Autor: Antonio Rojas Gómez

Novela, 109 págs., editorial Forja, 2021.

“Hacer un jardín –pensaba José- es como tener un hijo.” (pág. 50)

Por Juan Mihovilovich

Una mujer descuidada, algo fuera de formas, rostro marchito y abdomen pronunciado observa su desnudez frente a un espejo que le devuelve un rostro ajado, desconocido, como si fuera la imagen desgastada de otro ser, de la que se esfumó en una lozanía distante que le pesa y que arrastra acongojada. Se llama María y es la esposa de José, un jardinero. Ambos se conocieron cuando la vida les sonreía, eran felices y tenían un mundo exclusivo con un destino prometedor.

Sufrieron la marginación del autoritarismo exacerbado del padre de María. Ella era la menor de dos hijas, la otra era Rosa. Aquél exigía casamiento previo. No era posible, además, que la hija perdiera su frescura con un individuo carente de futuro y que obviaba las reglas de una vida social estructurada.

No quedó otro remedio que huir de la casa paterna. Emigraron y al tiempo nació Manuel, el primogénito que extendería la estirpe familiar. Pero la existencia es caprichosamente triste. Manuel, producto de una súbita enfermedad, moriría a los pocos años en la urgencia de un hospital donde la miseria hacía gala de los eternos problemas de salud. Y con su deceso fue expirando también ese amor joven, desvirtuando la necesidad mutua que parecía imprescindible.

Entonces María va haciendo un racconto, una representación proactiva de su pasado. Elucubra sobre un presente que la ha marginado de su pareja. Éste la ha culpado de no darle otro hijo, de cerrar la puerta a un futuro que ninguno imaginó. Así llevan una vida monótona, plena de un hastío deprimente. José se ha transformado en un obligado proveedor exiguo. Llega a deshoras y bebido. Su inclinación alcohólica es manifiesta y las infidelidades ya configuran parte de su nueva personalidad. María ha derivado en un objeto tan secundario como un mueble decorativo ocupando un espacio carente de alegría.

Los recuerdos se entrecruzan y cada uno sobrevive a su modo. La pesadez existencial se hace insostenible hasta que María toma una decisión imprevisible: se embaraza. La noticia trastoca por completo al jardinero, quien solo siente su utilidad al trabajar ornamentando los patios de gente acomodada. Es una labor decorosa y le gusta. Es su razón de ser. No hay otras, salvo que siente que revive con la buena nueva. Piensa que Dios les da otra oportunidad y siente retornar un pasado con renovada esperanza.
En el fondo de sí mismos no han dejado de amarse, pero “la culpa” ha sido un veneno recíproco que ha derivado en décadas de desencuentros, de soportarse bajo un mismo techo. Ella, inmersa en su desolación y él, tolerando la desidia con aventuras femeninas ocasionales, salvo con su vecina Alba Cruz, con quien mantiene una pasión desatada.

Y he allí que María opta por una mentira atroz que, paradójicamente sería piadosa, pero a costa de una gravidez sospechosa, cuyo desenlace es patrimonio del lector.

Antonio Rojas Gómez ha construido una novela con un bello entretejido alegórico que, situada en la época de su escritura a partir de un hecho real ocurrido en la década de los 70, constituye todo un acierto: rigurosa en su estructura formal y profunda en su contenido.

Por un lado, la descripción certera de una relación de pareja al margen de las convenciones sociales, esto es, un concubinato severamente repudiado por el padre de María, al extremo de renegar de su condición filial, en tanto no se produjera el casamiento. Y por otro, el extremo de rechazar al nieto mientras no se cumpliera con el ritual civil.

La trama deja establecido que el oficio de José no está a la altura de las exigencias paternales. Que la relación filial depende de las imposiciones, por sobre el entendimiento y la aceptación. Que la desobediencia se paga con la expulsión del hogar, a menos que la pareja elija construir su sitio personal fuera de la égida opresora.

Así, la obra deja entrever los conflictos mundanos y domésticos, el drama de la pobreza, de una economía precaria sustentada por un trabajo modesto, unido al rol de la mujer dueña de casa que, si bien es asumido como parte de un propósito lleno de expectativas decae, irremediablemente, producto del machismo exacerbado del jardinero en paralelo al prematuro fallecimiento del hijo, que lo priva de una supuesta legítima descendencia.

Se une a lo anterior la elaboración inteligente de una historia que sostiene permanentemente su tensión ambiental, sustentada en una prosa ágil, desenvuelta, con diálogos que describen con prolija sensibilidad los comportamientos de los personajes, sus traumas íntimos, sus anhelos frustrados y la extinción paulatina de un norte común.

Se agradece y aplaude entonces esta reedición, que resitúa a un novelista de excepción como Antonio Rojas Gómez, cuya carrera literaria ha sido y continúa siendo un referente indispensable en las letras chilenas.

Juan Mihovilovich