca volvimos a conversar, así como jamás regresé al jardín de los juegos de aquel verano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas oportunidades mis hijos me han preguntado por qué les niego el antiguo canastillo y el juguete, los que por tanto tiempo me han acompañado en el local.</p>
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		<title>ANOTACIONES SOBRE EL LIBRO SÍNDROMES ALUCINANTES</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/06/11/anotaciones-sobre-el-libro-sindromes-alucinantes/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jun 2026 14:13:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>de Juan Mihovilovich Por Antonio Lagosi “Crecía, pero mi crecimiento no dependía de mí, como si fuera un planta cualquiera colocada en un macetero o a la intemperie…(…) sencillamente me desprendía de mí mismo hacia arriba en busca de algo superior…” (“La oscuridad y el rey imaginario”, p.51) Crecimiento y búsqueda, quizás, sea este el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">de Juan Mihovilovich</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Antonio Lagos<sup>i</sup></em></strong></p>



<p><em>“Crecía, pero mi crecimiento no dependía de mí, como si fuera un planta cualquiera colocada en un macetero o a la intemperie…(…) sencillamente me desprendía de mí mismo hacia arriba en busca de algo superior…”</em></p>
<p style="text-align: end;"><em>(“La oscuridad y el rey imaginario”, p.51)</span></em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Crecimiento y búsqueda, quizás, sea este el único camino que hemos de recorrer, desde el nacimiento hasta la muerte, como haría cualquier ser vivo que se precie de tal. Todo lo demás pareciera no ser sino encierro, dolor y aire inflando el estómago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Imaginaciones muy bien imaginadas son este conjunto de síntomas, que nutre cada una de las páginas de este libro, en donde, como en todas las cosas que mastica el hombre, detenido siempre al borde del abismo, solo el amor y la ternura, podrán, finalmente, traernos esperanza como forma de bendición y salvación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Apenas entrando, recién, en las páginas de este nuevo libro, que para bien de nosotros, nos entrega nuestro querido Juan Mihovilovich, puedo refrendar con toda alucinación que, una sola de estas caprichosas ensoñaciones sujeta en nuestra mente, podría llegar a enunciar toda nuestra existencia, o bien resumirla en una de estas líneas dolorosas y bellamente escritas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afincados en esta búsqueda que nos atrapa, recorremos cada palabra puesta en el texto, para desglosarla con los ojos, como si cada una de ellas estuviera puesta en la mirada del hombre, en el hombre como especie humana; como una manera de reunirnos a todos en un sola idea. Así trasunta la vida, pasajera de un aparatoso ir y venir, un ir y venir de oscuros síntomas y sensaciones acopiadas,tal vez para especular sobre la vida y la muerte, con la misma mirada de antes, fijada ahora sobre las vigas de uno de los cuartos de donde cuelgan nuestros deseos, celebrando ese cielo descubierto tras el último respiro, imaginando que la esperada muerte puede disiparse como por arte de magia, volviéndose para otros, casi en el acto, la resurrección de sus días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay misterio que develar, si concebimos la vida y la muerte como un espacio de igual magintud, desprejuiciado y sin dramas, por el bien de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y por eso mismo, como lector insomne, estiro la mirada desde una perspectiva fantasmal, para no perderme de vista a mí mismo, retornando una y otra vez sobre la página anterior, que me habla del colibrí; de los barrotes; de los colchones; de los muebles desvencijados. Selvas amazónicas atrapando la niñez, alucinando con el día, como buen lector comprometido con la noche, que nutre las historias de nombres y figuras que tantas veces hemos estrechado, naciendo una suave niebla a la venida del sol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada Síndrome que respira en este libro, es sin duda una ojeada en el espejo, instalados nosotros frente a él, pero muy lejos del mundo que una vez imaginamos. Si apenas, haciendo lo correcto, formando parte del perfecto andamiaje de los días, saliendo a la calle para hacer lo preciso, una suerte de articulos de primera necesidad, definidos mucho antes que nosotros nos llenásemos de estos postreros años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un mundo para engullírselo desde la primera hora de la mañaña, hartándonos hasta el vómito dejado en la sombría agudez de ese bello paisaje que hemos imaginado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me llama la voz interior del engranaje que operamos; agotados de tanto andar sobre el mismo ruedo, sin descanso, lleno de angustia, fanfarroneando alguna vez mejores días. Extraña perspectiva que nos ofrece la muerte, por supuesto, según sea el escenario que se levante, puesto que como sabrán, la muerte no pesa lo mismo colgando de la viga, que colgando de nuestras manos ensangrentadas, sobre todo cuando no somos capaces de controlar los deseos, mucho menos la culpa, cautivos de un cuasidelito suplicando frente al juez.<br>Es nuestro autor, el que va metido en nosotros cantando sus remansos y dolores, poblado de calidad y belleza en sus imágenes, observándonos desde un rincón de la vida, un rincón claro y cabal, mirando cada uno de nuestros movimientos, como si cada unos de estos fueran misterios que resolver, consumido por nuevas tribulaciones: atrapado y perdido en sí mismo, con la diferencia, que, esta vez no podrá volver la vida atrás, ni por un solo minuto, como solemos hacer en nuestras mejores pesadillas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A decir verdad, en la apreciación del libro y en primera instancia, pensé caminar sus páginas yendo ordenadamente de cuento en cuento, acompañándonos todos en el disfrute de este, envueltos por una muchedumbre suplicando de puerta a puerta o de alma en alma, muertos de la risa o vivos del llanto, como diría más de algún astuto por ahí. Pero, no pude, porque me asoló un mundo de representaciones apareciendo y desapareciendo en mitad de la calle. Un mundo palpitando a toda velocidad, para después desaparecer de un sola pincelada ern medio de ese mismo mundo, como si en realidad todas las historias que Juan Mihovilovich nos cuenta, se hubiesen reunido en una sola excusa para enfrentar un mundo en plena existencia y lucidez, desafiando con su desnudez, la magnificencia o pequeñez de ese otro mundo que arrasatramos, apenas murmurando.<br>Debe ser por ese <em>raro movimiento interior</em> que nos llama a cada instante, que nos llena de satisfacción y que, en simultáneo, también va llenando de asombro o terror a todo aquel que observa la imagen u oye las palabras que rezan nuestro pensamiento, apenas, abrimos los ojos, hablándonos de lo que nos aguarda allá afuera, rellenándose de sus profundidades; de sus emociones y de los deseos que acarrea su interminable búsqueda, colmada de pura belleza en sus palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Sin embargo un raro movimiento interior la altura del pecho lo había sobresaltado. Fue una sensación indescriptible, tenue y persistente que parecía tocarle el corazón”. (De “Un raro movimiento interior”, p. 45).</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal como se devela en una de sus últimas imágenes, o la última imagen de este cuento, <em>“De vez en cuando se ve flotando entre los árboles como si fuera un gorrión que va y viene a su nido”. (De “Un raro movimiento interior”, p.47).</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Desvaríos</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es la culpa que jamás nos deja a solas, ni por un solo instante. Deber ser por eso que vivimos huyendo, refugiados, cada uno, en la propia soledad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Síndromes que no devienen por cualquier circunstancia o por la mera acumulación de divagaciones perniciosas, porque en este caso hablamos de perfectas y sutiles enajenaciones dispuestas por la necesidad que tenemos por ser parte de algo, parados frente al quehacer de este <em>“perro mundo” (p. 23)</em>, que no escatima en adjetivos que laceren nuestra existencia; para que así más tarde, podamos culpar al mundo de todas nuestras desgracias; para ponerle nota a cada suceso, concursando siempre en acuerdo con nuestros propios pecados o intereses que, según los últimos reportes también son lo mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vislumbramos una conjunción de palabras, salvaguardando un laberinto de pura alucinación, es decir, de pura claridad, de pura ganancia de luz para nosotros, presos de las conjeturas que necesitamos para entender cada alerta de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una alucinación como para permanecer oculto tras el desaguisado; para actuar sobre seguro; como para rasgar vestiduras a la primera, si fuera necesario, sabiendo a ciencia cierta que nadie podría correr el velo de la temporalidad que se aloja en nuestro mundo interior. Debe ser por eso que, en apariencia, por supuesto, negamos la comprensión sobre el otro, hablando desde un estrado o desde un púlpito de lo terrible que es el aire que se respira allá afuera, pero sin poder entender mucho de todo esto todavía, como ese <em>“Philips Jean” del cuento (p. 49)</em>, amparado, por suerte, en el amor, echándole para delante, sin dudar, qué importa después de todo este nuevo mundo, balbuceando unas primeras palabras en castellano, escasamente haciéndose entender por ese resto de mundo que murmura un <em>“Cristo” a escondidas</em>, como si fuera pecado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Concluimos, timidamente entonces, por ese temor que tenemos de quedar en ridículo por no dar en el clavo que, por lo que se ve a simple vista, la verdadera realidad de nuestra condena es que esta no comulga con la muerte terrible, sino que, más bien “come del mismo plato” de la mano de este aire de tan bellos sufrimientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debe ser por ello que, añoramos los sueños de la infancia, caminando de la mano del padre con rumbo del kiosco de diarios y revistas, a comprar las historietas, que aunque no lo crean, ahora, recién, en la hora de la vejez amarga, hemos comenzado a entender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay oscuridad en mis fantasias, desde luego, ¿qué otra cosa se podría encontrar en ellas, escondido tras una exploración predecible? puesto que, yazgo mirando al cielo pero, lejos de su armonía, lo sé. Mirando con los ojos erguidos sobre la viga que sostiene la cuerda que soporta el cuerpo balanceándose, en el aire.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ocultamos la mirada. Silbamos, como cualquier individuo común y corriente, sin atender la necesidad del otro. ¿Para qué?, me pregunto, quizás, para derribar todo lo que nos embarga, me respondo. Quizás, para volver sobre lo mismo cada día, sobre lo sutil, que a veces puede ser sinónimo de lo terrible, de realidad y locura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El único problema que tenemos en realidad, es la mentira. Ese es el gran problema que nos aqueja. La mentira, echada a paletadas sobre la tumba de la verdad, verdad que todavía muerta, aterra. La mentira enarbolada como puntal del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este es el problema que envuelve el murmullo en medio del tumulto. Una enfermedad que aprisiona las voces que sangran con cada paso, que sangran dentro de nosotros, adentro de nuestro interior vivo: <em>“Todo aquí es húmedo: las paredes, los armarios desvencijados” (“Los números no cuentan”, p.65)</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O bien, para volver sobre el amigo que una vez dejamos en la soledad, encantándose con el sentido de la vida o de la muerte, que, como ya dijimos, a estas alturas ya es lo mismo, habiendo hecho el camino al cementerio, en la adultez, tantas veces como lo hicimos sobre la plaza del pueblo, en los días de la infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al leer este nuevo libro de Juan Mihovilovich, se me ocurre decir que, impreso en sus hojas he ido encontrando de todo, como si de pronto se hubiese surtido un mercado de angustia, verdades y deseos en el aire. Las experiencias vividas, finalmente, han sido liberadas por el miedo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La oscuridad ha llenado los cuartos de la casa de tantos cuentos, como puertas tiene la provincia. Y la plaza de gritos, y vendedores a la siga de una muchedumbre, haciendo fila frente a la iglesia solo por ver si agarramos un resto de algo, no importa, sea lo que sea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como dijimos, al concluir solo el amor y la ternura nos podrán salvar, con un “Philips Jean” enamorado y con la ternura plena, dibujada en la mirada de Richi, puesto en un bello cuento que nos llena de provincia; de una provincia nuestra, tal como aquella esquina, esa conversación y saludo, con la mano levantada, al pasar, aferrándonos a un mundo de pura resistencia y existencia todavía.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Síndromes alucinantes</em> es cierto, como un montón de mundos naciendo por todas partes del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes<br>Simplemente Editores, 104 pp. 2026</strong></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>[i]</strong>  Antonio Lagos (Linares, 1962), poeta y cuentista.  Premiado en diversos certámenes literarios de poesía y cuento de nivel local y nacional; ha publicado ocho libros.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="666" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg" alt="Síndromes alucinantes" class="wp-image-18273" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg 666w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-195x300.jpg 195w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-768x1182.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada.jpg 832w" sizes="(max-width: 666px) 100vw, 666px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Síndromes alucinantes</em></figcaption></figure>
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		<title>ANATEMA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Jun 2026 18:40:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por José Baroja El cristianismo podría ser bueno, si alguienintentara practicarlo.George Bernard Shaw Recuerdo mi infancia. No fue una mala infancia. Sería un mentiroso si me quejara respecto a esta. Es más, si tuviera la posibilidad de volver a vivirla, probablemente, ya estaría formado para hacerlo.Recuerdo muy bien una sensación de ligereza que no he [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por José Baroja</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>El cristianismo podría ser bueno, si alguien<br>intentara practicarlo.</em><br>George Bernard Shaw</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo mi infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No fue una mala infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sería un mentiroso si me quejara respecto a esta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es más, si tuviera la posibilidad de volver a vivirla, probablemente, ya estaría formado para hacerlo.<br>Recuerdo muy bien una sensación de ligereza que no he vuelto a sentir. Recuerdo también cómo jugaba libre-mente en mi casa, libre-mente en el jardín, libre-mente en la escuela e incluso libre-mente en la Escuela Dominical. Sí, aunque pueda resultarle extraño a mucha gente que me conoce hoy, en aquel ayer solía ir a la Escuela Dominical o, más bien, me llevaban a ese “lugar de santidad”, ubicado a un costado de la iglesia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo cómo allí me enseñaban acerca de un dios justo, que lo había creado TODO, que lo controlaba TODO, TODO lo que existe y que, por lo tanto, a sabiendas de aquello, nuestra misión más importante era obedecerle, someternos a su “voluntad”, ser “puros” en un sentido muy amplio de la palabra, aunque, por aquel entonces, suponía que “puros” implicaba apuntar al nivel de aquellos que habían sido inspirados para transmitirnos la fe. Recuerdo muy bien cómo nos regañaban si no éramos ordenados. Rondaba la idea de que de ese modo nos convertiríamos en “buenos ciudadanos”, porque como cristianos éramos buenos per se. No obstante, lo que más recuerdo es cómo luego de lecciones acompañadas de coritos, colores y adivinanzas, a veces una película animada de fácil y sacra digestión, nos dejaban jugar: jugábamos mucho y nos reíamos mucho más. Lo recuerdo bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es gracioso, una de las cosas que más nostalgia me causa de esos primeros años dominicales es el pan con margarina que alguna “tía” nos regalaba para desayunar entre juegos y gritos en el patio de la iglesia; primero era la lección, después éramos niños y niñas hasta que papá o mamá iban por nosotros. Lo éramos, mientras los más grandes participaban del “culto oficial”. Ciertamente, el “yo de hoy”, incluso con una mirada más seria, puede afirmar que fueron los años en que más cercano me sentí a aquel dios. Como no, si a ese “pequeño yo” le enseñaron Teología breve y directa acerca de un Ser que era omnisciente, omnipresente y omnipotente; lo que facilitó que ese “pequeño yo” lo memorizara entre mascada y mascada y entre juego y juego; quién no aprendería con la panza llena y con el corazón contento. Además, ese “pequeño yo” lo aprendió del modo en que se presenta a un nuevo amigo, uno que, más encima, cuidaba de TODOS, recalco, de TODOS y TODAS. En mi día a día aprendí a creer en ese dios que estaba en todos lados, que lo sabía todo y que lo podía todo, que no discriminaba, ni juzgaba, ni le reprochaba a nadie su amor, lo cual para mí era lo máximo. Sin embargo, más temprano que tarde agregaron la letra chica: la <em>bendita letra chica.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi inocencia de ese tiempo, mi aceptación ciega acerca de que así era el mundo, explica mucho de mi fe de aquel segmento de mi vida. Lamentablemente, aún no conocía el mundo-real, el “afuera”, a la gente de “fuera” y, con ello, todo lo aledaño a esto, tal como la pobreza, la miseria, la injusticia; allá dentro ni señas de la hipocresía o del mal propiamente, pues qué posibilidad existía de reconocerlo entre “gente tan buena”. Dios me cuidaba, la Iglesia me cuidaba. Por supuesto que así era: un espacio protegido, al que, según creía, ni la Dictadura militar parecía asomarse por razones que no entendería hasta mucho tiempo después. En efecto, mirado desde el hoy, descubro más dinero y poder que un santo credo. Sin embargo, en ese ayer no me cuestionaba ninguno de los atributos de la iglesia; seguramente no me cuestionaba nada entre juegos y pan con margarina. Por esto y por otras cosas que no acabaría de comentar, con seis años yo creía entenderlo todo. Por esto y otras cosas que no acabaría de comentar, yo intenté ser lo que allí me decían que era ser “bueno”, aun cuando, poco a poco, con los años, el concepto de “bueno” que me enseñaron en esos andares resultó convertirse en algo tan relativo que acabaría por no tener claridad sobre nada cuando llegué a mi adolescencia; pero en aquel tiempo no era así. Actuaba consecuentemente con mi infancia y la predicaba como tal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los años que siguieron sólo fue de profundizar en cuestiones de las Sagradas Escrituras, adaptadas obviamente a mi edad, hasta que un día, sin buscarlo, apareció ante mis ojos, en un tiempo en que Internet estaba en pañales, la imagen de una madre buscando a su hijo desaparecido a lo que le siguieron las palabras de desprecio de cristianos con respecto a otros muertos que habían nacido en esa misma tierra. A sazón de aquello, y de las muchas preguntas que comenzaron a nacer en mi pecho, los libros de Historia surgieron por todos lados. Repentinamente mis soldaditos de plástico me comenzaron a mirar con odio y algunas de las personas que compartían la fe empezaron a darme miedo. En la medida que fui creciendo, comencé a sentir una soga al cuello que se iba apretando más y más. El mundo ya no fue tan bonito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así fue como, parafraseando a Los Prisioneros, eventualmente, los juegos de niños se acabaron y tuve que ingresar al “culto oficial”. No hubo una transición: de un día para otro ya tenía edad para estar allí. No niego que al principio me sentí grande, pero no tardaría en descubrir horrorizado a los “hermanos”, como solían decirse entre ellos, moviendo la cabeza en señal de aprobación y sometimiento frente a las palabras reveladas del que se proclamaba en el nombre de Dios como un “pastor de ovejas”: El “Amén” comenzó a provocarme terror; “Aleluya”, pánico. Recuerdo cómo el pastor se exaltaba, gritaba, arrojaba en todas direcciones el sudor de su frente desde un púlpito que apenas sostenía su euforia; euforia centrada en una agenda muy específica que condenaba al Infierno a mujeres y hombres que se alejaran de la Palabra de Dios. Muchos años después, ya adolescente, me horrorizaría aún más al percatarme de cómo, a pie junto, muchas y muchos de esos hermanos defendían, frente al que aún era un “pequeño yo”, al Dictador que durante diecisiete años había estado a la cabeza del país, por razones, cabe agregar, tan superficiales como el cuánto había aportado en el crecimiento de esa Iglesia que accidentalmente me había acogido; de igual manera, acabaría por atormentarme el que, cuando escuché por primera vez ese nombre, para mí se tratara del “General”, una autoridad que merece respeto; vergüenza me dio, pues la imagen de que aquella madre buscando a su hijo aparecía en cada argumento con el que yo mismo intentaba convencerme. Decisivamente, en la iglesia nunca incentivaron que me cuestionara esos temas u otros en el “culto oficial”: se trataba de un monólogo y ya. Quizá Dios sí me ayudó a hacerlo de algún modo, puesto que si bien mis enseñanzas comenzaban a desvirtuarse en el momento en que comenzaba a ESCUCHAR y OBSERVAR, esas mismas enseñanzas fueron las que originaron un torbellino de preguntas. ¿Dios realmente quiere esto? ¿Por qué la Biblia dice que seamos buenos, mientras permitimos la injusticia? ¿Realmente el respeto a la autoridad debe ser sumisa y sin cuestionamiento?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Primero traté de comprender todo eso, puesto que no tenía el valor de convertirme en un anatema; palabra compleja que me habían enseñado desde muy pequeño en la Escuela Dominical. Imagínenme, con doce años, ya con la posibilidad de ser relegado de la Gloria de Dios por cuestionarme acerca de esas cosas incuestionables, ya sea por misterio, ya sea por no haber recibido el don de comprensión. Pese a mis temores, me examiné y, poco a poco, muy lentamente, me atreví a preguntar con más fuerza a los que “sí sabían”, por ejemplo, el por qué defendían a un hombre como ese, que básicamente había mandado a matar a mucha gente, o bien, por qué me habían enseñado acerca del amor de Cristo, si objetivamente quienes no estaban de acuerdo con la iglesia estaban contra esta y, por ende, fuera de la Gloria de Dios. Luego, ante las respuestas cortantes que recibí del mismísimo pastor, algo molesto, metí más el dedo en la llaga: ¿La Biblia lo justificaba todo? ¿Quiénes están en el Infierno? ¿Es injusto lo que exigen los trabajadores? ¿Por qué Dios puso a esas autoridades en el poder? ¿Es incorrecto exigir tus derechos? ¿El dinero lo es todo? Pienso que esta última pregunta surgió de lo evidente que era el modo en que el pastor vivía y que por eso su rostro de amabilidad se transformó en una sonrisa sarcástica y de desprecio: sus relojes, sus trajes, sus carros… Recuerdo que me dijo que era la “Voluntad de Dios”. Qué maneras de usar el nombre de Dios en vano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comprensiblemente, dentro de un espacio no propenso a las preguntas, cada vez que intentaba debatir tal o cual respuesta, me frenaban hasta un punto en que yo me creí por un tiempo garrafalmente equivocado y con la posibilidad cierta de caer en el “enojo de Dios”, en el <em>anatema;</em> simplemente no entendía los caminos misteriosos del Señor, más allá de que me hubiera leído la Biblia, más allá de los libros de Historia, más allá de los mandamientos, más allá de lo que me habían enseñado, más allá del sentido común, diría en una época posterior. De todas maneras no lo pude evitar: sencillamente, caí en más y más interrogaciones, ya que no comprendía por qué era malo permitir que las mujeres decidieran sobre su cuerpo, por qué la Ciencia estaba equivocada respecto a la Creación, pese a toda la evidencia que me decía que la Tierra no fue creada en seis días; ni siquiera por qué la Justicia Social equivalía a Comunismo o Marxismo, dos conceptos que parecían enconar más y más a muchos hermanos y hermanas que lo que hubiera enojado al mismísimo Jesús. Por cierto, cansado escribí una lista con versículos que pensé que me daban la razón. Empero, cuando acudí nuevamente con el “pastor”, él rápidamente se sacó de la manga otros muy bien memorizados, que, si bien, cuando los leí nuevamente en la Biblia ya no me parecieron tan apropiados en su contexto, sí me sorprendió lo fácil que se utilizaban para justificar su propia riqueza. No obstante, lo que más me llamó la atención de esa cita fueron sus ojos, puesto que en estos se notó la cólera escondida bajo un gesto que buscaba hacerme sentir “estúpido”. O así lo sentí yo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En consecuencia, contra viento y marea, yo cada vez luchaba más por creer, en ausencia de aquellos ricos pancitos con margarina que habían llenado mi infancia; pero el mundo se asomó en mi consciencia como se asoma el Sol por la mañana. Te lo juro. Escuchaba atento lo de la experiencia divina, sobre hablar en lenguas, e incluso sobre los milagros, muchos de los cuales parecían tener más explicación en la pericia de los médicos que propiamente en lo sobrenatural; aunque, en medio de esas observaciones, rápido me di cuenta de que muy pocos se empeñaban en buscar “lo racional”, casi, casi, como si se tratara de un pecado más el sólo insinuarlo: yo me atreví a hacerlo. De lo anterior, creo que se infiere que yo ya había comenzado mis experimentos y mis lecturas intentando, en principio, lo juro, darle la razón a todos aquellos que parecían divinamente convencidos; quizá me volví un racionalista, o bien un empirista de la fe, hasta ponía mucha atención en el “uso de lenguas”, supuestamente otros idiomas con los cuales el Espíritu Santo había ungido a algunos para ir y predicar al Mundo el evangelio o eso leía en el Nuevo Testamento, por lo que en el ahora no me hacía mucho sentido sin esa aplicación tan práctica y directa; aunque ahí estaba el comodín: “¿Cómo atreverme a cuestionar las Sagradas Escrituras?”. A lo que seguía: “¿Por qué diablos Dios me puso una mente cuestionadora si me llevaría por esta horrible ruta?”. De más está decir que pese a mis esfuerzos, no reconocí ningún idioma entre balbuceos ininteligibles o uniones silábicas aleatorias que sí coincidían a veces con una protolengua accidentada, o bien, milagros que se declamaban como obra de Dios tenían explicaciones tan simples como el común acuerdo entre el pastor y algunos de sus fieles. Aún en negación, todas estas fallas en mi persona la atribuí forzosamente a mi ignorancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con dieciséis años, comencé a dormir mal; a veces ni siquiera dormía. Una vez más regresé a la Biblia creyendo encontrar ahí las respuestas que en la realidad se me iban negando: cuatro veces completas la leí. Al final, me encontré en el mismo camino de siempre, es decir, contradicción con respecto a lo que la gente de la congregación predicaba. El mismo hecho de que el hijo de Dios fuera asesinado como un cordero para salvarnos a nosotros de nosotros mismos me resultó tremendamente duro. Afortunadamente, con más y más meses sobre mi cabeza, comprendí pasajes que de niño me resultaban incomprensibles y surgió la otra pregunta: “¿Qué hago aquí?”. <em>Ergo</em> me interrogué con rabia si nosotros mismos no éramos similares a aquellos que habían matado a Cristo, fanáticos, dogmáticos, intentando imponer una idea que no era nuestra como si no existiera otra creencia, otra fe, otros dioses; porque obviamente nosotros teníamos el secreto la VIDA ETERNA; los de “afuera” no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">ME ESPANTÉ.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me espanté defendiendo algo HORRIBLE con la misma materia de la que supuestamente nacía, porque todos intentaban sacar lecciones acomodaticias de moral desde allí, que atentaban, por cierto, contra otras personas que vivían en el mismo espacio que yo y que merecían, sin duda, todo nuestro AMOR. Pasó por mi mente que esta iglesia no era apropiada dentro de una Democracia, ni siquiera a ojos de lo que me habían enseñado, porque quienes la componían estaban dispuestos a “eliminar con amor” a aquellas y aquellos que implicaran una blasfemia a la doctrina. <em>BENDITA CONTRADICCIÓN</em>. Mi último intento por conciliar lo que en mi recuerdo era un momento bonito fue pasar adelante en algún culto para ser “ungido”, como solían hacerlo a semejanza del Libro de Reyes: nada sentí, excepto la necesidad de arrojarme al suelo actuando como si una fuerza celestial me conmoviera, tal como vi que les pasaba a otros: no quería ser mal juzgado. Fue gracioso que un diácono se me acercara, al parecer entendiendo la farsa, y que, tras agacharse, me dijera al oído: “Ponte de pie”, como quien dice, “Tú no estabas en este papel”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante el culto de jóvenes, ya con dieciocho cumplidos, me arriesgué a preguntar nuevamente acerca de lo que no se debía preguntar: la “hermana” a cargo de los jóvenes se espantó. Una chica joven, de veintitantos años, aunque por sus ojeras se veía algo mayor, con dos hijos y un marido, que eventualmente resultaría ser un maltratador, no de aquellos que golpean, sino de aquellos que privan poco a poco de la individualidad. No la culpo: si hubiera sido más valiente es posible que hubiera abandonado la iglesia antes de que algo ocurriera; pero ahí estaba. Quizás, especulo, ella alcanzó a notar en mi pupila al demonio en que ella misma se convertía al aceptar ciegamente su labor como ama de casa, como mujer sometida al deseo de su marido, sin posibilidad de algo más. Yo, en cambio, meses más tarde, vería al verdadero demonio intentado subir al poder. El pastor, el mismo con el que yo había crecido, se postuló a Presidente. Gracias a Dios, no ganó, pese a haber contado durante la campaña un sueño, divino según él, que lo ponía en una pista de carrera en la que acababa derrotando a los demás candidatos. No obstante, al darse cuenta de su nula posibilidad, explícitamente dio su voto al mismo grupo que ahora tenía entre sus filas como senador al Dictador. Fue mi final: el Dios del que me habían enseñado definitivamente no estaba allí. Dichosamente, la poesía, descubrimiento fugaz entre lecturas y lecturas, seguía viva. La literatura me salvó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Me entiendes? Por fortuna, entre tanta y tanta lectura, en que hasta un libro que intentaba explicar las contradicciones de la Biblia sin explicarlas había caído en mis manos, comencé a leer a Dickinson, a Mistral, a Baudelaire, a Víctor Hugo, a Rojas, a Bombal, a un sinfín de parias con los que me sentí, después de mucho tiempo, en paz conmigo. Dios sí estaba en el Arte, en la belleza, en la Vida, en lo profunda y sinceramente humano. Prontamente, me atreví por última vez a discutirle a la “hermana” con citas de todo lo que había leído: alguien que escuchó me dijo que por eso no se debía estudiar Letras y Filosofía, carrera a la que por obra y gracia de Dios había ingresado. Empero, la epifanía no vino de allí. Tras una extensa discusión, sin mediar nada más, la “hermana” se enfureció y me clavó una pluma en el costado. O así lo recuerdo. ¡Una pluma! Rápido sentí el dolor y el cómo la sangre se derramaba bajo mi camisa a cuadros. Rápido sentí una tranquilidad extraña, como si él sólo hecho de recibir esa pluma entre mis costillas implicara una limpieza de mi sangre. La vi. Sonreí. Se espantó. Escapé de esa secta y me convertí en poeta, no sin antes convertir esa “daga” en propia. Dolió mucho sacarla de mi costado, aunque, ventajosamente, no me desangré y la tinta agarró un tono interesante que serviría para un propósito más grande que el servicio eclesiástico. Escribí con esta mi primer poema. Lo recuerdo más o menos así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es curioso, cuando de niño oraba no me interesaba el esperar una respuesta, ahora que escribo tampoco. Sinceramente, ahora siento la vida fluyendo entre mis versos. He vuelto a ser niño: juego, dudo de todo, hago trampa, ahora no tengo freno como ser humano. Supongo que “la hermana” siempre espero una demanda, una acusación, pero me regaló la vida, así que acepté humildemente esa pluma en mi costado como un inicio; espero que ella esté bien. Dios me ama, crea o no crea en él: lo sé porque me convertí en poeta. Y como poeta creo más que antes. Si lo enfoco de otra manera, tal vez sin que se dieran cuenta me enseñaron tan bien que decidí convertirme en un “pequeño dios” y no en un “pequeño yo”; uno que alaba la creación creando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace no mucho me di una vuelta por la iglesia esperando checar si algo quedaba de aquellos tiempos, pero a la primera oportunidad tuve que correr, puesto un obispo me trató de ¡ANATEMA! Yo le dije que era escritor; él dijo que perturbamos la vida de los jóvenes, que sólo somos sexo, mentira, violencia, instintos, todo eso que a los profesores y profesoras tampoco les gusta. Me da la idea de que, como la “hermana”, también se vio reflejado en mi pupila; pero esta vez no esperé que me apuñalara con otra pluma: con la que tenía era más que suficiente. Yo he aprendido con los años que somos nosotros los que nos acercamos más a Dios y ellos los demonios atentando contra la humanidad. Imagínate, han logrado que el ser humano deje de “ser humano”… ¡HUMANOS!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años después vería en televisión cómo llevaban detenido al “pastor” de la que fuera mi iglesia o, más bien, de la que debía ser mi iglesia. Un acto de bondad divino me impulsó a visitarlo. No me reconoció, aunque aun así le regalé la pluma que la hermana me había “obsequiado”. Si bien no la pudo tener dentro del recinto penitenciario, cuando salió, se la deben haber entregado, pues terminó usándola contra sí mismo. Me da pena pensar que no sobrevivió para convertirse en poeta. Dios tenga compasión de su alma. Ahora que lo pienso, sólo una convicción de aquel entonces me queda en el cajón.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><em>«Haced justicia y derecho, librad al oprimido de mano del opresor.»</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguiré escribiendo.</p>
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		<title>SU FORMA DE IRSE</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Jun 2026 12:50:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Rubén González Lefno Gabrielle abandonó la ciudad. Decidió alejarse, distanciarse para siempre, y lo que pensaba hasta hoy parece resultar una equivocación, varias equivocaciones, una suma de errores, de percepciones alimentadas desde aquella ocasión. ¿Cuántos años hace de ello?, en que nos vimos por primera vez… sin vernos, como lo mencionaríamos posteriormente, riéndonos. -No [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Rubén González Lefno</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Gabrielle abandonó la ciudad. Decidió alejarse, distanciarse para siempre, y lo que pensaba hasta hoy parece resultar una equivocación, varias equivocaciones, una suma de errores, de percepciones alimentadas desde aquella ocasión. ¿Cuántos años hace de ello?, en que nos vimos por primera vez… sin vernos, como lo mencionaríamos posteriormente, riéndonos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-No logro concluir por qué evitamos hablarnos- afirmaba más tarde, cuando ya nuestros diálogos se conducían con la confianza que el tiempo entrega a estas relaciones y uno salta de un tema a otro sin previo aviso, sabiendo que cada uno comprenderá el sentido de incursionar en zonas inesperadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Te vi y no pude dejar de mirarte- recuerdo haberle dicho, provocando aquella risa que luego resultaría cotidiana… que era la culminación de nuestros diálogos, de nuestros encuentros y de cada una de nuestras conversaciones, en las cuales jamás hubo espacio para alguna molestia, una respuesta punzante, ni una contra respuesta que pudiera tensionarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Claro, te miraba sin lograr despegar mis ojos de ti, de tu rostro, tu cabello y, sobre todo -expuse sin el menor rodeo- de tus piernas apenas cubiertas por la falda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahora se marchaba de retorno a su país, a su familia, a la ciudad en que nació, a las calles que recorrió desde pequeña, cuando ni la más osada imaginación auguraba que dejaría la familia, la ciudad y sus calles, para viajar a lo más alejado del mundo, donde nos conoceríamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había llegado una tarde al finalizar septiembre y la brisa desordenaba sus cabellos rubios, mientras la mirada azul parecía observarlo todo, entre constantes movimientos de sus parpados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sí. Eran sus piernas, la forma perfecta de sus pantorrillas y de sus muslos -como comprobaría posteriormente- una especie de todo poderoso imán visual que hacía trizas el menor afán de resistir. Claro, nada era comparable a la textura de su piel, a su suavidad de pétalos, que luego supe leer claramente: ese tipo de piel, pero sobre todo esa piel, demandaba ser recorrida y acariciada lentamente una vez ganada la entrega absoluta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego fueron los horarios, su indomable afán de hacer esto y lo otro, sus iniciativas que sorprendieron tanto a autoridades de todo tipo como a los medios de prensa que progresivamente requerían sus noticias, opiniones y propuestas para la ciudad y sus habitantes. Y en medio de tal tráfago indetenible, supimos que había un tiempo únicamente para ambos, en el que no cabía espacio para otra preocupación que no fuéramos nosotros mismos. Así, cada atardecer -aunque hubo algunos días en que no alcanzábamos a reunirnos y mi ánimo se contrariaba- apenas dejábamos atrás horarios, trabajos, calles, tráfico vehicular para llegar a nuestro propio cielo, todo era abrazarnos interminablemente sin decirnos nada, sin articular palabra alguna, pues no era necesario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Coincidimos en que resultaba necesario y grato inventar un ejercicio que haríamos en aquellas horas y días en que por una u otra causa no pudiéramos reunirnos. Y después de examinar un par de variables, acordamos escribirnos como si hubiera transcurrido mucho tiempo, años inclusive, en que no nos hubiéramos reunido. Era un ejercicio de simulación quizás provocativa. En él desafiaríamos una separación inexistente como preámbulo del siguiente encuentro. Ni siquiera resultaba necesario estar separados más allá de algunas horas para que -en un rapto de ansiedad- ejerciéramos la facultad de protagonizar un juego que no sabíamos definir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, una tarde de sábado, horas antes de salir a recorrer la ciudad en el crepúsculo, pude leer su primer ejercicio, como ella lo bautizó. Allí no hablaba de mí, como creí y quería que ocurriera.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><strong><em>El declive</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>El declive de la rutina empujada por la audacia, aunque allá -muy lejos- una cierta distancia se resiste a la dimensión de cualquier control y augura el desmoronamiento de todo obstáculo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Pese a ello me siento alejada, extraviada seguramente, obligándome al esfuerzo de regresar. Y creo hacerlo como si nada hubiera sucedido.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Así, cuando la ciudad deambula entre una y otra rotonda, en algún momento encontramos los magníficos lugares, condecorados con gran categoría al cruzar las coordenadas del viento, cual resplandor expandido desde los cerezos.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que cuando leí su texto, el asombro me dominó. Pues no tenía el menor indicio de su habilidad escritural, así como de expresarse con la fluidez que ahora yo recién conocía. Y todo ello contribuyó -sin la menor duda- a afirmar nuestra relación, en la que habitualmente pasábamos del diálogo a los hechos, la que no era posible de concebir sin las cuotas de caricias y de estrecharnos cada vez con mayor intensidad, como si cada encuentro pudiera ser el último. Y ahora creo que en esos momentos sin decirnos nada -y sin saber por qué- debí haber percibido, imaginado tal vez, que las cosas no duran para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a todo, y aunque era una verdad molesta, aceptamos que el lenguaje crea realidades, diseña mundos y nos presenta interrogantes. Pero, al menos en mí caso, no siempre permite vaticinar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un par de días después de su primer texto me propuse redactar el mío, concentrándome en teclear una noche, después de haber disfrutado una excelente película danesa.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><em>Variada alucinación</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>No es el sincronizado diseño del placer emitido desde un escote, ni el rumor de hojas estremecidas al borde de unos muslos, como siempre ha sido contigo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Pues, cuando alguna afirmación no era más que oropel envuelto entre los párpados, luego de colgar en el respaldo de la silla el gesto de apariencia cual traje envejecido, había que caminar hacia atrás desafiando el tiempo, las nubes, una curva en la calle y el café conversado algún día. Nada es igual después de ingresar al espacio irrepetible del otro. Nada es diferente en la coyuntura del pensamiento desplegado entre el borde del asiento y el brillo del calzado allí, a poca distancia del astrolabio agotado en el registro del mejor cambio de rumbo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Al contrario de lo que imaginamos, esos breves textos fueron los únicos que intercambiamos. Y dado que prontamente el desafío de escribirnos quedó atrás, concluimos que no resultaba relevante. Sin embargo, una frase de ella, dicha a la pasada como sin mayor importancia, llamó mi atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Cuando escribo me parece correr el riesgo de poner en evidencia cosas que no quiero que otros conozcan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el paso de las horas y los días aquellas palabras quedaron atrás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las primeras semanas y meses, cual libreto poderoso, nos esperábamos como dueños del mundo, de las calles y del espacio existente entre nosotros. Instantes en que Gabrielle alcanzaba la categoría mayor de todos los sueños -como se lo dije reiteradamente- mientras ninguno de los esfuerzos ni de los impulsos resultaba suficiente para el regalo que fue su desnudez cada vez que nos buscábamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran las obligaciones -cual nubarrones que parecían interponerse entre ambos, a pesar del esfuerzo en reservarnos horas o al menos fragmentos de tiempo- las que fueron ocupándola cada vez más, hasta que en un momento nos encontramos conversando acerca de cómo seguirían las cosas, de qué ocurriría si un fin de semana debía encerrase en su departamento para avanzar en el trabajo, pues los días hábiles resultaban insuficientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que permanecimos en silencio y pasaron largos y tensos minutos en los cuales solamente se escuchó nuestra respiración. Hasta que me acerqué tomándola de una mano, mientras me esforzaba en contener la tristeza que crecía dentro de mí. Ella tuvo la serenidad y prestancia que me faltaban y sostuvo mi mano mientras acariciaba mi rostro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana -como lo habíamos acordado- desayunamos en la terraza de un restaurant cercano a su departamento. Y sin saber por qué revisamos las palmas de nuestras manos, concluyendo que tendríamos una larga vida. Luego de ello caminamos abrazados por la avenida mejor arbolada de la ciudad, hasta que después de una hora ocupamos un declive del césped, para permanecer allí sin prestar atención a las obligaciones y sus horarios tiránicos, porque surgían nuevas conversaciones que disfrutamos placenteramente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran los días mejores. Fue el periodo de la culminación de nuestra vida en común…y eso me asustó, pues toda culminación contiene el anuncio de una caída. Recuerdo muy claramente que me prometí esforzarme en impedir el menor atisbo de debilidad en nuestra relación, que pondría toda mi fuerza en ello y que nada ni nadie podría interponerse entre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una sorpresa se produjo cuando un mediodía señaló que debía acudir al psicólogo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Por qué? &#8211; pregunté.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Después te explico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquel hecho se repitió meses más tarde, pero cada vez que traté de indagar en ello siempre tuvo la habilidad para postergar alguna explicación. Hasta que el paso del tiempo dejó atrás toda inquietud.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Transcurrieron los meses con sus días hermosos. Y tanto sus avances profesionales como mis logros académicos ocupaban el lugar que les correspondía, sin permitirles que invadieran nuestro cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las exigencias en torno a su gestión crecían y ella tanto como yo sabíamos que aquello resultaba inevitable, pero nos esforzábamos en cuidar lo que denominábamos nuestros tiempos, los de ambos, aquellos destinados a únicamente a nosotros, a nuestra condición de amantes que en cuanto estábamos juntos aventábamos lejos el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando se cumplió un año de nuestra relación viajamos hasta la capital, pues ella debía entregar personalmente un informe de lo realizado desde que asumiera sus funciones en la institución a la cual pertenecía. Fuimos para cumplir con tal obligación un viernes y el fin de semana lo destinamos a distraernos, a conversar con su amiga Celeste que desempeñaba labores administrativas en la oficina central, con quien la unía una antigua amistad, generada en su país de origen. Celeste resultó muy entretenida y las conversaciones se transformaron en verdaderas sesiones de exégesis de la institución en la cual ambas trabajaban, matizando tales reflexiones con una serie de detalles sabrosos acerca de las características de tal o cual funcionario, de las aspiraciones amorosas de algunos y los pasos en falso de otros, todo ello en medio de carcajadas y comentarios audaces.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, días después de regresar, una tarde señaló que saldría a caminar y que prefería hacerlo sola. Ello me extrañó y no logré encontrar explicaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Transcurridas un par de horas comencé a inquietarme. Llamé a su celular, pero solamente respondió una grabación. Mi extrañeza se convirtió en desasosiego. Y cuando la preocupación bordeaba la angustia ella ingresó a la habitación con una amplia sonrisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Noté que tenía los ojos levemente irritados, pero no dije nada. Pues pronto todo era grato nuevamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin darnos cuenta transcurrieron los meses del que sería nuestro segundo año como pareja. Pero allá por el sexto o séptimo mes de aquel año notamos cierta declinación en nuestra vida en común, expresada en que lentamente la necesidad de vernos y estar juntos fue diluyéndose, hasta que, durante un almuerzo, en el cual la conversación fue ganada por el silencio, ambos concluimos que las cosas ya no tenían la magia de antaño.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finalizamos nuestra relación. Pero unos dos años después, una tarde en que regresaba del cine me sorprendió una llamada desde un número que no reconocí. Era ella que, por alguna razón que no traté de precisar, me llamaba para contarme que regresaba a su país. Hablamos brevemente y luego de finalizar noté que dentro de mí asomó un matiz de nostalgia, aunque al mismo tiempo pensaba que dentro de unos años quizás, cuando nuestras vidas ya hubieran tomado sus rumbos propios, la llamaría para contarle algo, cualquier cosa, y para saber cómo estaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Quizás alguna vez regrese por un tiempo- había afirmado en medio de una conversación casi olvidada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras cuatro años de nuestro alejamiento su recuerdo quedó enredado en uno y otro recodo del olvido. La vida continuaba y mi cada día resultaba absorbente, otorgándome una solvencia y dinámica que resultaba grata y carente de sobresaltos en todos los terrenos, inclusive en mi vida afectiva, ahora presa de una relación que no pretendía grandes cosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Regresaba un mediodía desde la oficina y apenas ingresé al departamento el sonido del teléfono móvil me obligó a atender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Hola- dijo una voz femenina -soy Celeste. ¿Te acuerdas de mí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tardé unos segundos en darme cuenta de quién se trataba, era la amiga de Gabrielle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, me acuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Mira, te llamo porque creo que debo comunicarte algo- señaló.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-De qué se trata- respondí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Se trata de Gabrielle- dijo, despertando interrogantes que no lograba precisar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ah, Gabrielle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ella murió hace algunos días en su país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a los años transcurridos, a las innumerables vivencias reunidas en los años posteriores a nuestra separación y al hecho de no haber vuelto a saber nada de ella durante años, la incredulidad surgió en ese momento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Hablas en serio?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Es verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Qué ocurrió? ¿Alguna enfermedad? ¿Un accidente?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Murió por mano propia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No debía impresionarme, pero fue como recibir un garrotazo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Se suicidó?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí. Y creí que debías saberlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No recuerdo qué fue lo último que dijimos para finalizar la llamada. Luego me encontré sentado en un sillón con la mirada en el suelo y un cúmulo de recuerdos en mi mente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora quedaba claro que Gabrielle nunca regresaría, ni que jamás intercambiaríamos algún saludo distante e inoficioso. Y que el tiempo pasaría a ejercer sus poderes para aliviar, tal vez en semanas o meses, esta sensación inesperada que me obligaba a pensar en ella y en su forma de irse.</p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">(Incluido en “El árbol de la sabiduría”, 2024).</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-1024x1024.jpg" alt="El árbol de la sabiduría" class="wp-image-15225" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-1024x1024.jpg 1024w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-300x300.jpg 300w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-150x150.jpg 150w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-768x768.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-440x440.jpg 440w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol.jpg 1080w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>El árbol de la sabiduría</em></figcaption></figure>
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		<title>LA BODA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jun 2026 13:36:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Aníbal Ricci Agarro el manubrio con fuerza, un pie en el pedal, el asiento alto, el otro pie, la rueda gira, avanzo unos metros y se acaba el camino, ahora es pasto en declive, creo estoy pedaleando, pero no sé doblar, el canastillo vibra, supuestamente el freno es para atrás, aprendo a girar los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Aníbal Ricci</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Agarro el manubrio con fuerza, un pie en el pedal, el asiento alto, el otro pie, la rueda gira, avanzo unos metros y se acaba el camino, ahora es pasto en declive, creo estoy pedaleando, pero no sé doblar, el canastillo vibra, supuestamente el freno es para atrás, aprendo a girar los pedales en una dirección, la pendiente es abrupta, el corazón late y caigo en otro camino, un árbol se interpone, el canastillo destrozado y yo con una rodilla llena de sangre. Se rompió un fierro y estoy muerto de la risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Puede besar a la novia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sala luminosa, pero austera. La señora lee el código civil y después le pone de su cosecha. Le da solemnidad a la ceremonia. Dos testigos y salimos de la mano. Vamos a un sushi y pedimos una botella de vino blanco. Hablamos tonterías. Ella luce hermosa con el vestido rojo que le regalé hace tiempo. Se lo probó y noté los ojos de envidia en la chica de la tienda. Le quedaba perfecto. Muy sensual, pero elegante. Se ve como ese día, íbamos caminando por General Holley y apenas lo vi en la vitrina le obligué a probárselo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese verano fuimos a Arraial D’Ajuda, un lugar precioso cruzando en bote, al lado de Porto Seguro. Un comedor al aire libre, la comida brasilera nada del otro mundo, pero los desayunos tropicales eran perfectos. Compartiendo unos huevos revueltos con esa mujer increíble. No estábamos casados, diría que la amaba más entonces. Cruzamos en barquito y compramos ropa en una tienda. Me encanta ese azul con lunas anaranjadas, se lo probó y salió con el vestido puesto. Saco la máquina fotográfica. Me encanta esa foto, su rostro irreal, su cabello desordenado al viento, el obturador haciendo su trabajo. El computador murió y perdí esa foto, la tengo en la mente, mientras viva porque esa mujer miraba al mar, suspendida en el tiempo. En Trancoso al día siguiente le regalé un anillo, la pulsera no era de Brasil, de origen asiático, perfecto el momento, ella en la orilla y yo flotando en el mar, mejor pedir una pizza, algo mediterráneo, caminar con ella de la mano, mide un metro sesenta, es hermosa de ojos azules, el fotógrafo de Valman´s para el anuario del colegio, esa foto ampliada en blanco y negro, el obturador haciendo su trabajo, ese homosexual vio lo mismo que yo, el viento en su rostro, las lunas del vestido azul, su cuerpo amazónico, pero no para mí, hicimos el amor la primera vez en el motel Continental, una máscara tribal como testigo, llevaba un par de años sin sexo y esta mujer me hizo temblar. No podía doblar en ese momento con las manos rodeando su cintura. Vibrábamos al unísono, la muerte súbita y el espejo del techo. Nos observamos e intuí su risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La habitación no era lujosa. Una vez estuve solo en una hamaca de otro hotel en Copacabana. La agencia de viajes nos vendió otra cosa, pero bastaba con la hamaca y el paisaje. A medianoche bajamos a la terraza en penumbras. Le pedimos caipiriñas al mozo que rompiendo las reglas las sirvió junto a la piscina. Perdimos la cuenta y embriagados tuvimos sexo. El agua nos cubría de los ojos furtivos. Nadé al otro lado y la observé. El tiempo se detuvo y reímos cómplices. Su cuerpo era perfecto, crucé por el fondo y la besé. El mozo trajo una última ronda y brindamos a la luz de la luna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cura nos habría dado su bendición, pero a quién le importa Dios. Ese vino blanco sabía a champagne y las piezas de sushi magníficas. Así éramos los dos, no hacíamos planes más que de corto plazo. Quizás no basta con el amor, un departamento con terraza para observar la Plaza Ñuñoa de noche. El jardín con palmeras, en Chile sería un escándalo tener sexo en la piscina. Hace frío en invierno, un fin de semana vamos a Buenos Aires. No teníamos expectativas, pero el hotel Be era genial, todo transparente con escaleras de vidrio. Muy moderno, la cama confortable. Dormí profundo después del orgasmo compartido y por la mañana tomé una fotografía. La habitación era lujosa, pero también develaba rasgos de motel, la ducha con su cristal que daba directo a la cama. Ella se jabonaba despreocupada, pensaba que yo dormía, acarició su cuerpo, una mano apoyada en el vidrio, se acomodaba el cabello y el agua se deslizó por su cuerpo. Un flashazo detrás, ya estaba desnudo y nos duchamos de placer, sin sexo, pero con el intelecto desquiciado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy ensangrentado. El corazón a mil y asustado. Los fierros retorcidos, el motor desperdigado en la acera. Ella estrelló el jeep contra el muro de una casa esquina. Por la fuerza del impacto, el airbag se activó sobre su pecho. Mana sangre de su frente y ha manchado el vestido. Acababa de dejarme en el metro Monseñor Eyzaguirre, llegué a los cinco minutos. Tiritaba y no quería bajarse del habitáculo. No me importa la sangre, le desabrocho el cinturón de seguridad y tomo su cuerpo delicado. Está en shock, me abraza instintivamente. Chocó contra una ambulancia y las luces rojas iluminan la escena. Llegan los pacos y ejecutan todo su trámite. Me entero que no hay heridos graves, pero hay que constatar lesiones. Vamos en la patrulla y se apoya en mi hombro. En el hospital Salvador nos sentamos junto a los otros accidentados. Parece que mi amor tuvo la culpa, puede que no haya respetado el disco Pare. No quiero que sienta vergüenza y en voz alta digo en la ventanilla que vean sus heridas. Asustado al verla aferrada del volante. Me abrazó temblando, ni siquiera un beso. Una risa nerviosa en su rostro, dando a entender que nos salvamos. Bendito airbag, mala suerte con la ambulancia, de milagro no hay nadie más herido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado años y son tantas las fotografías. Pensar que ella me amaba incluso en los peores momentos. El obturador no falla. La vida nos separó, más bien fueron mis excesos. Las depresiones y psicosis crearon al señor Hyde. Murió su madre y no fui al funeral, no me caía bien, pero en realidad tenía resaca. Me distraje en borracheras y tuve vergüenza de volver a casa. Difícil esbozar una sonrisa. Tirado en el suelo con la rodilla ensangrentada. La miraba, ella desde la altura. No quiso levantarme y lo merecía. La máquina averiada, más bien el cerebro. Ya sabía virar el manubrio y ella desconfió de mi caída. Debí doblar hacia la derecha en vez de la izquierda, la ruta tenía obstáculos, pero no era especialmente cuesta abajo. Podría haberme contenido y mirarla directo a los ojos, no quise accionar los frenos. El semáforo en rojo, me fui de casa y dejé el auto nuevo que reemplazó la compañía de seguros. De todas maneras colisioné, los excesos con el alcohol y las drogas, me observó desde la altura y no supliqué por ayuda. Orgullo mal entendido o incapacidad de enmendar el rumbo. El árbol impidió ver el bosque y estrellé nuestro amor, destrocé la barrera de contención, mi espalda no podía tener sexo, al menos no con ella. No sorteamos los aciertos y cagadas, simplemente era imposible una sonrisa. Quizás si nos hubiésemos casado por la iglesia, pero el compromiso no pasaba por ahí, era desprecio, no haber podido defenderla de mi familia, sacarla del habitáculo y protegerla. Perdimos el departamento debido a mis problemas mentales, estaba recluido en una clínica y el banco lo remató. Mi padre, mi madre y mi hermana, le echaron la culpa del exceso de gastos, no tenían derecho a opinar si no iban a ayudar. Yo la amaba, pero no tenía fuerzas para arreglar la bicicleta, los rayos cortados y la horquilla fracturada. No podía levantarme, le eché la culpa a las heridas, pero era mi cerebro el que maniobraba contra mis deseos, no me permitía doblar y al chocar contra el muro los airbags no funcionaron. Simplemente agoté el número de risas y latidos. Imposible vislumbrar un futuro alternativo, todo se convirtió en tragedia.</p>
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		<title>RELATOS DEL PUERTO FANTASMA DE DIEGO ROJAS VALDERRAMA</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/05/28/relatos-del-puerto-fantasma-de-diego-rojas-valderrama/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 May 2026 14:04:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eddie Morales Piña Valparaíso como un lugar geográfico e histórico, sin duda, que se encuentra dentro del imaginario de los ciudadanos de este país llamado Chile y que atrae a múltiples visitantes de diversas nacionalidades deslumbrados por este lugar que tiene un plano -o plan- y unos cerros que son varios donde se aglutinan [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Eddie Morales Piña</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Valparaíso como un lugar geográfico e histórico, sin duda, que se encuentra dentro del imaginario de los ciudadanos de este país llamado Chile y que atrae a múltiples visitantes de diversas nacionalidades deslumbrados por este lugar que tiene un plano -o plan- y unos cerros que son varios donde se aglutinan sus habitantes. Con una bahía y vasto mar que se despliega frente al espectador, Valparaíso encanta a cualquiera. Valparaíso con el tiempo se ha convertido en un verdadero cronotopo en la literatura y en el arte en general. Cómo no recordar en la música a Osvaldo Gitano Rodríguez con su <em>Valparaíso</em> –<em>“Yo no he sabido de su historia, / un día nací allí, sencillamente. / El viejo puerto vigiló mi infancia/ con rostro de fría indiferencia”. O en el Séptimo arte, el cine, el inolvidable filme Valparaíso, mi amor (1969) de Aldo Francia. Y también La joya del Pacífico una popular canción de 1941 –“Eres un arco iris de múltiples colores/ Tú, Valparaíso puerto principal</em>…”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la literatura el puerto de Valparaíso ha sido tematizado de variadas formas escriturarias. En la narrativa cómo no recordar a Manuel Rojas en <em>Lanchas en la bahía</em> y, principalmente, en su icónica novela, <em>Hijo de ladrón</em> donde la ciudad es el espacio no solamente geográfico sino el vivencial o existencial en que acontecen los sucesos narrados. Sobre este tema de Valparaíso en la literatura se han escrito muchas páginas en el devenir del tiempo. Lo interesantes es que la ciudad puerto se convirtió en un eje estructurantes de modulaciones discursivas en distintos modos de aprehender la realidad, es decir, en diversos formatos. Desde que José Victorino Lastarria escribiera la novela <em>Don Guillermo</em> (1860) -la primera narración novelesca moderna en el Chile del siglo antepasado- con un protagonista inglés, don Guillermo Livingston, quien por los avatares de la aventura va a dar a un espacio a través de la Cueva del Chivato denominado <em>Espelunco,</em> Valparaíso quedó instituido como un tópico escriturario. Dentro de los márgenes de esta tradición es que se inserta la reciente obra del escritor Diego Rojas Valderrama (Valparaíso, 1987) titulada <em>Relatos del Puerto Fantasma</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La portada de esta colección de relatos de Diego Rojas Valderrama es significativa para comprender el trasfondo de las temáticas que se desarrollan en las narraciones. Cualquier lector que vea la imagen se percata que se trata de un puerto noctámbulo donde están sus cerros iluminados y una iglesia que es reconocible, mientras en primer plano un hombre observa el espacio. Lo que sorprende al que mira la portada son unos entes fantasmagóricos que están allí como dando la bienvenida. La imagen construida sobre la base de la IA -me lo confesó el autor-, es una apertura hacia el puerto fantasma. Valparaíso será tematizado, por tanto, sobre la base de un imaginario que guarda relación con lo que Lastarria propuso en el lejano 1860. Un Valparaíso que tiene un doble plano. El tangible que se ve cada día y otro que está más bien sumergido. En otras palabras, quien ingrese en las páginas de la obra entrará como en la Cueva del Chivato a un mundo desconcertante dentro del imaginario de la ficción narrativa. Este entramado está tratado en uno de los relatos de Diego Rojas donde Lastarria es expresamente traído al presente del enunciado como en una sesión espiritista, asunto que también será llevado a colación en la narración. Llama la atención que el autor no denomine cuentos a las historias contenidas en el volumen, sino relatos. Esta palabra está hoy en día muy manoseada y sacada de su contexto literario donde tiene su razón de ser. No cabe duda de que entre ambos conceptos -cuento y relato- existe una correlación significativa, pues se trata de que nos enfrentaremos a una narración, a una estructura, donde se despliega una historia. Se trata, en definitiva, de una red construida sobre la base del lenguaje donde el narrador crea una realidad otra mediante los elementos añadidos a la realidad fáctica. El texto de Diego Rojas Valderrama desde el título con la portada nos ingresa a una imagen de Valparaíso como puerto fantasmal. El adjetivo calificativo no es arbitrario, sino que da la impronta discursiva a quien leerá. Un Valparaíso otro, ya no la joya del Pacífico.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Relatos del Puerto Fantasmal</em> es una colección de catorce relatos de terror moderno. El libro es un acicate para entrar en unas historias donde prevalece una atmósfera ominosa y opresiva en que el lector podrá experimentar diversas sensaciones en relación con situaciones donde lo oculto y sobrenatural estarán presentes. Generalmente, los relatos muestran un narrador inserto en la historia, es decir, partícipe de los eventos narrados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El receptor del texto no debe perder nunca de vista que es el Valparaíso otro que se nos revela en las tramas desarrolladas, que tienen distintas formas de expresión temática. El lector se desplazará por territorios tal vez ignotos donde podrá experimentar: <em>“apariciones espectrales, sesiones de espiritismo, visiones de locura, muertos que vuelven a la vida y los sitúa -el autor- con talento y agilidad en plena vida actual de Valparaíso”</em>, escribe en el prólogo Marcelo Novoa. Dentro del desarrollo de la narratividad, Diego Rojas Valderrama se transfigura en un actante o personaje más en más de un relato. Un fenómeno interesante de considerar porque en aquellos textos narrativos hay una suerte de poética discursiva, en otras palabras, de dónde deviene este interés por focalizar sus tematizaciones en espacios que transitan por lo fantástico, lo gótico, lo sobrenatural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin duda que hay lecturas previas detrás de sus modulaciones escriturarias de aquellos escritores que han incursionado por los mismos senderos como E. A. Poe, H. P. Lovecraft, Horacio Quiroga o alguno más reciente como Stephen King, como también de aquellas series de la televisión que se daban cuando el autor probablemente era un niño o adolescente. De este modo, entonces, podremos visualizar en los relatos el fenómeno de la intertextualidad, el diálogo constante entre los textos literarios y los otros formatos discursivos. Todos los relatos tienen una impronta especial siempre en el ámbito del puerto fantasmal. <em>Vudú porteño</em> es de antología en el modo en que se logra crear una atmósfera que desenvuelve una historia de una enemistad celosa; lo mismo acontece con las sesiones de espiritismos donde participan familiares de un héroe naval; José Victorino Lastarria y el famoso <em>Espelunco</em> se hacen presentes en un texto inolvidable donde la avenida Argentina parece ser un espacio <em>fáustico</em> en sus entrañas; la poeta Ximena Rivera está también traída al presente mediante un verso -no sé si apócrifo-; un relato al igual de antología es <em>Los mensajeros</em> con Payo Grondona de por medio; o la presencia del gran reino de Tartaria, por nombrar algunos de estos relatos sobresalientes. Los narradores introducen al lector en el espacio otro, en relatos fantasmagóricos de un Valparaíso desconocido. En definitiva, Diego Rojas Valderrama nos demuestra en su escritura ficcional un oficio interesante de considerar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Rojas Valderrama: <em>Relatos del Puerto Fantasma</em><br>Lugar de Palabras Ediciones. Valparaíso, 2026. 106 pág.</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="607" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/portada_jm-e-morales-portada-rojas-valde-607x1024.jpg" alt="Relatos del Puerto Fantasma" class="wp-image-18324" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/portada_jm-e-morales-portada-rojas-valde-607x1024.jpg 607w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/portada_jm-e-morales-portada-rojas-valde-178x300.jpg 178w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/portada_jm-e-morales-portada-rojas-valde.jpg 759w" sizes="(max-width: 607px) 100vw, 607px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Relatos del Puerto Fantasma</em></figcaption></figure>
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		<title>SINDROMES ALUCINANTES: UN ESCRITOR BAJO SOSPECHA (Parte 2)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 26 May 2026 14:43:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Hugo Metzdorff En esta segunda parte conviene, a mi juicio, evitando caer en un reduccionismo en las opiniones o comentarios de literatura, tendencia común de “arrastrar “toda esa subjetiva percepción en una reflexión fruto de la captura de un lector seducido y entusiasmado (siembra de tener un dios dentro), no me resisto para abordar [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Hugo Metzdorff</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta segunda parte conviene, a mi juicio, evitando caer en un reduccionismo en las opiniones o comentarios de literatura, tendencia común de “arrastrar “toda esa subjetiva percepción en una reflexión fruto de la captura de un lector seducido y entusiasmado (siembra de tener un dios dentro), no me resisto para abordar la barca de estos Síndromes, siéndome imposible no adentrarme en la caverna, es decir, invertir la dirección de la alegórica salida propuesta por Aristocles (Platón) y visitar lo más profundo de las apariencias e ir tras el fundamento de la certeza o del error.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Podrían ser estos cuentos una tácita definición o relatos que condenan al autor y sus personajes bajo arresto en libertad? Esto es, ¿estar condenado a ser libre? (Sartre), con la consecuencia de la angustia, la responsabilidad ente el inevitable error, el dolor que enseña paradojalmente a evitar volver a equivocarse y, aun así, conscientemente, insistir: <strong>“Shakespeare plagiado”</strong>, relato breve, que evidencia una caída al infinito de lo incierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es evidente, a nuestro parecer, que el trabajo narrativo de Mihovilovich fluctúa entre, (K. Jaspers) las situaciones límites y situaciones concretas de los personajes y que, en su obra, nos encamina por el sendero de una confesión del creador, no necesariamente dirigida hacia el lector privilegiado como motivación central , sino más bien, un curioso relatar monólogos al fondo de una profunda celda metafísica en donde brotan luciérnagas, desde cada trazo en las hojas del libro del efímero vivir, trazos fantaseados en la introyección, donde el concepto de lo humano es severo, pétreo y frío, como los barrotes de una cárcel en la mente de una alienación desprendida de la corporeidad, en una narración desde allá y como desde un acá: <strong>«La Oscuridad y el Rey imaginario»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Veamos y escogemos, finalmente, de los cuatro síndromes que el autor define como tal, el <strong>“Síndrome del Espejo”</strong>, al que llamo de manera impertinente, <em>La fractura</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es un cuento notable, notable en su relato como en la dinámica de la disolución interior. El espejo es la conciencia, el desdoblamiento, la desintegración de una unidad perceptiva e identidad, y finalmente, un espanto que inunda y amenaza la pérdida de ser y una forma muy sagaz de cuestionar el mirarnos a nosotros mismos con una distorsión cognitiva del “como me veo” y “cómo soy “. Para una lectura inexperta podría pasar como un pasaje de disolución patológica o el primer síntoma de colapso mental. Pero, una vez más, Mihovilovich utiliza esa verdadera óptica deslizante que pone a prueba no lo cierto y lo fantástico, sino más allá, un <strong>“gnoti seuton”</strong> (conócete a ti mismo). Como ya lo he señalado, sobreviene la Alétheia (el develar la verdad). Y Mihovilovich va por nosotros, nos provoca con frases de espanto, como “la piel cae con cada respiración”, “los párpados me pesan”, “me está seccionando”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este trabajo es más que una agrupación de cuentos adjetivados como síndromes alucinantes que, de manera engañosa, el autor enmarca para provocar el develamiento de lo obvio a partir de lo aparentemente absurdo, paradójico, sorpresivo en las condiciones del ser humano aferrado o manoteando desde donde asirse para no perder su fondo, descreer de su propio desfondamiento existencial. Esto me hace recordar al pensador Luis Cencillo, pero esa es otra historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Concluyo, para no agotar con esta lata intromisión, que esta es una obra extraordinariamente bien escrita. Toca ciertos lugares o temáticas que ya se han hecho en la literatura, pero con un estilo original, con una propuesta original, con descripciones, con una mirada mágica o una visión de ojo mágico que pongo en sospecha, pero que invita a reconocer la estatura literaria de Juan Mihovilovich en continente y contenido</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes<br>Simplemente Editores, 104 págs., 2026</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="666" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg" alt="Síndromes alucinantes" class="wp-image-18273" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg 666w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-195x300.jpg 195w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-768x1182.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada.jpg 832w" sizes="(max-width: 666px) 100vw, 666px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Síndromes alucinantes</em></figcaption></figure>
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		<title>REFLEXIONES EN TORNO A LIBRO DE CUENTOS DE JUAN MIHOVILOVICH</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 May 2026 16:00:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“SÍNDROMES ALUCINANTES” Por Hugo Metdzdorff (Parte 1) Defino al ojo mágico como una supuesta intuición ampliada o percepción de lo oculto. No tiene evidencia empírica; pertenece al campo simbólico o espiritual. Un “ojo mágico” como entidad autónoma de percepción dentro del relato. Ese “ojo” funciona como una instancia de mirada desacoplada del cuerpo. Es decir, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">“SÍNDROMES ALUCINANTES”</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Hugo Metdzdorff (Parte 1)</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Defino al ojo mágico como una supuesta intuición ampliada o percepción de lo oculto. No tiene evidencia empírica; pertenece al campo simbólico o espiritual. Un “ojo mágico” como entidad autónoma de percepción dentro del relato. Ese “ojo” funciona como una instancia de mirada desacoplada del cuerpo. Es decir, la percepción se independiza del sujeto que normalmente la porta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La motivación y movilidad del ojo mágico son los temas como la muerte, la búsqueda de cordura, el ciclo del vivir y el anhelo de la libertad, lo que se vuelve en un intento de la captura de lo inefable a partir de lo efímero: “la realidad siempre nos sorprende” (en boca del enclenque y debilucho inspector en “Síndrome de la mano”, pág. 14), empero, lo definitivo puede reflexionarse como liberación, ¿pero de qué? ¿Acaso de la condición humana?</p>



<p class="wp-block-paragraph">En estos cuentos surge, junto a la experiencia fantaseada, una especie de ojo mágico que les da movilidad a los personajes (incluso animales), ante el fracaso de lo humano. Entonces, el ojo realiza un acto de seudo <em>prosopopeya</em>, en seres animados (“Perro mundo”), en una especie de inversión ontológica, pues el perro, la animalidad del perro, se vuelve un símbolo que cuestiona humanizando un símbolo, hablando de la “perreidad” de lo humano. Una vez expuesta la apertura de lo humano se da el giro y el ojo mágico se desplaza. Y el “ojo” puede “trasladarse”, porque no es un órgano, sino un foco de conciencia o punto de vista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo anterior recuerda a la focalización variable en teoría literaria: la narración adopta distintas perspectivas sin quedar fija en un solo sujeto, porque esa especie de ojo tiene autonomía física, incluso gira sobre sí mismo. Y los personajes se agrupan en una muchedumbre de personajes que, independiente de su condición, claman a gritos por su libertad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">He aquí lo prometeico de este magnífico trabajo. El Autor está bajo castigo, atado a la roca fría del mundo, con las cadenas del poder y la violencia, y su <em>leitmotiv</em> es poder liberarse y, curiosamente, no es un acercamiento a Thanatos, sino el uso de la energía creativa a partir de la finitud, de la desafección. El águila que devora su hígado es el arrebato de lo interior de manera perpetua.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esta especie de encierro creativo ausculta con el ojo mágico que no está regido por las leyes anatómicas, sino por una lógica simbólica. El giro implica reflexividad, es decir, capacidad de volverse sobre su propio acto de ver. Como en “Especie en extinción”: un condenado a mirar la vida sin poder vivirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Síndromes Alucinantes” nos motiva a visitar y practicar la espeleología (espelaion = cueva, logos = estudio) en un laberinto donde no existe Ariadna ni podemos guiarnos por las estrellas. Solo nos queda acompañar al ojo mágico de Mihovilovich que tiene autonomía física (gira sobre sí mismo), e ir tras los muros de la montaña hacia el interior del ego.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De hecho, me atrevo a señalar que el autor en pleno el acto de escribir, escudriña su propia interioridad a través de ese ente que he llamado un ojo mágico, un ente que va poseyendo a los personajes. Ya nos anticipa Mihovilovich con acertada cita de Albert Camus como epígrafe: “Seré siempre extraño a mí mismo “(El mito de Sísifo), una brújula para quien pueda caer en reduccionismo psicológico al analizar este puñado de cuentos, porque es un trabajo de reflexiones simbólicas, no un estudio psiquiátrico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La caída al infinito de lo incierto en “Shakespeare plagiado”; la lucidez del juego coloquial en “Esquizoide”, donde la disociación de la realidad es el dedo que apunta a la falta de consistencia en la transacción humana. Pero, ¿qué clase de transacción? Tal vez, la negociación que cada uno hace en la conciencia entre el bien y el mal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta introyección, en los cuentos de Síndromes Alucinantes, hay un brote de las experiencias de Mihovilovich, pero, equivocadamente, puede ser tomada como una autobiografía, como si el Unamuno de “Niebla” no fuera parte de la experiencia fantaseada y no el Unamuno que traza el acontecimiento; Augusto Pérez es un personaje y le conversa a otro personaje: el narrador desdoblado como personaje secuestrado como tal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa capacidad de verse a sí mismo (espejo) y la mixtura con las alucinaciones les dan a los cuentos un variopinto de visitas de apariencia religiosa como posibilidad de esperanza: un “Cristo alarido” y un “Cristo salvador”, incluso un “Cristo que no es Cristo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No todos los cuentos se cierran, algunos quedan abiertos como para que el lector pueda seguir con su propia narración. Es, precisamente, lo que hace atractiva y seductora la creación de Mihovilovich, con su ojo mágico que va más allá de la conceptualización tradicional de narrador en primera persona, tercera persona u omnisciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La obra de Juan Mihovilovich se robustece con un relato con ritmo, pulso desconcertante y, precisamente, es así porque aparece un motivo profundo: “la autoconciencia”. El ojo que se mira rompe la estructura clásica sujeto/objeto (el que ve, versus lo visto).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto podríamos asociarlo “al estadio espejo” de Jacques Lacan, donde la identidad se construye desde fuera, la narración de vuelve sobre sí misma. Necesariamente la función dentro del relato le da al “ojo mágico “una omnisciencia fragmentada: no es un narrador clásico omnisciente, sino una conciencia que circula desestabilizando al sujeto, los personajes dejan de ser centros cerrados; alguien (o algo) los habita perceptivamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es extraño que en “Síndrome de Alicia en el país de nunca jamás”, se dé una increíble y magnífica topografía espiritual hacia la inefable trascendencia, con la presencia simbólico fantasmal tácita de Caronte, en un navío cruzando el océano Pacífico al sur de Chile (los confines del sur del mundo).</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Síndrome de la mano”, “Especie en Extinción”, “Un raro movimiento interior”, en un despertar que marca una diferencia con un despertar kafkiano, pues el mundo no excluye al sujeto; el despertar en Marcel Proust como una exploración de cómo se recompone el sujeto en el tiempo o el despertar en Lobo Estepario, que hace que Harry Haller se vea prisionero en una crisis existencial que lo obliga a mirar la fragmentación de su propia alma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mihovilovich logra en varios cuentos un efecto inquietante rompiendo la relación natural entre cuerpo y percepción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto se acerca, en cierto sentido, a la lógica de despersonalización que aparece en obras como <em>La metamorfosis</em> de Franz Kafka, donde la identidad ya no coincide con el cuerpo. Sin embargo, la diferencia estriba en que este “ojo mágico” puede leerse como “una metáfora de la conciencia”, para ver sin estar atado a un yo fijo mirando la vida, como he señalado, sin poder vivirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es más, expresar una farsa de muecas que mienten, usando este dispositivo de control o vigilancia (una mirada que todo lo atraviesa), es el símbolo del narrador mismo que parece hacerse visible y adquirir presencia, pero es un espectro, a mi juicio, de la apariencia. La motivación del ojo no es sicológica: es estructural. El <em>alétheia</em>, (la idea de verdad), es un intento de “desocultar” la verdad que se esconde. Personajes prisioneros, aislados en sus celdas de la mente o inadaptados o prisioneros del simbólico “uróboros”, lo circular ya visto en “Útero” y en otros textos del autor: un regresar al principio, que es el fin.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los personajes no se mueven porque “quieren”, sino porque los temas lo activan. Como una ley, más que a un personaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes<br>Simplemente Editores, 104 págs., 2026</strong></p>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-8f761849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%">
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="150" height="150" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/05/Foto_Hugo-Metzdorff.jpg" alt="Hugo Metzdorff" class="wp-image-16438"/></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%">
<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Hugo Metdzdorff N</strong>. (Antofagasta, 1952). Licenciado en Filosofía de la Universidad de Concepción; profesor de filosofía, poeta y compositor. Miembro Correspondiente de la Academia chilena de la Lengua, Talca. Autor de vario poemarios.</p>
</div>
</div>



<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="666" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg" alt="Síndromes alucinantes" class="wp-image-18273" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg 666w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-195x300.jpg 195w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-768x1182.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada.jpg 832w" sizes="(max-width: 666px) 100vw, 666px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Síndromes alucinantes</em></figcaption></figure>
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		<title>DESTINO FINAL</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 May 2026 18:45:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Aníbal Ricci Intento levantarme y el cuerpo no obedece. Enfoco al frente de la calle, luces rojas, no parece ser la policía. He experimentado esto otras veces, una escena que puedo alterar en cientos de futuros. Sigo atrapado, pero esta vez doy un paso sobre la acera y me aferro al pilar del paradero. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Aníbal Ricci</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Intento levantarme y el cuerpo no obedece. Enfoco al frente de la calle, luces rojas, no parece ser la policía. He experimentado esto otras veces, una escena que puedo alterar en cientos de futuros. Sigo atrapado, pero esta vez doy un paso sobre la acera y me aferro al pilar del paradero. Las prostitutas callejeras no están en la esquina habitual. Todo desértico y los adoquines acusan una escena inquietante sin un alma a la redonda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cuerpo aún no obedece, en la esquina una travesti fuma un cigarrillo. No quiero problemas ahora estoy inmovilizado. Prefiero la escena anterior donde puedo concentrarme en alejar el peligro. Huir a la zona de Irarrázaval, mientras Vicuña Mackenna permanece vacía en ambas pistas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El momento de tensión durante el despegue. Veo las luces del aeropuerto por la ventanilla. Adquiere velocidad y sobreviene ese sonido subterráneo. Las puertas de equipaje crujen más de lo habitual en este avión con muchos kilómetros de vuelo. Asciende rápidamente y respiro aliviado. Me espera una reunión de trabajo al otro lado de la cordillera. Hablé unos minutos con mi mujer antes del despegue.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El barrio de tolerancia con moteles de cuarta categoría no suele ser patrullado por la policía. Durante el día venden accesorios de automóvil en Diez de Julio, por lo que está lleno de talleres mecánicos desocupados durante la noche. Son varias las esquinas de las travestis. Imagino todo ese movimiento desde el paradero. Debo luchar por no acudir hacia el poniente, ni siquiera la mente debe proyectarlo. Abrir nuevos portales y escenas donde todo saldrá mal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me traen el whisky y despliego la bandeja del asiento. Al lado una señora pensando en otro lugar. Observo las montañas entre las nubes y la auxiliar de vuelo se aleja con el carro. Me arrepiento del whisky que evoca una noche de cocaína. Pero ya es tarde y el alcohol surte efecto. Dejo de pensar en Mariola preparando el viaje. Nuestros hijos se independizaron, aunque estamos lejos de ser abuelos. Sexo ocasional los fines de semana, pero los días de trabajo caemos rendidos en los brazos de Morfeo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy abrazado de un poste del alumbrado, apenas puedo coordinar unos pasos. Cruzo a la otra vereda asumiendo que no impactarán conmigo. En esta versión controlo el tráfico y los semáforos están en rojo. La mente ha traspasado algo de sensibilidad al cuerpo. Cae una garúa y parezco deslizarme sobre la línea divisoria. Me dirijo hacia el oriente, pero a mis espaldas se encuentra la perdición. Anaís siempre consigue merca desde el cuarto. Todas esas historias amenazan con multiplicarse al infinito. Hay noches en que el piloto automático no funciona y todo se vuelve peligroso. De pronto un frío intenso en mis hombros. Debo huir antes de que sea tarde. Imagino la puerta del departamento, los somníferos y caer rendido hasta restaurar los pensamientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me traen otro whisky y dejo de lado los remordimientos. Mariola es agente en la sucursal del Drugstore. Ha hecho carrera en el Banco de Chile y tiene varios ejecutivos a su cargo. Siempre viste impecable y transmite seguridad en su voz. No me gusta cómo controla la vida de los demás. Nuestros hijos son profesionales, todos aprendimos a hacer trabajos sin importancia, a levantarnos por la mañana a dar órdenes intrascendentes. Un mundo de apariencias y de estatus social. Casa en la playa cuando apenas disfruto de las puestas de sol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sigo deambulando como un autómata. Cuando desperté en el paradero llevaba horas inactivo. La cocaína adulterada provocaba alucinaciones, algo más propio de la marihuana, ahora recuerdo estar conversando en un bar de Providencia. Subí al bus eléctrico y luego el tiempo transcurrió diferente. Desperté en el paradero antes de bifurcar el futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El avión se sacude por la turbulencia. Nada extraño hasta que sobreviene una sacudida infernal que deja caer los equipajes. La voz del piloto cesa de improviso y caen las mascarillas. Si camino al poniente encontraré a Anaís, anticipando momentos de placer extremo. Una pequeña muerte que experimento en este brusco descenso. Mejor altero el rumbo y evito problemas. Un bus hacia Plaza Ñuñoa. El avión se estabiliza, este futuro carece de placer, de amor ni hablar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mariola ha planificado qué vamos a llevar. Hace tiempo que no vamos a la playa y en el camino nos detendremos a almorzar. La conversación serpentea entre la sucursal y el próximo viaje a Argentina. Unos llamados a los hijos, todo parece normal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Voy llegando a Vicuña Mackenna y el placer es un imán. Si cambio de opinión el piloto sufrirá un infarto o se detendrán los motores. Fuerza de voluntad es lo único que pido. Aferrarme al frío y que el cuerpo llame a la calma. La cocaína no era pura y eso explica que esté razonando. Imagino que conduzco el vuelo sobre Los Andes. Las decisiones se agolpan, pero debo alejarme del placer. Conversar con ese grupo sentado en el Parque Bustamante. Me convidan cerveza y Anaís no se reunirá conmigo. Una Escudo de medio litro es un excelente antídoto. Son las cuatro de la madrugada. Me ofrecen un cigarrillo y el Uber los recoge. Estoy a salvo, si el bus pasa pronto el avión volverá a ascender entre las nubes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pido un tercer whisky y el resto de los pasajeros observan aterrados. Fui capaz de aferrarme a un poste y tomar una buena decisión. Elegí un futuro donde aterrizar. Uno donde hace frío a la intemperie, giro la llave e ingreso al departamento. Mariola está durmiendo, mañana diré que nos reunimos con el gerente de informática. Me estuvo hablando del código del sistema. El corazón donde se procesa la información, el paradero de todas las decisiones posibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Deambulé hacia el poniente y Anaís me convidó un saque. Fuimos al motel de mala muerte y sintonicé «Final Destination», ustedes dirán que es poco creíble que no viéramos una película porno, pero esa vez estaba aterrado, escondido de mis celadores dentro de un cine del mall Plaza Vespucio. Planifico el viaje hacia Argentina veinte años antes de este tercer whisky, los tiempos se entrecruzan, el tercer brindis con Anaís, todavía no conocía a Mariola, otra de mis extrañas decisiones futuras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La muerte escoge a sus víctimas, un cazador implacable que a todos alcanza. Me gusta imaginar que controlo el destino, que deambulo al poniente en busca del bar Local, de una cerveza artesanal y un cigarrillo. Elijo beber ese tercer whisky en medio del caos, el cuerpo inmóvil, el paradero era un aeropuerto con arribos y partidas. Miento sobre el futuro y al parecer estoy tranquilo en la cabina. Los instrumentos acusan normalidad, en los próximos minutos aterrizaremos en Ezeiza. Buenos Aires se respiran, hace décadas tomé un bus a Mar del Plata, pero ahora llamo por celular a Mariola. Mañana vuelvo a Chile y en la noche viajaremos a La Serena. A veces disfruto de una puesta de sol en vez de aferrarme a las rocas en medio de la tormenta.</p>
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		<title>LABERINTO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 May 2026 14:06:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Rubén González Lefno Esperaba que las esquinas explicaran su distancia. Lo cierto es que no hubo tiempo ni oportunidad de imaginar lo que ahora ocurría, lo que desde hacía meses se hubo de instalar sin que nada pudiera explicarlo. Cada encuentro compensaba los días soportando aquellas reiteradas y tediosas jornadas en las cuales la [&#8230;]</p>
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<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Rubén González Lefno</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esperaba que las esquinas explicaran su distancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo cierto es que no hubo tiempo ni oportunidad de imaginar lo que ahora ocurría, lo que desde hacía meses se hubo de instalar sin que nada pudiera explicarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada encuentro compensaba los días soportando aquellas reiteradas y tediosas jornadas en las cuales la energía y paciencia se tensaban hasta el hartazgo. Así, las horas en que estábamos juntos lo compensaban todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y acá, en mi propia distancia insoportable, trato de comprender lo ocurrido. Aquellas ocasiones en que gradualmente se instaló el aire enrarecido, los silencios inexplicables, las miradas que se deslizaban para detenerse en puntos indefinidos, después de las innumerables ocasiones esperando en las cercanías de la placita de los niños -así la nombramos- para apenas encontrarnos huir hasta nuestro propio territorio, en el cual jamás ingresó el menor atisbo de preocupación. Allí solamente estaban permitidas –nos permitíamos- aquellas conversaciones entrecortadas entre una y la siguiente caricia, entre el primero y los demás abrazos, besándonos seguros de que nada perturbaría nuestros impulsos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿En cuántas oportunidades nos encontramos ahí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era cada atardecer convenido previamente. Fueron tantos crepúsculos, decenas, cientos. Ahora, en cambio, llego hasta el lugar y luego de un rato debo regresar, rehacer el trayecto como si caminara hacia atrás, volviendo a cada momento la vista esperando que aparezca nuevamente, pero solamente logro percibir los niños subiendo la escalinata del resbalín algunos, corriendo hasta el laberinto de colores otros, sin que surja milagro alguno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada mañana me convencía de que esta vez sí, este sería el día, por fin estaríamos nuevamente juntos para reírnos y hablar de todo aquello que surgiera en el diálogo -como decíamos. Comenzaríamos por contarnos cada una de las cosas hechas por uno y otro, una especie de bitácora que transmitiríamos a intervalos, mientras fuéramos avanzando hasta la entrada del pasillo rumbo al espacio sagrado de los dos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Buscar el momento, observar el desplazamiento de los transeúntes cruzando la placita con los niños que irrumpen ansiosos disputando el columpio, pero sobre todo ingresando al laberinto que recorren con destreza. Seguir allí, reconociendo rostros de padres o madres, de hermanos mayores que gritan pretendiendo ordenar el caos de ropas ahora sucias y caritas transpiradas. Persistir intuyendo que allí no tenía nada que hacer, excepto aumentar la familiaridad con quienes solían ser los más recurrentes. El saludo a media voz, la curiosidad desde los rostros, ciertos comentarios murmurados apenas se alejaban unos metros, alguna mirada de reojo para comprobar que era el mismo de otros días, de ayer y anteayer, la semana anterior o unos meses atrás, cuya recurrencia parecía inexplicable, porque cada uno de los asistentes -adultos o niños- tenían razones para llegar hasta allí y luego retirarse, abandonando el lugar mítico en medio de reclamos que los pequeños reiteraban pues querían continuar allí, corriendo, subiendo, deslizándose, gritando, limpiando el vestuario o curando algún rasmillón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás había sido la llegada de los tiempos yuxtapuestos en nuestras obligaciones de trabajo, persistentes como las leyes domésticas que incluían compras en el supermercado, pagar cuentas, en fin, el cúmulo de matices de la vida cotidiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde luego que ella mantenía sus obligaciones profesionales. Atendía los requerimientos de cada empresa preocupada de mantener una exclusiva imagen visual, decisiva para atraer clientes. Ello le significaba horas de bosquejar para definir una y otra intervención al interior de un local y vitrinas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por mi parte, el deambular por los pasillos hasta llegar a la sala correspondiente, exponer ante los alumnos y responder sus consultas, de haber resultado grato durante años pasó a convertirse en una rutina plana despojada de toda motivación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los años de trabajo habían formateado mi disciplina que comenzaba temprano para llegar hasta la oficina, donde revisaba los diversos contenidos, redactaba un paper o completaba las preguntas para alguna evaluación. Igualmente, debía dirigir un grupo de alumnas que avanzaban en su tesis, con reuniones que muchas veces se alargaban hasta producirme hastío e impaciencia pues debía encontrarme con ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un hito especial en nuestra relación fue aquel viaje realizado al Caribe, donde disfrutamos playa, sol y momentos inigualables en la habitación del hotel. Desde entonces surgió la necesidad de estar juntos cada día, lo que conversamos detenidamente durante el viaje de regreso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Habíamos comenzado una historia que nos marcaría para siempre, que habría de instalar esa cascada cromática que nos hizo conocernos y que demarcó un antes y un después. En aquellos lejanos días ninguna interrogante era permitida, pues decidimos que por razón alguna aceptaríamos la menor preocupación, así como dudas o tristezas jamás debían irrumpir entre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era todo alegría sublime y ensamblaje perfecto resumida en nuestra máxima qué bueno que nos encontramos, cual síntesis de aquella armonía perfecta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Dónde nos habíamos conocido? ¿Bajo qué circunstancia?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alguna vez habíamos coincidido en el pasillo de un supermercado, en otra ocasión compartimos un par de minutos esperando en un cajero automático y, sin darnos cuenta, comenzamos a saludarnos de pasada cada vez que nos cruzábamos en algún lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella -lo supe más adelante- se dedicaba a la decoración de locales comerciales y viviendas. Le resultaba habitual por lo tanto, desplazarse en la zona de comercios para seleccionar objetos, siempre luchando para no repetir un ornamento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Resulta inevitable viajar a otras ciudades para asegurarme nuevas variables y mantener la exclusividad de mis decorados- explicó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta que una mañana estuvieron frente a una taza de café… desde la cual surgió la conversación y sus matices insinuantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claro, cada uno supo de los traspiés y resiliencia del otro. Los conflictos familiares, errores y aciertos desde la adolescencia, las primeras pasiones, las segundas y terceras. En fin, lo que debía durar la conversación del café se extendió hasta que alguien miró el reloj y ¡pasó tan rápido la hora! Era el momento de retornar a casa para el almuerzo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue así que los encuentros se convirtieron en lugares y momentos con vida propia, sin que nadie se preguntara por qué. La complacencia de aquellos ratos pasó a suplir toda carencia y luego de unos días sentimos que nos necesitábamos con ansiedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante días, semanas y meses medimos los tiempos entre un encuentro y el siguiente, y la premura se recogía cual espoleta que nunca logramos percibir. Todo resultaba perfecto, coherente, necesario y satisfactorio. Sentíamos estar ante un umbral cuyo horizonte no importaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una tarde, luego de compartir otra hora íntima, decidimos que no había razón alguna para postergar la decisión de vivir juntos. Y luego de afrontar una y otra variable –como ocurre en estos casos- coincidimos en elegir un departamento que nos cobijaría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fueron meses y años de armonía muy cercanos a aquello denominado felicidad, pues nuestras ocupaciones profesionales fueron la única razón para permitirnos horas de separación, en ocasiones días completos que incluyeron algún viaje de ella, pues debía traer materiales para su trabajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esos eran días que calificamos de malditos, pues nos producían contrariedad y estados de ánimo negativos. Pero al reencontrarnos todo ello desparecía. Rápidamente recuperábamos nuestra dinámica liderada por la entrega mutua de afectos, instantes en los cuales no resultaba necesario decirnos nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Caminábamos cogidos de la mano para disfrutar de los jardines en nuestro barrio. Igualmente llegábamos hasta el restaurante del primer café compartido para retornar al departamento, escuchar música o hablar de incontables materias que luego de un momento eran reemplazadas por otras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué diferente resultaba todo. Cuán distintos eran aquellos días en que nos alejábamos de la placita para ingresar al pasillo rumbo al cielo, a los silencios y nuestras ansias jadeantes, a las miradas cual prólogo cogidos de las manos, abrazándonos una y otra vez, o quizás atrapándonos en un solo abrazo que duraría para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegamos a reconocer cada pliegue de nuestra piel y de nuestro vestuario. Con los ojos cerrados adivinábamos cuál sería la próxima mirada, la siguiente pulsión, el posterior rincón acotado del deseo, la subsecuente entonación del gemido y los movimientos involuntarios de la culminación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fueron horas que parecieron minutos en encuentros reiterados que se coronaban desde nuestra ansiedad. Fue también el calendario de un tiempo inigualable, únicamente de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero sin percatarnos alguna vez las miradas se desviaron, surgieron los silencios inexplicables y se instaló el aire enrarecido. Un amigo afirmó que el tiempo todo lo puede, que había que armarse de paciencia. Y ello me enseñó a esperar, mientras su silueta desaparecía sin que pudiera impedirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No podría explicar cuántos atardeceres caminé sin rumbo establecido… hasta llegar a las inmediaciones de la plaza de los niños inquietos. En varias oportunidades me detuve allí diciéndome que serían apenas unos minutos, que pronto continuaría el periplo sin rumbo hasta regresar para retomar la revisión de textos para la próxima clase u ocuparme de la corrección de aquellos trabajos acumulaos sobre el escritorio. Pero -ahora creo recordarlo- una mañana debí acudir a un especialista que recomendó varias semanas de descanso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sigo observando la disputa para alcanzar la cima del resbalín, los empujones en la contienda de los balancines, las miradas agresivas dentro del laberinto, sus risas indisimuladas ante mi vestuario desgastado, el rechazo generado desde mi rostro sin afeitar, los silencios ante cada tropezón y caída, el rictus consternado cada vez que trato de reiterar que estoy esperándola como cada tarde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras las esquinas dominan toda su ausencia.</p>
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