Yorgos Lanthimos y la ética de sus imágenes

Por Aníbal Ricci

El personaje de Bella Baxter es un nuevo tipo de Frankenstein, uno de innegable belleza. Su padre adoptivo la rescató de un suicidio: la mujer adulta se arrojó de un puente estando embarazada y este doctor, privilegiando la ciencia por sobre otras consideraciones, decide trasplantar el cerebro del bebé no nacido y colocarlo dentro del cráneo de su madre.

Relato de formación, recorre el universo de una niña sin experiencias hasta otra que va descubriendo el mundo que la rodea. Yorgos Lanthimos condiciona al cien por ciento a su protagonista y la despoja de sentimientos (al igual que en sus películas anteriores) y la muestra como un espécimen que se mueve por instintos.

La visión de este director griego contiene una dosis de cinismo, esa idea de que el ser humano se mueve por interés sin importarle el resto, resulta a veces simplista. Sus personajes suelen parecer niños y está comprobada la crueldad con que el ser humano se comporta en su etapa temprana.

Existe una visión capitalista del ser humano, donde lo moral queda fuera al tomar decisiones. Bella Baxter persigue sus instintos a ultranza, en ningún momento conflictúa su andar y es pragmática al confrontar al resto. Maximiza su bienestar, maximiza satisfacer sus necesidades a corto plazo. La rige su cerebro reptiliano, dejando de lado las emociones (cerebro mamífero) y el raciocinio (neocórtex), debido a que este nuevo Frankenstein es una niña con lenguaje en formación.

No puedo asegurar que Yorgos Lanthimos pretende hablarnos de capitalismo, pero es indudable que a Bella le interesa, como a todo infante, el corto plazo, la satisfacción inmediata, perseguir el placer instantáneo en vez de lazos profundos, ni hablar de amor, esa parte cariñosa del ser humano está vedada para el personaje.

El filme posee una estética asombrosa, de cuadro expresionista, con una paleta de colores que embriaga la vista. Bella Baxter se ha comprometido, pero antes emprenderá un viaje con un libertino abogado y conocerá las ciudades del mundo (Lisboa, Alejandría, París) donde experimentará la libertad y se dejará llevar por sus impulsos.

En el primer visionado hay algo que no termina de cuajar, pero el espectador sucumbe ante la belleza de las imágenes. Queda la impresión de que el director pretende “saturar” al espectador. Buscará desnudar a la “sociedad educada”, quizás desafiarla, a través de un personaje que carece de prejuicios y siempre hace lo que desea.

La película supone un largo videoclip, de corte publicitario y subliminal, aquí importa el placer, Bella Baxter experimenta con su cuerpo adulto, pero es una niña carente de raciocinio. La moralidad será algo que no entiende y en su búsqueda de libertad considera que la prostitución satisface sus carencias, que en determinado momento no es más que dinero.

El tema del placer sexual es abordado como lo más significativo, la mujer buscaría el placer (hay otros aspectos como la lectura) y lo puede practicar a sus anchas, sin miedo a enfermedades venéreas o a maltratos en momentos en que se prostituye.

Deducir que el capitalismo responde a instintos primarios y automáticos resulta interesante. El mercado será una fuerza de la naturaleza que mantiene el equilibrio entre especímenes, donde el ejercicio del placer sexual tendrá como único límite la moral de los otros. Interesante análisis, pero Lanthimos también sigue un instinto rudimentario y no profundiza cuando Bella Baxter se interesa por la lectura, como espectadores debemos disfrutar de su artilugio, sus imágenes apabullantes son un subproducto publicitario.

Generalmente, las películas de Yorgos Lanthimos nos conflictúan, pero este no es el caso, pues sólo vemos abundante sexo practicado por una mujer muy hermosa. En ningún momento pretende ser una película chocante; tampoco seductora, debido a que no hay pasión cuando Bella Baxter tiene sexo con el abogado y con los clientes.

En el segundo visionado uno encuentra los ripios. Aparentemente se trataría de una película de corte feminista donde la mujer es libre con su cuerpo y en su quehacer, muchas veces egoísta y en realidad despiadada.

Pero el discurso feminista es torpedeado por el personaje del abogado, que responde al estereotipo del hombre machista y posesivo (exageradamente estúpido), personaje que es muy fácil de pisotear por Bella Baxter. Esta delgada capa de feminismo no convence y analizando en profundidad, la película posee una visión bastante más retorcida.

La protagonista es una niña en su mente y tiene sexo con un adulto (pedofilia) y luego se somete a la explotación de menores. Visto de otro modo, desde un mejor ángulo, una mujer con algún tipo de retraso mental, no acorde a su cuerpo de adulta, tiene relaciones sexuales con hombres que saben de su condición (habla raro y camina con dificultad). En este último caso tampoco parece propio que la sociedad no coarte una conducta que responde a un abuso sexual.

El filme intenta pasar gato por liebre, juega a lo retorcido y es tan complicado que el espectador podría aventurar que el director piensa que las mujeres carecen de discernimiento, discurso aberrantemente antifeminista.

De cualquier modo, a pesar de la belleza de las imágenes, estamos en presencia de una cinta abiertamente confusa. No intenta abrirnos los ojos, sino más bien imponer conductas extrañas.

Lo extraño responde a la corriente capitalista, maximizar bienestar a corto plazo, el placer nihilista sería la máxima expresión de libertad.

Pero pongamos intelecto al asunto. Yorgos Lanthimos busca desnudar o mirar con cinismo a la “sociedad educada” a través de la conducta sin prejuicios de Bella Baxter, quizás desafiarla, mediante un personaje que siempre hace lo que desea.

¿El director se está burlando del espectador? O peor, de la sociedad. Quizá no le interesa indagar en la futura educación de Bella Baxter. Quizás la educación de los libros le parece algo de menor importancia.

¿Será cinismo? ¿Amor capitalista?

Yorgos Lanthimos nos presenta seres deshumanizados que se comportan como robots (pienso en lo peligroso de la inteligencia artificial).

En este caso es literal: Bella Baxter realmente no articula bien sus movimientos. El personaje no se enamora ni siente gran empatía por sus parejas. Al principio se mueve por instinto y al final es muy práctica, incapaz de brindar amor.

Saca chispas el simplismo del director. Pretende convencernos de que el cerebro de un niño que está aprendiendo a conocer los límites, jugando con los adultos si se quiere, es equiparable al cerebro de un adulto.

Puede ser interesante como juego (requiere de una mejor tesis), pero desconocer el aspecto ético en un adulto realmente nos emparenta con los animales. Este es un tema recurrente en Yorgos Lanthimos, pero llevarlo a este nivel de simpleza, casi sin raciocinio, de repente resulta peligroso.

Esta sociedad aprende de imágenes difundidas por redes sociales, en videojuegos y un etcétera que es necesario dosificar en la mente de un niño, que deberá aprender a discriminar entre violencia ficticia y real.

Este filme posee el germen de la publicidad, crear la sensación de que el sexo con menores de edad es algo correcto, que prostituirse es algo perfectamente razonable, y eso mostrarlo a través de imágenes demasiado bellas.

La ética en los adultos es aquello que nos permite discriminar entre el bien y el mal. Plantea la existencia de normas de convivencia para no transgredir la libertad del otro. Todos estos aspectos ineludibles los borra el director de un plumazo.

Parecerá muy entretenido el aprendizaje de Bella Baxter, pero en el fondo es un ser esclavo del placer, sin buenas costumbres y que no tiene empacho en destruir al otro. Empatía cero, una narcisista en su estado puro, un personaje muy antipático.

Pero la maña, es que este personaje es Emma Stone, una actriz tan hermosa como estética resulta la película.

El Frankenstein de Mary Shelley era un personaje horrible a la vista, pero de buen corazón, enmarcado dentro del romanticismo. Pero el personaje de Bella Baxter es realmente monstruoso y Lanthimos nos lo vende como un ideal al que las mujeres debieran acceder.

¿Por qué no hizo el experimento con una actriz fea o con un hombre? Pienso que el supuesto discurso feminista es una venta de pomada para acceder a un mayor número de espectadores.

Hay algo de satírico en el discurso (cine) del director griego, buscando desnudar los vicios individuales o colectivos, los abusos o las deficiencias a través de la farsa y la ironía. Idealmente, persiguiendo un propósito moralizador o ir en beneficio de la sociedad.

Po el contrario, el cine de Yorgos Lanthimos es poco edificante y se queda en lo estético de su puesta en escena. Una buena sátira debe basarse en una tesis inteligente para seducir al espectador.

La cinta de Lanthimos es una sucesión dispersa de eventos con objeto de encandilar al espectador, pero su cine (discurso) está dirigido a adultos que no pueden obviar el aspecto moral. En ese sentido, el recurso de la ironía o la farsa no está del todo logrado.

No queda claro su planteamiento y de verdad ni seduce ni espanta su visionado, incluso podría decir que son excesivos 140 minutos de metraje.

Vivimos una época de audiencias demasiado sensibles, partidarias de las funas y el negacionismo, llegando al extremo (en las redes sociales) de censurar una pintura con un desnudo femenino.

Si Yorgos Lanthimos realmente ha querido pasar gato por liebre, encubriendo un tema delicado a través de una estética depurada, o disfrazándolo de otra cosa mediante el mismo mecanismo que emplea la publicidad, quizás crea estar bien encaminado debido a que habrá probado tácitamente que el negacionismo es una mala práctica y puede ser utilizado a la inversa: convencer a las masas (engañando a las minorías que componen la sociedad) de que algo aberrante pueda mostrarse como algo deseable.

El filme resulta en una mezcolanza de ideas y no queda tan clara la inteligencia del guion ni del director. Estamos en presencia de una película desequilibrada donde la estética es perfecta y el guion posee demasiados agujeros.

El mecanismo de la publicidad usa el recurso de lo subliminal y por eso a veces es peligroso. Quizás Yorgos Lanthimos pretendía confundirnos con una variación de un personaje de la literatura universal. No es una reinterpretación del mito de Frankenstein, sino un papel de envolver de bonitos colores y formas muy seductoras.

Espero sinceramente que las “pobres criaturas” aludidas por el director sean los personajes y no se refiera despectivamente al público bajo ese apelativo. Si este último fuera el caso, habría verdadera maldad en su puesta en escena y su falta de ética implicaría mucho daño por tratarse de una película premiada en diversos certámenes y, por ende, de profusa distribución.