Por Cecilia Aravena Zúñiga

En Síndromes alucinantes, Juan Mihovilovich construye un universo narrativo atravesado por las fisuras de la percepción, la inestabilidad de la identidad y las zonas de sombra de la experiencia humana. Los veinticinco relatos que integran el volumen despliegan una amplia gama de situaciones vinculadas con la identidad, la soledad, la enfermedad, la muerte, la locura, la memoria y el encierro. A estos núcleos temáticos se suma, de manera particularmente significativa, la nostalgia, que recorre muchos de los relatos como una forma de evocación del pasado, de los vínculos perdidos y de aquello que permanece afectivamente presente a pesar de la ausencia. Sin embargo, más allá de la diversidad temática, el libro encuentra su verdadera cohesión en una exploración persistente de la conciencia como espacio narrativo privilegiado.

Desde sus primeras páginas, la obra se distancia de una concepción realista de la representación. Los acontecimientos que experimentan los personajes suelen estar sometidos a desplazamientos perceptivos, quiebres de causalidad o irrupciones de lo inexplicable que alteran la estabilidad del mundo narrado. No se trata, sin embargo, de relatos fantásticos en sentido estricto. La anomalía no aparece como un acontecimiento excepcional destinado a producir sorpresa, sino como una manifestación de conflictos internos que los personajes no logran procesar racionalmente. La extrañeza emerge desde la subjetividad antes que desde los hechos mismos.

En este aspecto, la narrativa de Mihovilovich establece afinidades con la literatura moderna interesada en la representación de la conciencia y sus fracturas. Más que inscribirse directamente en una genealogía fantástica, los relatos parecen dialogar con una línea narrativa que concibe la realidad como una construcción inestable, filtrada por la memoria, el deseo, el miedo, la obsesión y también por la nostalgia. El pasado no aparece simplemente como un tiempo concluido, sino como una experiencia que continúa actuando sobre el presente.

La nostalgia adquiere especial intensidad en relatos donde la soledad y el abandono se entrelazan con los recuerdos y los afectos. Tal es el caso de “Los números no cuentan”, donde la evocación de lo vivido y de los vínculos afectivos adquiere una fuerza conmovedora. En este relato, la nostalgia no funciona únicamente como sentimiento de añoranza, sino como una forma de revelar la profundidad de los lazos humanos y la huella que dejan las ausencias.

A diferencia de buena parte de la narrativa chilena contemporánea, frecuentemente articulada en torno a conflictos sociales, políticos o territoriales, Síndromes alucinantes desplaza el foco hacia la interioridad. Los escenarios aparecen esbozados, a veces sin marcas geográficas precisas ni referencias contextuales determinantes. Esta indefinición no constituye una carencia descriptiva, sino una decisión estética coherente con el proyecto del libro: convertir la conciencia en el verdadero territorio de la narración.

Aunque varias historias incorporan elementos asociados a trastornos psicológicos o alteraciones mentales, el interés del autor no parece orientarse hacia una representación clínica de estas experiencias. Más bien, los síntomas funcionan como figuras de una condición humana atravesada por la incertidumbre, la fragmentación y la imposibilidad de alcanzar una comprensión plena de sí misma. La alucinación deja entonces de ser una anomalía patológica para convertirse en un procedimiento de conocimiento, una vía de acceso a aquello que permanece oculto bajo las convenciones de la vida cotidiana.

En los relatos de Síndromes alucinantes, la apuesta se orienta hacia una experiencia de lectura donde la ambigüedad y la indeterminación adquieren un papel central. Esta opción estética, más que ofrecer respuestas o formular diagnósticos sobre la condición humana, explora las formas en que la identidad se fragmenta, la memoria se distorsiona, la realidad pierde consistencia y el pasado retorna cargado de significaciones afectivas. La nostalgia, en este sentido, no constituye un elemento secundario, sino una de las vías mediante las cuales los relatos interrogan la memoria, la pérdida y la persistencia de los vínculos. En esa indagación sostenida sobre los límites de la percepción y del conocimiento de sí, Juan Mihovilovich configura un espacio narrativo capaz de articular una reflexión literaria compleja sobre la fragilidad de la existencia, la soledad y la necesidad humana de preservar aquello que el tiempo amenaza con borrar. De allí que la lectura de Síndromes alucinantes encuentre un particular interés en quienes valoran aquellas obras que abren interrogantes sobre la conciencia y los múltiples modos en que habitamos la realidad.

Juan Mihovilovich: Síndromes Alucinantes
Simplemente Editores, marzo 2026, Santiago, 104 pp.

Síndromes alucinantes
Síndromes alucinantes