por Aníbal Ricci
Se enquista en el inconsciente profundo, oculta en los recovecos silenciosos del alma. Intentamos evadirla, pero invariablemente aflora cuando la realidad nos envía señales. La culpa empieza donde el libre albedrío pierde fuerza, donde el acto cometido deja de ser tolerado por el inconsciente. Le hice daño y eso no lo puedo borrar. Antes de seguir escribiendo envío energía y medito unos minutos, aunque supongo que el amor será la respuesta. Yo soy amor es el mantra que propuso la terapeuta holística. Leyendo editoriales todo se ve gris, no hay futuro y parece que el ser humano no aprende de sus errores. Se vuelve soberbio, repito que debo meditar diez minutos. Ejercicio torpe, a la cuenta de tres quiero tomar una taza de café. Desintoxicando el cuerpo, bastó una entrevista de Fito Páez para volver a rodar la vida cuando se hace tarde en la ciudad. Los tres instantes de conexión con la pirámide. Sigo escribiendo o de verdad preparo café. Ya no estoy en trance. Repito la palabra amor tres veces, me apropio de ella. Se encuentra a noventa kilómetros, es poca distancia, quedé enganchado a sus temores. Claro que siento culpa. El peso de la consciencia nos vuelve solitarios y temerosos. El delirio de persecución otorga materialidad a ese miedo. Necesito que me perdone. Pasará tiempo, mucho tiempo, voy a hervir el agua. Estas palabras ya las escribí en el pasado. El viaje ha sido doloroso y recién lo sabré cuando llegue el día. El perdón es lo divino, quizás escruta mi consciencia. Un beso suyo basta para poder seguir existiendo, pero la culpa detiene el tiempo a cada instante. Lo funde hasta hacerlo desaparecer para dar cuenta de mi lado racional. Difícil perdonar al que fracturó y rompió en mil pedazos nuestros sueños. Quisiera ser coherente y dar sentido a las palabras. Viajando arriba del bus será gratificante cualquier destino. No supe medir la consecuencia de mis actos. Tu amor me vuelve irracional, incapaz de dar pasos lúcidos. Una caricia me transporta y la felicidad nubla. Altera las emociones desde cierto relajo al principio hasta derivar en un comportamiento de verdad inquietante.
No cumplo ninguno de los compromisos, la economía lo hace imposible. Quisiera vivir de hilvanar frases, pero la realidad es despiadada y los planes se frustran. No logro estabilidad material, nunca he sido capaz y nadie creyó en mis capacidades. Escribir es un mundo paralelo que no permite cristalizar sueños. Sólo unos momentos que se escaparán entre los dedos. La historia se vuelve coherente, pero es difícil trazar un destino. Es el primer indicio de culpa. Dinero adelantado que hipoteca el futuro. Existirá una deuda por esos instantes de felicidad. No puedo construir una novela contigo. Mi aliento es de corto alcance y busco refugio en un par de cervezas para olvidar el futuro. Las drogas son presente y querer olvidar un amor imposible. La habitación se torna oscura y abyecta. Siempre desenfocado, un secreto lo mantiene aislado en medio de una escena que se repite. Debo hilar motivos para mentir e imaginar una huida por la carretera. No merezco tu amor, pero tampoco soportaría estar lejos. Las elucubraciones son ciertas y la escenografía extiende su dominio. El placer es incapaz de reemplazarte, mientras la cocaína borra toda posibilidad de perderte. Respondo el citófono y confieso que necesito ayuda. Todo transcurre en este preciso lugar sin tiempo. No alcanza el dinero y extender nuestra historia será una tarea titánica. Se interrumpe la llamada y todo se vuelve silencio. Tengo miedo de tu furia. Salgo a deambular por las calles para olvidar el intento de suicidio. Se bifurcan por mi incapacidad de enlazar momentos de felicidad contigo. El silencio desnuda sentimientos que corroen al protagonista. Enfrenta la culpa a bordo de la ambulancia. Lo conectan a un monitor y le inyectan químicos. La escena dantesca tal vez ocurre en su imaginación. El único indicio es que alguien lo espera en casa. Es tarde y no sabe si es una víctima o un victimario, le cuesta tanto decidir. Firma un formulario y abandona el hospital. El silencio se apodera de la noche que en vez de calmarlo detonará una bomba de tiempo. La consciencia le recuerda que no puede convivir con sus actos. Pierde el control de sus emociones y explota destruyendo una lámpara del velador. Podría haber forzado su muerte y no dudó en actuar. La culpa se acrecienta y destroza el computador. La luz desaparece de la habitación y brilla el celular. Todo ocurre al interior del hospital psiquiátrico que perpetúa el drama de los lugares oscuros. Las paredes reflejan tonalidades rojas de un peligro inminente. Escucha alejarse a la ambulancia. Enfrenta frustraciones delante de la policía mientras unas esposas hieren sus muñecas. Luces perturban el silencio y la oscuridad, pero la culpa ya no es capaz de permanecer en las sombras. Es la manera que encuentra para aliviar su dolor. Busca perdón o quizás lo que busca son los pecados. Un culpable incapaz de ocultar sus ideas perturbadoras. La culpa es el mecanismo de auto castigo que ha mutado en estos pensamientos delirantes.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.