Por Eddie Morales Piña

Probablemente a quien comience a leer estas líneas y sea un cinéfilo, la frase del título lo remitirá de forma inmediata a un filme del cineasta sueco Ingmar Bergman de 1977 ambientada en Berlín a principios del siglo pasado, cuando comenzaba a incubarse una de las ideologías que tendría consecuencias siniestras en los años siguientes. El título me lo sugirió el escritor Jorge Calvo -por lo tanto, es un préstamo y un guiño a Bergman-, además de otros tres que me dio, pero este es sugerente porque se relaciona con el título del libro que hemos leído donde el núcleo del complemento del nombre trae a colación la imagen de la figura de esta especie animal que tiene connotaciones negativas en nuestra cultura. La serpiente al principio del Génesis y al final del Apocalipsis en la narrativa bíblica. Pero también tiene un simbolismo positivo como en el icono de la medicina.

El libro se denomina El Club de la Serpiente y contiene cuentos de seis narradores que conforman el denominado club, que bien pudo haber sido una sociedad como el de los poetas muertos. En algún momento le pregunté al mencionado escritor el porqué de tal denominación para ponerlo a prueba, pues está la explicación en el documentado prólogo de Cristian Montes Capó. Sin embargo, Jorge Calvo respondió diciendo que era una especie de homenaje a Julio Cortázar, quien en su lúdica y existencial novela Rayuela presenta El Club de la Serpiente en la primera parte del libro donde aparecen Horacio Oliveira y La Maga junto a otros contertulios que se reunían en lugares parisinos a discutir sobre diversos tópicos donde la literatura y la vida se entrelazaban. Calvo, el escritor, me decía que después de varias conversaciones en diferentes lugares de Santiago donde habían propuestos distintas denominaciones nominales para este selecto grupo habían optado por el que da título a la selección cuentística. De lo anterior, se concluye que los seis deben sentir admiración por Cortázar y su narrativa. Es lo que subyace, entonces, bajo este titular del Club. Los seis conforman un Club donde la literatura y la existencia individual de cada uno de los contertulios se complementan; el mester literario requiere de acuerdo con esta actitud del diálogo de la memoria y la escritura que apunta también al receptor, es decir, al lector, quien pone en acto la narratividad mediante el proceso de lectura donde afloran los códigos del relato, como le gustaba decir a mi amigo Manuel Alcides Jofré, quien leería fructuosamente a este Club.

Cuando le propuse a Jorge Calvo que me diera un nombre para este escrito opté por aquel que está al principio. El huevo de la serpiente está en el sustrato de las historias a las que se enfrentará el lector de esta antología cuyas tramas o historias apuntan a un mismo referente, pero que cada uno de ellos lo afronta con distintas modulaciones estilísticas -podrá seguir usándose esta palabra en estos tiempos- y estéticas lo que, en definitiva, hace atrayente la lectura de los veintitrés relatos que componen la obra. Resulta casi imposible entrar a hacer una síntesis de cada uno de los cuentos de Jorge Calvo, Sergio Infante, Miguel de Loyola, Guillermo Martínez, Ramiro Rivas y Luis Alberto Tamayo. Cada uno de estos autores tiene una obra narrativa consolidada. Sergio Infante no sólo es narrador, sino un destacado poeta lírico. Esta condición queda claramente demostrada por la prosa con que desenvuelve las tramas y por las imágenes que traslucen la aprehensión poética del espacio y del ser de los protagonistas. El prólogo del académico Cristian Montes Capó tiene el mérito de destacar las características escriturarias de cada uno de los antologados. Quien lea la antología podrá apreciar que lo argumentado por el prologuista es una especie de exégesis para desentrañar el sentido de los relatos mediante los procedimientos escriturarios de los escritores, como, por ejemplo, las técnicas narrativas –la renovación del lenguaje narrativo, escribe Montes. Por otra parte, generacionalmente, distingue entre los seis autores su adscripción a distintas generaciones literarias cuya instancia histórica confluyente es el quiebre institucional de Chile en septiembre de 1973. La Generación del 60 es la previa al Golpe, mientras que la Generación del 80 es la que se formó bajo la dictadura cívico militar: “Ambas generaciones, signadas desde posiciones distintas por un mismo trauma, configuran en esta Antología un arco narrativo que va de la utopía truncada al procesamiento literario del duelo colectivo”. La fractura histórica es, en consecuencia, el referente extratextual que está detrás de las diversas modulaciones discursivas de ambas generaciones, donde las figuras narrativas de Sergio Infante y Guillermo Martínez son como las bisagras escriturarias de ambos momentos generacionales. El huevo de la serpiente, por tanto, es lo que se incubó y luego explosionó de forma violenta dejando una herida o huella insoslayable más allá de un negacionismo a ultranza del referente o del sustrato que es el pivote de estas narratividades, donde la ficción literaria -la imaginación creativa del lenguaje- está sustentada como en toda creación en la realidad que se ve traspuesta mediante la retórica poética -lo que Vargas Llosa llamó el elemento añadido, es decir, lo que le da consistencia al relato como un mundo imaginario. Pudiera parecer que en el devenir de la lectura el receptor se encuentre con un texto donde la figura de la Malinche (“Mi señor y verdugo”) está como actante primordial de la historia y se pregunte qué relación tiene con lo anteriormente señalado. La relación hermenéutica tiene que ver con el poder, la traición y la delación. Es un sobresaliente relato con las características de lo que se denomina la nueva novela histórica, cuyo autor es Ramiro Rivas. La lectura de esta obra recopilatoria de textos cuentísticos de los mencionados autores, nos ha llevado a confirmar la tesis que sostuvo el académico y crítico literario José Promis en un estudio titulado La novela chilena del último siglo (1993), en el sentido de que esta generación que él llamo de la desacralización responde a la fractura histórica a raíz del Golpe donde se constituyen estructuras narrativas sobre dominadores y dominados, motivos del dolor físico y emocional, los espacios de la tortura, entre otros elementos discursivos, todo lo que el receptor de esta obra podrá vislumbrar en su lectura. “Temor a las puertas” de Luis Alberto Tamayo podría servir de ejemplo paradigmático.

En definitiva, esta antología de los autores mencionados no dejará al potencial lector/a indiferente frente a las diversas propuestas discursivas. Valga la redundancia, hay cuentos que son antológicos -o sea, que se pueden volver a encapsular en otros textos de igual formato- y el receptor/a debe en la experiencia de lectura descubrir cómo los seis escritores logran confluir en un mismo sentir relativo a las existencias particulares y la literatura, donde la amistad -el Club- y el compartir los posicionan en el locus amoenus, la frase que nos conecta con el relato de Sergio Infante. Del mismo modo, las lecturas de algunos cuentos nos remiten a la narrativa skarmetiana o a la de Concentración de bicicletas de Carlos Olivares (“Blue Eyes” o “Viendo a Buñuel en compañía”), o nos llevan a un texto pleno de humanidad como “El regalo”. De más está decir que “Los condenados” de Jorge Calvo es un relato insoslayable. En otras palabras, este Club es imprescindible y ninguno de ellos es serpentino, aunque nos envuelven en el ejercicio de la lectura fructuosa.

(VV.AA. El Club de la Serpiente. Antología. Selección y prólogo de Cristian Montes Capó. Santiago: Lagar editores. 2026. 163 pág.).

El Club de la Serpiente. Antología.
El Club de la Serpiente. Antología.