Diego Saravia Tamayo, Salta, Argentina (1972). Publicó tres libros de Poesía: Meridiano (El Español de Shakespeare, Santiago, Chile), La Casa en La Ola (colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, Buenos Aires, Argentina) y Vértigo en un Eco (Suri Porfiado, Buenos Aires, Argentina), y un libro de relatos: Encuentros (Alción Editora, Córdoba, Argentina). Su poesía ha aparecido en revistas literarias, antologías y está traducida a otros idiomas.

Límites

La piel es una excusa
el único presente es un orgasmo
sin límites, sin espacio
ni memoria
solo el hombre que descubre
la íntima redondez del tiempo

Época

¿Qué hacemos ahora,
cuando el mandato es la alegría?
Volamos de un vacío a otro
como una respuesta
que no conoció su pregunta

Insomnio

En el insomnio engendramos la noche
el espejismo de una idea muerta
la hondura de otra noche
que guarda las respuestas
En el insomnio, en esencia,
somos el Dios de la creación

Dunas

Las dunas reflejan la pulsión del universo
La arena, de tanto irse, se queda
y el silencio expande sus fronteras
A un costado el algarrobo espera su rayo,
imparcial como un dios
sin nombre

Nidos

Llueve y mi reflejo en la ventana
ciega el ojo con que me veo
Ahora sé que los hombres
somos pequeñas ramas
girando en el viento
Pero la certeza es una jaula de cristal
Cuando escampe otro ojo revelará
el espejismo de haber sido un nido

Evolución

Nos abstrajimos para crear
el amor, el miedo y los dioses
Pero compasión y violencia
ya estaban escritas
Ahora vagamos sin voz
como un papel al viento
en un terreno baldío

Arena

Camino por las dunas
y el viento escribe
palabras del tiempo
en mi piel
Al contemplar mis huellas
me transformo
en una estatua de sal
Ante mí todo el horizonte
pero mis ojos son de arena
erosionada por una brisa
del mar

Atacama

El desierto de Atacama grita
desde antes que naciera el planeta
Intenta calmar su ardor en el océano
con un pudor mineral
en que fluyen sus ausencias
El desierto es un amante
en la memoria de la creación

Otoño

El otoño entiende al amor
cuando pierde sus hojas
Rueda por las copas de los árboles
y se desvanece en la intemperie,
entero y gris como una condición,
y arde en la memoria

Herrumbre

Los ojos vaciados por el vino
no ven al ángel herrumbroso,
que en el cansancio
ofrece sus cenizas
para embriagar ausencias