Por Dauno Tótoro Taulis

Es parte de nuestra naturaleza contar a los otros qué y cómo ha sido nuestra vida; lo que hemos alcanzado y lo que añoramos. Por supuesto que hay quienes se plantean desde la autocompasión y del desgarro, o desde la epopeya y del protagonismo. Hay otros, los menos, que narran con la honestidad de personajes que se saben simplemente humanos y que, sin aspavientos y con modestia, saben que tienen algo que decir y que aquello que han sido y quieren contar son partes de un todo que fue su tiempo y las circunstancias colectivas que nos hacen un conjunto orgánico, vivo, contradictorio y complejo.

Imaginemos, por un momento, que nos encontramos ante un gran espejo. En él vemos una imagen homogénea, común para todos quienes se enfrenten al cristal. Es una imagen compartida, sin otra interpretación que la de su propio reflejo.

Si por algún accidente este espejo es golpeado, fracturado, se despedazará en miles, millones de pequeños trozos que quedarán repartidos por el suelo, cada uno en un ángulo, en una posición distinta. Por razones de la física, de la óptica, cada uno de estos minúsculos espejos, de estos fragmentos, reflejarán o contendrán una imagen tan amplia como la del espejo del original, pero, también, cada imagen de cada fragmento, por su orientación espacial, por la luz que reciba, será propia, única.

La imagen reflejada en el gran espejo era la ilusión de una percepción colectiva sin matices. Los fragmentos son las experiencias personales de quien se aproxime a ver su reflejo.

Si intentamos recomponer el cristal original y recogemos cada fragmento, los unimos y pegamos, jamás obtendremos lo que había antes del golpe que destrozó aquella homogeneidad, aquella fantasía de lo uniforme. Ahora, la gran superficie estará compuesta por fragmentos, con trizaduras, con distorsiones, con pequeños ángulos. Será la suma de las experiencias y de las miradas particulares; será la integración en mosaico de todas las vidas; una nueva imagen compuesta, más rica, más viva.

Por eso resultan importantes los testimonios, los relatos escritos, las memorias compartidas. Pero, claro, cuando éstas son narradas, como dije antes, con la honestidad de quien se sabe simplemente humano y lo hace sin aspavientos y con modestia

De qué habla Eduardo Contreras Mella en su libro, en su propio fragmento de espejo; cuál es su esencia. Hay innumerables capítulos y episodios que dan cuenta de los cargos políticos, profesionales y públicos que le tocó servir a lo largo de su vida como abogado y militante. Hay memorables pasajes de sus casi incontables encuentros con hombres y mujeres notables, cual si hubiese sido un Gurdjieff criollo y moderno… Por estas páginas se pasean Salvador Allende, Gladys Marín, Volodia Teitelboim, Fidel Castro, Shafick Handal, José Pepe Mujica, Theotonio Dos Santos, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Poli Délano, Graham Greene, Gabriel García Márquez, Jorge Amado, Silvio Rodríguez, José Balmes, Marcos Ana; los jueces Juan Guzmán Tapia y Baltasar Garzón.

Pero me interesa lo que Eduardo Contreras eligió como subtítulo para su libro autobiográfico: «Memorias de un hombre feliz».

Cabe hacerse la pregunta acerca de las razones que tuvo para considerarse, hacia el final de su vida, haber sido feliz.
También, preguntarse cuál es el significado de la felicidad a la que hace referencia.
Porque ser feliz (soy un hombre feliz) no es lo mismo que aquel estado transitorio de me siento feliz.
Si Eduardo Contreras se declaró un hombre feliz, debió estar refiriéndose a la felicidad como fin último de la vida y que resulta del desarrollo del potencial humano; esa felicidad que es descrita por Bertrand Russell como la relación virtuosa y equilibrada entre la satisfacción de nuestras necesidades básicas, el desarrollo de nuestras habilidades, la riqueza de las relaciones interpersonales, y haber encontrado un propósito personal en la vida. A lo que habría que agregar, creo yo, haber vivido de modo coherente con aquel propósito personal y haberlo sabido tejer indisolublemente con el propósito colectivo.
 
Ahora bien, declararse ser un hombre feliz tiene sus riesgos, sobre todo en un mundo donde la hipocresía da cátedra filosófica y no pocos sostienen que “felices sólo pueden serlo quienes ignoran los problemas de su época”; “que la felicidad es sólo posible en la ignorancia”; que “la felicidad es otro nombre para la conformidad”. Estas son ideas viejas. De hecho, Gustave Flaubert señaló que “ser tonto, egoísta y tener buena salud son las tres condiciones para ser feliz”, aunque hay que decir que Flaubert era descrito por sus pares como arrogante, verborreico, maniático y depresivo.

Para entender la confesión de Eduardo Contreras respecto de su felicidad, no hay que ir más allá que de sus propias memorias. Eduardo fue parte de una generación marcada por el golpe de Estado de 1973, por los crímenes atroces, por la pérdida de amigos y el largo exilio. Pero Eduardo dice que aquello no fue óbice para una especial forma de felicidad que viene aparejada con haber vivido intensamente, actuando siempre en consecuencia con sus convicciones y principios asumidos en la juventud; sabiendo que jamás ha traicionado a nadie y, sobre todo, nunca se ha traicionado a sí mismo; no haber dudado en denunciar a oportunistas, traidores y responsables de imponer modelos económicos y políticos que favorecen intereses particulares sobre los de las grandes mayorías. Esto en lo político.

Pero también sustenta su autodefinida felicidad en nunca haber despreciado «los placeres y encantos de la vida», como el amor, la amistad, la música, la lectura; haber sabido amar, y reír.

Para ser feliz como dice haberlo sido, debe haber mantenido hasta el final cierta confianza u optimismo respecto del futuro. Porque, ¿es posible la felicidad si existe la convicción de que estamos todos condenados? ¿En qué sustentaba su optimismo?

Creo que aquí hay que hacer una distinción entre optimismo y fe.

Esto es optimismo en medio del desastre: En sus palabras finales, las reales y no las editadas, Allende dice “Superarán otros hombres este momento gris y amargo… Mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor” …. Allende confía en que habrá otros hombres, hombres libres, que tarde o temprano abrirán las grandes alamedas y construirán una sociedad mejor.

Y esta otra es la fe en fuerzas misteriosas que no dependen de la acción de los hombres libres: “Mucho más temprano que tarde, de nuevo, SE abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre” …

Allende no dijo que se abrirán las grandes alamedas, con un ábrete sésamo, por acto de magia. No habló con la fe depositada en fuerzas superiores, sobrehumanas.

¿Por qué se ha incorporado ese sencillo “se” y cuál ha sido su efecto histórico? ¿Cuánto justifica ese sencillo se todo lo que vino después? Incluso la traición y la negociación con la dictadura para una traicisión a la demosgracias.

Optimismo versus fe. La convicción de Allende (equivocado o no) en que los hombres libres existirán y serán capaces de construir una sociedad mejor; versus la tergiversación histórica que dispensa a los hombres de la tarea de abrir las grandes alamedas, alamedas que no son sino el camino de lucha para la construcción de una sociedad mejor.

Eduardo tenía aquel optimismo, de ahí su felicidad.

Claramente su felicidad no estaba sustentada en la fe, pues sino habría considerado justas las palabras de Tomás de Aquino que dijo que la verdadera felicidad proviene de la perfección del alma (el individualismo satisfecho) y la conformidad con la voluntad divina (la fe).

La de Eduardo era una felicidad muy distante de la denostada por Flaubert quien decía que aquella es para los tontos. Eduardo Contreras no era feliz porque ignorara los problemas de nuestra época. Su libro está plagado de pruebas:

Contreras sabe que la salida de la dictadura no fue una derrota impuesta por el pueblo, sino una negociación que conservó el poder real de los sectores que impulsaron el golpe.
Que la transición se logró a través de una, como él mismo dice, «turbia salida» y una «traicionera conjura reaccionaria entre los dirigentes de la Concertación y los hombres de Pinochet».
Que se aceptaron las Condiciones del Régimen y de Washington, el verdadero dueño de la mesa de negociaciones, entre ellas: el mantenimiento del modelo, una cierta impunidad y la mantención de la Constitución pinochetista.
El autor señala que los gobiernos de la Concertación resultaron ser «fieles cumplidores de los compromisos contraídos con la dictadura». De hecho, la Concertación se acomodó al «aparente éxito del modelo económico impuesto por Pinochet».
Eduardo Contreras habla de la Ficción de la Derrota en la que califica de «ingenuidad o una falsedad» la idea de que la dictadura fue derrotada mediante el voto del «No”, y reivindica el camino de la lucha frontal, la Rebelión Popular de Masas, denostando a quienes, habiendo llamado al «supremo recurso de la rebelión» terminaron por aceptar el pacto.

Apriétele a quien le apriete el zapato.

Y como estoy aquí para comentar el libro y no para santificarlo, hay instantes en que presiento que Eduardo abre la puerta a la fe, por ejemplo, cuando dice que el segundo gobierno de Bachelet, al que se sumó su partido, fue un momento real de inicio del cambio que ya sería imparable, y sostiene que en ese esfuerzo colectivo las fuerzas políticas en alianza, incluyendo a la Democracia Cristiana, dejaron establecidas sus coincidencias anticapitalistas. Y recapacita Contreras, para explicar por qué dichos cambios no cristalizaron y por qué al de Bachelet le sucediera, por voluntad popular, el gobierno de Piñera, que «dentro del propio gobierno había a quienes el modelo reaccionario les iba muy bien» lo que le indica que “la integración no logró romper completamente las ataduras impuestas por la dictadura”.

Eduardo Contreras, ya hacia el final de su vida, luego de manifestar en el libro su respaldo, apoyo y entusiasmo por la revuelta popular o estallido, asegura que el triunfo de lo que él llama el gobierno progresista de Gabriel Boric fue una consecuencia del alzamiento de las masas de fines del año 2019. Ve en ese movimiento multitudinario y horizontal un «despertar” que lleva al triunfo de Gabriel Boric, que conduce a un «horizonte de esperanza» y a la «apertura del proceso constituyente».

El alzamiento de las masas fue sofocado por la violencia de Estado y por lo que se llamó el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, firmado por los partidos con representación parlamentaria, con excepción del Partido Comunista y del Frente Amplio, aunque sí con la acción protagónica y personal, no orgánica ni mandatada por nadie, de Gabriel Boric.

Eduardo Contreras no era pitoniso, ni pudo saber cuál sería el resultado de la apertura de dicho “horizonte de esperanza”, ni que hoy estemos de nuevo en el trance, en el deja vu Bachelet-Piñera uno; Bachelet-Piñera dos; Boric… ¿Mathei o Kast uno?

Tampoco pudo prever que el proceso constituyente se fuera a las pailas y que el gobierno actual y la candidatura de las llamadas fuerzas progresistas aseguren que un nuevo proceso constituyente no se encuentra en la agenda política del corto o mediano plazo; ni que quienes estuvieron en la plaza dignidad ese octubre hoy nieguen haber estado; ni que quienes llevaron con orgullo la camiseta del hermoso quiltro negro hoy se disculpen de haberlo hecho.

En el libro de Eduardo Contreras brilla con luz propia uno de los episodios de mayor dignidad de nuestra historia reciente, y del cual el propio autor fue, con todas sus letras, un feliz protagonista: la querella contra Augusto Pinochet en 1998 como un hito histórico fundamental que representa uno de los combates políticos y éticos más importantes de la historia del país.

Fue la primera querella criminal por crímenes de lesa humanidad que fue acogida a trámite por el Poder Judicial en Chile. Lo que «abrió paso a los centenares de querellas contra violadores de derechos humanos que se acumularon posteriormente. Contreras destaca con «legítimo orgullo» que al menos Pinochet «no murió en la impunidad total», sino que falleció «en calidad de procesado”. (Hay que recordar que esto le costó a Eduardo y a su compañera Rebeca sufrir un atentado gravísimo).

Para terminar, quiero volver al espejo. Otra de las particularidades de éstos es que aquello que reflejen dependerá del punto en que se sitúe quien observe. Esto significa que hay interpretación del observador; hay interpretación de quien lea esa imagen reflejada. Si nos enfrentamos ante la imagen de uno de los pequeños fragmentos, la posición en que decidamos ubicarnos será como la del lector ante el texto. Y, así el lector, a final de cuentas, comparte la autoría de lo narrado. Y, cuando eso sucede, lo escrito ha cobrado sentido y razón.

Dauno Tótoro Taulis

Habitante de dos siglos, Memorias de un hombre feliz
Habitante de dos siglos, Memorias de un hombre feliz