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	<title>Cuentos archivos - Letras de Chile</title>
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	<title>Cuentos archivos - Letras de Chile</title>
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		<title>VIAJANDO A HAITÍ CON EL ESCRITOR BARTOLOMÉ LEAL</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/10/19/viajando-a-haiti-con-el-escritor-bartolome-leal/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Oct 2026 20:43:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eduardo Contreras Villablanca Breves cuentos haitianos, del escritor Bartolomé Leal, es (hasta donde sabemos), su último libro publicado. Como lo declara en la contratapa “Este libro se publica en tributo a sus 80 años de vida y casi tantos de escritura”. El autor ha creado una prolífica obra, que ya llega a casi treinta [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Eduardo Contreras Villablanca</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Breves cuentos haitianos</em></strong>, del escritor Bartolomé Leal, es (hasta donde sabemos), su último libro publicado. Como lo declara en la contratapa “Este libro se publica en tributo a sus 80 años de vida y casi tantos de escritura”. El autor ha creado una prolífica obra, que ya llega a casi treinta libros publicados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bartolomé Leal tuvo la gentileza de donar alrededor de treinta ejemplares para el Primer Encuentro Internacional de Minificción, realizado por Letras de Chile el pasado mes de septiembre en el campus Beauchef de la Universidad de Chile. Algunos de los asistentes a ese evento, pudieron llevarse ejemplares ganados mediante sorteos que se realizaban al finalizar cada sesión. Como se ha de suponer, se trata de cuentos y relatos muy breves, tanto como para ceñirse a la categoría de minificción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde la portada, la obra nos hace viajar a Haití. Para quienes nunca han estado en ese país (como es mi caso) se trata de una verdadera inmersión en la cultura haitiana. Las características de ese país se van revelando al lector desde las más diversas aristas: la vida en hoteles entre turistas, las costumbres gastronómicas (algunas de ellas no necesariamente agradables para un lector chileno), los misioneros, alguno de ellos bastante atípico, las amenazas de revueltas ante las crisis económicas, los ritos y ceremonias vudú, la música (el relato “El Kompá” transmite una cadencia casi musical), los zombies, la pobreza, las playas, los gallos y las gallinas, la relación con sus muertos… No tiene sentido continuar la enumeración, baste con decir que el libro, en síntesis, nos puede transmitir de ese país tanto como un buen documental.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero con la ventaja de algunos giros inesperados, y una narración con sensorialidad, y a ratos con humor. Un humor a veces ácido, y mordaz, como en Carne de perro, y en El señor presidente, dos microcuentos que me provocaron risa, una que se agradece, para matizar otros relatos que pueden llegar a ser crudos (como, por ejemplo, <em>La noche de los albinos</em>).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recomendamos este entretenido libro, tanto para quienes disfrutan de los textos breves, como para quienes quieran conocer un poco más sobre Haití, el primer país de América en independizarse de los conquistadores, y hoy en día el más pobre de ese continente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Bartolomé Leal: Breves cuentos haitianos<br>Habla Recobrada Ediciones, 2026, 55pp.</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="522" height="859" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/10/bartolome-leal-haiti.jpg" alt="Bartolomé en evaluación de los huracanes en Haití" class="wp-image-19250" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/10/bartolome-leal-haiti.jpg 522w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/10/bartolome-leal-haiti-182x300.jpg 182w" sizes="(max-width: 522px) 100vw, 522px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Bartolomé en evaluación de los huracanes en Haití</em></figcaption></figure>



<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>
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			</item>
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		<title>Un nuevo cuento del escritor, académico y editor chileno, José Baroja</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/10/15/un-nuevo-cuento-del-escritor-academico-y-editor-chileno-jose-baroja/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Oct 2026 12:57:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cielo de Guadalajara Por José Baroja El cielo, el infierno y el mundo enteroestán en nosotros.Henri-Frédéric Amiel Aún recuerdo cuando uno que otro video apareció en las redes sociales avisando acerca de una extraña «mancha» que se dejaba ver en uno de los brazos de la constelación de Hércules; cuestión que nos llevó a varios [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">Cielo de Guadalajara</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por José Baroja</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>El cielo, el infierno y el mundo entero<br>están en nosotros.</em><br>Henri-Frédéric Amiel</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aún recuerdo cuando uno que otro video apareció en las redes sociales avisando acerca de una extraña «mancha» que se dejaba ver en uno de los brazos de la constelación de Hércules; cuestión que nos llevó a varios a conocer por primera vez dónde mierda estaba la constelación de Hércules, así como otros datos de astronomía que, eventualmente, no nos servirían para nada. También recuerdo que esos videos iban acompañados de montones de explícitos hashtags, entre los que se leían, por ejemplo, #OVNI, #noestamossolos, #UFO y un extensísimo etcétera de palabras varias que, aun cuando pudieron considerarse entonces «exageraciones» de internet, bien nos hubiera convenido ponerles algo de atención. No obstante, al final de aquellos primeros días, puede afirmarse que nadie se interesó por darle seguimiento al tema, por lo que esa «mancha» pasó mayormente desapercibida en un mundo más preocupado por recuperarse de la pandemia de COVID que por cualquier otra cosa. Ahora puedo escribir que fue un pinche error.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo fue, pues exactamente tres días después del primer video descubriría aterrado, como muchos otros <em>tapatíos,</em> un bloque de metal enorme suspendido a solo unos kilómetros del suelo de Guadalajara. A lo anterior le siguieron gritos y desesperación, plegarias de todo tipo, e incluso maldiciones y groserías antes disimuladas, supongo, por la mala suerte de que el Juicio Final los encontrara camino a la <em>chamba,</em> a la escuela o, tal vez, en algún lugar poco deseado. Pienso que quienes estábamos en casa pensamos, mayormente, en cómo nuestra sensatez nos había fallado, aunque algunos también deben haber caído en los recovecos de la religión con tal de salvar, a último momento, sus «almas en pecado», pues, ciertamente, agnósticos, ateos o cristianos, en este lado del mundo todos nos sentimos unos pecadores en potencia ante la proximidad de un final. Lamentablemente, yo no tenía a quién rezar. Como insinué antes, internet tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como era de esperarse, al concluir ese nefasto día, la cantidad de fallecidos resultó cuantiosa, incluso para los estándares de un México tan acostumbrado a la muerte; muertes, no obstante, ahora ligadas a decisiones derivadas del pánico, a numerosos accidentes nacidos de la desesperación, a la violencia directa o indirecta de mano humana, obra todo, por supuesto, de la consternación, de la angustia, de los ineludibles saqueos y de las dispersas barricadas, así como de los muchos incendios que se propagaron por la ciudad más rápido que cualquier ayuda del Gobierno. Ciertamente, durante esas primeras horas de comprender que en verdad «no estamos solos», parte de lo peor de nosotros salió a relucir, aun sin saber a ciencia cierta qué significaba ese primer contacto con lo que fuera que estuviera allí arriba. Yo solo opté por quedarme en casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De todas maneras, podría decirse que las primeras horas fueron las más difíciles, es decir, desde que levantamos la cabeza y vimos el colosal objeto, que, para vergüenza nuestra, ya nos habían anunciado miles de <em>influencers</em>, hasta que, ya fuera por cansancio o por prudencia, el silencio civil se instaló; silencio nocturno interrumpido solo por el grito de algunos rezagados que corrían con carritos de mercadería, llenos de aquello que los saqueos iniciales habían dejado por la misma arbitrariedad que acompaña al capitalismo. Empero, a eso de la una de la mañana, se escucharon fuerte los blindados. «¡VUELVAN A SUS CASAS!» fue lo que se oyó en la colonia, en tanto, presumo, los vehículos se posicionaban en lugares estratégicos de la ciudad; motivo por el que los gritos de gente corriendo con mercadería cambiaron por los de gente insultando a los militares o, en su defecto, de gente cayendo en manos de los militares y, tal vez, desapareciendo por obra de los militares. Lo confieso. Sentí todavía más miedo cuando escuché las primeras ráfagas de disparos de variado armamento, cuya única novedad con respecto a lo que día a día se vivía en las zonas populares antes de la aparición del objeto, aquí mismo, por ejemplo, fue que ahora sabíamos con certeza de dónde provenían y a quiénes iban dirigidos, y que, por cierto, esto lo especulo, ya no discriminaban entre zonas ricas o pobres. Dos días después, los medios que antes habían sido desconectados por «seguridad nacional» volvieron a sintonizarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante las siguientes jornadas, comprensiblemente, los comunicados del Gobierno monopolizaron la televisión, la radio e incluso las redes sociales, no solo de México, sino de todo el mundo (así dijeron y no estábamos en condiciones de volver a dudar del Poder). Lo anterior, en términos prácticos, significó que todo lo que se veía o escuchaba pasaba por un filtro oficial, por lo que no hubo <em>streaming,</em> no hubo nada en directo (al menos nada que no hubiera sido visado por la autoridad), nada de deporte, nada de películas, pero, al menos, había algo que se podía ver o escuchar dentro de nuestras casas: bienaventurados quienes tenían sus reservas audiovisuales en estantes o libreros. Afuera, en cambio, a ratos, y como era de esperarse, se seguía oyendo el movimiento de vehículos del ejército haciendo valer el «toque de queda» decretado. Vale mencionar que, con tal de mantener ese orden, se recomendaba, cada tres horas, no asomarse por la ventana, pues era «peligroso e innecesario», lo que yo traduje como un «pasaje adelantado al más allá»; pasaje que, pienso, algunos tomaron conscientemente. Nunca es una novedad que, entregado el poder a los uniformados, la existencia se vuelva gris y autoritaria; ahora no había alternativa. La pandemia de 2020 se había convertido en una excelente instancia de preparación para este momento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio de esta situación, el aviso televisado de que el mismo Gobierno federal se haría cargo de entregar mercadería casa por casa dio un tanto de tranquilidad. Algo ingenuamente reconfortante, habrá que decir, pues el «toque de queda» obligó a encerrarse en principio con lo que se tuviera de despensa, cuestión que dejó en claro, de antemano, quiénes serían los primeros en aventurarse «allá afuera» para conseguir provisiones, <em>so pena</em> de recibir un balazo de parte de quienes se sentían muy a gusto con el nuevo <em>statu quo.</em> Y así fue: bastaron dos días más para que quedara en evidencia que la segregación intencionada que denunciaban aquellos grupos de ateos y agnósticos izquierdistas, así como esos «progres resentidos», no estaba solo en el papel de los artículos y libros que resguardaban en sus lujosas casas, ahora llenas de comida. Bastaron esos pocos días para comprender que la <em>chingada</em> nos llevaría a la mayoría de los tapatíos, ahora presos de manera legal por la amenaza incierta que flotaba sobre nuestras cabezas; como el COVID, pero miles de veces peor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Será importante mencionar que el «toque de queda», así como la masiva presencia militar, no perturbaron en absoluto a los enormes objetos suspendidos sobre la ciudad de Guadalajara; objetos que con su mera existencia cancelaban no sé cuántas leyes de la física, al mismo tiempo que generaban, desde su inmovilidad, cada vez más dudas en quienes acá abajo los observábamos escondidos en nuestras casas, pues desde el Día X, como ingeniosamente lo llamaron, no habían mostrado una sola señal de vida. Consecuentemente, esos cuestionamientos comenzaron a surgir entre quienes esperábamos el rayo mortal que acabaría con nuestras vidas: «¿Por qué nadie ha dicho nada?», «¿Sí son extraterrestres?», «¿Cuándo nos matarán?», «¿Qué están haciendo?». Venturosamente, en lo posible, los escuetos comunicados de vez en cuando daban alguna noticia que apaciguaba nuestra inquietud: «Mal de muchos, consuelo de latinoamericanos». Por ejemplo, se dijo que otros objetos iguales flotaban sobre Ciudad de México, São Paulo, Nueva York, Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Santiago e incluso sobre Tokio, Sídney o Shanghái, lugares tan lejanos e imposibles para la mayoría de los habitantes de esta ciudad como los mismos «bloques» que ahora dominaban nuestro Cielo. Por lo demás, esos mismos informes afirmaban, con brutal honestidad, que ni la NASA ni otra agencia gubernamental de las potencias globales lograban comprender cómo esa mancha que se suponía a millones de años luz se había convertido, en cuestión de tres días, en esas «cosas»; «cosas» aparentemente hechas de algún metal desconocido, sin ventanas, sin puertas visibles y, por lo tanto, en teoría, completamente herméticas; objetos tan grandes que incluso algunos aviones habían chocado contra ellos el primer día que aparecieron, lo que obligó a cancelar cualquier movimiento desde el aeropuerto de Guadalajara. Seguramente, aquello sumó generosamente a la cantidad de muertos durante ese primer contacto; no lo sé, ya que la información seguía siendo muy poca para poder sacar conclusiones verificables: todos le hacían el quite al futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La verdad es que, más allá de los medios, más allá de los militares, la mayoría no teníamos claro qué sucedía «allá afuera»; aunque, con los meses, sí quedó claro que nuestras pinches autoridades tampoco. En mis ratos de ocio, llegué a imaginar que los gobiernos de la Tierra estaban estudiando la situación en maratónicas jornadas que incluían como material de consulta <em>El día de la independencia, Mars Attacks, El día que la Tierra se detuvo, Arrival</em> y cuanta película pudiera tratar el tema, porque de los libros, en estas épocas, ni hablar. Eso explicaría por qué más de alguien en la tele pensó que lo importante en esta «situación de fin de mundo» era que Estados Unidos, China o Rusia tomaran la iniciativa. Fue duro descubrir que la realidad superaba la ficción, o que este era el momento en que la estupidez nos había entregado en bandeja de plata a «eso», fuera lo que fuera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dos meses después, las transmisiones se cortaron por completo. Los monstruosos objetos seguían sin moverse; sin embargo, todos sabíamos que algo habían tenido que ver con el blackout. Después de más de noventa días de transmisiones, la mayoría y yo ya nos habíamos habituado a tenerlos allí como si fueran parte del paisaje, al tiempo que veíamos la tele, escuchábamos la radio, esperábamos la caja de despensa y admirábamos de reojo a los militares en los jardines de nuestras casas; además, reducida la población de gente alterada o anárquica, como se dijo en alguna transmisión previa, ya se otorgaba cierta ventana para salir a comprar o intercambiar insumos básicos, lo que nos permitía compartir nuestras inquietudes con otros o reunirnos para «festejar» antes de que el mundo se acabara: ya saben, la economía debía subsistir de algún modo y los empresarios siempre encontraban la forma de resurgir como santas cucarachas. Incluso la sombra perpetua que se extendía sobre la ciudad comenzó a sentirse como algo agradable, puesto que, desde hacía algunos años, el cambio climático había tronado la «eterna primavera» de Guadalajara para convertirla durante algunos meses en un horno insoportable. A este tenor, la gente se olvidó de los muertos, de los saqueos, de las penurias que muchos otros padecieron los días previos: el olvido se convirtió en la regla general o, tal vez, haya sido la resignación. Animales de hábitos, dicen por ahí; animales de hábitos a los que el corte de luz devolvió a su naturaleza y a quienes recordó la espada de Damocles que colgaba sobre nuestras cabezas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En fin, no sé si el apagón fue solo en Guadalajara, pero lo más lógico, por todo lo que se había informado, es que abarcara todo el mundo y, pues, al final, esa fue la idea que dominó: cómo íbamos a tener tan mala suerte para que solo a los mexicanos nos ocurriera esto; por lo demás, un apagón no significaba algo tan inusual en estas tierras. Sin embargo, repentinamente, los militares también desaparecieron. Ese debe de haber sido el momento mismo en que todos asumimos que estábamos solos y que era solo asunto de horas para que nosotros les siguiéramos. ¿Acaso el Gobierno se había retirado para reflexionar acerca de los pasos a seguir? ¿Los militares habían sido abducidos o eliminados por los extraterrestres? ¿Seguiríamos esperando el final? Hasta la persona más contenida, cristiana, panista y pudorosa de la ciudad de Guadalajara, que había llegado viva a este día por obra de su propia fe y esperanza, gritó descarnadamente: «¡Hijos de la chingada! ¿Dónde están?».</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un cerrar de ojos, las provisiones ya no dieron abasto ante la ausencia de cualquier fuerza contenedora, ya fuera militar, gubernamental o de mera caridad. El empresariado nos abandonó por cobardía o por abducción, quién sabe. Incomunicados y llenos de incertidumbre, los tapatíos sentimos el espanto más latente que nunca y empezamos a abandonar nuestros refugios en busca de una vaga ilusión de supervivencia «allá afuera»: la violencia, los asaltos y las invasiones resurgieron, y este se convirtió en el segundo hito del «fin del mundo», en el que ahora sí lo peor de la humanidad se instaló para quedarse; probablemente, no solo en Guadalajara. ¿Cómo saberlo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dentro de este contexto, ya concluyentemente de «extinción», punto y aparte fueron los religiosos que quedaban, quienes, tras semanas de comulgar, reaparecieron como verdaderos hijos de la Bestia. Lo diremos así: no sé cuánto cristiano se quedó desde el Día X con las «maletas hechas» en espera del Rapto o cuántos de estos se imaginaron sencillamente dejados atrás por sus pecados. Lo cierto es que ya en los primeros días en que se situaron las «máquinas» sobre el Cielo de Guadalajara mucha gente desapareció, por lo que quien hubiera querido atribuirlo a un acto de misericordia de Dios previo a la Tribulación, por sobre el sinfín de accidentes que ocurrieron ese día, bien podría haberlo hecho. Lo absurdo para quienes se refugiaron en las iglesias fue darse cuenta de que muchos sacerdotes y obispos no se habían ido entre las nubes, cuestión que fue quedando más y más al descubierto y que, de la mano del tiempo, en especial tras la desaparición de toda ayuda posible, ayuda que se le atribuía al poder de la oración, se convirtió en motivo suficiente para que estos fenecieran convertidos en carroña para los fieles sobrevivientes; pues sí, el canibalismo de los virtuosos acabaría apareciendo frente a la necesidad de supervivencia y quiénes mejor para alimentar la panza que quienes les habían prometido la vida eterna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Indudablemente, otras congregaciones lo vieron de otro modo. Algunas consideraron que esos objetos podrían ser los dioses que esperaban desde hacía mucho y, en algún punto de esta historia, se suicidaron en honor a estos; al mismo tiempo, otros se imaginaron a dichos seres, que seguramente estaban al interior de las «máquinas», como representaciones de películas, tales como <em>E.T.</em> o <em>Alien</em>, así que, simplemente, esperaron confiados su amistad o se armaron hasta los dientes. Asimismo, hubo quienes visualizaron los objetos como simples máquinas, incluso bombas de hidrógeno, que tarde o temprano destruirían no solo la Tierra, sino todo el sistema solar. Sinceramente, quién podía saberlo a ciencia cierta cuando, después de tanto tiempo, nadie de «allá arriba» se había dignado a comunicarse con nosotros. Más aún cuando ni siquiera quienes ya no estaban en el poder lo sabían.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ja, aquellos que estaban en el poder. Muy pronto descubriríamos que esos imbéciles se habían escondido en búnkeres de ubicación en un inicio desconocida, desde donde transmitían para el «pueblo». Nosotros, ya aventurados fuera de nuestras casas o refugios, lo descubriríamos poco tiempo después de la desaparición de los militares, ya que, en el momento en que hasta los sacrificios humanos comenzaron a ser una alternativa de «vida», alguien tuvo la brillante idea de invadir la Casa de Gobierno en busca de lo que fuera, pues, como debe de haberlo pensado alguno de nuestros nuevos líderes, quién tiene más carne que un político. ¿Por qué no lo hicimos antes? Tal vez un extraño sentido de sumisión nos había cegado frente a la alternativa revolucionaria, así como habría quien consideraba la Catedral de Guadalajara «tierra sagrada». Empero, para horror de todos, el acto dejó al descubierto cómo, posiblemente, el mismo día en que todo comenzó, los gobernantes ya habían huido a lugares más seguros. Imbéciles, sí; pero no <em>pendejos</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Irónicamente, el fin del mundo no llegaría por obra de ninguna máquina gigante suspendida sobre el Cielo. Poco a poco, los «neocarroñeros» comenzaron a matarse entre ellos. Poco a poco, muchos dejaron de creer en el ser humano y, por ende, abandonaron toda humanidad. Meses después, esos mismos seres descubrirían dónde estaban escondidos los honorables de Jalisco y, obviamente, no habría ninguna piedad para ellos. La Justicia del Nuevo Mundo había arribado, una Justicia básica y «eficiente». Mientras tanto, el Sol seguía suponiéndose detrás de esas enormes cajas que flotaban en un cielo que poco se recordaba. No recuerdo cuándo fue el momento en que el <em>neo homo</em> se olvidó de dormir. Yo olvidé cómo hacerlo y me puse a escribir, como una especie de resabio del pasado, para un hipotético futuro. El insomnio se convirtió en el estado dominante, pues dormir significaba en muchas ocasiones dejar de respirar en manos de un ser de esta nueva especie. Paradójicamente, la naturaleza comenzó a renacer… Nosotros nos escondimos bajo tierra… Me siento como una hormiga que nunca conocerá a su Creador… No sé qué más decir… Esta será mi última hoja…</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2026/10/15/un-nuevo-cuento-del-escritor-academico-y-editor-chileno-jose-baroja/">Un nuevo cuento del escritor, académico y editor chileno, José Baroja</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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		<title>LI PO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Oct 2026 20:41:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Jorge Muñoz GallardoProfesor y escritor A MG lo conocí cuando estuve, durante diez días, en una habitación situada en el octavo piso de una clínica. Había sufrido una apendicitis que derivó en peritonitis y fui operado de urgencia. Siempre me ha dicho mi esposa que no me cuido, que no doy importancia a los [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2026/10/07/li-po/">LI PO</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Jorge Muñoz Gallardo<br>Profesor y escritor</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">A MG lo conocí cuando estuve, durante diez días, en una habitación situada en el octavo piso de una clínica. Había sufrido una apendicitis que derivó en peritonitis y fui operado de urgencia. Siempre me ha dicho mi esposa que no me cuido, que no doy importancia a los síntomas y voy al médico demasiado tarde. En este caso tuvo toda la razón, esperé mucho y resultó complicado, más bien dicho, grave. Los dolores de estómago eran terribles y me paralizaban. Mi cuñado Hernán y mi hermana Gloria, junto con Miriam, mi esposa, me llevaron a las once de la noche a la urgencia de la clínica y después de los exámenes de rigor pasé directamente al quirófano. Era el mes de diciembre, faltaba sólo una semana para la navidad y fueron días muy difíciles para Miriam que debió hacerse cargo de todo, trámites, pagos, compras, la casa, y también fue triste para mi hija Sofía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siempre he sido muy sensible a los olores de barnices, pinturas, lustramuebles, detergentes; al despertar de la anestesia mi olfato se había vuelto más perfecto. Me sentía mareado, como inmerso en un largo sueño. Las voces de Miriam y Sofía me llegaban de lejos. Las imágenes de la habitación me parecían sacadas de una pintura de Salvador Dalí. Estaba muy cansado, mis horas transcurrían entre el sueño y la vigilia sin que pudiera distinguir con claridad entre uno y otro. Las figuras y las voces de médicos, enfermeras, familiares, se sucedían en una procesión onírica. Todavía no conocía a MG que se insinuaba como una presencia incorpórea entre todos ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una tarde, miraba el televisor que estaba situado en la pared opuesta a mi cama, en la pantalla se veía una mujer de unos cincuenta años, rubia, erguida, que vestía una blusa blanca y pantalones vaqueros, cantando mientras una gran cantidad de personas la rodeaba vitoreándola. La pantalla se fue ampliando poco a poco hasta ocupar toda la pared y la mujer avanzó hasta detenerse a los pies de mi lecho. Entonces, entre el público surgió un individuo de mediana estatura, flaco, muy pálido, de ojos aguados, pelo claro y corto, que aparentaba ser muy joven y tímido, era MG. Avanzó hasta la cama, la mujer y el público desaparecieron, él se acomodó a los pies, luego se presentó. Cuando la puerta se abrió y entró la enfermera a tomarme la temperatura, MG se alejó por la misma puerta sin ser visto, ni hacer el menor ruido. Después llegaron dos enfermeras que me saludaron con amabilidad y echando hacia atrás la ropa de cama empezaron a limpiar la herida con algodones empapados en una sustancia que tenía un olor agrio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por la noche, como había intentado rascarme la piel, en la zona de la herida, el médico decidió amarrarme las manos, a lo que me opuse de manera terminante e incluso llegué a amenazarlo con una demanda judicial, por lo que llamaron a Miriam pidiendo autorización. Ella la concedió. Así, tuve que dormir con las manos atadas, lo que me hizo sentirme como un presidiario. Sofía contó más tarde que le había sugerido traer una tijera para cortar las cuerdas, y mis pantuflas para abandonar la clínica a escondidas. Esto causó las risas de ella y de Miriam.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También mi hermana Gloria se quedaba algunas noches para cuidarme. en una de esas ocasiones oí el sonido de una gaita, alguien, que resultó ser una joven de pelo y ojos oscuros, que estaba de pie junto a un árbol, la tocaba, en un patio soleado a cuyo alrededor había numerosas casas de un piso. Era un sueño, pero yo no lo sabía y abarcaba todo mi pensamiento. Cuando la muchacha dejó de tocar ingresó en mi cuarto MG y sentándose a los pies de la cama me preguntó:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Qué le pareció la gaita?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Me gustó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Yo prefiero la poesía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿La poesía? ¿Por qué?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, la poesía china.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me quedé mirándolo sorprendido, la poesía china era lo que menos habría recordado en ese momento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, me gusta Li Po, -dijo bajando la voz, como si quisiera que nadie más que yo lo oyera, a pesar que en ese instante éramos los únicos en la habitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de pensarlo un poco, le dije:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Creo que Li Po murió en una forma muy romántica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, se ahogó cuando paseaba ebrio en un lago a bordo de su barquilla. Era de noche, la luna se reflejaba en la superficie. Él quiso atraparla y saltó al agua donde se ahogó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La puerta se abrió para dar paso a una enfermera y MG se deslizó, sin ser visto, hacia afuera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Cómo se siente? –preguntó la enfermera aproximándose a la cama.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Bien, con sueño, pero bien, -dije.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Le voy a tomar la temperatura y le daré una pastilla que lo va a relajar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensé para qué tenía que relajarme si pasaba sumido en la somnolencia, pero ella completó su faena con habilidad y se marchó. Me habían dado tantos antibióticos para evitar una infección que mi cuerpo estaba tan suelto como un trapo.<br>A primera hora de la mañana siguiente llegaron Miriam y Sofía, su presencia era el mejor remedio, me hablaban de la familia, las noticias de los diarios y la televisión para mantenerme informado, aunque en ese estado poco me interesaba informarme. Ellas almorzaban en una cafetería que estaba en el primer piso de la clínica. Por las tardes me visitaban otros familiares y algunos amigos. Esta rutina se repetía todos los días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran alrededor de las 18.30, Miriam y Sofía se habían retirado hacía poco tiempo, yo esperaba a Gloria que me acompañaría esa noche. Cerré los ojos y sin saber por qué me acordé de Li Po. Entonces percibí unos pasos muy suaves y descubrí a MG que me miraba sonriendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Buenas tardes, -dijo, permaneciendo de pie como un escolar que espera instrucciones. -Siéntese, -le dije.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acomodó en una silla ubicada junto a la pared del lado izquierdo, próxima a la cama.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Sigue interesado en la poesía china? –le pregunté.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, sobre todo en Li Po.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Por qué en él?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Era el mejor de todos, también un maestro de la espada y un peregrino infatigable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Y un borracho, -le dije sin ningún tino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Un gran bebedor, eso sí, pero no un borracho.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante, algo así como un cuarto de hora, hablamos de Li Po, su vida y su poesía, materia en la cual era un verdadero experto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llegada de Gloria lo hizo desaparecer. Mi hermana hacía clases de Pilates en el Polideportivo de Ñuñoa, y cuando le tocaba visitarme se dirigía a la clínica en cuanto terminaba su labor. Esa noche volví a oír la gaita, esta vez el puro sonido, no había un patio rodeado de casas, ni una niña tocando junto a un árbol, sólo la melodía balanceándose en la calma nocturna. La melodía me iba envolviendo, arrastrando, llevando como una hoja impulsada por el viento. Surgieron las calles de mi barrio, Pedro de Valdivia, Eduardo Castillo, Los Tres Antonios, el pasaje, nuestro departamento del segundo piso de un edificio de tan sólo tres, y el balcón donde hay una jardinera con geranios rojos y rosados. Lo observé todo con atención y algo parecido al asombro, estaba en mi sector, donde todo me era familiar, las casas, los árboles, los colores y los olores, los ladridos de los perros. Unos pasos que percibía sin oír y una puerta que se abría y cerraba me devolvieron a mi reposo en la cama. La oscuridad se extendía en una delicada malla de tenues fulgores que entraban por la ventana abierta para neutralizar el calor de finales de diciembre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Estoy aquí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La voz de MG resonó a penas audible. Lo miré, estaba ahí, parado frente a mí, con un libro en las manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Quiero leerle unos poemas de Li Po, -dijo mirándome con esos ojos aguados y redondos, de lechuza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Está bien, lea usted.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acomodó a los pies de la cama y empezó a leer deteniéndose a ratos para darme una explicación acerca del texto y su relación con lugares y experiencias de la vida del poeta. No sé cuánto tiempo estuvo inclinado sobre las páginas del libro abierto en sus rodillas, pero cuando comenzaba a clarear se marchó sin pronunciar ninguna palabra de despedida. Un verso de Li Po daba vueltas en mi memoria, entre imágenes sueltas sin conexión entre ellas: “En el resplandor de la luna, vuela una garza”. Y me parecía ver, a través de la ventana abierta, una garza agitando sus alas blancas sobre el fondo azul oscuro del cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gloria se despertó, pasó al baño y después de despedirse salió apresuradamente para ir a su departamento y enseguida dirigirse al trabajo. A los pocos minutos entró en la habitación una auxiliar llevando un carrito con ruedas de metal y superficie de vidrio, encima de la cual estaba el desayuno. Me ayudó a incorporarme, a sentarme en la silla de la pared, enseguida acercó el carrito. Un platillo con una jalea de frambuesa, una rebanada de pan tostado con jamón de pavo, unas galletas de soda y una taza de té se ofrecían a mi apetito todavía bastante débil. Al poco rato llegaron Miriam y Sofía, sonreían contentas porque faltaba muy poco para que yo pudiera volver a casa. Al décimo día abandoné la clínica. Me sentía muy débil. Por fin iniciaba el período de convalecencia en nuestro departamento al que tanto deseaba regresar. No volví a ver a mi extraño amigo, pero dediqué la mayor parte del tiempo de convalecencia a dormir y leer la obra de Li Po. MG tenía razón, es un poeta extraordinario.</p>
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		<title>DE LO QUE OCURRIÓ AL MINÚSCULO PROFESOR JUAN PABLO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 Sep 2026 17:34:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por José Baroja Mi profesor se está volviendo loco, sus sesos ya no aguantanmás.&#60;ALos Prisioneros Un pequeño cuarto, ubicado en el sur de Zapopan, albergaba a un hombre, un hombrecito, que, a la par de los años, de la vida y de la mera existencia se había convertido en un ser minúsculo, tan mínimo que, [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por José Baroja</em></strong></p>



<p style="text-align: right;"><em>Mi profesor se está volviendo loco, sus sesos ya no aguantan<br>más.&lt;A</em><br>Los Prisioneros</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un pequeño cuarto, ubicado en el sur de Zapopan, albergaba a un hombre, un hombrecito, que, a la par de los años, de la vida y de la mera existencia se había convertido en un ser minúsculo, tan mínimo que, para la mayoría, su existencia equivalía a la nada. En tal sentido, bien podríamos afirmar que se trataba de una habitación proporcionada con respecto a su único huésped, quien se había convertido en un hombre que, vale comentar por respeto a él, aún no se había empequeñecido hasta aquel punto en que muchos asalariados se transforman en horrendas cucarachas que incluso caben bajo la bota de algún enorme familiar. No, claro que no: eso es para otra ficción. De todas maneras, lo correcto sería atestiguar que Juan Pablo se había hecho “minúsculo”, nada más, nada menos; lo que dentro de una habitación tan pequeña como aquella significaba una posibilidad cierta de supervivencia o, al menos, de sobrellevar una vida que ya sumaba más de treinta años de dura navegación en el campo minado de la actual Pedagogía. En cierto modo, a falta de un mejor concepto, ese espacio se había convertido en su “refugio”; un refugio pésimamente amoblado, que, tras buscar y buscar como desquiciado en los clasificados de Internet, había conseguido “a precio de baratillo” en una Guadalajara que en cuestión de arriendos ya no perdonaba ni al más pudiente. Cuestión esta última que me lleva a suponer que su departamento, al fin y al cabo, había sido algo “bueno” sobre la base de las casi nulas pretensiones de ese pequeño Juan Pablo, a quien, en ese momento puntual de su existencia, le bastaba una cocinilla diminuta, una cama mínima, un refrigerador minúsculo, un buró despreciable, sobre el que uno u otro libro de autoayuda se asomaban, y una muy reducida autoestima que, seguramente, sólo se sostuviera hasta entonces gracias a su trabajo como profesor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante cuatro años, Juan Pablo había logrado vivir allí con una plausible tranquilidad; tranquilidad que sólo le había costado unos cuantos centímetros de su persona, obra de un sentimiento “codo” con la existencia misma, la que, como se subentiende, le resultaba demasiado pesada y, ciertamente, poco tolerable fuera de su ámbito profesional. En resumen, él no molestaba a nadie y nadie lo molestaba a él, lo que resultaba especialmente manifiesto, si consideramos que, en el piso de abajo, la fiesta bullía cada fin de semana por gracia de una universitaria y de sus compañeros de piso, quienes no perdían ocasión para celebrar la vida que papás y mamás les habían comprado; carrera de Medicina, Derecho o Ingeniería incluida, por supuesto. Cabe mencionar que estas fiestas, para pesar de JP, duraban hasta que saliera el sol, a partir de la excusa de que en Guadalajara ya nada transitaba después de las veintidós horas. Patrañas de esos <em>hijos de la chingada</em>, para quienes, como puedes adivinar, el hombrecito del segundo piso no existía y, por lo tanto, nadie lo invitaba a convivir; no por mala fe, sino porque nadie recordaba que estuviera allí; ni siquiera cuando tocaba cobrar el alquiler, puesto que Juan Pablo se había preocupado desde el día uno de que sus deudas se descontaran automáticamente desde su cuenta de nómina; a lo que se sumaba una entrada independiente, justo por detrás de la casa, y que, cuando llegaba del trabajo, casi siempre se encerraba para no volver a salir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sinceramente, a Juan Pablo, todo esto le bastaba: en las mañanas clases de Historia de México en tres escuelas cercanas; a las cuatro, una vez cada dos meses, una visita al supermercado; y, a las ocho de la noche, luego de visitar y revisitar con desdén pruebas y trabajos de sus <em>pendejitos</em>, a dormir, plácido, vacío, sin presión, sin preocupación, sin nada que valiera la pena contar y sin nada que valiera la pena dejar. Con todo, más temprano que tarde, Juan Pablo recordaría a la fuerza que, pese a sus intentos loables de anonimato existencial, seguía siendo humano; uno que perdía centímetros por año, pero irremediablemente humano. En fin, dicho lo dicho, habrá que centrarnos en lo que acabaría sucediendo un día de clases cualquiera y que da algo de sentido a este cuento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo sucedió una mañana en la que, como durante cualquier otra jornada, JP se paró como un mástil chueco frente a sus estudiantes y comenzó a narrar, lenta y pausadamente, los hechos más importantes de la Revolución Mexicana, pausada y flemáticamente, como si se tratara de una misa en latín y, por cierto, de un modo muy distinto a lo que veinte años atrás solía hacer, tiempo aquel en el que el solo hecho de hablar de Villa, de Zapata, de Madero y de cuanto personaje e intriga nos brindó esa epopeya de inicio de siglo XX, significaba verlo saltar, correr, gritar, entusiasmarse sabiéndose alguien con el poder de crear un héroe inmortal para las nuevas generaciones. Por aquel entonces, “¡Viva México!” era su cierre obligado y, por cierto, la promesa para sus alumnos y alumnas de que, cual actual película de Marvel, habría una continuación a esa historia de balazos y tramas políticas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claro que en ese tiempo era un hombre felizmente casado. Claro que en ese tiempo era un hombre con sobreabundancia de esperanzas. Claro que, en ese tiempo, Historia era una asignatura importante para la Secretaría de Educación Pública. Claro que en ese tiempo nadie hubiera imaginado un futuro en que el profesor Juan Pablo sólo leyera veinte diapositivas estáticas y sin colores a adolescentes hastiados como quien escucha una y otra vez el obituario. Hemos de entender que, en la actualidad, su meta principal era terminar las clases como se pudiera, cumplir con el protocolo lo mejor posible, marcar entrada y salida sin desgastarse el dedo y cobrar cada quincena un dinero que, con cada vez menos horas, sistemáticamente se había ido reduciendo de manera progresiva como su propia estatura. Con el pasar de los años, y dado el poco interés de las nuevas generaciones de verificar siquiera sus datos, Juan Pablo incluso dejó de preparar sus clases, lo que, en la práctica, significó que a veces las fechas o las cifras que entregaba eran erradas; aunque ya le daba igual; tanto como atender a padres o madres descarados exigiendo cuestiones más propias de una guardería que de una escuela. Y sí, esa mañana fue un claro ejemplo de quién era ahora el profesor JP.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-La Revolución fue una respuesta al descontento popular hacia la dictadura de Porfirio Díaz, la que duró veinte años- afirmó durante su clase sin ocultar una pinche cara de desdén que, poco a poco, había ido adoptando con los años y que bien podría haberse confundido con la de cualquiera de los adolescentes que estaban allí mal sentados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, esa mañana aparentemente como cualquiera, la cosa no quedaría allí, puesto que, desde el fondo del salón, se escuchó con más fuerza y con más seguridad que él mismo: “Treinta y seis”. En principio, el profesor Juan Pablo se quedó pasmado ante una inesperada respuesta; incluso, quien lo viera con detenimiento, se habría dado cuenta de que perdió dos centímetros más; aunque, habrá que decir, para ser fieles a lo que allí sucedió, que JP se recompuso lo más rápido posible y que, por ende, no tardó en responder, erradamente, aunque tan seguro como su interlocutor: “Fueron veinte”. Lamentablemente para él, Chema, sobrenombre de José María Ovalle Maldonado, quien ya se avizoraba como el dueño de esas palabras, no se intimidó, por lo que presto decidió insistir con más arrojo: “En Wikipedia dice que fueron treinta y seis”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Definitivamente, las palabras de José María no habían nacido como una muestra de un profundo conocimiento histórico adquirido fuera de clases, ya sea por horas extras de estudio en casa o por alguno de esos cursos de Internet que hoy en día abundan; ni siquiera por mera curiosidad intelectual. Contrario al reglamento, Chema había metido al salón su celular, un aparato tan caro que ni con tres quincenas JP hubiera podido comprar sin pasar hambre para ello, pero que, para ese adolescente, así como para el coro que allí lo acompañaba con la idea de que se generara el pleito, resultaba ser algo tan desechable como su misma preocupación por un futuro que sin papá o mamá era tan mediocre como su educación.<br>Comprensiblemente, el profesor no se quedó callado, aunque, en vez de aceptar su derrota frente a la tecnología y, por extensión, frente a Chema, cuestión que tal vez le hubiera otorgado cierto cariz de humildad frente a esas y esos chicos más pendientes de que algo reprochable ocurriera allí, se centró en el Reglamento con un tono que el mismísimo Churchill hubiera envidiado: “El celular está prohibido”, “Por qué no me haces caso y lo dejas en tu mochila” … “Fuera del salón” … “Pero, profe”… “Silencio”. Ya que el estudiante se negaba a salir rápido y junto a él su vergüenza como “académico”, el volumen del regaño subió; también la dureza del tono de JP hasta que, finalmente, el salón quedó otra vez en silencio y Juan Pablo, como quien dice aquí no ha pasado nada, prosiguió su horrible lectura. Sin embargo, esa noche no pudo dormir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando el profesor JP llegó a casa, subió unas escaleras que le parecieron más altas y extensas de lo habitual, al entrar dejó sus cosas sobre la mesa principal, luego caminó hacia su habitación, lugar donde buscó el borde de la cama para sentarse; eventualmente, se recostó, cerró sus ojos por un momento, respiró profundo como quien recibe el soplo perdido de Dios, tras un minuto, los abrió, observó el techo con inusitada atención, le pareció que se veía gigantesco, no le dio mayor importancia, hasta que, por fin, comenzó a repasar su día igual que un detective lo haría con el mayor crimen de su carrera. De repente, un golpe de lúcida reflexión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No es para tanto —se dijo en voz alta como si quisiera creer que el verbo comenzaba con él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No es para tanto —se repitió ahora con una angustia que iba notoriamente in crescendo, al tiempo que las paredes parecían alejarse cada vez más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¿No es para tanto? —se preguntó ya con un tono que denotaba una horrible angustia que, sinceramente, no sentía hace años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema con el que Juan Pablo se encontró después de mucho cavilar, el <em>quid</em> del asunto no había sido su “error histórico”, es decir, el haber recortado arbitrariamente el Porfiriato como un mesías democrático de una ficción autoritaria ya escrita. Tampoco había sido el incumplimiento de las reglas por parte de su estudiante. Ni siquiera el que lo sacara del salón o, mirando hacia atrás, que las calificaciones de este fueran simplemente mediocres. El verdadero problema con el que Juan Pablo se topó allí, en su santuario de la insignificancia y, probablemente, del olvido, fue el “tono” con el que le habló a Chema. Si bien en su memoria, no recordaba haberle gritado —¡Dios se apiade de su alma si fue así! —, sí tenía algo de conciencia de que, tal vez, el volumen de su intervención no había sido el apropiado para los tiempos que corren. Además, bien recordaba que, al final de la clase, habló con él, le ofreció disculpas, tanto por su desliz anímico, más que comprensible dentro del plano humano y pedagógico del México de hoy, no para todos, habrá que recordar, como por el tiempo de Porfirio frente al país, puesto que sí que había checado en su propio celular el dato que José María le indicó y sí que se había dado cuenta de que el <em>escuincle</em> estaba en lo correcto. Dicho de otro modo, y haciendo síntesis de lo ocurrido, había intentado enmendar el momento incómodo de su clase de la única manera que sabía. Con todo, allí, en su cama, en su fortaleza de la soledad, descubriría un cabo suelto al que, por causa del cansancio de la jornada, no le había puesto suficiente atención: la cara de Chema, el “tonito” de la respuesta de José María y el críptico cierre de esta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Está bien, profe’. Ya sabemos cómo es Ud. Pronto descansará.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—A qué chingados se refería el mocoso con eso de “Pronto descansará” —se preguntó Juan Pablo asumiendo una posición fetal sobre una cama que se había hecho en un par de minutos desesperadamente grande. —¿Me va a matar? —se dijo atrapado en una mueca mortuoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo más seguro es que la situación no quedara allí, no por nada entre el mismo profesorado se comentaba el poder de las y los apoderados a la hora de mover los hilos dentro del colegio y, ciertamente, de lo sumiso de los directivos con tal de retener las billeteras por cada estudiante. Por ejemplo, bien sabido era que hace algunos meses muchos estudiantes habían resultado reprobados en uno de los proyectos interdisciplinarios que se proponían trimestralmente por orden de la Secretaría de Educación. Por fortuna, entonces, JP no tuvo inconvenientes, aunque sí uno de los maestros jóvenes, a quienes técnicamente le obligaron a cambiar calificaciones con tal de no provocar una ola de reclamos desde las casas que, probablemente, hubiera acabado por ahogarlos a todos. Cuento corto: el maestro fue despedido a la semana, aun cuando las calificaciones fueron cambiadas e, indisputablemente, los promedios de todo el estudiantado fueron alterados, de modo que incluso la vagancia estudiantil pudo proseguir sin problemas, al modo de un gigante orinándolo todo. ¿Qué podría ocurrir con él? En seguida las imaginaciones acerca de posibles escenarios le restaron tres centímetros más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aun así, al día siguiente, Juan Pablo acudió al colegio procurando dar la idea de que nada ocurría o podría ocurrir. Indubitablemente el cansancio se le notaba. Más de algún colega le preguntó directamente cómo se sentía o por qué no se iba de una vez a casa, puesto que se le veía muy mal; incluso alguien comentó en broma que parecía que se había hecho más pequeño. El profe’ Juan Pablo sólo respondió que se trataba de un mero resfrío, algo poco, causado por los continuos cambios de temperatura y por el muchísimo papeleo que en esas semanas se exigía. Cuestión creíble, puesto que, en esas mismas fechas, las mañanas y las noches de Zapopan eran frías, mientras que el resto del día hacía un calor tan horrible que más de alguna cristiana llegó a afirmar en uno de los muchos camiones que transitaban por López Mateos que le “sudaban hasta los ojos”. Exagerado o no, esa era la respuesta de JP, quien, íntimamente, pensaba cuándo lo llamarían desde dirección por lo sucedido. De manera que la primera hora de su jornada la pasó expectante, casi en piloto automático; la segunda, sin novedad; incluso la tercera comenzó a sentir que nada ocurriría, no sin antes notar cuán enorme le quedaba su saco azul. Empero, en el descanso, la directora se acercó seriamente para decirle que debían conversar acerca de un “tema grave”; lo hizo mirando hacia abajo con un rostro que revelaba una incómoda reflexión, de esas que acá en México sólo te enteras por accidente o chisme. Juan Pablo entonces comenzó a sudar en frío, lo que le restó algunos centímetros más; quizás por el agua perdida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El resto de la mañana fue un Infierno. Ya sabiendo de antemano todas las acciones que se realizaban en el colegio para no enfadar a padres, madres, e incluso a los mismos estudiantes era esperable que la ansiedad comenzara a devorar sus órganos internos. Incluso el estudiantado tenía la posibilidad de quejarse acerca del “servicio” dos veces al año y había más de un antecedente, no sólo el último, que dejaba en claro que si alguno de los que “mantenían” esas instalaciones no estaba contento, pues “finiquito seguro” al final del ciclo; tal vez antes. Aun así, nadie lo llamó ese día; lo que en términos prácticos significó que esa noche de nuevo no pudo dormir. <em>¡Chingada madre!</em>, pensó al llegar a casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al día siguiente y al siguiente y durante toda esa semana, el profesorcito Juan Pablo esperó el llamado de su “patrona”; pero nada ocurrió. Primero, ella se excusó por las muchas reuniones con la Secretaría de Educación, luego por algún evento religioso al que forzosamente debía asistir y también lo hizo por circunstancias que, seguramente, si consultamos la agenda de la directora nos parecerían más que razonables. El problema era que el pobre Juan Pablo no era citado a la oficina, lo que lo obligaba a crear mil escenarios en su cabeza y, al mismo tiempo, le quitaba tantos centímetros de existencia que. al acabar la semana, JP apenas alcanzaba el borde de su escritorio. Como era de esperarse, la preocupación lo acompañó todas las horas que le siguieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El día lunes Juan Pablo no volvió a asistir a la escuela; cuestión que, obviamente, fue notada por Dirección, no tanto por humanidad como por la necesidad de cubrir ese puesto lo más rápido posible, sobre todo para evitar cualquier reclamo de la “comunidad”, por lo que, tras infructuosos intentos por ubicarlo acabarían dando por cesada su relación de trabajo de manera unilateral. De hecho, aun cuando nunca retiró su “finiquito” o llamó para cuestión alguna, a nadie le preocupó realmente qué ocurrió con él; ni siquiera a sus estudiantes. Es más, hoy en día podemos afirmar que el profesor Juan Pablo no fue encontrado jamás. Lo más cercano a preocupación fue cuando dejó de pagar la renta, puesto que al menos tres personas acudieron a su pequeño departamento a exigir informes al respecto, pero ante la negativa de abrir, tumbaron la puerta y se sorprendieron de encontrar todas las cosas intactas en el lugar, incluido un viejo traje tendido de manera perfecta sobre la cama. Aunque se sorprendieron sólo un rato, puesto que todas esas cosas sirvieron para pagar la deuda frente a la imposibilidad de encontrarlo. JP sencillamente había desaparecido de la faz de la Tierra; quizá, y sólo especulo, ese fin de semana se había hecho tan pequeño como para siquiera considerarlo dentro de este mundo. Realmente no lo sé ni lo sabremos.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="500" height="500" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/08/jm-foto-jose-baroja.jpg" alt="José Baroja" class="wp-image-18797" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/08/jm-foto-jose-baroja.jpg 500w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/08/jm-foto-jose-baroja-300x300.jpg 300w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/08/jm-foto-jose-baroja-150x150.jpg 150w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/08/jm-foto-jose-baroja-440x440.jpg 440w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px" /><figcaption class="wp-element-caption">José Baroja</figcaption></figure>
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<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>José Baroja</strong><br>José Baroja es escritor, académico y editor chileno. Su obra explora las tensiones entre lenguaje, ciudad y violencia cotidiana, con una prosa sobria que privilegia la sugerencia y la ambigüedad. Formado en literatura hispánica, ha desarrollado su trabajo entre la docencia, la gestión cultural y la edición, articulando espacios de reflexión crítica en el ámbito latinoamericano.<br><a href="https://josebaroja.com">https://josebaroja.com</a></p>
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		<title>LA CNI Y LA CORTINA DE TUL</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Sep 2026 12:55:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Alejandro Durán Macho (Santiago 1986) En la comuna de La Reina, las casas son espaciosas, para familias con varios hijos. El antejardín casi siempre muestra rosas blancas o rojas y un patio interior con naranjos, limoneros y a veces caquis, unidos por un parrón añoso. Afuera, una hilera de quillayes y acacias descargan su [&#8230;]</p>
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<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Alejandro Durán Macho (Santiago 1986)</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En la comuna de La Reina, las casas son espaciosas, para familias con varios hijos. El antejardín casi siempre muestra rosas blancas o rojas y un patio interior con naranjos, limoneros y a veces caquis, unidos por un parrón añoso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afuera, una hilera de quillayes y acacias descargan su sombra sobre la techumbre de tejas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este es el caso. Claudio, de 31 años, era el arrendatario de una vivienda interior, a la espalda de una gran casa en el frontis del terreno donde funcionaba un jardín infantil. La entrada de auto exhibía de sombrero el parrón de hojas grandes, testimonio de un regadío tupido. Las parras botaban corteza vieja como serpiente que cambia de piel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al fondo, una casa mariposa con dos habitaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era la residencia clandestina de Claudio Gonzales Rauchit.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como un libro abierto, la casa interior presentaba dos habitaciones unidas por un pasillo cocina que accedía al baño completo. El dormitorio, vestido con dos colchones de lana amarrados por una hábil aguja de sacos, mantenía un respetuoso silencio a los sueños declarados cuando dos pechos frotaban la humedad de sus deseos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sala grande fungía como living comedor con una modesta colección de artesanía sencilla y colorida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Berta, parvularia y directora del jardín infantil, había subarrendado la casa interior donde vivía Claudio con su compañera. En realidad, Berta era una colaboradora de gran astucia. Siempre callada y atenta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las condiciones de clandestinidad bajo dictadura, un hecho inesperado desencadena una verdadera tormenta donde nadie sabe qué final depara el destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y eso es lo que acaba de ocurrir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio se enteró de que dos compañeros recién ingresados al país tenían una crisis de seguridad. La red donde serían instalados había caído en manos de la CNI. Mientras tanto, esperaban en un lugar público la ayuda de la organización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta información le llegó a través de la llamada de control que realizaba regularmente a un teléfono fijo donde comunicaron lo sucedido. Era un teléfono que recibía avisos y pedidos como parte de la red de comunicaciones de la organización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desesperado en la emergencia, Claudio decidió algo que contravenía toda noción básica de seguridad; los fue a buscar y se los llevó a su casa a la espera de una mejor decisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pedro y Alfredo se instalaron en la casa del dirigente clandestino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa tarde conversaron trivialidades, dándose ánimo y confianza en que ya se generaría una mejor solución. Ambos oriundos de Valdivia, ya habían vivido la experiencia de ser tomados presos y permanecer recluidos hasta su expulsión al exilio. Por ningún motivo podían volver a caer detenidos por el peligro cierto de pasar a engrosar la lista de desaparecidos o muertos en simulacros de enfrentamientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio mentalmente improvisaba la creación de una nueva red que los acogiera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al otro día, muy temprano, golpearon la puerta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio abrió y Berta le mostró una bolsa con marraquetas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Acercó su rostro a la mejilla de Claudio para saludar con un beso de protocolo y le susurró: “Hay dos agentes de la CNI en la recepción esperando refuerzos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio le dijo a Berta: “lleva a los niños a la sala del fondo sin salir”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entendido, respondió Berta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé cómo, pero hay dos agentes de la CNI en la recepción esperando refuerzos, les comentó Claudio a Pedro y Alfredo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Diga cuál es el plan, preguntó Alfredo con una calma impresionante, mientras se lavaba los dientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pedro sufrió una especie de desmayo por lo cual se sentó con la vista clavada en Claudio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio sintió culpa por la situación, pero rápidamente urdió un plan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El plan es el siguiente, indicó Claudio; saldremos los tres con el siguiente orden: tú, Alfredo, irás al costado pegado a la muralla; tú, Pedro, irás al medio; yo iré al lado mirando la ventana para hacer contacto visual con los agentes, armado con una pistola Browning, la cual irá gatillada a la vista como aviso de que vamos en disposición combativa. Claudio pronunció lentamente las instrucciones mientras mojaba sus labios secos por la tensión del momento. La respiración era corta y las manos sudaban.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En caso de tiroteo, troten los dos hacia la puerta y luego corran a la izquierda hacia la calle Simón Bolívar. Háganlo en zigzag para dificultar la puntería de los agentes si se diera el caso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hacia dónde después, preguntó Alfredo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la plaza Ñuñoa, y si no son recogidos, busquen a María Cristina de Aedo en el comité de detenidos desaparecidos de parte de Claudio y René. Ella era una estrecha colaboradora del dirigente clandestino y la combinación de nombres una clave.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras se acercaban a la entrada de la casa, distante a unos cinco metros de la reja, apretaron los brazos de Pedro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio se detuvo, tomó contacto visual con los agentes, cuya silueta se podía distinguir detrás de la cortina de tul, mostrando el arma firmemente empuñada. Empujó con su mano izquierda la espalda de Pedro para que avanzara más rápido, dada la nula reacción de los agentes, quienes esperaban los refuerzos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Segundos interminables se vivieron en esos instantes donde cualquier movimiento brusco desencadenaba el tiroteo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras tanto, los niños habían sido llevados a una sala al fondo del jardín para protegerlos y a la espera del desenlace.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio del silencio donde se escuchaban solo los pasos de los tres compañeros, Claudio alcanzó a Pedro, ya repuesto, y a Alfredo, quienes partieron hacia la calle Simón Bolívar, y Claudio en dirección a la calle Larraín.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afortunadamente la crisis de seguridad había sido resuelta exitosamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo más probable es que una persona avisara a la policía de la entrada de tres hombres sospechosos a un jardín infantil o que alguno de los tres estuviese con seguimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vivienda fue abandonada con los escasos enseres en su interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio, años después, tuvo ocasión de agradecer a Berta por la valiente decisión de avisar la presencia de los agentes, quienes llamaron desde el teléfono del jardín pidiendo refuerzos, mientras esperaban parapetados tras la cortina de tul.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Claudio cuenta que, una vez lograda la salida del lugar, tuvo que avisar que el domicilio estaba quemado, para que ni su compañera ni otro alto dirigente clandestino llegaran al lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Unas inmensas ganas de comer algo dulce invadieron a los tres compañeros.</p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%">
<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-foto_alejandro-duran.jpg" alt="Alejandro Durán Macho" class="wp-image-19134" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-foto_alejandro-duran.jpg 300w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-foto_alejandro-duran-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Alejandro Durán Macho</em></figcaption></figure>
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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%">
<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Alejandro Durán Macho en sus palabras:</strong><br>Trabajé desde 1990 hasta 2020 en una fábrica de envases para alimentos en el cargo ejecutivo de grandes cuentas. Desde 1973 hasta 1983, viví en el extranjero regresando al país e integrándome a las actividades para recuperar la democracia. Me formé como Coach Ontológico el año 2013 en la escuela Newfield Network y formo parte de su fundación Comunidad y Servicio como voluntario. Padre de cuatro hijos y abuelo de cuatro nietos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son áreas de interés para mí la escritura de poemas y cuentos. Actualmente participo en dos talleres literarios. Desde el año 2023 participo en el taller De las Flores bajo el auspicio de la institución PRAIS Oriente. Durante 3 años creamos un libro lanzado en marzo del 2026 en el Parque de la Paz (ex- villa Grimaldi) cuyo título es “La savia bajo la lluvia” dirigido por el taller La Barca Luna dedicado a la literatura testimonial, memoria viva y derechos humanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Realizamos presentaciones en distintas actividades realizadas en torno a fechas relacionadas con la recuperación de la memoria histórica y de defensa de los derechos humanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El año 2026 me integré al Taller de Cuento Intermedio dirigido por Diego Muñoz Valenzuela. A la fecha he elaborado una serie de cuentos que relatan mi pasado político como el cuento “La CNI y la cortina de tul”.</p>
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		<title>LA RESPIRACIÓN DE UN JARDÍN</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Sep 2026 13:48:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Invitamos a leer esta colaboración de Adrián Marcelo Ferrero (1970), La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Profesor, Licenciado y Dr. en Letras por la UNLP. Ha publicado libros de narrativa, poesía, investigación, editado un libro de grandes prosistas argentinos contemporáneos. Entre sus publicaciones, el libro Sigilosas. Entrevistas a 30 autoras argentinas contemporáneas, seleccionado [&#8230;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Invitamos a leer esta colaboración de Adrián Marcelo Ferrero (1970), La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Profesor, Licenciado y Dr. en Letras por la UNLP. Ha publicado libros de narrativa, poesía, investigación, editado un libro de grandes prosistas argentinos contemporáneos. Entre sus publicaciones, el libro <em>Sigilosas. Entrevistas a 30 autoras argentinas contemporáneas</em>, seleccionado por el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación para su publicación. Colabora habitualmente con medios académicos y de periodismo cultural en Chile; ha obtenido premios nacionales e internacionales.</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">LA RESPIRACIÓN DE UN JARDÍN</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Adrián Marcelo Ferrero</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El cambio no fue abrupto. Hubo transiciones. Floraciones recientes. Porque primero florecieron los malvones, con un rojo muy intenso. Tres gajos que recogí de la calle, que alguien había descartado y para mí fueron providenciales. Betty porfía con que fue ella la que lo plantó a uno en el cantero y al otro en una maceta. Yo estoy seguro de que fui yo. Porque también planté otro malvón en el fondo del cantero, contra la medianera del vecino. Y también planté otro en una maceta contra el ventanal del living. En fin, versiones. La hortensia que me había regalado Emilia para mi cumpleaños se marchitó. No pudo sobrevivir al invierno. Pero Betty rescató unos brotes que todavía resplandecían y en cualquier momento ella promete su esplendor. Si mal no recuerdo, eran celestes o lilas, ya no recuerdo, cuando me las regalaron florecidas. Podría ser tanto uno como otro color en mi memoria. El laurel había florecido hace un tiempo, flores rosas, alargadas, lo más campantes. Pero resultó ser que las hormigas hicieron de las suyas y mordisquearon todos los tallos, sobre todo en la parte superior, justo donde brotaban las flores. También hay un rosal amarillo, que tiene dos capullos. No sé qué decirles. Ahora que está en tierra y no en la exigua maceta en la que descansaba apretado antes tendrá más lugar para una raigambre que se profundice en expansión. Los capullos amenazan con estallar de un momento a otro. Los helechos serrucho se han mezclado en la misma maceta con otras plantas, morada, sobre todo, que ha arraigado con potencia. Pero ellos parecen ignorar la invasión de estas invasoras y tolerar esa compañía que seguramente les quitará espacio para sus raíces y para la humedad tan nutritiva. El aloe vera, que también integra el abanico de mis saqueos cuando los encuentro junto a los árboles de la vereda de los vecinos, descartados por sus dueños o jardineros y apoltronados en pilas en donde es difícil desentrañar qué plantas son. Esas casas de barrio norte que tienen fondo, pero desde afuera no se nota o no se alcanzan a adivinar más lotes que ganen en profundidad. Es increíble cómo algunas casas de frente estrecho o angosto se prolongan en jardines traseros que nadie podría a ciencia cierta vislumbrar. El aloe no sé por qué en lugar de erguirse enhiesto y poderoso, como antaño, seguro de sí mismo, ahora parece desinflado. Las hojas se derrumban más que erguirse con fortaleza. Lánguido, parece una doncella con mal de amores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el jardín también habita el jazmín que me regaló mi prima Laura. Me dijo cuando vino a casa a traérmelo que eran de los que no se morían nunca. Eso le dijo el dueño del vivero donde lo compró. Por lo visto era hombre de palabra. Porque ha sobrevivido a cinco o seis inviernos, incólume, con tallos reverdecidos. Pero eso sí, ahora con hojas pequeñas y sin asomo de dar flor, pese a lo inminente de la primavera. Hay otras plantas en el jardín. Una palmera que tuvimos que cortar porque se iba en vicio hacia las alturas, pero no se ensanchaba en la parte horizontal o hacia los costados. No daba hojas en la parte inferior. Y yo extrañaba esas palmeras profusas. Esta era como un mangrullo, perdida allá en lo alto. Hay otras plantas en mi jardín, que Betty riega religiosamente todos los días. Hay un cactus o dos, enanos. Diminutos. Que resisten las inclemencias del clima. Y la falta de lluvia o riego. Este año tuvimos muchas precipitaciones en La Plata. A veces lluvias torrenciales. A veces lluvias moderadas. A veces chaparrones intempestivos. Otras lloviznas subrepticias, casi imperceptibles, que parecían clandestinas. Humedecían el piso de ladrillos del jardín y los canteros quedaban con unas gotitas diminutas, de esas que se confunden entre el follaje. Betty ha traído unas bolitas diminutas, con forma de lágrima, marrones, que se utilizan como sebo para capturar a las hormigas depredadoras. Se llevan esas bolitas a sus hormigueros y luego esa sustancia letal contamina toda su colonia. Han resultado ser bastante eficaces, porque las hortensias reverdecidas y los malvones están intactos ahora que tienen este veneno salvador. Son como una espada de Damocles sobre los insectos depredadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo no había usado veneno para hormigas jamás. No había sido necesario. Pero resulta que, en casa, en el interior de la casa quiero decir, tuvimos una invasión de hormigas negras que salían por el sumidero de la ducha, por detrás de los muebles de la cocina, por el rodillo de las persianas. Eran letales. Arrasaban con todo. Y dos por tres uno dejaba un plato con comida y amanecía lleno de hormigas en la pileta de la cocina. O se iba a dar una ducha y amanecía con una miríada de hormigas todas arracimadas en la zona del sumidero. Ahora parece que se han retirado. Pero nada garantiza que no haya un regreso de la plaga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces me instalo en el jardín a tomar sol. No tanto a leer. Tiene unos grandes sillones de ladrillo a los que se les coloca encima para que sea un asiento mullido, sendos almohadones verde oscuro. Los seis almohadones encajan perfecto en los sillones porque fueron hechos a medida. Tirantes, si bien no invitan a apoltronarse sí a sentarse porque despiertan la contemplación. Se retiran por la noche para que la humedad no los arruine. No son impermeables. El jardín está todo tapiado por rejas altísimas que salen desde la terminación de la medianera hacia lo alto. Esas rejas tienen una enamorada del muro, entre otras plantas trepadoras, que las cubren hasta conferirnos total privacidad. Originariamente hubo unos rosales trepadores. Claro que está la contaminación auditiva de obras cercanas, con sus taladros u otra herramienta ruidosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el jardín hemos descubierto aguiluchos. No bajan. Tampoco abundan. Pero se los suele ver en el árbol del jardín del fondo o en la antena de los vecinos. Acomodados para una siesta o un descanso. Tomaban sol en invierno. Emiten fuertes chillidos y han lastimado a conocidos o personal de la casa y se han tenido que hacer ver por médicos. También viene un colibrí, que tiene un árbol predilecto en el que liba su néctar. Betty dice cuando llega: “Pasó un ángel”. O dos pájaros con el pecho colorado que recorren el jardín a sus anchas hasta saciarse de libertad o de alimento y remontan vuelo. Son chúcaros. Frente a cualquier estímulo o sonido intrusivo huyen. También llegan aquí palomas. Más sucias, defecan y dejan sus deposiciones sobre los canteros o bien sobre el soporte pintado de verde que antes era del toldo y se desplegaba a las horas más calientes del mediodía y de la tarde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La hortensia que me había regalado Emilia quedaba bajo techo. Cuando llovía me acordaba de que tenía que sacarla al patio para que la lluvia la regara. Ahora, eximido de esa tarea, la hortensia en el cantero, ya arraigada, protegida como dije también de las hormigas, se moja a sus anchas, como un pájaro de movimientos imperceptibles.<br>Mi jardín es un patchwork hecho de fragmentos, de plantas que me traen o que recojo o compro. Es un jardín vivo. Esa es la respiración de mi jardín. Cambia, muta, se moja y se seca, brilla. Brillante, mi jardín respira. Yo asisto a su espectáculo como un testigo fiel, atento a sus necesidades y a ver el modo en que puedo embellecerlo más aún o arrancar las hojas secas, el pasto que se va en vicio, las ramas podridas. Hay plantas decanas, que hace añares que lo habitan. Hay otras recién llegadas que conocen de su luz y de su generosidad hace poco. Pero todas parecen haber encontrado su rincón. Su lugar en el mundo. Su reparo. Su amparo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay otro jardincito delantero, circundado por rejas verde terminadas en punta que a mí me llegan al cuello. Ese jardín también es memorable. No tanto como el trasero, mucho más amplio en superficie. Pero tiene un rosal blanco generoso, que se prodiga en una cascada de rosas cuando llega la primavera. También hay una planta de flores rojas. Como cepillos. Con peristilo que emite pequeños rayos de ese color. Si mal no recuerdo se llama o le dicen limpia botellas o plumero de botella. La casa con estos dos pulmones de aire respira. Entonces el aire se purifica, la tierra se moja, el verde se torna más turgente, las flores se abren con aplomo y el agua de riego hace prodigios, sumada al agua de la lluvia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estos no son los Jardines colgantes de Babilonia. Ni los de Versalles. Ni los jardines ingleses tan cuidados, con madreselvas, con rosas chinas, con bulbos, con misteriosos senderos empedrados que conducen por territorios por descubrir. No tienen un estanque al que vienen a beber las aves. Pero son jardines también exponentes de la experiencia vital, de la savia que surca sus hojas, de las gotas de rocío que quedan impregnadas en la madrugada y cubren el césped y la gramilla con generosidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy bien. Estamos bien. Nosotros también respiramos mejor gracias a estos dos modestos jardines. Dos modestos jardines que son nuestros, forman parte de un hogar, de una familia que los alimenta, los riega, los cuida y los habita y los venera. Como otra habitación de la casa. Rica en estímulos e insectos, en mariposas y vaquitas de San Antonio. En aves y bichos bolita.</p>
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		<title>La marca</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Sep 2026 13:08:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Luisa Valenzuela, la gran escritora argentina, acaba de enviarnos este cuento dedicado a la chilena Virginia Vidal, autora entre otras obras de la interesante y precursora antología «Crímenes de mujeres». La marca Por Luisa Valenzuela Empezó como un juego y pronto se le convirtió en un propósito ineludible. Algo entre la pasión y el oscuro [&#8230;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Luisa Valenzuela, la gran escritora argentina, acaba de enviarnos este cuento dedicado a la chilena Virginia Vidal, autora entre otras obras de la interesante y precursora antología «Crímenes de mujeres».</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">La marca</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Luisa Valenzuela</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Empezó como un juego y pronto se le convirtió en un propósito ineludible. Algo entre la pasión y el oscuro deber. Las voy a matar a todas, se dijo; como que me llamo Juan Marq&#8230;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La última letra de su nombre le quedó vibrando en la lengua de la mente, ese badajo de campana que amenazaba con hacerle estallar el cerebro. Habría podido escribir Mark o Marc, lo supo desde siempre, o mejor dicho desde aquel día aciago cuando entendió que ya no March, nunca más March, nunca por siempre jamás. Se sentía agotado, aquel día, y no a causa de la enfermedad incipiente sino del diagnóstico. Una simple sentencia de muerte a largo plazo: mal de Chagas. Empezó rechazando el nombre clínico tan poco poético. No era la romántica tuberculosis, ni leucemia que por más letal que fuera sonaba a lamida o caricia de olas del Caribe. Chagas. Como un disparo de escopeta. Y para colmo, para colmo, el asco a las cucarachas, a ese insecto asqueroso y cucarachil que lo había picado en algún momento de su estúpida vida en el Chaco. Al Impenetrable había ido en un arranque de furia porque sabía que allí nadie lo podría encontrar y no quería ser encontrado y no quería &#8212; menos, menos &#8212; reconocer que nadie lo buscaba. Entonces en el Chaco, en Villa Charata para mayor exactitud, lo encontró la vinchuca. El mal de Chagas. ¿Quién ante tanta cacofonía era capaz de seguir apellidándose March? Barajó Marc y Mark, pero optó por la q por ser una letra insólita y por sentirse inconcluso. Así de simple. Y pensó escaparle a los chasquidos que marcaban la amenaza. La imaginación ata inesperados hilos. Y se dejó estar Marq por los años de los años &#8212; así es el mal de Chagas, irremediablemente lento y también irremediable. Ya llevaba como diecisiete años de Marq con q y se había acostumbrado al lento deterioro de su corazón, imperceptible a corto plazo. Una paulatina pérdida de fuerzas que lo había traído hasta este momento, hasta este lugar y circunstancia. Es decir enero 22, 2006, Santiago de Chile, tirado sobre la cama de un hotel &#8212; buen hotel &#8212; oteando el cerro San Cristóbal a lo lejos, sin ganas de nada. Llegué acá con un propósito, se dijo, y el propósito ya se me ha esfumado, ya no me importa ni me despierta esperanza alguna. La esperanza ya no me interesa, se dijo, nada me interesa; y la sola idea le dió escalofríos aunque quizá los escalofríos eran también parte de esa enfermedad maldita y muda que le iba royendo el corazón de a poco. ¿Cuánto le quedaría ahora de corazón? ¿Cuánto ileso? Un pedacito apenas que no alcanzaba ni para amar. ¿Para qué se habría trasladado hasta allí? Ya ni valía la pena ver a nuevos cardiólogos ni a más inmunólogos. El último, esa eminencia chilena, ni pudo darle una palabra de consuelo, ya era demasiado tarde, se excusó. ¿Entonces qué? Entonces nada. Dejarse morir en el hotel de una vez por todas con el aviso de no molestar colgado del picaporte de la puerta y una orden a la telefonista de que no le pasen las llamadas, aun sabiendo que nadie habría de llamarlo. Juan Marq. Con q de queja pero no iba a andar con esas mariconadas. Entonces estiró la mano para no quejarse y tomó el libro que estaba sobre la mesa de luz. Al salir del consultorio había pasado frente a la librería Catalonia y había visto la vidriera tapizada de rojo. Un rojo más allá de la sangre, vibrante, que lo había obligado a detenerse. Cantidad de ejemplares de un libro que se estaba por presentar esa misma tarde. La lectura no era su fuerte pero algo lo había fulminado ahí mismo obligándolo a comprar un ejemplar. Y ahora, en la penumbra de su cuarto de hotel, desnudo sobre la cama, acaricia la tapa del libro. El campo rojo es mate y por ende aterciopelado, pero la viñeta central es brillante y al tacto parece de cera. De seda. O más bien de un raso que alguna vez acarició en la espalda de una bella mujer, raso negro en la fiesta, bailando, raso negro sobre el piso del dormitorio de su casa y la piel de la mujer casi del mismo tacto, sedoso y algo frío. Estremecedora. Hoy, sólo el recuerdo. Chagas se llevó el resto. La viñeta en la portada del libro tiene negro y tiene también blanco o mejor marfil casi de piel humana, blanquísima y lo que es más &#8212; debe encender la luz del velador para verla bien porque el cuarto está en penumbra&#8211; muestra a una mujer rabiosa arrancándole el corazón (lo único rojo de la escena en blanco y negro) a un hombre en posición supina. De eso trata el libro, lo sabe. Crímenes de mujeres es el titulo. ¿Cómo no odió de entrada a todas las mujeres? Tal como las odia ahora debió de haberlas odiado desde el primer día, empezando por su propia madre que lo trajo a este mundo de mierda y por esa maestra de sexto grado que lo alentaba a quedarse escribiendo poesía mientras los demás iban al campo de deportes. Y la mujer del vestido de raso negro, a esa sí que debió de haberla odiado con solo verla pero no, se casó con ella. La muy chota, la chancha, la muy chusma y chúcara y chabacana. Como para no hacerse llamar Marq después del malhadado divorcio. Como para no huir al Impenetrable cuando ella lo dejó por otro. Impenetrable ahora su corazón, de puro carcomido nomás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Crímenes de mujeres, justo ese libro se tenía que comprar, pero la verdad es que esa mañana a la salida del consultorio se dejó invadir por la marea roja y sin fijarse en la viñeta que ahora acaricia con saña pensó que se trataría de crímenes cometidos contra las mujeres. Eso. Y lo compró sin echarle una ojeada, aturdido por el diagnóstico del eminente cardiólogo, el muy hijo de puta que no le había ahorrado pormenores de su irreversible mal tan avanzado. Es decir que. Y ahora el maldito libro como única compañía en la pieza de hotel porque la televisión no le depara consuelo alguno. Y en la contratapa del libro las caras tamaño estampilla de trece mujeres, algunas sonrientes, alguna hasta mona. Y no son las muertas, no. Son las asesinas. Son las escritoras que se han solazado matando a algún o a algunos hombres con su pluma o lo que fuere. Una antología de cuentos, eso dice la solapa, “que trata sobre crímenes cometidos por ellas”. Y el vendedor siempre atento con sus clientes ha incluido a manera de señalador una tarjeta que invita a la presentación de ese mismo libro, esa misma mismísima tarde, a las 19:30 dice la tarjeta, en el Parque Forestal donde se celebra una feria de libreros. Y hete aquí que las escritoras estarán presentes, quizá no las trece pero la mayoría de ellas, y con las manos manchadas de sangre o tinta roja detallarán los pormenores de sus crímenes. Es como para vomitar. Es como para ponerse en movimiento. Porque siempre, se lo viene repitiendo desde aquel maldito diagnóstico, siempre hasta último momento hay que tener un proyecto. Un nuevo proyecto, excitante, que le haga olvidar a uno su maldita existencia, su existencia ahora tan acotada y con fecha de vencimiento a un paso. A otra cosa, se dice. Y se dice manos a la obra. Porque se ha encontrado un nuevo proyecto, y llama al conserje para pedir que le manden junto con un club sándwich y una botellita de tinto un plano de la ciudad. Más adelante no pedirá un taxi, de eso está seguro, no es tan idiota como para delatarse, pretende pasar sus últimos meses de vida gozando de su obra. Y además puede que le lleve todos esos pocos meses completar el proyecto. Entonces así será. Irá al Parque Forestal escuchará a estas furias narrar sus métodos homicidas y después seguirá a la primera, buscará en internet o como sea las demás direcciones y una a una las irá ultimando con los mismos desaforados métodos de cada una de ellas. Tendrá que ir al Parque Forestal con cara de nadie, escuchar con cuidado: cada escritora narrará su cuento y hablará de su crimen, él sólo tendrá que repetirlo. Copy cat lo llamarían los detectives gringos, como en las novelas negras. Un copión de textos ajenos que él sabrá poner en acto. Bravo por él. La realidad como suele suceder imitará a la ficción. Él como quien no quiere la cosa tomará el metro a tres cuadras del hotel, se apeará en Bellas Artes como corresponde y desde allí se mezclará con el gentío para empezar a componer su propio circo de despedida. Le gusta la idea. Lo alienta. Le devuelve bríos olvidados. Espera que todas las minas vistan de satén, negro en lo posible, suave como el papel ilustración o el glaceado de la carátula.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él podría sin duda empezar a leer los cuentos e ir adelantando el trabajito, pero así no vale, le importa escucharlos de sus propias bocas, sentir el tintineo de sus voces cuando se regodean con los crímenes. Salir a matar machos, ¡pobres de ellas! Él les hará saber en carne propia qué es eso de inventarse asesinatos. ¿A cuál atacar en primera instancia? Hay una lógica inapelable en este caso, porque él estará al borde de la muerte pero no de la boludez. Primero matará a la que no requiera arma o instrumento complejo alguno. Una por lo menos habrá cometido su crimen, así, en un arrebato, quizá con algún objeto contundente o pesado que pueda encontrarse al alcance de la mano. Después él tendrá tiempo de pertrecharse con todo lo necesario, pero en primera instancia la cosa tiene que ser sencilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se ha animado a pedir indicaciones a nadie pero gracias al mapa llegó sin problemas al Parque Forestal y de allí los senderos mismos, o mejor dicho la gente que los transita, lo conducen al lugar del hecho. Hay un estrado al aire libre, está dispuesta la mesa y los vasos de agua y las sillas. Trece, cuenta, pero no se hace ilusiones. Quizá haya un moderador, y el mismo editor y también un librero, quizá. Decide no sentarse a esperar, merodea por los stands de libros haciéndose el interesado pero por supuesto no puede fijar la vista. La impaciencia lo carcome, y también el miedo. Pero es más fuerte la excitación de todo esto, porque la impaciencia y el miedo lo hacen sentir vivo. Una vez más, vivo, aunque nunca hasta entonces haya cometido el menor acto de violencia contra los otros. Porque la violencia contra uno mismo tiene otro nombre, otro cariz, otra temperatura. Lo sabe, lo percibe en sus huesos y es como un acercamiento a sí después de años y años de haberse apartado de las propias sensaciones. Sentimientos. Eso. Como si hasta entonces se hubiese mentado en tercera persona. Le cuesta dejar de hacerlo pero lo va a lograr, lo va a lograr, lo sabe. Por el rabillo del ojo ve que empieza a haber movimiento sobre el estrado, van llegando las escritoras, al menos unas mujeres que se reúnen en la tarima y ríen. Ríen, las muy perversas. Él sabe que quien ríe último… Eso. Ya llegó la hora de sentarse al borde de la penúltima fila, listo para salir detrás de la que corresponda en esta primera instancia. Nadie lo mira. Está acostumbrado. No se deja distraer por eso. Está dispuesto a escuchar con toda atención hasta la menor palabra de quienes están a punto de firmar sus propias sentencias. Las muy perversas ¿leerán sus cuentos o simplemente los narrarán, abreviando detalles? Pero no abreviarán los detalles del crimen, de eso está seguro. Eso sin duda las complace más que nada en el mundo. A la primera la matará con los medios de a bordo, como dicta su historia; no le falta dinero para después irse armando como corresponde. Trajo consigo lo suficiente como para pagarse varias visitas al eminente cardiólogo y el muy hijo de mil putas lo despachó a la primera de cambio sin darle esperanza alguna. Podrá hasta comprar armas legalmente presentando su vieja cédula de identidad con el nombre de March, porque a todos los demás efectos él es Marq, una nada fácil marca. No es que tenga tanto afán por huir de la justicia, pero quiere llevar a cabo su obra en la forma más completa posible; trece es un buen número para ir liquidándolas de a una. Lo que venga después no le importa, la condena la tiene ganada de antemano y es de muerte, su condena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿De dónde le habrá nacido tanta violencia, tamaña sed de sangre? se pregunta sin ánimo de darse una respuesta, tan sólo relamerse y entender que por fin ha logrado descubrir su verdadero secreto, su más íntima y siniestra aspiración: matar a las mujeres castradoras, las muy comehombres. No deja de causarle una forma de alegría el saber que por fin ha logrado aceptarse. Total no cree en el cielo y por ende no cree en el infierno, el infierno somos nosotros, se complace en recordar, tergiversando. Ya casi casi acaricia la futura nueva pistola, algún cuchillo espléndido. La mujer de la viñeta le arranca al hombre el corazón de propia mano, tal como a él se lo han ido arrancando poco a poco. Le ha llegado el momento de agarrar el toro por los cuernos. Se prohíbe pensar en esos términos, en esas alusiones, ahora que ya están tomando su lugar las criminales y alguien les está poniendo delante carteles con sus respectivos nombres y procedencias y él puede saber así quien es quien y descubrir que hay allí dos compatriotas suyas. ¿Tendrá que volver a su patria tras ellas o podrá ultimarlas antes de que dejen Santiago? Mejor apurarse. Prestar bien atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el Parque Forestal el tiempo pareció detenerse y él se fue distrayendo de su sano propósito, perdiéndose en cavilaciones. La culpa quizá la tuvo la primera escritora que habló, una mujer mayor. Después él habría de asociar concientemente aquél suave rostro nimbado de blanco con su maestra de sexto, culpa de esas trampas fatales de la memoria. La verdad es que la cosa empezó mal, y esa mujer mayor, la antóloga nada menos, habló del cuento como género en sí y a penas mencionó los crímenes. Mucho más tarde, de regreso en su cuarto de hotel, él habría de encontrar casi las mismas palabras en el prólogo del libro rojo: “siempre nos ha fascinado la estructura y a la vez la libertad del cuento. Nos parecía que en su concisión, las dudas y las pasiones estallan con mayor intensidad”. ¡Con mayor intensidad! Esas mismas chingaderas dijo la culpable allá en el parque, más o menos, y así encendió la mecha que habría de conducirlo a él a su propia perdición. La seño de sexto, ¡puta madre! que lo hacía escribir poemas, ¿por qué no cuentos? En el parque las demás escritoras parecieron perderse por el camino de la veterana, perdiéndolo a él por otras latitudes de su mente porque ellas no trazaron el mapa de los crímenes sino el de la escritura, esa miseria. Y él con el dinero que habría de alcanzarle para la Beretta o la Luger o lo que fuere, un arma de última generación, se compró otra arma llamada laptop y aquí está a los tiros tecleando con furia este mismo cuento, incapaz aún de mentarse en primera persona pero ya puestísimo a darle su merecido a cada una de las malditas escritoras criminales, seguro de que el suyo será el crimen, es decir el cuento, más perfecto de todos.</p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>Para Virginia Vidal</em></p>



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<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="500" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/luisa-valenzuela_500.jpg" alt="Luisa Valenzuela" class="wp-image-19083" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/luisa-valenzuela_500.jpg 300w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/luisa-valenzuela_500-180x300.jpg 180w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption class="wp-element-caption">Luisa Valenzuela</figcaption></figure>
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<p class="wp-block-paragraph">Luisa Valenzuela, nacida en Buenos Aires, lleva publicados casi cuarenta libros entre los que se cuenta los siguientes volúmes de microficción: <em>Brevs, microrrelatos completos hasta hoy; Juego de villanos; Zoorpresa zoo/lógicas; ABC de las microfábulas</em> (ilustradas por Rufino de Mingo, Madrid, y por Lorenzo Amengual, Buenos Aires/ México), <em>Conversación con las máscaras; Brevs, microrrelatos completos hasta ayer</em>. De próxima aparición: Brasas, inaugurando la colección Contadas Palabras de la Editorial Moglia, Corrientes.</p>
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		<title>UNA MIRADA A LA DICTADURA CHILENA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Sep 2026 13:53:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>POEMAS DE ELBA ABELLO VUELVEN A LA LUZ Por Pilar González Langlois La reedición del libro “Violines de invierno” (2026) de la poeta curicana Elba Abello, devuelve a la circulación una obra significativa que cruza sentimiento poético, creación y la expresión vívida de quien, a través de la poesía, intentó nombrar lo indecible y lo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">POEMAS DE ELBA ABELLO VUELVEN A LA LUZ</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Pilar González Langlois</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La reedición del libro “Violines de invierno” (2026) de la poeta curicana Elba Abello, devuelve a la circulación una obra significativa que cruza sentimiento poético, creación y la expresión vívida de quien, a través de la poesía, intentó nombrar lo indecible y lo abominable de una época marcada por la censura y el dolor en Chile.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El volumen, reeditado en su tercera edición por Editorial La otra costilla, fue publicado originalmente en 1985 de forma artesanal, en plena dictadura. El poemario surge en un contexto en que la escritura poética se convertía también en un acto de resistencia y valentía. Esta obra poética, permite revisar un momento crucial de un trágico episodio de la historia chilena y, al mismo tiempo, reconocer el valor de un trabajo que renueva el recorrido creativo de la autora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dentro de la producción de Abello, este libro ocupa un lugar clave. Continúa a obras anteriores como “Azul silencio” y anticipa la consolidación de su poética en títulos donde la figura femenina adquiere mayor centralidad, entre ellos “Crisálida”, “Brujer”, “Mujeres, ojos color del viento” y “Rojo hibisco”. Desde esta perspectiva, el volumen marca una etapa inicial antes de la madurez plena de su obra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El libro se vincula a los inicios literarios de Abello en el recordado taller dirigido por Orlando González en Curicó, espacio del que también surgieron voces como Américo Reyes e Isabel Gómez. En ese entorno creativo se gestó una escritura marcada por la intensidad emocional y por una mirada crítica hacia el contexto histórico que atravesaba el país, desde la perspectiva de una joven profesora, poeta y mujer que encontró en la palabra un espacio de libertad de expresión, aun bajo los riesgos de la época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En “Violines de invierno” se percibe una atmósfera de melancolía y tensión que dialoga con el imaginario del invierno: un paisaje de nubes grises y resonancias melódicas que envuelven los poemas en una profunda dimensión introspectiva. El libro, entonces, se abre como un cuaderno de memoria donde la autora articula una voz visceral y testimonial, capaz de transformar la experiencia íntima en una reflexión sobre el tiempo vivido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de los rasgos más notorios del poemario es su tono testimonial. El hablante lírico se enfrenta a emociones dolorosas que remiten a los episodios vividos en Chile durante la dictadura militar. La poesía se convierte así en un espacio de vigilia donde la memoria personal se entrelaza con la memoria colectiva, revelando una dimensión social y política que atraviesa los textos.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph">“…las niñas<br>tuvimos que alargar las faldas<br>y hacernos viejas de improviso.<br>Para los muchachos la orden fue<br>pelo corto a lo milico.<br>Toque de queda a las ocho…”</p>



<p class="wp-block-paragraph">En definitiva, “Violines de invierno”, puede leerse como una elegía de época: un registro sensible del horror y la incertidumbre, pero también un espacio donde la palabra poética logra, por momentos, iluminar las sombras. Su reedición permite reconocer la fuerza de una escritura que, desde la fragilidad y la resistencia, mantiene viva una voz poética que da cuenta del episodio histórico más doloroso de este país.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="647" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-portada-vioines-de-invierno_portada-647x1024.jpg" alt="Violines de invierno" class="wp-image-19017" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-portada-vioines-de-invierno_portada-647x1024.jpg 647w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-portada-vioines-de-invierno_portada-190x300.jpg 190w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-portada-vioines-de-invierno_portada-768x1215.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/09/jm-portada-vioines-de-invierno_portada.jpg 809w" sizes="(max-width: 647px) 100vw, 647px" /><figcaption class="wp-element-caption">Violines de invierno</figcaption></figure>
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		<title>VERANEO EN DORDOÑA</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/09/02/veraneo-en-dordona/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Sep 2026 21:28:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Alberto López Sanjurjo “Quería pasar bajo el cercocomo una sierpe y ganar el airecomo un pájaro y ganar la ondacomo un pez y ganar el tiempoganar la vida contra la muertey perpetuar el universo”. (Extracto del poema “El castillo de los pobres”de Paul Eluard, Beynac, Dordoña, 1952.Traducción de Rafael Alberti) Tras unos diez años [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Alberto López Sanjurjo</em></strong></p>



<p style="text-align: right; font-size: 13px;">“Quería pasar bajo el cerco<br>como una sierpe y ganar el aire<br>como un pájaro y ganar la onda<br>como un pez y ganar el tiempo<br>ganar la vida contra la muerte<br>y perpetuar el universo”.</p>



<p style="text-align: right; font-size: 13px;">(Extracto del poema “El castillo de los pobres”<br>de Paul Eluard, Beynac, Dordoña, 1952.<br>Traducción de Rafael Alberti)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras unos diez años sin salir de viaje, aunque fuese por una breve temporada, le entusiasmó a Paul la idea de volver a hacer maletas y dejar atrás, por un tiempo, la rutina y las penurias ordinarias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siendo para él la lectura más imprescindible que la vestimenta, le costó más elegir unos cuantos libros de veraneo que unas cuantas camisas y pantalones para mayor descontento de su esposa quien logró, en el último momento, como por arte de magia, cambiar su elección inicial no de libros sino de ropa. Al descubrirlo él, no se ofuscó y lo tomó no como una prueba de su mal gusto sino como una muestra de cariño y, además, no tenía ninguna gana de reñir a sabiendas de que algunas semanas antes, habían sido numerosas las disputas y querellas no tanto por el lugar de destino sino por la manera con la que encontrar un alojamiento decente y poco oneroso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que debido a los precios exorbitantes de los hoteles y pensiones, ni hablar del camping o de la acampada libre que a su edad deja molidos los huesos y jaquecosa la cabeza por las noches de insomnio, sobre todo en razón al bochorno estival, se decidieron por primera vez a conectarse a Rentapiso para mayor sorpresa y asombro de sus hijos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue toda una aventura. Pasando por alto los pesados trámites de inscripción, así como las extremadas medidas de control que le ponen a uno los nervios de punta y la paciencia a prueba, obligándole a hacer malabarismo tecnológico y a cumplir proezas internáuticas, al fin lograron salir no sin dolores de cabeza de este atolladero digital y encontrar una vivienda conforme a sus esperanzas y cartera, por cierto, modestas. Pagaron el monto indicado en la página web y, aliviados y contentos, ya se imaginaban paseando por las callejuelas de las ciudades medievales, los caminos montuosos y senderos rocosos y ondulados de Périgord o a orillas del Dordoña, tomando en una terraza suspendida sobre el río una copita de Bergerac rosado y saboreando unas suculentas brochetas de pato asado con albaricoques. Pero ¡Vaya sorpresa al percatarse ellos de que faltaba la segunda etapa hasta obtener el tan esperado visto bueno de los dueños del piso! Paul y Virginie temían lo peor pero el desenlace fue de lo más sereno salvo que desde el inicio, había notado Paul ciertos rasgos quisquillosos de la personalidad de los propietarios entre ellos el hecho de llamar a los futuros inquilinos por su nombre de pila. No era que Paul fuese anticuado, pero odiaba esa familiaridad de trato que a menudo resultaba falsa. Por añadidura, entre las recomendaciones y exigencias enviadas por mail, figuraba el uso obligatorio de zapatillas en el piso. ¡Malo! Por su parte, nunca en su vida había usado Paul zapatillas por encontrarlas inútiles y de una fealdad que da miedo, pero se resignó y le compró Virginie las menos grotescas posibles: unas alpargatas. En cuanto a ella, también tuvo que adquirir pantuflas por no usarlas nunca jamás en su vida, pero por otro motivo: siempre fue criada con la creencia que era mejor andar descalza por estar en contacto directo con la tierra. Y optó ella por unas babuchas, más conformes a su estilo. Unos días después, al abrir la puerta del piso de alquiler, ambos se desternillaron de risa al ver que en la entrada, cuidadosamente colocadas en una cesta de mimbre y enlazadas con una cinta rojo carmesí, encontrábanse unas zapatillas de andar por casa, rococó, unas azules, otras rosadas, de las que se ponen al salir del baño.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al poco de visitar el apartamento, las maletas todavía en el pasillo, sonó el portable de Paul. Fue el primer mensaje de los dueños del piso que estaban ansiosos por saber si Paul y Virginie habían logrado abrir la cajilla metálica de afuera con el debido código para recuperar la llave de la puerta principal. ¡Malo! – dijo Paul entre sí- mientras su esposa lo tomó como una sana marca de preocupación ya que además, al final del SMS, les daban a ellos la bienvenida. Pero se equivocaba ella. Esa misma noche, recibía otro larguísimo mensaje que describía a diario y con mucha minucia todas las actividades de ocio imaginables desde la hora de apertura de la piscina local hasta los días de mercado, el horario de los museos y variados lugares turísticos de la región… Al constatar esa misma noche que una infinidad de notitas escritas en papel amarillo con un sinfín de instrucciones y advertencias jalonaban las diferentes piezas del piso, empezó Virginie a hacerse preguntas pero siguió pensando que era una muestra más de aplicación y cortesía como se lo explicó a Paul en la cama mientras que él intuyó, al ver la manera con la que estaba dispuesto y arreglado el cuarto de dormir y las demás piezas, que debían ser los dueños unos maniáticos empedernidos o unos neurasténicos. Pero claro que se lo guardó para sus adentros. Había sido largo el viaje y empezaban las vacaciones. Mejor era consultar con la almohada, pero no desistió Paul de sus primeras intuiciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al día siguiente, el resplandor muy intenso que salía de una de las ventanillas despertó a Paul. Miró a su esposa y vio que seguía durmiendo como un lirón pese a los rayos de sol que iluminaban dulcemente su larga cabellera rizada en el edredón. Se levantó Paul de puntillas y bajó descalzo hasta la cocina. Abrió las contraventanas y de inmediato le deslumbró la radiante luminosidad de la mañana. Salió a la terraza, de muy buen humor, azulísimo estaba el cielo y dio una vuelta rápida por ella. No era muy espaciosa pero lo suficiente para pasar un buen rato afuera. Y pensó de inmediato en prepararle un buen desayuno a su esposa. Al ver lo ajadas y secas que estaban las flores y plantas quiso abrir el grifo de la terraza, pero no corrió ni una sola gota de agua. Buscó la llave general pero tampoco la encontró. ¡Malo! -echó pestes Paul que empezaba a sudar a chorro- Mejor dejarlo para mañana que en algún lugar debe de estar. Y se fue a hacer el desayuno. Dispuso las tazas y las rebanadas de pan con mantequilla y mermelada en la pequeña mesa de la terraza y al entrar nuevamente en la cocina, se percató de que había un gran estor amarillo enrollado arriba de la cristalera. Empezaba a sentirse todavía más el bochorno y se puso Paul a activar la manivela metálica con mucho ardor. Así estarían como dos tórtolos celebrando el primer día de vacaciones, se imaginaba Paul con entusiasmo. Pero por mucho que le diera vueltas al manubrio, éste no bajaba un centímetro. ¡Qué coño es esto! – fulminó Paul bañado en sudor. Volvió a intentar, pero esta vez con más tacto y dulzura, pero nada&#8230; Furioso, tiró Paul el manubrio contra el muro y regresó a la cocina, cabizbajo y meditabundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se sirvió una taza de café esperando que bajara Virginie y de súbito, puso cara de asco tras probar el primer sorbo. Se le había olvidado echarle azúcar. Buscó en los armarios y no encontró azúcar en terrones ni en polvo, solo paquetes de semillas de distintas índoles. ¡Jolines! -pensó Paul- ¡Solo faltaba eso, acabar en casa de unos bobos vegetarianos!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y a regañadientes se decidió a echarle al café una cucharada de mermelada. ¡Malo! -tronó Paul-.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba de pie tomándose el brebaje cuando fijó su mirada en el fijo que estaba encima de la cómoda. No sonó el teléfono, sino que vio otra notita amarilla. Ya hastiado, se acercó y empezó a leer el post-it que rezaba: “Hola, Paul y Virginie, espero que se encuentren a gusto. Esta es su casa. No vacilen en comunicarse con nosotros por cualquier duda. Además, nos gustaría que nos llamaran para que nos conociéramos mejor. Un abrazo a los dos. Charlotte y Rémi”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Atónito y alterado, se fue Paul a la sala y se sentó en el sofá especulando otra vez sobre el sentido de semejantes actuaciones. Y por fin, decidió tomarlo todo a la ligera y no darle mayor importancia a las cosas. Estaban de vacaciones. Y no era la primera vez que se encontraba con extrañas y peregrinas parejas. Se levantó y al ver que había unos cuantos libros en una estantería, se acercó y cual no fue su sorpresa al darse cuenta de que, entre todos ellos, destacaba uno, por estar delante de los demás y cuyo autor era Bernardin de Saint Pierre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No puede ser, pensó en su fuero interno Paul, cada vez más molesto. ¿Qué clase de humor es este? ¿Será broma? ¿Será mal gusto?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero de golpe, oyó los pasos de Virginie y tan pronto como la vio, reposada, alegre y radiante, se esfumaron sus aprensiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pasaron los primeros días de maravilla, pero el fin de semana, cayó enferma Virginie por los fuertes calores que le causaron problemas respiratorios. Nada grave pero tuvieron que llamar a un médico por lo aguda de la crisis. Era el médico una mujer joven, amable, paciente y muy entregada a su trabajo. Tras examinarla, la tranquilizó y le recetó lo habitual en caso de asma y se quedó un largo rato platicando con Virginie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era ella oriunda de Normandía, de la ciudad de Pont l’Evêque, pero conocía muy bien Dordoña por viajar a esa región cada año a visitar a su tío médico, quien, a la hora de jubilarse y viendo la capacidad y abnegación de ella, le propuso tomar el relevo. Lo cual aceptó ella de inmediato, admirada y maravillada desde su infancia por los encantos de esos parajes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué casualidad, dijo Paul entre sí, distraído, al oír partes de la conversación desde el sillón donde se encontraba mientras intentaba terminar de leer por enésima vez un cuento de Flaubert a la vez que surgían en su memoria recuerdos recientes al evocar ella con mucha pasión la belleza, sabrosura y suculencia de esos lugares de Périgord, además cargados de historia y prehistoria como habían podido comprobarlo días atrás. Y le vino a la memoria confusos fragmentos en que se fundían la majestuosidad del río Dordoña desde las alturas del castillo de Beynac, la casa de La Boétie, en Sarlat, de inspiración renacentista y en la que un joven artista acababa de reproducir en las paredes del aposento del joven humanista, el famoso Discurso sobre la servidumbre voluntaria, la estatua de Cyrano de Bergerac en la ciudad epónima, cuya nariz le hubiera dado envidia al asesor colegiado Kovaliov del cuento de Nikolai Gógol, anfiteatros, templos, catedrales, torres de distintas épocas y estilos y, siguiendo el curso del río Vezere, las numerosas cuevas de Lascaux, que le recordaron los yacimientos de Loltum, La Venta, Tepexpán y Chavín, ornadas con antiquísimas pinturas parietales figurando escenas de caza … y de vida. Y de vino, dijo sorprendentemente Paul, como si saliera de un ensueño guiado por un unicornio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al despedirse el médico tras hora y media de placentera visita, Virginie le propuso que viniera a casa otro día a tomar una copa en cuanto estuviera mejor. Cosas de mujeres, pensó Paul, bostezando y alistándose para ir a la farmacia. Pero cual fue el susto suyo al constatar en la receta médica que el galeno se llamaba Aubain. La señora Aubain… Normandía… Pont L’Evêque… al igual que en el cuento de Flaubert que había intentado terminar apenas una hora atrás. Desconcertado, se dirigió hacia Virginie que estaba acostada en el sofá. Se sentó a su lado, le acarició la cabellera, las manos, como si nada para disimular su turbación. “¿Pasa algo?” – inquirió ella, todavía pálida, esbozando una sonrisa de agotamiento. “Nada-contestó- solo quería saber cómo te sentías. Paso por la farmacia y si quieres, te traigo unas frutas y unos refrescos”. Asintió ella con la mirada cuyas ojeras azuladas preocuparon aún más a Paul. Al ver su tez todavía macilenta, tuvo la impresión de asistir a la agonía de la hija de la señora Aubain. Le dio un beso en la frente y salió a la calle. En eso, sonó el portable. Era un mensaje de Charlotte y Rémi que le deseaban a Virginie una pronta recuperación. Ciego de ira y echando chispas, estuvo Paul a punto de tirar el teléfono, pero se contuvo y lo único que hizo fue borrar de inmediato y con inusitada rabia a la pareja de la lista de contactos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Volvió al piso con la medicina más preocupado que nunca, mirando constantemente alrededor suyo, pero disimuló ante su esposa a fin de que no se angustiara más de lo debido. A los dos días, iba recuperándose Virginie, pero Paul la convenció para que abandonaran el piso y se fueran a la costa rodeada de montañas cuyo clima mejor le convendría. Les quedaban algunos días antes de regresar a casa. Sorprendida y contenta a la vez, aceptó ella sin rechistar. De todas formas, ya habían pagado la totalidad del alquiler. Tan solo dejaron una nota de disculpa en la mesa de la cocina y las llaves de la casa en la cajilla metálica de afuera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Innegablemente, los aires de la costa y los vientos del mar fueron ayudando a la completa recuperación de Virginie. Se habían hospedado en un antiguo albergue ubicado en un puerto pequeño que se parecía más bien a una caleta. El cuarto daba a una pequeña terraza de la que colgaban macetas de geranios y de allí, se miraba el constante movimiento de las embarcaciones que remontaban el río o bajaban hacia el océano. Cada día, se juntaban en el pequeño muelle los vecinos del lugar y de las afueras esperando la llegada de los barcos pesqueros. Allí mismo, descargaban los pescadores de piel curtida y cobriza las cajas de mariscos y pescados y luego las llevaban a la lonja que se encontraba en la extremidad oeste del muelle. Del otro lado del río, solo había unas cuantas casas perdidas entre colinas boscosas. Ese apacible remanso de paz propicio al sosiego y al ensueño entusiasmó a Paul y Virginie y decidieron, el antepenúltimo día antes de regresar a casa, dar una vuelta en barco por las isletas en la última embarcación que salía al atardecer y regresaba de noche para que los viajeros disfrutaran de la magnífica puesta de sol marítima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era un atardecer espléndido y las aguas luminosas eran una balsa de aceite de vez en cuando atravesadas por dulces ondas y ráfagas de viento. Atracó el barco en el muelle a la hora prevista y empezaron las familias, en su mayoría turistas, a subirse a bordo para mayor contento de los niños, excitados al igual que Tom, el Vengador negro del Gran Español, Huck, La mano roja y Joe, El Terror de los mares, con la idea de desembarcar en unas islas alejadas del mundo, antiguo refugio de numerosos piratas y en las que descubrirían, a fuerza de imaginación, algunos tesoros escondidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaban Paul y Virginie haciendo fila cuando por casualidad la mirada de Paul se detuvo en las letras góticas pintadas en el casco y, de inmediato, estremecióse y le invadió una terrible zozobra que a duras penas logró disimular: el barco se llamaba Saint Géran. Pretextó Paul una súbita migraña que podría empeorar con los mareos pero insistió Virginie y consiguió convencerlo. El barco estaba a punto de irse. Todos los pasajeros estaban sentados y se presentó el capitán del barco, de uniforme vestido, para desearles un feliz viaje. Al oír Paul el nombre del capitán, se trastornó y se levantó del asiento cogiendo de la mano a Virginie sin dar la menor explicación y, en un santiamén, habían bajado la pasarela y se encontraban caminando por el muelle en dirección al albergue. Algunos pasajeros los observaron atónitos y burlones como diciéndose entre sí no saben lo que se pierden.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue una noche de silencio en que ni uno de los dos se dirigió la palabra. A la mañana siguiente, no se había roto el silencio y se levantó Paul agotado por unas alteraciones del sueño en las que le pareció percibir haces de luz y zumbidos de motores. Abrió los postigos y vio una agitación inusual en el puerto, pero no le puso mente. Se fue a calentar agua en el hervidor eléctrico para preparar café y apareció Virginie. Callada, se sentó a su lado y, como de costumbre, encendió el móvil para ver las noticias del día cuando de golpe, se descompuso, el rostro demacrado y pálido al ver los titulares: catástrofe marítima en las isletas: zozobró el Saint Géran. Hasta el momento, no hay ningún superviviente. Todavía no se conocen las causas del naufragio. Solo se sabe que poco antes, el capitán Aubin lanzó un SOS.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Virginie miró a Paul con una infinita ternura, los ojos llenos de mar y le apretó fuertemente la mano para que no se la llevara la corriente. Luego se perdió su mirada en la línea del horizonte despejado y le pareció ver, en la lontananza, el unicornio azul, con su cuerno de añil, sobrevolando los pastos del castillo de los pobres.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Alberto López Sanjurjo</strong> (León,1952), profesor de letras. Ha ejercido como periodista, autor de numerosas obras literarias; actualmente se dedica al cultivo de su huerta y a las letras. Invitamos a leer el siguiente cuento enviado a nuestra página web.</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2026/09/02/veraneo-en-dordona/">VERANEO EN DORDOÑA</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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		<title>UN MICROCUENTO DE YIRO MORALEDA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Sep 2026 13:50:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Microficción]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>EL VERDADERO PELIGRO Por Yiro Moraleda Nadie habla en serio del verdadero peligro de salir de casa. No se trata del viejo temor por no volver nunca más, que —en tiempos no tan lejanos, bajo la bota cívico-militar— vulneró la vida de miles, desconocidos y no tanto. Tampoco es el temor por ser asaltado o [&#8230;]</p>
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<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">EL VERDADERO PELIGRO</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Yiro Moraleda</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nadie habla en serio del verdadero peligro de salir de casa. No se trata del viejo temor por no volver nunca más, que —en tiempos no tan lejanos, bajo la bota cívico-militar— vulneró la vida de miles, desconocidos y no tanto. Tampoco es el temor por ser asaltado o reducido por delincuentes. Aunque alimentado por la prensa de la incertidumbre y las grandes corporaciones, no he sabido de cercanos que hayan sido objeto del delito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No, nada de eso. El verdadero peligro está en conocer a una mujer imposible: genuina, espontánea, sana y alegre, pero —atención— recién comprometida. Sí, señores, ¡sin trampas ni caretas, pero recién comprometida! Esa es la manera correcta de dejar al corazón gimiendo, goteando, a punto de rasgarse, mareado de ilusión, suplicando en silencio otro desenlace: autoritario, golpista, mafioso, tanatológico —a quien corresponda— que impida la inexorable lejanía, a pesar de su contacto físico involuntario, a pesar del beso en la mejilla todavía fresco, a pesar de sus insuperables palabras de despedida y de los gruesos latidos piadosos que, cuales tambores, acompañan el penoso retorno a casa, apenas atenuados por el peso de la almohada y una anestésica ensoñación con tiempo de caducidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y así, al día siguiente, todo se acaba con un doloroso compromiso personal a solas, sellado en lágrimas secas, de no salir nunca más —por ningún motivo, invitación, fiesta u oferta amorosa—, apenas compartido telefónicamente con uno o dos amigos, algo burlescos, algo apáticos, algo callados. Quizás, también, algo heridos por ese mismo peligro.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Yiro Moraleda</strong> (Concepción, 1980). Ha escrito aforismos, cuentos y microcuentos, publicado en revistas de literatura y fanzines. Sus libros publicados son Túneles de afectos y otros relatos (Ed. Forja, 2022), y Pese a la niebla. Aforismos (Ed. Oro, 2024).</p>
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