Luisa Valenzuela, la gran escritora argentina, acaba de enviarnos este cuento dedicado a la chilena Virginia Vidal, autora entre otras obras de la interesante y precursora antología «Crímenes de mujeres».
La marca
Por Luisa Valenzuela
Empezó como un juego y pronto se le convirtió en un propósito ineludible. Algo entre la pasión y el oscuro deber. Las voy a matar a todas, se dijo; como que me llamo Juan Marq…
La última letra de su nombre le quedó vibrando en la lengua de la mente, ese badajo de campana que amenazaba con hacerle estallar el cerebro. Habría podido escribir Mark o Marc, lo supo desde siempre, o mejor dicho desde aquel día aciago cuando entendió que ya no March, nunca más March, nunca por siempre jamás. Se sentía agotado, aquel día, y no a causa de la enfermedad incipiente sino del diagnóstico. Una simple sentencia de muerte a largo plazo: mal de Chagas. Empezó rechazando el nombre clínico tan poco poético. No era la romántica tuberculosis, ni leucemia que por más letal que fuera sonaba a lamida o caricia de olas del Caribe. Chagas. Como un disparo de escopeta. Y para colmo, para colmo, el asco a las cucarachas, a ese insecto asqueroso y cucarachil que lo había picado en algún momento de su estúpida vida en el Chaco. Al Impenetrable había ido en un arranque de furia porque sabía que allí nadie lo podría encontrar y no quería ser encontrado y no quería — menos, menos — reconocer que nadie lo buscaba. Entonces en el Chaco, en Villa Charata para mayor exactitud, lo encontró la vinchuca. El mal de Chagas. ¿Quién ante tanta cacofonía era capaz de seguir apellidándose March? Barajó Marc y Mark, pero optó por la q por ser una letra insólita y por sentirse inconcluso. Así de simple. Y pensó escaparle a los chasquidos que marcaban la amenaza. La imaginación ata inesperados hilos. Y se dejó estar Marq por los años de los años — así es el mal de Chagas, irremediablemente lento y también irremediable. Ya llevaba como diecisiete años de Marq con q y se había acostumbrado al lento deterioro de su corazón, imperceptible a corto plazo. Una paulatina pérdida de fuerzas que lo había traído hasta este momento, hasta este lugar y circunstancia. Es decir enero 22, 2006, Santiago de Chile, tirado sobre la cama de un hotel — buen hotel — oteando el cerro San Cristóbal a lo lejos, sin ganas de nada. Llegué acá con un propósito, se dijo, y el propósito ya se me ha esfumado, ya no me importa ni me despierta esperanza alguna. La esperanza ya no me interesa, se dijo, nada me interesa; y la sola idea le dió escalofríos aunque quizá los escalofríos eran también parte de esa enfermedad maldita y muda que le iba royendo el corazón de a poco. ¿Cuánto le quedaría ahora de corazón? ¿Cuánto ileso? Un pedacito apenas que no alcanzaba ni para amar. ¿Para qué se habría trasladado hasta allí? Ya ni valía la pena ver a nuevos cardiólogos ni a más inmunólogos. El último, esa eminencia chilena, ni pudo darle una palabra de consuelo, ya era demasiado tarde, se excusó. ¿Entonces qué? Entonces nada. Dejarse morir en el hotel de una vez por todas con el aviso de no molestar colgado del picaporte de la puerta y una orden a la telefonista de que no le pasen las llamadas, aun sabiendo que nadie habría de llamarlo. Juan Marq. Con q de queja pero no iba a andar con esas mariconadas. Entonces estiró la mano para no quejarse y tomó el libro que estaba sobre la mesa de luz. Al salir del consultorio había pasado frente a la librería Catalonia y había visto la vidriera tapizada de rojo. Un rojo más allá de la sangre, vibrante, que lo había obligado a detenerse. Cantidad de ejemplares de un libro que se estaba por presentar esa misma tarde. La lectura no era su fuerte pero algo lo había fulminado ahí mismo obligándolo a comprar un ejemplar. Y ahora, en la penumbra de su cuarto de hotel, desnudo sobre la cama, acaricia la tapa del libro. El campo rojo es mate y por ende aterciopelado, pero la viñeta central es brillante y al tacto parece de cera. De seda. O más bien de un raso que alguna vez acarició en la espalda de una bella mujer, raso negro en la fiesta, bailando, raso negro sobre el piso del dormitorio de su casa y la piel de la mujer casi del mismo tacto, sedoso y algo frío. Estremecedora. Hoy, sólo el recuerdo. Chagas se llevó el resto. La viñeta en la portada del libro tiene negro y tiene también blanco o mejor marfil casi de piel humana, blanquísima y lo que es más — debe encender la luz del velador para verla bien porque el cuarto está en penumbra– muestra a una mujer rabiosa arrancándole el corazón (lo único rojo de la escena en blanco y negro) a un hombre en posición supina. De eso trata el libro, lo sabe. Crímenes de mujeres es el titulo. ¿Cómo no odió de entrada a todas las mujeres? Tal como las odia ahora debió de haberlas odiado desde el primer día, empezando por su propia madre que lo trajo a este mundo de mierda y por esa maestra de sexto grado que lo alentaba a quedarse escribiendo poesía mientras los demás iban al campo de deportes. Y la mujer del vestido de raso negro, a esa sí que debió de haberla odiado con solo verla pero no, se casó con ella. La muy chota, la chancha, la muy chusma y chúcara y chabacana. Como para no hacerse llamar Marq después del malhadado divorcio. Como para no huir al Impenetrable cuando ella lo dejó por otro. Impenetrable ahora su corazón, de puro carcomido nomás.
Crímenes de mujeres, justo ese libro se tenía que comprar, pero la verdad es que esa mañana a la salida del consultorio se dejó invadir por la marea roja y sin fijarse en la viñeta que ahora acaricia con saña pensó que se trataría de crímenes cometidos contra las mujeres. Eso. Y lo compró sin echarle una ojeada, aturdido por el diagnóstico del eminente cardiólogo, el muy hijo de puta que no le había ahorrado pormenores de su irreversible mal tan avanzado. Es decir que. Y ahora el maldito libro como única compañía en la pieza de hotel porque la televisión no le depara consuelo alguno. Y en la contratapa del libro las caras tamaño estampilla de trece mujeres, algunas sonrientes, alguna hasta mona. Y no son las muertas, no. Son las asesinas. Son las escritoras que se han solazado matando a algún o a algunos hombres con su pluma o lo que fuere. Una antología de cuentos, eso dice la solapa, “que trata sobre crímenes cometidos por ellas”. Y el vendedor siempre atento con sus clientes ha incluido a manera de señalador una tarjeta que invita a la presentación de ese mismo libro, esa misma mismísima tarde, a las 19:30 dice la tarjeta, en el Parque Forestal donde se celebra una feria de libreros. Y hete aquí que las escritoras estarán presentes, quizá no las trece pero la mayoría de ellas, y con las manos manchadas de sangre o tinta roja detallarán los pormenores de sus crímenes. Es como para vomitar. Es como para ponerse en movimiento. Porque siempre, se lo viene repitiendo desde aquel maldito diagnóstico, siempre hasta último momento hay que tener un proyecto. Un nuevo proyecto, excitante, que le haga olvidar a uno su maldita existencia, su existencia ahora tan acotada y con fecha de vencimiento a un paso. A otra cosa, se dice. Y se dice manos a la obra. Porque se ha encontrado un nuevo proyecto, y llama al conserje para pedir que le manden junto con un club sándwich y una botellita de tinto un plano de la ciudad. Más adelante no pedirá un taxi, de eso está seguro, no es tan idiota como para delatarse, pretende pasar sus últimos meses de vida gozando de su obra. Y además puede que le lleve todos esos pocos meses completar el proyecto. Entonces así será. Irá al Parque Forestal escuchará a estas furias narrar sus métodos homicidas y después seguirá a la primera, buscará en internet o como sea las demás direcciones y una a una las irá ultimando con los mismos desaforados métodos de cada una de ellas. Tendrá que ir al Parque Forestal con cara de nadie, escuchar con cuidado: cada escritora narrará su cuento y hablará de su crimen, él sólo tendrá que repetirlo. Copy cat lo llamarían los detectives gringos, como en las novelas negras. Un copión de textos ajenos que él sabrá poner en acto. Bravo por él. La realidad como suele suceder imitará a la ficción. Él como quien no quiere la cosa tomará el metro a tres cuadras del hotel, se apeará en Bellas Artes como corresponde y desde allí se mezclará con el gentío para empezar a componer su propio circo de despedida. Le gusta la idea. Lo alienta. Le devuelve bríos olvidados. Espera que todas las minas vistan de satén, negro en lo posible, suave como el papel ilustración o el glaceado de la carátula.
Él podría sin duda empezar a leer los cuentos e ir adelantando el trabajito, pero así no vale, le importa escucharlos de sus propias bocas, sentir el tintineo de sus voces cuando se regodean con los crímenes. Salir a matar machos, ¡pobres de ellas! Él les hará saber en carne propia qué es eso de inventarse asesinatos. ¿A cuál atacar en primera instancia? Hay una lógica inapelable en este caso, porque él estará al borde de la muerte pero no de la boludez. Primero matará a la que no requiera arma o instrumento complejo alguno. Una por lo menos habrá cometido su crimen, así, en un arrebato, quizá con algún objeto contundente o pesado que pueda encontrarse al alcance de la mano. Después él tendrá tiempo de pertrecharse con todo lo necesario, pero en primera instancia la cosa tiene que ser sencilla.
No se ha animado a pedir indicaciones a nadie pero gracias al mapa llegó sin problemas al Parque Forestal y de allí los senderos mismos, o mejor dicho la gente que los transita, lo conducen al lugar del hecho. Hay un estrado al aire libre, está dispuesta la mesa y los vasos de agua y las sillas. Trece, cuenta, pero no se hace ilusiones. Quizá haya un moderador, y el mismo editor y también un librero, quizá. Decide no sentarse a esperar, merodea por los stands de libros haciéndose el interesado pero por supuesto no puede fijar la vista. La impaciencia lo carcome, y también el miedo. Pero es más fuerte la excitación de todo esto, porque la impaciencia y el miedo lo hacen sentir vivo. Una vez más, vivo, aunque nunca hasta entonces haya cometido el menor acto de violencia contra los otros. Porque la violencia contra uno mismo tiene otro nombre, otro cariz, otra temperatura. Lo sabe, lo percibe en sus huesos y es como un acercamiento a sí después de años y años de haberse apartado de las propias sensaciones. Sentimientos. Eso. Como si hasta entonces se hubiese mentado en tercera persona. Le cuesta dejar de hacerlo pero lo va a lograr, lo va a lograr, lo sabe. Por el rabillo del ojo ve que empieza a haber movimiento sobre el estrado, van llegando las escritoras, al menos unas mujeres que se reúnen en la tarima y ríen. Ríen, las muy perversas. Él sabe que quien ríe último… Eso. Ya llegó la hora de sentarse al borde de la penúltima fila, listo para salir detrás de la que corresponda en esta primera instancia. Nadie lo mira. Está acostumbrado. No se deja distraer por eso. Está dispuesto a escuchar con toda atención hasta la menor palabra de quienes están a punto de firmar sus propias sentencias. Las muy perversas ¿leerán sus cuentos o simplemente los narrarán, abreviando detalles? Pero no abreviarán los detalles del crimen, de eso está seguro. Eso sin duda las complace más que nada en el mundo. A la primera la matará con los medios de a bordo, como dicta su historia; no le falta dinero para después irse armando como corresponde. Trajo consigo lo suficiente como para pagarse varias visitas al eminente cardiólogo y el muy hijo de mil putas lo despachó a la primera de cambio sin darle esperanza alguna. Podrá hasta comprar armas legalmente presentando su vieja cédula de identidad con el nombre de March, porque a todos los demás efectos él es Marq, una nada fácil marca. No es que tenga tanto afán por huir de la justicia, pero quiere llevar a cabo su obra en la forma más completa posible; trece es un buen número para ir liquidándolas de a una. Lo que venga después no le importa, la condena la tiene ganada de antemano y es de muerte, su condena.
¿De dónde le habrá nacido tanta violencia, tamaña sed de sangre? se pregunta sin ánimo de darse una respuesta, tan sólo relamerse y entender que por fin ha logrado descubrir su verdadero secreto, su más íntima y siniestra aspiración: matar a las mujeres castradoras, las muy comehombres. No deja de causarle una forma de alegría el saber que por fin ha logrado aceptarse. Total no cree en el cielo y por ende no cree en el infierno, el infierno somos nosotros, se complace en recordar, tergiversando. Ya casi casi acaricia la futura nueva pistola, algún cuchillo espléndido. La mujer de la viñeta le arranca al hombre el corazón de propia mano, tal como a él se lo han ido arrancando poco a poco. Le ha llegado el momento de agarrar el toro por los cuernos. Se prohíbe pensar en esos términos, en esas alusiones, ahora que ya están tomando su lugar las criminales y alguien les está poniendo delante carteles con sus respectivos nombres y procedencias y él puede saber así quien es quien y descubrir que hay allí dos compatriotas suyas. ¿Tendrá que volver a su patria tras ellas o podrá ultimarlas antes de que dejen Santiago? Mejor apurarse. Prestar bien atención.
En el Parque Forestal el tiempo pareció detenerse y él se fue distrayendo de su sano propósito, perdiéndose en cavilaciones. La culpa quizá la tuvo la primera escritora que habló, una mujer mayor. Después él habría de asociar concientemente aquél suave rostro nimbado de blanco con su maestra de sexto, culpa de esas trampas fatales de la memoria. La verdad es que la cosa empezó mal, y esa mujer mayor, la antóloga nada menos, habló del cuento como género en sí y a penas mencionó los crímenes. Mucho más tarde, de regreso en su cuarto de hotel, él habría de encontrar casi las mismas palabras en el prólogo del libro rojo: “siempre nos ha fascinado la estructura y a la vez la libertad del cuento. Nos parecía que en su concisión, las dudas y las pasiones estallan con mayor intensidad”. ¡Con mayor intensidad! Esas mismas chingaderas dijo la culpable allá en el parque, más o menos, y así encendió la mecha que habría de conducirlo a él a su propia perdición. La seño de sexto, ¡puta madre! que lo hacía escribir poemas, ¿por qué no cuentos? En el parque las demás escritoras parecieron perderse por el camino de la veterana, perdiéndolo a él por otras latitudes de su mente porque ellas no trazaron el mapa de los crímenes sino el de la escritura, esa miseria. Y él con el dinero que habría de alcanzarle para la Beretta o la Luger o lo que fuere, un arma de última generación, se compró otra arma llamada laptop y aquí está a los tiros tecleando con furia este mismo cuento, incapaz aún de mentarse en primera persona pero ya puestísimo a darle su merecido a cada una de las malditas escritoras criminales, seguro de que el suyo será el crimen, es decir el cuento, más perfecto de todos.
Para Virginia Vidal

Luisa Valenzuela, nacida en Buenos Aires, lleva publicados casi cuarenta libros entre los que se cuenta los siguientes volúmes de microficción: Brevs, microrrelatos completos hasta hoy; Juego de villanos; Zoorpresa zoo/lógicas; ABC de las microfábulas (ilustradas por Rufino de Mingo, Madrid, y por Lorenzo Amengual, Buenos Aires/ México), Conversación con las máscaras; Brevs, microrrelatos completos hasta ayer. De próxima aparición: Brasas, inaugurando la colección Contadas Palabras de la Editorial Moglia, Corrientes.






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