En la foto, Carlos Carstens y Claudio Parra

ALTEA: EL REENCUENTRO MUSICAL DE OSVALDO «GITANO» RODRÍGUEZ Y PATRICIO CASTILLO

Por Carlos Carstens Soto

La presentación y el lanzamiento de Altea, en el Centex de Plaza Sotomayor después de más de cuarenta años, no solo permitieron reunir en un mismo espacio a músicos, investigadores y gestores culturales interesados en recuperar una parte de la historia de la música chilena. La actividad ofreció también la oportunidad de rescatar una obra discográfica y, sobre todo, reconstruir el contexto histórico y humano en que nació.

No se trataba únicamente de presentar un disco recuperado, sino de volver sobre las trayectorias de Osvaldo «Gitano» Rodríguez y Patricio Castillo, dos músicos chilenos cuyas vidas y caminos creativos habían sido separados por el golpe militar y el exilio. Su reencuentro en Altea, España, abrió un nuevo espacio de colaboración artística, dando origen a una obra que refleja tanto la continuidad de sus búsquedas musicales como las transformaciones que experimentaron durante aquellos años lejos de Chile.

En octubre pasado el Centro de Extensión del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (Centex), en Valparaíso, fue escenario del segundo lanzamiento del álbum Altea, una grabación inédita de Osvaldo «Gitano» Rodríguez y Patricio Castillo, realizada más de cuatro décadas atrás.

Me había perdido el primer lanzamiento, efectuado el 26 de septiembre en Santiago, por lo que esta presentación representaba mi oportunidad de participar en la recuperación pública de una obra que llevaba muchos años esperando ser escuchada.

Aquella tarde llovía copiosamente. La intensidad de las precipitaciones, con algo de reminiscencia a los inviernos europeos, hacía pensar que el encuentro podría suspenderse. Yo me encontraba participando en otra actividad y, antes de emprender viaje hacia Valparaíso, consulté a Silvia Rühl si se mantenía la programación. Su respuesta fue tranquilizadora: no había cambios.

Después de tantos años de sequía en la zona central, aquella lluvia parecía recordarnos que la vida también debe continuar bajo condiciones climáticas adversas. Una tarde de lluvia tiene una cadencia que influye positivamente en la recuperación de la memoria musical.

La verdadera incertidumbre, sin embargo, llegaría al finalizar el encuentro. Tomé el metrotrén desde la estación Puerto hacia Viña del Mar, pero una vez allí me esperaba una larga espera de aproximadamente cuarenta y cinco minutos. No circulaban buses ni colectivos y tampoco conseguía un vehículo mediante las aplicaciones de transporte, ni siquiera aceptando las tarifas exageradamente elevadas que aparecían en pantalla. Finalmente, un automóvil particular, a una tarifa que me pareció usurera, permitió que llegara al departamento.

Y valió la pena asumir los riesgos del viaje. La lluvia, el viaje y las dificultades del regreso terminaron formando parte de una jornada que me permitió reencontrarme con una historia musical y humana que considero importante preservar.

Al llegar al Centex me encontré con un panel de notable jerarquía artística e intelectual. Un encuentro de músicos, profesionales trabajando el rescate de memorias. La actividad fue encabezada por Silvia Rühl, antropóloga alemana, viuda de Osvaldo Rodríguez y directora del archivo del artista, junto al destacado músico Patricio Castillo. Participaron también Claudio Parra, pianista y fundador de Los Jaivas; Félix Cárdenas, director de la Orquesta Andina de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; quienes presentan actualmente un homenaje musical sinfónico basado en temas de la discografía del Gitano Rodríguez y Felipe Barnech, responsable de la remasterización, restauración y edición del álbum desde su estudio y sello Árbol de Sonidos. El conversatorio fue moderado por el productor y conductor radial Miguel Davagnino.

La diversidad de los participantes permitió abordar Altea desde distintas perspectivas: la composición, los arreglos, la experimentación sonora y las experiencias personales que acompañaron su creación.

La presentación musical estuvo a cargo de Patricio Castillo, acompañado por una banda de excelentes músicos que interpretó algunos temas del álbum. Destacaron especialmente «Viene volando», y la pieza instrumental «Valdivinho».

Las presentaciones de Castillo, a medio camino entre el relato y el cuento, aportaron una dimensión especial al encuentro. No se limitó a interpretar las canciones: recuperó las circunstancias, las imágenes y los recuerdos que les daban sentido. La música aparecía así vinculada a una historia vivida, a una experiencia compartida que había esperado décadas para volver a escucharse públicamente. También recordó que la mayoría de los músicos que participaron en la grabación original ya no están entre nosotros. No se trataba simplemente de presentar un disco recuperado después de tantos años, sino de reconstruir el contexto en que dos músicos chilenos, separados por el golpe militar y el exilio, consiguieron reencontrarse y retomar una colaboración artística.

El álbum fue grabado en el estudio Piccolo de París, en dos sesiones gestionadas por Patricio Castillo. Entre los músicos de la primera etapa se encontraban Pablo Texier, en bajo; Cristian Vila, en piano; y Juan Manuel Forero, en congas. Sus aportes permiten reconocer una influencia del jazz en la armonización de Castillo. Particularmente en «Altea», el piano de Vila adquiere un protagonismo notable, con una secuencia final que amplía el horizonte de realismo mágico sugerido por la lírica del Gitano.

En la segunda sesión se incorporó Osvaldo «Gitano» Rodríguez al estudio parisino. Repitieron Patricio Castillo, Pablo Texier y Juan Manuel Forero, integrándose además Sergio Roa, Yves Cerf —saxofonista suizo y discípulo de Gilbert Favre en el dominio de la quena y Pedro Godoy.

Aunque algunas composiciones del Gitano me resultaban conocidas, por sus interpretaciones en vivo o por las grabaciones en cinta magnética que él mismo me había enviado, y habían servido para que músicos locales prepararan algunos temas destinados a sus presentaciones en Londres de fines de los años ochenta.

Conocía fragmentos de aquel universo musical, pero el disco permitía aproximarse a una colaboración que había quedado suspendida en el tiempo. Era la oportunidad de escuchar una etapa de sus trayectorias y, al mismo tiempo, reconocer cuánto había cambiado el mundo desde que aquellas composiciones comenzaron a tomar forma. Escuchar este álbum en el contexto de su recuperación y actualización tecnológica fue una experiencia muy gratificante donde los sentimientos auditivos superan a la tecnología.

En mi apreciación auditiva, el lado B destaca por la familiaridad de la voz de Osvaldo, que se proyecta adecuadamente sobre la instrumentación. La escucha permite distinguir dos personalidades artísticas que se complementan: la escritura poética del Gitano, cargada de imágenes, asociaciones y referencias al realismo mágico, y la sensibilidad musical de Todas las canciones del álbum cuentan con arreglos musicales de Patricio Castillo quien es capaz de construir acompañamientos que amplían el horizonte expresivo de las canciones y de los géneros musicales.

Para comprender la importancia de Altea, es necesario volver a la historia de sus protagonistas.

Osvaldo Rodríguez y Patricio Castillo pertenecían a una generación de músicos que había participado activamente en el desarrollo de la llamada Nueva Canción Chilena (NCCH), movimiento cultural estrechamente vinculado al optimismo de las transformaciones sociales, a la épica del trabajador y a las expectativas políticas que acompañaron al gobierno de la Unidad Popular.

Sin embargo, ambos desarrollaron sus propuestas musicales desde experiencias y espacios culturales diferentes. Osvaldo Rodríguez, desde el Gran Valparaíso, aportó una mirada renovadora a la canción de su época. Su propuesta destacaba por una lírica de gran calidad, capaz de recoger acontecimientos y crónicas periodísticas para transformarlos en canciones que, lejos de perder vigencia, conservaban su capacidad de interpelar al oyente. Su creación se nutría de la identidad urbana y cosmopolita de una ciudad-puerto abierta al mundo, donde el saber popular, las tradiciones locales y las influencias de diversas culturas se encontraban y enriquecían mutuamente. En su obra convivían la sensibilidad del puerto, la mirada del cronista y una particular capacidad poética para convertir la experiencia cotidiana en expresión musical.

Por su parte, Patricio Castillo, desde Santiago, también desarrollaba propuestas musicales novedosas, explorando territorios de fusión y nuevas posibilidades de articulación entre los lenguajes musicales. Su trabajo se distinguía por una inquietud compositiva y una búsqueda instrumental que ampliaban los formatos tradicionales de la canción, incorporando recursos y sonoridades que abrían otras perspectivas para la creación musical chilena.

Desde sus respectivos espacios, ambos contribuyeron a ampliar los horizontes expresivos de la música de su generación. Sus trayectorias, aunque diferentes, compartían una inquietud por superar las convenciones y explorar nuevas relaciones entre poesía, composición e instrumentación. Esa complementariedad artística encontraría años más tarde, en el contexto del exilio europeo, un terreno propicio para reencontrarse y dar forma a una experiencia creativa distinta: el proyecto musical Altea.

El golpe militar de septiembre de 1973 quebró violentamente aquel escenario. Como tantos otros artistas e intelectuales, ambos debieron continuar sus vidas fuera de Chile, enfrentándose a las dificultades del destierro, a la dispersión de sus vínculos personales y profesionales y a la necesidad de encontrar nuevos espacios para desarrollar su trabajo.

Sus caminos fueron distintos. Las sucesivas escalas del exilio los condujeron por geografías y experiencias que terminaron modificando sus perspectivas personales y artísticas.

Después de un tiempo, ambos coincidieron en el 4° Festival de la Canción Política (Festival des politischen Liedes) celebrado del 10 al 16 de febrero de 1974 en Berlín Este, organizado por la Juventud Libre Alemana (FDJ). Contó con la presencia de Daniel Viglietti, Isabel Parra, Patricio Castillo e Inti Illimani. El encuentro les permitió recomponer un vínculo afectivo y creativo interrumpido por la ruptura histórica que había significado el golpe militar. Aquella coincidencia abrió la posibilidad de un nuevo trabajo conjunto y de un reencuentro en Europa.

Más adelante y viviendo en Rostock (RDA) Rodríguez recibió una invitación de la UNESCO en París y, después de participar en aquella actividad, decidió no regresar a la República Democrática Alemana. Esta decisión le acarreó dificultades políticas al tener que solicitar asilo frente a las autoridades del país en que residía. Después de un año y muchas dificultades, decidió instalarse en Madrid al recuperar su pasaporte, aunque estampado con una L.

Fue en ese contexto cuando ambos volvieron a encontrarse en Madrid y comenzaron a planificar un viaje a Altea, localidad de la costa mediterránea situada en la provincia de Alicante, en la Comunidad Valenciana.

La elección de aquel lugar no fue un detalle menor. Altea se transformó en el escenario simbólico de una nueva etapa creativa: un espacio donde podían dejar atrás, al menos momentáneamente, las urgencias de la supervivencia cotidiana y explorar una relación diferente entre poesía, música y experiencia personal.

El proyecto nacía de la voluntad de recuperar una colaboración anterior, pero también de la necesidad de encontrar otro lenguaje para expresar lo vivido. El exilio había transformado a ambos artistas y los enfrentaba a una pregunta fundamental: ¿cómo continuar creando después de que la historia hubiese destruido el mundo político, social y cultural en el que sus canciones habían adquirido sentido?

Más bien, ambos parecían interesados en descubrir qué podía hacer la música cuando dejaba de estar subordinada a la urgencia inmediata de movilizar, denunciar o convocar a una acción colectiva. En ese camino hubo disquisiciones teóricas y filosóficas que encontraron un espacio especialmente fértil cuando ambos coincidieron en Madrid, en 1978, y viajaron a Altea. El propio Gitano recordaría aquella experiencia con una mezcla de humor, imaginación y evocación poética:

«Cierta vez nos fuimos en un automóvil vintage azul perteneciente a Castillo desde Madrid hasta Altea, que es una ciudad completamente árabe en la costa de Valencia. Se trataba de conseguir, mediante la lectura de poemas y su correspondiente acompañamiento musical, que los peces salieran a bailarle a la luna. Cosa que ocurrió realmente ante el asombro de turistas escandinavos que, al reclamar, fueron tratados como herejes».

La anécdota expresa algo fundamental de la complicidad entre ambos artistas. La música y la poesía ya no se concebían únicamente como instrumentos para representar la realidad, sino también como una manera de intervenir imaginativamente en ella, alterar sus límites y descubrir posibilidades que escapaban a las convenciones.

La imagen de los peces bailando a la luna resume esa búsqueda: una creación que se permite el juego, la ironía y la libertad, incluso cuando nace de una experiencia histórica marcada por la pérdida. En cierto modo, Altea representa también la recuperación de una libertad creativa que el exilio había obligado a replantear.

El reencuentro europeo de Rodríguez y Castillo también reactivaba el recuerdo de una colaboración anterior que había tenido particular importancia en la trayectoria musical de ambos: «Canto al trabajo voluntario», publicado como sencillo en 1973, pocos meses antes del golpe militar. En aquella composición, Castillo había desarrollado unos arreglos que se apartaban de las fórmulas más convencionales de la canción política del momento. La pieza comienza con una sonoridad clásica, articulada a partir de un cuarteto de cuerdas, para desplazarse abruptamente hacia un lenguaje próximo al rock progresivo.

El cambio de registro acompaña una lírica de carácter narrativo, casi periodístico, que distingue la escritura del artista porteño. El resultado proponía una forma diferente de acercarse a los jóvenes de la época, combinando una estructura musical de fusión elaborada con una letra que mantenía su vínculo con la realidad social.

Este antecedente ayuda a comprender por qué el reencuentro europeo despertaba expectativas. Rodríguez y Castillo ya habían demostrado que podían desarrollar una relación creativa en la que la palabra y la música no se limitaran a ilustrarse mutuamente, sino que establecieran un diálogo capaz de transformar la propia estructura de la canción.

Con Altea, esa búsqueda podía continuar en circunstancias completamente diferentes. La urgencia política del Chile de comienzos de los setenta había dado paso a la experiencia prolongada del exilio, a la necesidad de reconstruir una identidad y al deseo de encontrar un lenguaje que expresara las transformaciones personales de ambos.

Las primeras piezas de la colaboración, «Altea» y «Yo busco la noche», fueron grabadas durante la etapa inicial de 1979. El proyecto se completaría en 1983, cuando se incorporaron otros temas de Castillo —entre ellos el instrumental «Valdivinho» y «Viene volando»—, junto con composiciones de Rodríguez y versiones de canciones latinoamericanas.

El repertorio resultante reunía distintas formas de escritura y musicalización. Junto a las composiciones propias del Gitano se encontraban «El carretero», del cubano Guillermo Portabales, y «Pra não dizer que não falei das flores», también conocida como «Caminhando», de Geraldo Vandré.

Figuraban también títulos como «Nocturno ante el carnaval de Niza» y «Canción del norte y del sur», que ampliaban el horizonte poético del proyecto y reforzaban su carácter de exploración musical.

No estábamos, por tanto, frente a un simple registro de canciones independientes. El álbum representaba el resultado de un proceso creativo iniciado en el reencuentro de dos artistas separados por la historia, que habían recorrido caminos diferentes y que ahora podían volver a colaborar desde una sensibilidad transformada.

Que la grabación permaneciera inédita durante más de cuatro décadas le confiere un valor documental adicional. Su recuperación permite escuchar un momento particular de la evolución de ambos músicos y reconocer una faceta de su trabajo que no había tenido la misma circulación pública que otras composiciones.

El rescate de este material permite, además, ampliar nuestra comprensión de la música chilena desarrollada fuera del país. El exilio no fue solamente un período de denuncia y resistencia política: también constituyó un espacio de experimentación, intercambio cultural y transformación de los lenguajes artísticos.

Las canciones y los nuevos significados del exilio

Entre las composiciones vinculadas con este universo destaca «Canto latinoamericano por una muchacha de Praga», una canción que permite aproximarse a la dimensión íntima de la vida de Osvaldo «Gitano» Rodríguez durante su exilio en Europa oriental.

La composición evoca el encuentro entre América Latina y Europa, pero también la posibilidad de establecer nuevos vínculos afectivos en medio del desplazamiento. La muchacha de Praga representa algo más que una figura amorosa: forma parte de una experiencia vital desarrollada lejos de la patria, en un entorno cultural y humano distinto de aquel en el que Rodríguez había crecido.

La canción experimentó posteriormente un cambio de título. Según el relato que conservo sobre la trayectoria del músico, en Londres, en 1989, pasó a llamarse «El espejo de los dioses», manteniendo su asociación con Viera, también conocida como Vera Bodnarová, su segunda esposa.

Este detalle permite observar cómo las canciones pueden adquirir nuevos significados a lo largo del tiempo. Hay en el Gitano una suerte de guiño a las obras que interpreta: no siempre se limita a reproducirlas, sino que parece establecer con ellas un diálogo, incorporando nuevas referencias y asociaciones. Algo de ese juego también puede advertirse en las versiones de «El carretero», que llama “Son cubano” de Guillermo Portabales, y de «Pra não dizer que não falei das flores», conocida también como «Caminhando», de Geraldo Vandré. Son canciones que, al pasar por la experiencia interpretativa de los músicos, conservan su identidad original y, a la vez, se integran a un nuevo contexto expresivo en el tiempo.

Una situación que guarda cierta relación con este proceso aparece en «Viene volando». Patricio Castillo confidenció que la composición había tenido originalmente otro título, vinculado al nacimiento de su hijo. No puedo afirmar que corresponda a una influencia directa del Gitano, pero la coincidencia resulta sugerente: también aquí una obra musical conserva la memoria de una circunstancia personal, aunque su nombre y su interpretación puedan adquirir otros sentidos en el tiempo.

En la experiencia del exilio, los vínculos sentimentales adquieren una complejidad particular. Se construyen entre lenguas, costumbres y experiencias distintas; obligan a negociar las distancias y a reconocer que la identidad no permanece inmóvil. El exiliado puede sentirse extranjero en el país que lo recibe y, al mismo tiempo, comenzar a establecer relaciones que transforman su manera de comprender el mundo.

En ese proceso, los afectos y las relaciones sentimentales también se vuelven dinámicos. Pueden abrir nuevas formas de pertenencia que ya no dependen exclusivamente del territorio de origen, sino de las personas, las experiencias compartidas y los vínculos que se construyen en el camino. Quizás allí resida una de las dimensiones más íntimas de estas canciones: en su capacidad para conservar la memoria de un lugar y de un momento, mientras acompañan los cambios de quienes las escribieron y las hicieron vivir.

Esta dimensión íntima no constituye una evasión de la experiencia política. Revela, por el contrario, una de sus consecuencias menos visibles: la necesidad de volver a construir una vida, encontrar afectos e imaginar un futuro allí donde inicialmente solo existían incertidumbre y desarraigo.

La historia del exilio no se compone únicamente de expulsiones, persecuciones y derrotas. También está hecha de encuentros, nuevas familias, amores inesperados y formas de reconstruir la existencia. Y esa dimensión humana merece ocupar un lugar en nuestra memoria histórica.

Recuperar Altea: corresponde a una deuda con la memoria musical chilena del exilio. Cuántas producciones quedaron esperando una oportunidad lejos de Chile. Es crucial devolver a la memoria colectiva la a experiencia artística que han quedado detenida entre las circunstancias del exilio, las dificultades de circulación de la industria musical y el paso del tiempo.

Para mí, el encuentro tuvo además un significado personal. Había seguido la trayectoria del Gitano y conservaba recuerdos de sus interpretaciones en vivo, así como de aquellas cintas magnéticas que me enviaba para que músicos londinenses pudieran preparar algunos temas. Escuchar ahora una grabación de aquella etapa, en un contexto dedicado a su recuperación, me permitió reconocer la continuidad entre experiencias que parecían separadas por enormes distancias.

Pero el valor de Altea trasciende mis recuerdos y la historia personal de sus protagonistas. Su recuperación permite ampliar la comprensión de una generación de músicos que tuvo que reinventarse en el exilio y que encontró en la colaboración artística una manera de continuar creando después de la ruptura histórica de 1973.

El álbum demuestra que la Nueva Canción Chilena no permaneció inmóvil después del golpe. Sus protagonistas buscaron nuevas formas de expresión, dialogaron con otras tradiciones y desarrollaron lenguajes que incorporaban tanto las heridas del pasado como las preguntas que surgían de sus nuevas vidas.

La recuperación y publicación de Altea permiten reconocer una parte de ese itinerario. Nos recuerdan que, aun cuando la historia interrumpe violentamente los proyectos de una generación, la creación artística puede encontrar otros caminos para sobrevivir, transformarse y volver a encontrarse con su público, incluso cuatro décadas después de haber sido concebida.

Quizás esa sea la lección más profunda de esta grabación: el exilio no consiguió silenciar a sus protagonistas, aunque sí los obligó a cambiar de paisaje, de lenguaje y de horizonte. Desde aquella localidad mediterránea, Rodríguez y Castillo encontraron la posibilidad de retomar una conversación musical que el golpe había interrumpido.

Más de cuatro décadas después, esa conversación volvió a escucharse en Santiago, Valparaíso y Chile. Y para quienes asistimos a su recuperación, Altea no representa solamente un disco que finalmente sale a la luz. Es también el testimonio de una amistad, de una complicidad creativa y de una generación que, pese a la violencia de la historia, nunca renunció a su capacidad de crear. Recuperar Altea es, en definitiva, recuperar una parte de nuestra propia memoria.