Por Juan Mihovilovich

“¿Por qué me llevan preso? ¿De qué se me acusa?”
Nicolo Gligo, p. 65

En estricto rigor, Crónica de un mundo que fue, es una suerte de “crónica novelada”, matizada con páginas insertas en la categoría de ensayo y de otras remitidas a una especie de biografía encubierta. Todo ello hace que la lectura de esta “crónica” sea atrayente para un lector que, no sólo se involucrará en la “ficción”, sino que, además, se encontrará con temas de interés pretéritos y actuales de índole filosófica, política, religiosa o ambientales que, siendo partes integrantes de la novela se sostienen por su propio y específico peso histórico y sociológico.

La trama comienza con el golpe de Estado de 1973 y la confusión de un simple nombre de pila: miembros del ejército concurren al fundo de don Juan Francisco Lyon Vicuña en un sector cercano a Rancagua y camino a la cordillera, en busca de una joven de nombre “Amalia”. La patrulla militar es recibida por “Amelia”, quien a la sazón se encontraba sola en el fundo, ya que el resto de la familia, padres y hermanos, habían viajado a Zapallar y a Santiago, respectivamente.

La confusión, lejos de suscitar dudas en el coronel encargado del operativo, ratificó el carácter de un régimen dictatorial que iniciaba sus primeras detenciones arbitrarias. En el caso que nos ocupa procede a llevarse a la hija del latifundista sin mayores preámbulos, para luego ser sometida a interrogatorios bajo torturas inimaginables, abusos indiscriminados, violaciones reiteradas, que trastocan absolutamente la vida plácida y acomodada de quien, hasta ese instante, era parte de una familia adscrita al “establishment”, partidaria del golpe militar y que desencadenará una serie de imprevisibles acontecimientos, paradójicamente concatenados.

En la prisión es asistida por Esteban Rodríguez, un joven universitario igualmente detenido sin haber tenido participación política relevante y que fuera denunciado por un profesor envidioso, mediante un procedimiento intencional y perverso: colocar casquillos de bala en su chaqueta y ser apresado por ello como un supuesto activista revolucionario de izquierda.

De ese encuentro providencial nacerá una relación de amor que irá dando cuenta de una secuencia de hechos, tanto personales como insertos en la dinámica de un país que, de pronto, vio resquebrajada su democracia y respecto del que las familias de ambos, provenientes de estratos sociales disimiles, advertirán que sus hijos desaparecerán de la escena cotidiana sin tener mayores noticias sobre el particular.

El destino determinó que Esteban sobreviviera milagrosamente a una tentativa de “fuga falsa”, una cruel forma de exterminio militar, y que Amelia fuera entregada finalmente a sus padres en condiciones deplorables, una vez descubierto “el trágico error” de la detención.

Solo que entre ambos protagonistas surgió un sentimiento profundo que los unirá por sobre la barbarie. Superando múltiples vicisitudes, saldrán de Chile clandestinamente a la Argentina a través de la Patagonia, luego a Francia, donde se establecerán, podrán estudiar y titularse profesionalmente.

Claro está que en la odisea asumida se van desentrañando las contradicciones de una familia latifundista, de un padre autoritario, de la dependencia irrestricta de la esposa, de tres hijos sometidos a un clasismo absorbente y que Amelia descubre de la peor manera que un ser humano puede aprender: producto de los abusos y la destrucción de su dignidad. Sin embargo, el padre será incapaz de reconocerlo, ya que por encima de ello está su obsecuencia absoluta al régimen instaurado. Asume que el Estado quedó al borde de su desintegración y cualquier represión posterior se justificaba por sí misma, so pena de haber caído bajo “el yugo marxista”.

En esa perspectiva, es de suyo relevante el cómo se va entretejiendo una historia que, a primera vista pareciera lineal, es decir, la pareja que huye del país, que sufre en su condición de exiliada en Paris y que procura rehacer su vida en un territorio extraño, ajeno a la idiosincrasia de la que proceden. Pero, lo notable está inserto en la forma en que la pareja va superando el sufrimiento de Amelia, originado por las terribles vejaciones de que fuera objeto.

De allí que su odio surgirá como reacción natural respecto de quienes la deshonraron como mujer, del rencor sordo que fue creciendo respecto del progenitor, colaborador acérrimo de procedimientos deleznables, ya que más tarde ella se enterará de los nombres de campesinos que por su intermedio debían ser apresados y eventualmente asesinados, y que en lo concreto, no hizo más que justificar torcidamente el error de la detención de la hija: era consecuencia de los tiempos que se vivían, sin que jamás empatizara con el desgarramiento interior sufrido por la joven.

Conocedor, más tarde, de la relación con Esteban la desechó de inmediato. Y al salir del país dejó de considerarla como hija. Ello contribuyó a que Javiera, la hermana de Amelia, revelara a su vez la clase de padre que tenían y la complicidad silenciosa de su madre.

En el devenir de la pareja en Francia van retomando una subsistencia diferente, imbuida por el descubrimiento de una sociedad respetuosa de los derechos humanos, inserta en manifestaciones del arte y la cultura, que para Amelia constituye un renacimiento de sus habilidades naturales, de la obtención del título profesional de Esteban, de la paulatina recuperación sicológica de Amelia, básicamente por el amor irrestricto de la pareja, que mantuvo la unión por encima de la recíproca amargura y que luchó sin claudicaciones por restituir el valor del humanismo que siempre tuvieron como norte.

Así las cosas, el posterior regreso al país el año 1985 los sorprende ante una sociedad que no ha variado por completo la dicotomía entre dictadura y democracia. Son testigos colaterales del atentado a Pinochet y a objeto de evitar ser nuevamente detenidos por simple sospecha, viajan a México y retornan más tarde a Santiago el año 1988, trabajando activamente en la campaña plebiscitaria que culminará con el triunfo de la democracia formal.

Claro está que volver implicó reafirmar que las familias de las que provenían eran irremediablemente diferentes. Por el lado de Esteban el esfuerzo paterno por mantener su espacio campesino era plausible y dificultoso, producto del inquilinaje a que estuvo sometido, en tanto el padre de Amelia había modificado el uso tradicional de la tierra, sustituyéndose por la nueva clase agrícola adscrita a un mundo ligado al libre mercado, cuyas raíces profundas se habían instituido en el extenso período dictatorial. La contra reforma agraria se había consolidado y la ruralidad era diametralmente distinta a la que ambos jóvenes conocieran.

El reencuentro familiar resultará imposible por el lado de Amelia. Haber sido ultrajada, sin recibir la más mínima empatía por un padre castrador, la marginó de un círculo que detestaba. Su fugaz rencuentro con la madre tampoco limó las secuelas del dolor, ni menos obviar que había coexistido en un medio social desprovisto de solidaridad, de una falaz justificación por los horrores vividos, no sólo por la pareja que regresaba, sino también por una parte significativa de la sociedad chilena.

La novela va socavando los entretelones de una civilización que lenta y progresivamente se ha ido descomponiendo, toda vez que la función académica de Esteban y sus vínculos con el medio ambiente, le otorgan una capacidad crítica para discernir las causas del desastre que Chile y el planeta por extensión enfrentan sin visos de superación, siendo, por el contrario, sometidos a una depredación desmedida. Asumida tal constatación la pareja sigue escudándose en un amor que superó las desgracias, que dio cauce a una familia nueva, con el nacimiento de mellizos, cuyos nombres son un reconocimiento explícito a la cultura indígena de la Patagonia.

Entremedio, las disquisiciones sobre los movimientos revolucionarios de América Latina, la épica de Allende, los antagonismos surgidos a raíz de la “idealizada” gesta cubana, la sincera opción de Esteban y Amalia a los sistemas democráticos como centros del desarrollo político, social y económico, las interrogantes sobre el sentido de la vida, de dios, de las religiones, de los movimientos culturales, de los efectos ocasionados por las lecturas y experiencias en Francia y México, del posterior e insano intento de asesinato de Esteban, y de esos reencuentros que los van situando, en definitiva, en algún recodo del Valle de Elqui, para recuperar la esencia del amor que los sostuvo, más allá de sus desventuras.

En suma, Nicolo Gligo ha estructurado una novela atractiva, sugerente, amparada en una memoria que nos interpela, que enuncia los conflictos individuales y colectivos de un “tiempo que fue”.

Nos exige remirar el pasado reciente con una visión abarcadora, exento de pasiones unilaterales, sin eludir la lógica objetiva que también nos conforma como seres humanos dotados de razón, sentimiento y lucidez, a partir justamente, de la existencia sufrida y doliente de una pareja que reencontró, a pesar de todo, la vuelta a casa.

Nicolo Gligo: Crónica de un mundo que fue (novela)
Ediciones Biblos, 204 páginas, 2026.

Nicolo Gligo Viel
Nicolo Gligo Viel

Nicolo Gligo Viel (1938), casado, 2 hijos, chileno, magallánico y croata. Ingeniero agrónomo de la U. de Chile, 2 posgrados en Florencia. Su trabajo preferente ha sido sobre la relación desarrollo y medioambiente. Extensa carrera profesional en INDAP, Ministerio de Agricultura de Chile, funcionario internacional de CEPAL-NU en temas medioambientales. Académico de las facultades de Agronomía y de Gobierno de la Universidad de Chile. Profesor titular del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Buenos Aires y Profesor invitado de varias universidades iberoamericanas.150 publicaciones académicas.

En literatura ha publicado 5 libros de poesías, dos novelas, un libro de cuentos y poesías, un libro de crónica y un libro de fotografías con poemas.

Crónica de un mundo que fu
Crónica de un mundo que fue