Por Josefina Muñoz Valenzuela
Esta última novela de Diego Muñoz Valenzuela se desarrolla de la mano y voz imaginarias de un narrador-espectro que tiene una dimensión metafísica; nos permite acompañarlo en las transformaciones experimentadas por el planeta y sus habitantes, observar momentos de cambio y evolución, más allá de nuestros breves periodos de vida, transitando por diversos tiempos y espacios desde los que observa y se nutre de una amalgama de mundos que quisiéramos vivir y conocer.
El inicio se titula El fin y nos instala en el mundo de la convivencia de perros y humanos, con las primeros como acompañantes y, en realidad, dueños de unos amos que, ingenuamente, creen lo contrario porque sus perros se lo permiten. El narrador observa desde su ventana y ya atisbamos que es una especie de presencia; hace preguntas -desde el pensamiento- a estos perros, que le responden porque lo perciben como diferente. Los roles se han invertido y el narrador disfruta de esta nueva forma de vida.
El último humano ha muerto; un pastor alemán lee Ciudad de Simak. Los sabuesos han descubierto un grupo de humanos “en las entrañas de la tierra” que subirán a la superficie asidos de las patas de los perros. Luego serán tranquilizados, acariciados, domesticados por los perros. Pero, como estos saben leer los pocos libros antiguos que quedan, inician la “reproducción del pasado, cuando ellos eran las mascotas de los humanos”. Primera lección estremecedora: no podemos librarnos de lo que somos y repetiremos fracasos y éxitos hasta, tal vez, el fin de los tiempos… y volveremos a empezar.
En este narrador espectral o fantasmal conviven las historias reales e inventadas o recreadas por él. Se define como “a mitad de camino entre vivos y muertos”, pero sigue ahí, como un eterno observador que cruza y camina por todos los tiempos, en una suerte de vida eterna en la que tiene el privilegio de cambiar de épocas y espacios. Por otra parte, tiene claro que, de manera central y total, es un narrador que participa y da cuenta de una historia en la que puede saltar de un tiempo a otro, algo que para nosotros es aún imposible.
En un mundo en permanente cambio, es el único “resto” de humano que puede observar esta deriva. Llegan visitantes de otro mundo, partes de otra civilización que aterrizan en el parque; son unas especies de insectos plateados de patas muy largas que pueden hablar directamente a las mentes. Se denominan aequus, palabra latina que significa, igual, similar; bajan también unos escarabajos que permanecerán en el lugar, mientras los insectos plateados continúan su viaje para seguir “recomponiendo el entrópico universo”. Continuarán acompañándonos estos bellos escarabajos, ‘inteligencias artificiales’ en realidad.
Su misión es recuperar a los humanos como “humanos libres”, recuperación que requerirá clases con réplicas de humanos, de manera que los actuales seres vivientes de toda especie, los conozcan; recomendarán lecturas y un conjunto de diez nuevos mandamientos que expresan declaraciones ‘verdaderas’ respecto a lo que NO harán, imprescindibles de considerar porque hay que asegurar un nuevo principio para todos los seres vivos.
Sorprende el X mandamiento: “Es fundamental asegurarse de que los humanos puedan continuar en el tiempo y en el espacio, sin nuestro apoyo. Y de que todos los seres vivos sean capaces de un nuevo principio”.
Están incluidas la búsqueda de humanos (definidos como salvajes) que perviven en las profundidades y, por tanto, es necesario civilizarlos con paciencia para asegurar una nueva evolución; usarán tecnologías como la realidad virtual, leerán libros que expresan diversas concepciones de la vida y la muerte y que podrán elegir libremente para después comentarlos. ¿Una valoración de la conversación como medio de conocimiento, comprensión y tolerancia de las inevitables diferencias y también de la independencia y la libertad?
Quien encabezará la operación de rescate en este nuevo viaje al centro de la tierra, será, por supuesto, el Gran Danés, acompañado por este narrador fantasmal invisible.
Más adelante, superadas diferencias y odios, aliados con los siempre poco confiables gatos y su jefe, el Tuerto Morgan, luego de “amenazas fratricidas que han hecho correr sangre”, escucharemos al Gran Danés, jefe indiscutido y especie de tribuno romano que se mueve por todos los caminos del pensamiento y el conocimiento para sostener y fortalecer la esperanza. Y sus palabras son: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer”. En otros momentos temporales habrán de ser escritas por Antonio Gramsci.
Los humanos rescatados del fondo de la tierra se disfrazan y cuentan historias, de manera que todos esos seres vivos que los escuchan aprendan a conocerlos y a convivir con lo diverso, con lo posible y también con lo que creemos imposible, desde el reconocimiento de sus existencias recuperadas.
Las utopías que hemos conocido a través de antiguos relatos sobre la creación, la prehistoria con sus restos arqueológicos, la historia de la humanidad conservada por diversos testimonios y por la escritura, nos muestran la permanente búsqueda de mundos mejores a los que no hemos llegado o solo hemos alcanzado a vislumbrar como un destello entre estos fines y principios en los cuales hemos visto y sufrido los horrores causado por estos monstruos terribles, hasta que llega una nueva promesa y la renovada esperanza de un mundo nuevo. Y volveremos a creer que eso es posible.
¿Qué nos queda? Nos queda ese increíble deseo de sobrevivir, a pesar de todo, porque hay fugaces momentos de paz, de felicidad, de amor, de comprensión. El lenguaje oral y escrito, la literatura en sus diversas manifestaciones, es una de las posibilidades para contar a otros seres humanos fragmentos de vida y de muerte que permiten construir lazos e identificaciones que van tejiendo un continuum de vida.
Como humanidad, las palabras nos han dado a conocer el poder y la gloria, pero también han desatado hecatombes y odio. Pero, como dijo S. Beckett, “solo tenemos las palabras y aun así, van escaseando”. Con ellas, con los lenguajes artísticos y científicos podemos crear mundos en los que querríamos vivir junto a otros humanos y seres vivientes de todo tipo. Ese es el tema que aborda este libro maravilloso que logra hacernos reír, llorar, pensar y soñar sobre qué hemos hecho como especie desde nuestros ancestros más remotos. Como dice el título, la vida transcurre entre principios y finales… y también la vida es eterna en cinco minutos.







Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.