Querido Lucho:
Te escribo esta carta esperando que pueda llegarte de alguna forma: que la leas, la sientas, la adivines, lo que sea. Esa es mi esperanza. De mi parte, no abandonaré nuestra amistad. La honraré hasta el último día y espero que tengas noticias de ella.
Intuyo que nuestra amistad estaba determinada, desde mucho antes de nuestra existencia, de alguna manera por una voluntad o razón invisible; no es momento este (ni ningún otro) apropiado para reflexiones teológicas o filosóficas. No creo tampoco en determinismos absolutos. Lo que quiero decir es que hay razones profundas para que se dé la amistad entre las personas. Hay afinidades misteriosas, insondables, que se dan producto de sincronías poderosas, efectos del ambiente, la historia y la geografía. No pretendo elucubrar una teoría, sino apenas dar cuenta de un fenómeno cuya magia es preciso reconocer antes de dejarse arrastrar por una concepción simplista, burda y plana de la existencia humana.
Bien sabías, Lucho, de mi respetuosa aversión hacia el mundo de lo teológico; no van por ahí mis vagas intuiciones. Trataré de mostrar mediante ejemplos; poco más puedo hacer.
Nos encontramos por primera vez en 1968 (año de iluminaciones, disturbios, sueños locos, alucinaciones, esperanzas desmedidas; aquel momento en que se afirmó en calidad de verdad indiscutida: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”), en un aula del Liceo 7, en la intersección de la calle Carmen Covarrubias con la avenida Irarrázaval, en la arbolada comuna de Ñuñoa, en la época en que solo había dos edificios de más de seis pisos. Ahora esto es inimaginable, con la exagerada profusión de altas estructuras habitacionales, una auténtica plaga. Por ejemplo, en la pequeña calle Palqui donde yo vivía, que mide poco más de cien metros, había alrededor de quince casas ocupadas por una sola familia cada una; hoy solo quedan tres, que están junto a dos enormes edificios donde viven miles de personas. Donde vivían menos de cien, ahora habitan miles.
Venciendo la natural timidez, todos los nuevos condiscípulos fuimos acercándonos, tanteando el terreno y conversando. Al pasar la lista, tu nombre causó conmoción: Luis Condon, provocando y llamando la atención de lo más escatológico de nosotros. Y siendo justos, causó conmoción también entre las maestras y maestros que titubeaban antes de pronunciar el apellido. Todas estas pruebas las pasaste con ese aire diplomático de príncipe y esa sonrisa tan tuya que atesoro en los recuerdos. Cuando estos escarceos pasaron a ser repetidos y lugares comunes, dirigimos nuestra atención a otros asuntos más relevantes.
Una galería completa de especiales profesores ocupó nuestros afanes en los años siguientes, hasta fines de 1970. Nombro algunos de ellos: Jorge Villalón de Matemáticas, nuestro querido profesor jefe; la “Mantequilla” Moraga de Castellano; Míster Flowers de Inglés; la Prajoux de Francés; El Choro Díaz, futuro rector; Cerda de Técnicas Especiales; Pochito de Música, inolvidable; la exquisita maestra de Ciencias recién recibida y su reveladora minifalda; el cegatón profe de Historia. Extensa galería de profesores que fueron víctimas y victimarios con nuestro curso. Decenas de anécdotas poblaron nuestra memoria en esos años. Muchas de estas historias pueden leerse en mi novela TODO EL AMOR EN SUS OJOS.
Acudimos frecuentemente a ti, Lucho, para que con tu sapiencia nos tradujeras las letras de los Beatles, textos indescifrables para nuestro inglés rudimentario de enseñanza básica. Con generosidad infinita nos fuiste abriendo los cofres de secretos que anidaban en las letras de canciones ejemplares, por ejemplo, de Yesterday y Let it be. Así quedaste indisolublemente unido a la vivencia de una generación.
El año 1970 me cambié de colegio y no volvimos a vernos hasta el año 2000, reencuentro casi mágico que relato en el cuento Después de treinta años, parte del volumen Déjalo ser, reeditado años después como Foto de portada. Nos habíamos reunido a cenar con varios excompañeros de curso del Liceo 7 en un restaurante mexicano; entre ellos Ricardo González Sánchez, Rodrigo Medel y Santiago González. Los tacos y el tequila fluyeron, hicieron su trabajo de remembranzas y alegría, hasta alcanzar por fin la euforia y hasta la locura. Entonces a Ricardo (partido hace algo más de un año) se le ocurrió la demente idea de llamar por teléfono a tu antigua casa, a sabiendas de que estabas viviendo en España hace mucho tiempo. Pero como es difícil convencer a alguien en ese estado, Ricardo (que se sabía el número de memoria, un auténtico prodigio) marcó, escuchó y habló con tu padre, don Lucho. Fue, como siempre, una conversación afable, a pesar de las décadas transcurridas y de la hora algo avanzada.
Nos dio la sorpresa del año: estabas por Chile y el padre nos pasó al hijo por el teléfono. Hablamos un rato largo y fuimos felices; todo era perfecto a más no poder. Al otro día nos reuniríamos a echar unos tragos. Desde ese momento no perdimos el contacto. Escribí el cuento referido y vaticiné que algún día estaríamos juntos en tu casa de la Herradura, bautizada Manutara en honor al ave sagrada de Rapa Nui. Tuve la fortuna de estar allí varias veces, de conocer a la adorable y enérgica Lourdes, tu compañera de vida, con la que hicimos buenas migas. A ella y su hija Begoña, y toda su familia, le extiendo mi saudade.
Cuántas conversaciones, risas, paseos, celebraciones, susurros, brindis, exposiciones de pintura. Tu misma casa era una especie de museo, decorada con el mejor gusto imaginable, en un escenario arquitectónico cautivante, con una incomparable vista del mar Mediterráneo desde lo alto. Una visión de la que jamás me desprenderé por su belleza siempre cambiante. Compartíamos el gusto por la pintura, la artesanía, la lectura, la obsesión por la defensa de la paz (tan amenazada en estos días), el ejercicio de la amistad y la conversación sin límites.
Te voy a echar de menos; sí y no. No, porque te llevo dentro de mí. Nuestra amistad estaba intacta después de treinta años de suspensión de encuentros; ese es un milagro que pocas veces acontece; hay que respetarlo y honrarlo. Ahora mismo te evoco y reconstruyo o invento conversaciones; lo mismo da, porque son reales como las verdaderas. De aquí en adelante iremos juntos por el mundo, con otros amigos auténticos e imprescindibles, reencontrándonos paso a paso. Un fuerte abrazo, inolvidable, querido Lucho.
Diego Muñoz Valenzuela
Abril 2026






Querido Luis,
Hoy me siento frente a estas palabras con una mezcla de tristeza, incredulidad y un profundo cariño. Me cuesta aceptar que ya no estás entre nosotros como solíamos conocerte, pero al mismo tiempo siento —con una claridad serena— que hoy descansas en los orientes eternos, en ese lugar donde la luz no se apaga, donde el tiempo deja de ser una carga y donde el alma encuentra finalmente su plenitud.
Aún recuerdo la última vez que nos vimos: estabas lleno de vida, con esa energía tranquila que siempre te acompañó, hablando de tus proyectos, de tu cambio de casa, de tus hijos, de todo aquello que te movía desde lo más humano. Nada hacía pensar que tu camino tomaría un giro tan abrupto. Por eso duele. Por eso cuesta entender.
Pero al escribirte, Luis, también aparece algo más fuerte que la pena: la gratitud.
Porque tuve la suerte de conocerte de verdad no en la básica, sino ya de grandes, cuando uno ya distingue mejor la calidad humana. Y ahí descubrí quién eras: un hombre bondadoso, equilibrado, solidario, íntegro. De esos que no necesitan hacer ruido para dejar huella. De esos que iluminan sin pretenderlo.
Hoy, mientras avanzas hacia el Oriente Eterno, quiero decirte algo con total convicción:
tus atributos humanos no se van contigo; permanecen en quienes te conocimos, en quienes te quisimos, en quienes aprendimos de tu forma de estar en el mundo.
Tu bondad seguirá siendo un ejemplo.
Tu equilibrio seguirá siendo una guía.
Tu manera silenciosa de hacer el bien seguirá siendo un legado.
Tu partida entristece, sí. Pero tu vida —tu verdadera vida— continúa en la memoria, en los gestos, en las historias, en la forma en que nos enseñaste a ser mejores sin siquiera proponértelo.
Gracias, Luis, por lo que fuiste y por lo que sigues siendo en nosotros.
Que la luz que ahora te recibe sea tan serena y noble como lo fue tu espíritu en esta tierra.
Con afecto y respeto,
Rodrigo Medel G.
Abril, 2026