Por Antonio Rojas Gómez
¿Qué sabéis de la muerte?
Nada,
ni siquiera si existe.
Esta gran calumniada,
la gran triste,
la poderosa y fuerte,
es la gran ignorada.
(Nicolás Guillén)
Entré a la habitación sin anunciarme y, no más verlo, me di cuenta de que se iba a morir. Estaba sentado a la mesa en que solía trabajar. A despecho de su obstinado afán de orden, la cubierta se encontraba revuelta. Tenía ambas manos apoyadas sobre el borde de la mesa, el rostro volcado hacia la maraña de papeles y su cabeza, inclinada, redondeaba la curva que el tiempo trabajara exitosamente en su columna vertebral, como cerrando un signo de interrogación ante la nada. La luz del atardecer provenía de la ventana a su izquierda. Siempre ubicó su mesa de trabajo a la derecha de la ventana para obtener mejor provecho de la luminosidad; por la misma razón no protegía los vidrios con cortinajes; así conseguía, además, una agradable visión de un trozo de jardín, inspirador, según afirmaba. Desde la puerta, donde permanecí estático, no alcanzaba a divisar su Parker 51 de pluma y tapa de oro, su orgullosa Parker 51 con la que escribió toda, o gran parte de su obra. Acaso me la ocultaba su espalda; acaso ni siquiera la había sacado del bolsillo interior de su chaqueta. Porque jamás la dejaba entre sus útiles de trabajo. Su lapicera siempre iba con él a todas partes, siempre junto a su corazón. Veía, además de su espalda y su cabeza inclinada, la oreja y un segmento de su perfil: la punta de una ceja poblada e hirsuta, un pómulo alto, asiático o mejor dicho amerindio, la mejilla hundida abría un paréntesis hasta el ángulo de la boca grande, cuya inclinación descendente se acentuara con los años. Incluso, más adivinaba que realmente veía una porción de su mentón cuadrado sepultado entre los pliegues de la piel suelta del cuello, que la camisa no alcanzaba a disimular. Me sintió entrar, pero no se movió. Yo, tampoco. Apenas traspuse la puerta, esa visión de su fin inevitable, esa imagen de su declinación sin retorno, me inmovilizó. Porque en ese momento comprendí que se iba a morir, y que yo, hasta entonces, lo había considerado eterno. Y más que la pena, el asombro me suspendió en el tiempo y dejé de moverme, de respirar, de pensar, presa por completo de la lucidez fatal de su muerte inminente. Mal puedo decir cuánto demoró en volverse hacia la puerta, cuyo quejido lo rescató de su ensimismamiento. Solo sé que lo vi girar los hombros y levantar la cabeza en movimientos craquelados, como los de las películas en cámara lenta, como si estuviese desarrollándose ante mis ojos, cuadro a cuadro, una escena de una antigua película muda proyectada por una maquinaria ya sin fuerza para avanzar al ritmo habitual de la vida. Cuando por fin me enfrentó, comprendí que no solo se iba a morir, sino que lo sabía. Y alcanzar la certidumbre de que él tenía exacta conciencia de su próxima muerte, cuya posibilidad yo siempre me había negado, fue demasiado para mí. Entonces le volví la espalda y abandoné apresuradamente su despacho.
Corrí a desplomarme en un sillón de la sala. Frente a mi vista, un retrato de mujer debido a los pinceles del maestro Nicolás González Méndez, uno de los cuadros que él más valoraba porque durante su adolescencia había presenciado cómo el pintor trasladaba a la tela los rasgos de la modelo. En mis oídos, Beethoven, dramático y solemne, exiliado de su época, de su escenario europeo, de su teatro, de su orquesta de hombres atentos, trémulos, apasionados; todo ello convertido nada más en sonidos que el genial sordo de Bonn jamás pudo escuchar, envasado en disco gracias a una tecnología surgida varios siglos después de la concepción de aquella música. Dentro de mí, la perturbadora sensación de no estar allí, de encontrarme en una región distinta y desconocida, inasible para mis sentidos anestesiados. Era como si yo hubiese desaparecido, así como habían desaparecido tanto tiempo antes González Méndez y Beethoven, que a pesar de todo me acompañaban en ese instante crucial de mi experiencia. Y yo no pensaba, no sentía, no veía ni escuchaba, aun cuando el descubrimiento reciente me envolvía con la lucidez de la idea, con una estremecida sensación de colorido y de ritmo que me enervaba la piel del cuerpo y la del alma. Allí estaba yo, desperdigado en el asiento, ajeno y presente a la vez. Hasta que lo descubrí, de pie ante mí. Tal vez acababa de llegar, o puede que llevase varios minutos observándome. En el momento en que percibió que su presencia conseguía avanzar por los matorrales de mi inconsciente hasta la zona límpida de la razón, me preguntó:
-¿Querías decirme algo?
Negué con un movimiento de cabeza. Se sentó frente a mí y sus movimientos, su actitud, la expresión de su rostro y el tono de su voz volvieron a ser los de siempre.
-Estaba pensando escribir un cuento –dijo-. Se trata de un hombre que de pronto ve a otro que le ha sido cercano y querido durante un tiempo muy largo, acaso toda la vida, y al verlo, comprende que ese hombre que ha estado siempre tan cerca de sí, hasta el extremo de formar parte de su propio ser, está a punto de morir. Pero no solo comprende eso, sino, lo que es peor, que ese hombre que es como su antecedente o su prolongación en el tiempo, conoce a ciencia cierta la cercanía de su propia muerte.
Hizo una pausa, como esperando algún comentario mío. Pero yo no era capaz de abrir la boca. Entonces la sonrisa iluminó sus pupilas con esa chispa de inteligencia que me descolocaba con mágico asombro desde mi infancia, y continuó:
-Estaba pensando escribir ese cuento cuando entraste. Pero no lo voy a escribir, porque no sabría qué más decir. ¿Cómo prosigue una historia así? Claro, yo podría narrar de qué manera continúa la vida del hombre que advierte el conocimiento y la aceptación de la muerte en su amigo. Pero el protagonista de esta historia no es el que continúa vivo, sino el que muere. Y lo único valioso de ella sería continuar con lo que enseguida le acontece al protagonista. Como eso no lo puedo hacer, decidí desechar la idea.
Creo que coronó su exposición con una risa, una de sus risas breves, alegres pero discretas, que no se ajustan a lo que llamamos carcajada, y que reflejaban más la equilibrada satisfacción interior que la alegría, a menudo grosera, de los sentidos. No podría asegurar si efectivamente rió, o si me pidió que preparara unos cocteles o le sirviera una taza de té. Ignoro de qué forma prosiguió la velada. La nitidez de mis recuerdos alcanza a lo que llevo dicho. Lo que no es poco decir, casi sesenta años después. Pero sucede que, a despecho del tiempo, las sensaciones de entonces están vívidas hoy en mí desde el instante en que mi hijo irrumpió inopinadamente en mi consulta, luego de la partida del último paciente. Y, a pesar de que escasamente lo percibió mi visión lateral, me di cuenta de que se le congelaban la sonrisa, la mirada, el alegre y despreocupado andar. Brazo y pierna permanecieron detenidos en el aire, sin terminar de descender a la posición que completaría el paso iniciado con entusiasmo. Como en una vieja película en cámara lenta, con movimientos craquelados, la planta del pie llegó por fin hasta el suelo y la mano alcanzó el nivel de la cadera. Entonces elegí alzar la cabeza y volverme lentamente para encontrar el espanto de su asombro. Y no fui capaz de decirle nada. Preferí dejar que asimilara por sí mismo el conocimiento de que, igual que todos, tampoco soy eterno.






Hornado y contento por tu invitación a participar en este proyecto querido Rolando. Me gustó conocer también, la mirada y…