INTRODUCCIÓN

La Corporación Letras de Chile agradece la autorización de Luis Casado, director del Diario Electrónico POLITIKA, para publicar esta obra, parte de la memoria histórica de los periodos de dictadura en nuestro continente- y contribuir así a su conocimiento y difusión en nuestro sitio Web. Tanto Argentina como Chile sufrieron dictaduras tremendas, con innumerables víctimas de tortura, asesinato, prisión, exilio y desaparición.

“Elogio de la tortura” fue escrito por Eduardo Kiernan, una de la tantas víctimas de la dictadura argentina, desde una perspectiva que no es la más frecuente en textos que se caracterizan por su fuerte impronta testimonial. Aquí, el narrador es el victimario, -el torturador- que vuelve siempre sobre el argumento de que su trabajo debe ser entendido y abordado como un trabajo profesional.

Eduardo Kiernen es docente y, junto con su esposa, fueron secuestrados en marzo de 1977 y detenidos ilegalmente en uno de los centros de detención, El Vesubio. Hechos como estos forman parte de nuestra memoria histórica y de la obligación ética, social y política de no olvidar ni los hechos ni las personas afectadas por ellos.

Nadie mejor que el propio Luis Casado para escribir unas palabras que dieran mayor contexto a este escrito. Los invitamos a leer su Preámbulo para la obra Elogio de la tortura y la obra misma.

ELOGIO DE LA TORTURA, de EDUARDO KIERNAN

PREÁMBULO

Por Luis Casado, director de POLITIKA,
París, 08 de junio de 2026

Las dictaduras latinoamericanas tienen rasgos comunes que son, sin lugar a duda, el producto de la genética: su padre es siempre el mismo. En el caso de las dictaduras argentina (1976-1983), chilena (1973-1990) y algunas otras, la hermandad fue tal que fraternalmente crearon, en 1975, la abyecta Operación Cóndor, campaña de represión política y terrorismo de Estado que tuvo el respaldo del gobierno de EEUU. Ella incluyó el asesinato de opositores en el continente.

Los militares sudakas se forman en la Escuela de las Américas, operada por el Ejército de los EEUU, y fundada en 1946 con el objetivo de entrenar a soldados latinoamericanos en técnicas de guerra y contrainsurgencia. Por sus aulas han pasado más de 83.000 alumnos, muchos de los cuales fueron destacados violadores de los derechos humanos en sus propios países. Así lo han demostrado Chile, Guatemala, Argentina, Perú, Uruguay, Nicaragua, El Salvador, México y Honduras, entre otros.

El texto de Eduardo Kiernan es el producto de esa práctica represiva, sufrida por el propio autor y su esposa en el centro de torturas llamado El Vesubio. Al escribir Elogio de la tortura, el autor cuidó de…

Evitar cuidadosamente los aspectos lacrimógenos. Para que esto ocurra los personajes no pueden ser torturados o gente que pasó por ese problema. Lo mejor es que hablen figuras neutras y ¿qué mejor que los propios torturadores? (Cuidé de) No poner escenas escatológicas o baños de sangre, etc. Podría haberlo hecho, porque lo que allí vi no se puede olvidar jamás. Te cuento una anécdota. Fui convocado a declarar a los tribunales de justicia acá en Buenos Aires. Yo me había presentado voluntariamente para hablar y condenar a mis captores. También lo hizo Ana y muchísima gente más, pero el día que declaré fui de los primeros en hacerlo. Fui el tercero después de Ana. El juez de la causa era el Dr. Bruglia, la sesión comienza con una pregunta del mismo que repito:

“Sr. Kiernan, ¿cuándo salió usted del centro de detención clandestino llamado El Vesubio?
Respondo: Mire, doctor, yo del Vesubio no salí nunca. Todo el tiempo estoy volviendo. Ese día declaré de forma interminable. No podía parar…

Eduardo Kiernan ha explicado no sólo la forma sino también la génesis de su texto:

Esta es la semilla de lo que terminó siendo el monólogo.

Sábado a la noche, tres de la madrugada. Duermo como otros en el piso, atado a un gancho y esposado a él. Siento que me tocan el brazo. Es uno de los guardias. Me pide que me siente. Trae un vaso de vino que en realidad es vino en cajita con mucha soda. Te despierto porque estoy desesperado, dice… Me sacan de aquí y me mandan a la patota y yo no quiero ir más ahí.

La patota es el grupo de personas que secuestran gente. Van a una dirección, entran, secuestran a la gente que habita el lugar y antes de partir se roban todo lo que tiene valor.
El tipo casi lloraba por tener que volver a hacer esa tarea. Le pregunté si podía dejar de hacerlo. Me dijo que no, que no podía y si no “colaboraba” podía pagarlo su familia. Fin.

¿Este guardia es culpable o no? Conocí muchos guardias y también torturadores que comenzaban a ver resquebrajarse su idea de combatir la subversión. Gente común, ni siquiera milicos. Un día los llamaron, les dijeron que iban hacer tal tarea y listo. Se encontraron al principio con un gran poder que es sentirse dueños de la vida de los otros. Al cabo de un tiempo se sentían mal y no podían volver atrás, era obligatorio continuar. Se daban cuenta que ellos también estaban secuestrados, pero en libertad. La mayoría se notaban encantados por su tarea, pero algunos…

Recuperamos la libertad en un auto manejado por el jefe de torturas y su ayudante. Les reconocí la voz a ambos. Eran militares de carrera y se notaba su satisfacción por la tarea emprendida. Hablamos en el camino que eran quinientos kilómetros desde El Vesubio a Tres Arroyos. Hablaban muy amistosamente. Se los notaba padres de familia, buenos vecinos, etc., gente común. En lugar de ser empleados de banco o carteros, se metieron a estudiar en el ejército y años después ya salieron con un título y un cargo. No entendían a la guerrilla. Decían no comprender por qué para esa gente ellos eran enemigos… «Si nosotros lo que hacemos es defender la patria».

«Nosotros tenemos miedo de salir a la calle con el uniforme. Si nos ven estos pibes nos matan ahí mismo. ¿Qué les hicimos nosotros, eh?”.

No decíamos nada con Ana, queríamos llegar a Tres Arroyos.

Varios meses atrás el comandante del primer cuerpo de ejército salió de su casa en Lomas de Zamora rumbo a Carrefour (otra, pero no recuerdo cuál). Lo tenían estudiado y sabían que pasaba por ahí a hacer sus compras. De un auto bajaron dos o tres tipos y lo ametrallaron. Fue un comando Montonero. El general este se llamaba Sánchez. Al día siguiente, en un acto multitudinario tipo cien mil personas la gente coreaba «Sánchez, Berisso, el pueblo así lo quiso». Berisso fue también otro general asesinado semanas antes. Mis acompañantes no entendían por qué los mataron, si eran modestos padres de familia.

No entendían que los mató la ideología que sostenía que el ejército es el brazo armado de la oligarquía. Años atrás me preguntaba cómo surgió todo esto. Ya no me interrogo más, ¡ahora escribo teatro para entender!

Y nosotros, lectores, leemos para saber, para comprender la lógica y la dinámica de la defensa de los intereses del imperio por parte de uniformados que sacrifican a sus compatriotas en ese empeño.

OBRA TEATRAL: ELOGIO DE LA TORTURA, de EDUARDO KIERNAN

Pieza teatral en un acto

Dr. L. Bruglia: Señor Kiernan, ¿y a qué atribuye usted su libertad? ¿Cuándo lo soltaron?

E. Kiernan: Del Vesubio no se sale más, señor Juez. Uno sale físicamente, pero del Vesubio no se sale más. La libertad fue tan ilegal como el secuestro; fue una decisión arbitraria de ellos.

Causa Vesubio I, Comodoro Py, 10 de mayo de 2010

Personajes: Paciente y doctor

La escena transcurre en un espacio despojado prácticamente de mobiliario, solo un escritorio y dos sillas, donde los personajes interactúan en lo que aparenta ser una consulta médica. La neutralidad del escenario busca generar una incomodidad productiva en el espectador, de modo tal que vaya (re)construyendo el marco en el que transcurre y deduzca el carácter de cada personaje, a medida que la obra se desenvuelve.

Paciente: – ¿Qué es la tortura? Un método mediante el cual un profesional lleva a la víctima al punto de aguante máximo de su dolor, generalmente… dolor físico. ¿Me entiende, doctor?

Un torturador profesional es aquel que hace su trabajo conociendo bien el límite de su víctima. Si se pasa de este límite, la víctima ya no sirve. Si Ud., Dr., le da y le da, el tipo se le muere y ya no sirve… ¿me entiende? Hay que tener también cuidado con los desmayos, ¿un cuerpo desmayado para qué sirve? Por eso el oficio de torturador no es para cualquiera, se necesita una gran sensibilidad, un tacto especial, un oído muy fino.

Hay que saber entender que este trabajo tiene dos momentos bien diferenciados… claramente distintos. El primero es cuando el tipo está ahí, en la camilla, en la salita de tortura, el tipo está solo, completamente solo. A mí me gusta mucho este momento, es un momento único, único, para uno y para él. Hay compañeros del oficio que no bien entran a la salita, ya se ponen a gritar, a dar golpes, a aporrear al pobre tipo cuando todavía no dijo ni siquiera una palabra. No, yo no estoy de acuerdo, ese no es un buen trabajo. No predispones al tipo a colaborar… porque, ¿lo fundamental en esta tarea qué es?… ¡¡¡la colaboración!!! La colaboración es muy necesaria, ¿me entiende? Pero claro… colaborar, lo que se dice “colaborar”, no quiere casi nadie. Lo que hay que hacer es inducir al tipo, hablarle paternalmente primero, decirle que hablar es mejor que cerrar la boca, que es por su bien, que nadie sale más perjudicado que él si no colabora. Porque esta es una gran verdad, doctor, si el tipo no habla, no canta nada, la que le espera es tremenda, ¿sabe?

Usted tiene que decirle estas verdades y ver cómo reacciona. Porque el tema es así… Ud. piense doctor, el tipo que está ahí, quizás lo sacaron de la casa a las cinco de la mañana, estaba recontra dormido y la patota va, le tira la puerta abajo, se meten adentro de la casa, y se lo llevan a tortazo limpio, lo meten en el baúl de un Falcon, y de ahí ya me lo traen aquí, a la sala de trabajo. Yo calculo que debe ser muy fuerte eso de estar dormido y de pronto, en media hora, estar encapuchado, amarrado a una camilla o a una mesa de cemento con cuatro ganchos en las puntas, con las manos y los pies sujetados en cada vértice de la camilla de trabajo. Debe ser tremenda la impresión del tipo. A las cinco o seis de la mañana dormido, calentito, y media hora después, sujetado como Túpac Amaru, con las piernas y los brazos abiertos, desnudo y sin saber siquiera dónde está, ¿verdad, doctor?

Desgraciadamente, muchas veces al llegar ya los muchachos hicieron su trabajo. Cuántas veces les tengo que decir que así no se trabaja, pero no hay nada que hacer… son brutos, Dr., ¡¡¡brutos!!! No quieren su trabajo… van al bulto. ¡Mire que yo grito, eh!, porque tengo más cargo que ellos, ¿vio? Pero no hay nada que hacer, se ensañan con el pobre tipo y lo hacen pelota. ¿Y para qué te sirve un cuerpo hecho pelota? No, no hay amor al trabajo, a la profesión. A mí me parece que estos muchachos vienen a trabajar con mucho odio, que se pelearon con la mujer, que la guita no alcanza, que perdió Boca o River. No son sensibles, Dr., y trabajan para la mierda. Y lo que es peor… se cagan de risa, se recontra cagan de risa.

De qué me sirve un cuerpo si cuando llego a mi trabajo me encuentro con un tipo amarrado a una camilla, sin movimiento alguno, golpeado, ensangrentado, con tumefacciones varias, casi electrocutado, etc., etc. No te sirve de nada, esa es la pura verdad. Ya no puede cantar nada, está inconsciente, desmayado. Llevaron el cuerpo este a un punto que ya no te sirve para nada.

Cuando yo estoy, Dr., todo es distinto. Primero. que no permito que nadie lo toque. Les digo a los muchachos de la patota… Ah, Dr. ¿Ud. sabe qué es la patota? Bueno… la patota son los muchachos que van a buscar a hombres y mujeres que hay que secuestrar, me entiende… la gente de inteligencia pasa la información y lo vamos a buscar. “Vamos” digo, pero los que hacen este trabajo son los de la patota. Nada que ver con nosotros, si quiere, luego le cuento. Nuestro trabajo es distinto, más artístico si se quiere. Uno debe medir bien al tipo o a la mujer que le traen, si es joven o viejo, si está bien alimentado o medio muerto de hambre, si son solteros o casados; si son casados, si tienen hijos o no, si viven o no con su mujer, etc. Mil preguntas que uno debe conocer. Porque para hacer un buen trabajo, Dr., es necesario conocer. A veces de arriba te mandan una hoja impresa con los datos de la persona, sea hombre o mujer. Ese es un buen trabajo de inteligencia. La patota va, revienta la casa se chupa al tipo y me lo trae con moño y todo.

Le digo una cosa… llegan todos cagados, eh, traen un susto que ni le cuento. Ahí empieza mi tarea, nada de gritos ni de golpes. Hay que ir de menor a mayor. Quisiera ser más gráfico. A mí me gusta recibir al tipo, tal como llega. Llevarlo a la sala de operaciones, acostarlo sobre la mesa de tortura, atarle los brazos, las piernas, sujetarle bien las manos y allí sí, cuando lo tenés bien amarrado, comienza tu trabajo. Oiga bien… ni un solo golpe, ni un solo grito… nada, un trabajo bien limpio. Ud. le dice que él y Ud. saben por qué está ahí. Si el tipo le dice que sí… es un gol de media cancha. Ambos están de acuerdo y eso es bárbaro. ¡¡Pero le juro, Dr., que la mayoría de las veces el tipo está ahí y no tengo la menor idea de quién carajo es el flaco este!! Pero ojo, eh, él no tiene que enterarse que uno no sabe nada. Tiene que creer que Ud. sabe todo, todo de todo, ese es el acuerdo al que me refería. Y es aquí donde comienza el trabajo artístico, ¿me entiende?

La tortura bien hecha es un arte, el arte de hacer hablar al otro sin siquiera tocarlo y llegar a la verdad. Mire, me acuerdo en la secundaria, en tercer año me hicieron leer a Sócrates. Un capo el Sócrates este, se iba a la plaza pública, ahí en Grecia, en Atenas, y al primero que pasaba empezaba preguntarle qué es esto o esto otro. Le preguntaba, por ejemplo, ¿qué es el amor? Y el tipo contestaba, daba una respuesta. Sócrates lo felicitaba, pero le indicaba que su respuesta no era del todo correcta por esto o esto otro. Entonces, el tipo tenía que corregirse, y daba otra respuesta, y Sócrates lo volvía a corregir, y así durante horas, hasta que el tipo daba la respuesta correcta. ¿Qué me dice, Dr.? El tipo largaba la verdad sin un solo golpe. ¡¡¡Esto es filosofía, Dr.!!!, y de la mejor, créame, ¡¡¡se lo aseguro!!! Es lo que nunca pude hacerle comprender a mis muchachos, Dr., que nosotros teníamos que hacer una tarea filosófica, ir de la mentira a la verdad, o si prefiere, de no saber nada del tipo que está amarrado a saberlo todo de él. No es tan difícil, ¿verdad? Quién sos, dónde vivís, dónde trabajás, ¿estás casado?, ¿tenés hijos? Pero mis muchachos se matan de risa, ellos van al bulto, palo y palo. Si yo estoy, eso no pasa, pero si no estoy, si todavía no llegué a mi trabajo… pobre tipo.

En fin, no eran malos muchachos, pero eran más brutos que animales de carga. Fuera del horario de trabajo eran todos macanudos. Pero no eran profesionales, la verdad que no lo eran.

El que sí era un súper profesional era Rubén. Un maestro. Serio, cumplidor, un trabajador infatigable, y muy buen compañero. Más serio que la miércoles, ¿eh? Él fue el primero que dijo que torturar era un arte. Y se cagaron de risa los boludos, y no contestó nada, como si lloviera. Pero a mí me quedó esa frase, me quedó de tal manera que no me la olvidé nunca más. ¿De dónde la habrá sacado, no? Seguro que de su propia cabeza, seguro. El tipo venía dos veces por semana, ¡solo dos veces! Nosotros, nunca menos de tres veces. El habló con los capos de arriba, me comprende, generales o mayores, y les dijo que más veces no podía, que le hacía mal, que era un trabajo muy duro, más duro que tener que levantar bolsas de cemento. Así contó cierta vez y nosotros le creímos. Se les paraba a tipos con una graduación altísima y explicaba sus razones. Y era tan bueno, tan profesional que terminaban por creerle. Dejaban que Rubén vaya dos veces por semana. Salvo cuando caía algún pesado de la organización, la opinión era unánime “llamen a Rubén”. Ahí caía él, lento como siempre, de traje, saco y corbata, una camisa de seda blanca, que decía que era italiana, con gemelos y todo, corbata amarilla o roja, haciendo juego con el traje azul o negro. Y unos zapatos de novela, decía que eran italianos.

Un capo Rubén se lo aseguro. Nosotros íbamos así nomás, de zapatillas y vaquero. El tipo no… de punta en blanco. Alguna vez un coronel le preguntó por qué vestía de semejante forma. Recuerdo que le dijo que él era un profesional, y así como un médico viste con un traje o un saco sport, él sentía que debía hacer lo mismo. Que era su forma de respetar su trabajo. Pero ojo, no siempre venía así, aunque siempre, siempre de saco y pantalón, jamás en zapatillas.

El día que lo llamaban en forma especial, a cualquier hora, si el que caía era un capo de la organización, se vestía en forma especial. Recuerdo que una noche, en un operativo muy complejo, agarraron a un jefe Montonero, un oficial de la conducción nacional. De esos que diseñaban un golpe comando a un banco y se afanaban toda la guita o copaban un hospital para rescatar a un compañero preso que estaba herido. Dicen que él personalmente iba al frente, un tipo con unas bolas bien grandes. El ejército lo agarró a medianoche, después de resistir unas diez horas meta bala y bala. Cuando al final ya nadie respondía, los muchachos entraron a la casa; había muertos por todos lados. Revisaron las piezas, el galpón del fondo, subieron al techo y ahí estaba el flaco este, cuerpo a tierra con el arma en la mano, tratando de pasar desapercibido. Ahí lo llamaron a Rubén, eran como las dos de la mañana. ¿Sabe qué le dijeron? Tenemos comida para vos. ¡Prepárate que esto es caviar, flaco! ¿Sabe cómo vino vestido? Con traje vino. Traje gris, ajustado al cuerpo, camisa gris de la marca francesa esa, Dior, si mal no recuerdo, una corbata a tono y unos zapatos de charol finos a más no poder. Un modelo de esos que salen en las revistas de modas. Con decirle que cuando llegó el secuestrado, se corrió la bolilla de que lo habían llamado a Rubén.

Éramos seis o siete los que lo esperábamos, porque queríamos saber qué iba a hacer el loco. Con semejante personaje que habían capturado, quién mejor que él para el interrogatorio. Si hasta estaba un coronel que quería saber cómo trabajaba Rubén. La pinta de Rubén y la del coronel eran tan distintas, el flaco parecía un gerente de banco y el oficial superior, un lavacopas cualquiera. ¡Qué pinta el flaco, Dr., qué pinta! El coronel, dicho sea de paso, era flor de hijo de puta. Cuando él quería hacer la tarea, hacía pelota a los chicos. Y eso no sirve para nada, porque si querés que el tipo cante, tenés que ir de menor a mayor, y no reventar al tipo sin decir agua va, agua viene, ¿me entiende?

Ese tipo estaba lleno de odio, esa es la verdad. Un borracho como vi pocos. Cuando llegaba la noche, tipo doce o una, se encerraba en su cuarto con una botella de whisky completa y se la tomaba toda. De no creer. Una vez recuerdo que le pregunté, coronel, disculpe… ¿no toma Ud. demasiado? ¿Sabe qué me contestó? Que tomaba por penas, ¡por penas, me dijo!… Ahora, digo yo, ¿qué pena podía tener ese turro de mierda, con el cargo que tenía, la familia que tenía y la guita que ganaba? No sé… quizás este trabajo que tenía, Dr., era duro, muy duro.

Cuando Rubén llegó nos preguntó ¿dónde está? Yo le contesté que estaba en el hospitalito, que era la pieza de tortura. Pidió un café, se lavó la cara, se ve que estaba mal dormido, se tomó de un trago el café, y partió para la pieza. Y todos detrás de él. El pibe estaba en la parrilla, bien sujeto de pies y manos. Era pequeño, no más de 1,65 de altura. Parece mentira, Dr., alguien tan chico, tan flaco, tan poca cosa, y al mismo tiempo tan bravo, tan fuerte, tan inteligente. En la organización le tenían un respeto enorme y eso que tenía en ese momento 28 años nada más. Rubén se acercó, dio una vuelta completa a la parrilla y se quedó mirándolo. El pibe tenía la cabeza tapada con una capucha negra. Rubén le preguntó después de un rato… ¿así que vos sos Enrique? Y dándose vuelta nos miró a todos y dijo que nos teníamos que ir, que quería trabajar solo. Agregó, Ud. también coronel, disculpe, pero tiene que irse. Y salimos todos, con el coronel incluido, sin decir una palabra. Qué personalidad que tenía el tipo, doc, qué autoridad. Salimos sin decir una palabra. ¡Dígame si no es digno de admiración! Apenas una frase… y todo el mundo afuera. Un capo el tipo, ¡un capo!

Algunos metimos la oreja detrás de la puerta y no se oía nada. Es más… en ningún momento se oyó nada. Quiero decir… ningún grito, nada de golpes o cosa parecida, porque eso era lo común… gritos, gemidos, golpes… No, en este caso nada, solamente la voz de Rubén pero muy bajito y las respuestas del pibe también muy pero muy bajo. Si clavabas la oreja en la puerta, la sensación que tenías era que estaban en la mesa de un bar. ¿Vio que en las mesas de los bares la gente habla y habla, y Ud. no escucha nada? Bueno, así nomás. Pasaron dos horas, se abre la puerta y Rubén que dice necesito dos cafés. Yo me acerqué y pregunté si era cierto lo que decía. Me contestó que sí, que necesitaba dos cafés, y que además le desenganchara las dos manos al pibe. Para que me entienda bien lo que digo Dr. ¿Sabe bien lo que es una parrilla? Porque yo hablo de la parrilla, la parrilla… y Ud. por ahí ni sabe bien qué es. Le explico… la hacemos nosotros mismos, son cuatro paredes de un metro de altura, es un rectángulo ¿vio? Y arriba construimos una loza de unos dos metros de largo, y en cada vértice colocamos unas argollas. Son cuatro argollas en total, y cuando nos traen un detenido lo acostamos en la losa a lo largo, los amarramos en cada argolla, y le sujetamos las manos y los pies. En una palabra… los estaqueamos, ¿se entiende? El tipo no se puede ni mover salvo cuando le pasamos electricidad que ahí sí… se le arquea el cuerpo de lo lindo. Qué va a hacer, Dr., la electricidad es jodida, difícil de aguantar, ¿vio?

Como le iba diciendo, Rubén sale de la salita y me dice que le desate las manos. Quedan bien sujetas las piernas, pero los brazos y manos quedan sueltos. Les llevo el café y me pide que salga. Y están dos horas más charlando. Esta táctica del amiguismo la inventó él… decía, el secuestrado es un tipo que llega muerto de miedo, sabe lo que le espera, sabe que le van a hacer saltar las tripas por el aire. Tan es así lo del miedo que tienen, que algunos vienen cantando cualquier cosa antes de que los toques. Pero son cuadros muy bajos de la organización, casi casi perejiles. Y qué le vas a sacar a un perejil… nada, no te sirven para nada. Para este servicio Rubén casi ni intervenía, trabajo de segunda decía. Pero este tal Enrique no era ningún perejil, era chiquito pero ningún perejil. Después salió y me dijo que lo enganchara nuevamente, que en dos horas volvía y que necesitaba dormir. Y se fue; así que entré, le coloqué la capucha y lo enganché de nuevo. Salí de la pieza y apagué la luz. Yo creo que debe ser jodido que te saquen de tu casa, a las seis de la mañana, te metan en un auto y te traigan hasta este lugar, y encima te lleven a una pieza, te aten como a un pollo a la parrilla, te apaguen la luz y se las tomen. Yo, Dr., estaría todo cagado de miedo. En el momento de apagar la luz, le eché un último vistazo y me dio lástima, qué quiere que le diga. Estaba el pobre atado de pies y manos, con la cabeza cubierta y los pies desnudos, y solo el pantalón y un cinturón, sin camisa ni nada. ¿Sabe qué me recordó? ¿Vio la foto del Che Guevara muerto? ¿Vio que estaba semi desnudo, nada más que con un pantalón puesto, sin camisa ni nada? Bueno, Dr., de esa foto me acordé, claro que el Che estaba con la cabeza destapada, con esa mirada tan profunda y dura, y los pelos enrulados que le caían al costado. ¿Vio que parecía un Cristo? Qué foto, Dr., un campeón ese fotógrafo.

Yo nunca entendí a este tipo. ¿Qué carajo quería? Dicen que hacer la revolución. ¿Pero qué revolución? Si ya la había hecho, ¡bueno, es lo que dicen! Si él tenía todo… era médico, era ministro de gobierno en Cuba, flor de pinta que tenía y las minas que quisiera. Entonces si estás bomba en tu vida, ¿por qué te vas a hacer quilombo a otro país?, si vos tenés todo arreglado, cargos, plata, minas, prestigio… ¡Son cosas que no se entienden! Y este pibe que lo habíamos chupado, en el momento que apagué la luz, me hizo recordar la foto del Che. Yo no estoy comparando nada, no voy a comparar al Che con este pibe, quién carajo es este pibe… ¡nadie! Y el Che era el Che, ¿no?

Dicen que estos pibes tienen las mismas ideas, que quieren hacer la revolución. ¿Sabe qué va a pasar, Dr.? Los vamos a hacer mierda a todos, a matar a todos. Porque ojo que son jóvenes, pero andan todos calzados, revólveres, ametralladoras, bombas… quieren copiar al Che, pero les va a pasar lo mismo que a él, los vamos a ir agarrando de a uno, y de a uno los vamos a ir liquidando. Y si no lo hacemos nosotros, los que nos van a matar son ellos, están loquísimos. ¿Pero Dr., cómo va Ud. a decir que la gente la pasa mal en nuestro país? Con la cantidad de carne que se consume acá, con la comida que se tira, con trabajo para el que quiera trabajar… ¡por favor, Dr.! El que no trabaja es porque no quiere trabajar, Dr. ¿Y Ud. va a salir a matar gente porque la riqueza está mal repartida como dicen?, ¿o porque no hay trabajo? Vea Dr., yo mucha instrucción no tengo, pero yo sé bien que en la historia de los países la riqueza nunca se repartió, los que la hacen se la guardan y lo bien que hacen, porque la hicieron ellos o sus padres y no se la robaron a nadie, ¿verdad? Y ahora me vienen con el cuento de los pobres, ¿por qué no me vienen con el cuento de los que no quieren trabajar? Lo que pasa, Dr., es que los negros no quieren trabajar, quieren pasarla de lo lindo meta chupi y música, ¡porque si algo hacen los negros es pasarla de lo lindo! Y esto es lo que dicen estos pibes… que quieren hacer una revolución para que todos tengamos trabajo y la riqueza esté mejor repartida. Pero si la riqueza está repartida como está por algo será, ¿no le parece? Y si hicieran la revolución y fueran a las villas y les dijeran… bueno, señores, ahora hay trabajo para todos; los negros los sacarían cagando, se lo digo yo, Dr., ¡se lo digo yo! Mire, Dr., mucha instrucción no tengo, pero si agarro los diarios y me pongo a buscar en el pasado y me fijo en los bancos, por ejemplo, no voy a encontrar un solo caso de gente que se hizo dueño de bancos robando a los demás… se hicieron dueños de los bancos laburando, Dr., laburando. De historia no sé mucho, pero ¿cómo se funda un banco? Se funda seguramente alquilando un local, tres o cuatro tipos con sus ahorros, empezaron a prestar y recibir dinero, un par de escritorios, unas máquinas de escribir, algún empleado y se rompieron el culo, Dr., se rompieron el culo y se convirtieron en lo que son hoy… señores banqueros, y empezaron con un localcito de mierda, Dr., estoy seguro. Y estos pibes que son unos locos, me dicen que hay que sacarles los bancos a los banqueros porque son chorros, que los banqueros son ladrones. Y otro tanto con los dueños de fábricas o gente que trabajan sus campos, que hay que sacarle los campos a los chacareros, porque tienen mucha tierra y hay que hacer una reforma agraria, que no es más que repartir la tierra. Pero si la tierra ya está repartida, ¿para qué vas a hacer semejante quilombo para volver a repartirla?

Es de locos, Dr., yo sé lo que le digo. El tiempo que los tenemos chupados a veces hablo con ellos, muchas veces estoy aburrido y los saco para hablar y mientras tomo unos mates les pido que me cuenten y todos dicen más o menos lo mismo. Yo les digo… ¿a mí me va a tocar un pedazo de tierra o un campito? Ahora bien, pibe, ¿quién te dijo que yo quiero un campito? Yo no quiero un campo, ¡no quiero! Vos me vas a obligar a agarrarlo y qué carajo voy a hacer yo con un campo si lo que quiero es seguir trabajando en el ejército. Yo estoy cómodo trabajando para el ejército, incluso en este momento como torturador. Estoy cómodo, muy cómodo, y vos venís de prepo y me sacas este trabajo y me mandás al campo. Pero si yo estoy bien, ¿quién te dice que yo quiero cambiar de trabajo? Y yo entre mate y mate, les digo esto y no saben qué contestar, Dr., miran para abajo y no saben qué contestar. Porque ojo, Dr., yo también tengo mi método, eh, no será el de Rubén tan perfeccionista, vio… pero algunas cosas consigo, algún dato, alguna pavada que largan y yo después paso el dato, vio, paso el dato y algunas cosas se consiguen y esas son pequeñas medallas que uno va acumulando.

Y bueno, Dr., para no irme de tema, a las dos horas lo desperté a Rubén. Se levantó, me pidió otro café y se fue para la pieza donde estaba el tal Enrique. Ya la cosa no fue tan tranquila, las voces iban subiendo de volumen y llegó el momento que era un griterío infernal. Este Rubén que siempre hablaba tan bajito iba levantando el volumen de voz, y esta voz cuando se elevaba era terrible, Dr., terrible por el sonido que tenía, que no entiendo, Dr., de dónde le salía, pero metía miedo de solo oírla. Hasta que empezaron los quejidos del pibe, que fue gritando cada vez más fuerte, porque se ve que el dolor le estaría atravesando la garganta. No sé si esta vez no se fue de mambo Rubén, porque pasaron como dos horas de este griterío que le cuento, hasta que la voz del pibe se fue apagando y apagando. Lo único que se escuchaba al final era algo así como “por favor Sr.… por favor”. Y no se escuchó más nada. Yo me fije la hora y habían pasado dos horas y estaba aclarando ya. Pero el loco no salía, no salía. Y pasaron como dos horas más sin un ruido ni un sonido. Hasta que abrí la puerta y se me pararon los pelos de punta. No había más nadie para mirar lo que vi, Dr., los demás se habían ido a dormir. Había sangre por todos lados, Dr., y el pibe estaba muerto, lo mató el loco, ¡¡¡lo mato!!! Él… el que todos admirábamos, el perfeccionista, había matado a un tipo, un pibe después de todo, que tenía tanta información, seguramente, porque no por nada tenía el puesto que tenía en la organización, estaba ahí muerto, carajo, con los ojos abiertos también como el Che, y sangre por todos lados, una carnicería francamente. Y Rubén sentado en la silla, mirando para abajo. ¿Y sabe qué pasó, Dr.? Se llevó los pelos para atrás y comenzó a llorar, a llorar, Dr., de no poder parar. Yo nunca en este trabajo vi nada parecido. Pero… si seguramente el muerto era un hijo de puta, uno que si me encuentra a mí por la calle con el uniforme, me hace cagar con un de un par de tiros, sin preguntar siquiera si tengo hijos, familia o mi vieja conmigo… pum, pum, dos balazos y a otra cosa. Pendejos de mierda, vaya a saber quién les metió semejantes ideas. ¿Vio que dicen que Sarmiento dijo “las ideas no se matan”? Acá en El Vesubio lo primero que matamos son las ideas. Y a las personas también.

Me parece, Dr., que Rubén lloraba porque se le había ido la mano, no se pudo contener, el silencio del pibe lo llevó a tal extremo que se olvidó que uno tiene que ser como decía él… un profesional. Mire, Dr., es común que se nos queden tipos o mujeres también mientras torturamos. Uno se pregunta ¿qué pasó? Lo que ocurre… es que viene gente con problemas en el corazón, no avisan nada y ¡páfate!, les revienta la aorta según me dijeron, Dr. Nos ocurrió la vez pasada con una mujer. Pobre mina, jovencita, 24 años, no cantaba nada y hubo que darle máquina fuerte, muy fuerte y pum, Dr., se nos quedó en la mesa de tortura. Otro tanto ocurrió el mes pasado con un gordo Montonero, los muchachos lo cargaban. Gordo le decían, con esa panza te aceptaron en la orga… ¿y cuando tenés que rajar cómo hacés? Con esa panza de mierda. Se cagaban de risa los muchachos, y era tanta la máquina que le daban, pobre gordo, que reventó como un sapo. Qué hijos de puta, Dr., que somos… todos nos cagábamos de risa y el gordo se murió como hacen los gordos, resopló como una ballena y se murió, sí señor, se murió así nomás. Y no le cuento, Dr., todas las cosas que le hicimos nada más que porque pesaba como ciento cincuenta kilos. Yo no le voy a contar, Dr., todas las cosas que hacen los muchachos, porque es una porquería. Qué quiere que le diga, yo solo le cuento lo de la picana o los golpes, pero las cosas que se hacen allí adentro no son para contar porque Ud. es un profesional y terminaría vomitando, Dr.

Esa mañana, la mañana del gordo, era tanto el barullo que hacíamos que entró Rubén y nos cago bien a pedos… dijo que éramos una mierda, que no éramos profesionales ni nada, una basura… una basura nos dijo, Dr., a nosotros que éramos compañeros de él nada menos. Pero el tipo tenía tanta personalidad que nadie dijo nada, metimos violín en bolsa y salimos. A mí me dio vergüenza, Dr., esa es la pura verdad… vergüenza. Y a mí me queda una pregunta, ¿por qué uno se las toma contra los gordos? Después de todo son seres humanos como cualquiera, ¿verdad? Pobre gordo. Y como le decía, Rubén, que no aceptaba que nosotros tuviéramos una falla y que se nos quedaran secos los tipos que torturábamos, que éramos una mierda y todas esas cosas, a él nada menos se le queda el pibe este. Todos nos quedamos de una pieza, vio. No daba para joderlo, tomarle el pelo o algo así porque el tipo lloraba, Dr., lloraba de no poder parar, pero si no era nada de este pibe, no había una cuestión afectiva ni nada de eso. Era uno más, uno más. Por otra parte, a la gente que traíamos acá, cuando nos dábamos cuenta después de varios días de darle máquina y más máquina, ya no decían más nada interesante, los pasábamos a las cuchas, que eran unos espacios pequeños donde los dejábamos ahí. Ya no nos servían más, no nos interesaban. Quedaban prisioneros en esos espacios tan chicos. Y como a veces había superpoblación metíamos de a dos o tres en cada cucha. Así hasta que llegaba la orden de traslado, los juntábamos de a diez o veinte y se los llevaban a la muerte, Dr., a la muerte. Eso lo sabíamos bien, lo que no sabíamos era a dónde los llevaban para matar, ellos los milicos tenían sus lugares ¿vio? Ni siquiera nosotros lo sabíamos, se lo tenían bien guardado.

Una vez le pregunté a uno que decían que era capitán, y sería nomás capitán porque flor de hijo de puta era, a dónde los llevaban esa madrugada, siempre era de madrugada, y el tipo me contestó a vos qué mierda te importa. Era así nomás, nadie sabía dónde los mataban. Nosotros pensábamos que sería cerca de los cementerios, porque al ser de madrugada cuando llegaba el personal que trabajaba allí, los sepultureros no tenían más que levantarlos y enterrarlos, pero no lo sé bien, lo imagino ¿vio? Era siempre, como le dije, de madrugada, cuando faltaban algo así como dos o tres horas para terminar la guardia, tipo cinco o seis de la mañana llegaban los camiones del ejército, los sacaban de las cuchas y los ponían en fila y arriba, se los llevaban. Los pibes preguntaban siempre “a dónde nos llevan, a dónde”, y las respuestas eran siempre las mismas, “a Devoto los llevamos, a que cumplan una buena condena por subversivos que son”. Les decían esto para no armar alboroto, es como que se quedaban tranquilos. Para ellos ir a Devoto presos era como tener asegurada la vida. Y se iban sin gritar, pero se iban a la muerte, Dr. Yo siempre le pedí a la virgen no estar una madrugada de traslado, siempre. Porque, Dr., yo soy muy devoto de la virgen, a mí me ha ayudado mucho en mi trabajo. Por eso los domingos, si no trabajo, voy a misa religiosamente, pido por mi familia, por la salud de todos los míos, por mi trabajo, y aunque no lo crea, Dr., por los pibes que trasladan, por el alma de ellos y esas cosas. Y la virgen, Dr., me ha escuchado, mis propios hijos me crecieron sanos, estudiosos, nunca falta comida en casa y trabajo no me ha faltado. Como le digo, Dr., soy muy creyente. Sí, la virgen me escuchó.

Ahora bien, Dr.… y es por esto que lo consulto, ¿está bien matar? ¿Matar a alguien que sabés que es tu enemigo, que si vos no lo matás, él te encuentra y te mata a vos? Porque nos matan, ¿eh? Nos matan sin ningún cargo de conciencia. Esto, Dr., es una guerra, una guerra de ellos contra nosotros, ¿qué otra cosa podemos hacer sino matarlos? Qué porquería, Dr., qué porquería, si yo no nací para matar, y ahora resulta que mato como cualquiera. Y estos pibes resulta que te matan… ¿ellos se preguntan como yo… si matar está bien o mal?, ¿se preguntan? Mire, Dr., me juego la cabeza que ellos no nacieron para matar, y nosotros tampoco… ¡¡¡nosotros tampoco!!! Entonces, qué es lo que está pasando, Dr., ¿qué es lo que pasa que nos matamos y el mundo sigue andando? ¡Yo era un pibe de barrio!, lo único que pensaba era jugar al fútbol, y con esa cabeza de no pensar en nada me metí en el ejército, porque me vino la colimba, al salir no tenía trabajo y me quedé ahí en el ejército, sin pensar en nada, ni en la patria, ni la bandera ni nada, un laburo más, en lugar de entrar a una fábrica entré al ejército. Y aquí me encuentro, Dr., con las manos chorreándome sangre. Pero si yo no tiré un solo balazo contra nadie, nada, ¡¡¡nada de nada!!! Lo mío siempre fue la tortura, Dr., nada más. Y esta sensación mía, Dr., de los gritos a la noche mientras duermo, que no me dejan dormir, carajo, y mi mujer que me dice que pare de dar vueltas en la cama, que es ella la que no puede dormir. Es por eso, Dr., que vengo a verlo, porque no puedo dormir. Ni con la cabeza tapada con la almohada paran de gritar adentro mío estos hijos de puta. Dos días después, Dr., de lo que le conté, Dr., nos dan la noticia más terrible que podíamos recibir, nos dicen que Rubén se había suicidado, se había metido la punta de la pistola en la boca y se había disparado una bala. Éramos siete en ese momento, Dr., quedamos como locos sin saber qué hacer, sin poder decir una palabra, y yo me senté, Dr., en una banqueta y me puse a llorar como un nene sin poder entender sin decir nada, solo llorar y llorar a moco tendido. La que avisó fue la dueña de la pensión donde vivía, porque no vivía en un departamento en Caballito como decía él que alquilaba y que le salía un huevo. No… vivía en una pensión mugrosa, en una pieza chiquita que alquilaba por dos mangos, Dr., dos mangos. La dueña de la pensión nos contó todo. Tenía una sobrina a la que él le pagaba los estudios. Y como los padres habían muerto en un atentado, él se hizo cargo de la chiquita. Nosotros de esto no sabíamos nada. Y nos enteramos de casualidad porque una noche que estábamos trabajando entró un mayor del ejército y le dijo así, a boca de jarro ¿es cierto, Rubén, que su hermano y su mujer murieron en un atentado? Dijo sí, secamente, estoy trabajando, y se metió en la pieza. Sabíamos que el hermano era milico y de graduación alta, aunque nunca habló de él, pero son cosas que se saben, ¿vio? Y mire lo que son estas cuestiones, pibes y no tan pibes lo hicieron volar por el aire. No sé si Rubén trabajaba en ese momento con nosotros porque, ya le digo, Dr. él no contaba nada. La que si nos contó algo más fue la mujer de la pensión. A la nena la mandó al extranjero a estudiar, quizás por miedo a una venganza contra ella, por eso la mandó afuera del país. A Suiza, Dr., la mandó a un colegio suizo que le tragaba el sueldo completo. A punto tal que había meses que le quedaba debiendo a la señora esta. Cómo le cagaron la vida al pobre Rubén. Y cómo me cagó la vida mía este trabajo. No doy más, Dr., no doy más ¡¡y quise cortar por lo sano y presenté mi renuncia al ejército!! ¿Y sabe qué pasó?… me llamaron de arriba y me dijeron de aquí no te vas más. Sabés demasiadas cosas y aquí dentro saber es perder. Y aquí estoy, Dr., perdido y sin saber qué hacer. Tengo demasiados muertos en el lomo y ya no puedo ni siquiera dormir ni comer, ni salir con mi mujer ni mis hijos. Esta es mi situación, Dr.… estoy preso, o mejor, secuestrado. Me oye, Dr., ¿me oye?… no se vaya, Dr., no se vaya, alguien tiene que oírme o me voy a volver loco, Dr., me voy a volver loco.

(El médico se retira sin dirigirle la palabra, le da la espalda sin volver la cabeza ni una sola vez. En su actitud corporal podría leerse tanto un acto de censura como de cobardía.)

FIN