Por Rubén González Lefno
El barrio donde yo nací estaba conformado por ranchas, muchas de ellas con piso de tierra, ventanas tapadas con plástico y las calles… en realidad eran unos callejoncitos estrechos donde el barro abundaba en invierno tanto como el tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo de tabla, algún tarro y cualquier cosa que aparecía tirada sobre el suelo. Claro que para nosotros cada cosa nos parecía un juguete de verdad.
En una ocasión, cuando ya era adulta y todavía soltera, conversando con unas amigas surgió la inquietud de identificar el recuerdo más importante que cada una guardaba de su infancia. En mi caso recordaba diversas situaciones, algunas divertidas y también otras serias, experimentadas en el campamento, pero sin ninguna duda mi recuerdo más importante estaba relacionado con algo ocurrido en otro lugar, parece extraño pero es así.
Era pequeña, pero dicho recuerdo es el que siempre he conservado y del que nunca he querido hablar con nadie.
Cada mañana salía según lo demandaba el hábito heredado de la familia.
Lo suyo era coger el canasto y mirar fuera de la modesta mediagua del campamento. De las condiciones climáticas dependía que saliera únicamente con chaleco o llevar la parka, ya gastada de tanto trajín.
A sus diez años había aprendido el arte del comercio ambulante acompañando a su madre, también el conocimiento de calles y avenidas para evitar confusiones y un probable extravío, del que la madre no aceptaba explicaciones.
-Si te pierdes y te atrasas verás lo que te va a pasar- era la sentencia, asimilada y sobre todo temida desde que tuvo uso de razón.
Hacía semanas que había llegado el periodo de vacaciones, llenando de alegría a los niños del campamento. Ella también lo celebraba, pues podría jugar con sus amigas y amigos, dormir hasta más tarde y vivir cada día sin aquellos deberes que la obligaban por largo rato ante un cuaderno.
Su chaleco esta vez bastaría para transitar a la intemperie. Calzó sus zapatillas, cuya suela se desgastaba más pronto de lo que hubiera querido y, canastillo en mano, salió a la calle.
Comenzó el recorrido por el sector de aquellas viviendas en las que habitualmente alguien le compraba alguna de sus naranjas. Luego avanzó más allá de la pequeña plaza, donde se detenía al regreso para descansar los pies, sin descuidar el canastillo dentro del cual solían quedar unas tres o cuatro de la docena de naranjas que tenía como misión vender. Claro, cuando lograba que le fueran compradas más de la mitad del total se sentía feliz, sabiendo que su madre estaría conforme con el resultado. En un par de oportunidades había regresado con el canastillo vacío y muchas monedas en el bolsillo de su chaleco. Eran las ocasiones en que todo parecía hermoso.
Los innumerables periplos por diversos sectores de la ciudad la habían dotado de suficiente destreza en reconocer los lugares de mejores expectativas, como el terminal de los minibuses, donde había varios señores que siempre esperaban sus naranjas, también aquel recinto donde se construía un gran edificio, en el que igualmente le compraban tres o cuatro unidades de su mercadería, mientras se extasiaba observando aquella enorme estructura de metal que parecía oscilar cerca del cielo trasladando cargas que desconocía.. Pero también debía caminar largas cuadras en que todo resultaba estéril. Y observaba dentro del canastillo, contaba las naranjas, revisaba sus monedas y suspiraba bajo el sol agotador del verano.
Así, durante uno de sus recorridos, con la carga todavía completa, decidió virar hacia una calle por la cual transitaban muy pocas personas. Observaba las viviendas de colores hermosos, los jardines con sus flores llamativas, así como las veredas y los árboles imponentes, mientras avanzaba cambiando de mano el canastillo, haciendo un breve alto para recuperar energías y retomar el paso.
Fue en una de esas andaduras que en un ventanal, diferente a todos los otros de la cuadra, algo le llamó la atención. Un niño sobre una silla observaba la escasa dinámica de la calle. Lo miró con curiosidad reparando que él la observaba con una sonrisa. En ese momento otro niño –varios años mayor y con lentes- salía de la vivienda.
-Cómprame una naranja.
Él sonrió. Luego de un momento sacó unas monedas del bolsillo y compró.
-¿Una sola?
-Una no más, es para mi hermanito.
Ella observó nuevamente la ventana. El niño le sonreía agitando una de sus manos.
Desde ese día, cada uno de sus recorridos incluyó desplazarse frente a la casa del ventanal y su antejardín de césped y flores.
En algunas ocasiones el hermano de lentes comparaba una o dos naranjas, mientras el niño sonreía desde su silla tras los vidrios. Así la relación poco a poco pasó a convertirse en cotidiana y amistosa. Y fue un par de semanas después de su primera incursión que, de pronto, al llegar frente a la casa encontró el ventanal vacío. Extrañada y sombría mantuvo la mirada sin explicarse qué había ocurrido, hasta que de pronto vio al niño de lentes aparecer por la puerta cargando al pequeño en los brazos. En silencio vio que lo acomodaba sobre el césped e ingresaba a la vivienda para regresar con una pequeña silla y una bolsa con juguetes. Al reconocerla el pequeño sonrió y ella se acercó tímidamente. Luego, sentada sobre el prado, miraba los juguetes junto a él: un caballito que parecía galopar sobre su base de metal, la figura de una locomotora que poco después quedaba en el suelo, así como un par de palitroques que agitaba en sus manos antes de pasárselos a ella.
De pronto reparó en el canastillo y extendió su mano diciendo naranja, naranja. Ella miró al hermano mayor que limpiaba sus lentes y entregó una fruta al niño. Calculaba que tendría unos cinco años, como su primito, que de vez en cuando llegaba junto a la tía a visitarlos al campamento.
Jugaron por cerca de una hora hasta que ella recordó que debía continuar con la venta cotidiana y se despidió. El niño dejó de sonreír con la naranja entre sus manos.
-Mañana, mañana.
-Sí, mañana vendré -respondió ella alejándose.
Aquella noche durmió a sobresaltos. La figura del pequeño con la naranja en las manos se le aparecía una y otra vez.
Al día siguiente salió con el canastillo más temprano que lo habitual. Y sin cumplir con el recorrido acostumbrado se apresuró hasta la casa del ventanal, el niño y el pasto verde. Apenas llegó reconoció la ancha sonrisa tras los vidrios y en pocos segundos el hermano lo trajo para posarlo sobre suelo con sus juguetes. Ambos compartieron alegría y gritos. De pronto al niño se le resaló la naranja que tenía en una de sus manos, la que rodó sobre el césped hasta detenerse junto a un arbusto. Ella corrió a traerla y, luego de un momento, el canastillo estaba vacío mientras las naranjas rodaban después de haber sido lanzadas por ambos. Las risas se convirtieron en carcajadas cuando ella -presurosa por traerlas de vuelta- resbaló cayendo de bruces sobre el pasto. El juego se repitió una y otra vez durante horas.
Nuevamente debió despedirse para salir presurosa con el canastillo, después de haber llamado al hermano.
-Tengo que ir a vender las naranjas- afirmó girando la cabeza para ver al pequeño que ahora la miraba triste.
No había entendido mucho lo explicado por el hermano días antes. Pero tuvo claro que había nacido con algunas dificultades y que su condición era frágil, lo que explicaba el impedimento para ponerse de pie y dar algún paso. También escuchó que diariamente debían darle unos medicamentos para evitar dolencias de las cuales no entendió nada, excepto que su cuerpo era muy débil y enfermaba con facilidad.
Desde entonces cada día era dejar atrás las calles polvorientas del campamento, continuar por la avenida cercana hasta virar en la calle de la vivienda, reunirse en el prado, hacer rodar las naranjas, alinear los juguetes y disputar batallas interminables que los hacían retorcerse de risa hasta quedar tendidos, mientras ella lanzaba cada una de las frutas hasta sus pies. Así, el patio se convirtió en el escenario donde ambos convertían en realidad cuanto imaginaban.
En una oportunidad trasladó a duras penas al niño hasta donde la superficie del césped declinaba, dejándolo apoyado cuidadosamente para, desde unos metros más arriba, enviar rodando cada una de las naranjas hasta los pies de su amiguito. En esa ocasión se convencían que era un incontrolable movimiento sísmico el que provocaba un desastre. Así, el patio un día fue también el océano sobre el que se desplazaba el canastillo cual embarcación gigante luchando sobre el oleaje, desafiando un ventarrón apabullante que en un momento volcaba la nave, desparramando sobre el oleaje verde juguetes y frutas. Fue la primera vez en que un osito de género apareció en los juegos y desde entonces para ella resultó irresistible abrazarlo y entregárselo simulando un recién nacido.
-Más, más- decía él. Y ella volvía a cargar la nave reiniciando la travesía hasta repetir el volcamiento y las risotadas interminables.
Luego de un par de horas –preocupada- corría por las calles tratando de vender la fruta, ahora machucada. Algunas veces conseguía lo justo para evitar la reprimenda de la madre y, durante el resto del día, rogaba que las horas transcurrieran prontas para dormir, levantarse y repetir la carrera rumbo al jardín de la felicidad.
-Naranja- dijo apenas la vio llegar. Y ella desgajó una de las frutas compartiendo su cariño en cuclillas.
Después de un rato se encontraban en medio de un acantilado que los obligaba a aferrarse mutuamente para avanzar hasta la cima de una montaña gigantesca, debiendo regresar lentamente hasta el valle, los juguetes y el canastillo. Y en cuanto conseguían llegar comenzaban una nueva aventura, previo a la cual le entregaba el osito que ella acunaba balanceándolo entre los brazos.
Días después los palitroques luchaban en una cruenta batalla contra enemigos invisibles, atacándolos hasta sitiarlos después de lanzarles aquellos proyectiles redondos. Y se anotaban una victoria heroica dirigidos por el niño, mientras ella hacía avanzar la locomotora tripulada por palitroques, emitiendo su rugido y provocando pavor en el enemigo.
El patio también fue salón de fiesta, como en aquella ocasión en que el osito de género bailaba celebrando jubiloso.
-Naranja, naranja- dijo él. Entonces extrajo varias desde el canastillo para incorporarlas al baile, provocando en el pequeño una alegría inigualable.
Y fue en una de tales situaciones que -para trasladarlo un poco más cerca de la casa- lo cogió con ambos brazos, alzándolo y poniéndolo de pie. Por alguna razón supo que lo siguiente quedaría grabado para siempre en la memoria de sus afectos. De pie y afirmado fuertemente de ella, el rostro del pequeño se convirtió en expresión inenarrable de felicidad mientras lo hacía dar uno, otro y otro pasito sobre el prado.
En otra jornada de aventuras levantó el canastillo asegurando que llegaba un avión cruzando la ciudad y que sobrevolaba el patio, aumentando el ruido mientras se acercaba a tierra. El niño levantaba la mirada mientras la nave aérea se suspendía cerca del suelo y –en cuanto quiso elevarse- desde su interior cayeron los bultos redondos de color inconfundible, uno de los cuales llegó a las manos del pequeño, que lo atrapó en medio de carcajadas.
-Naranja, naranja- decía, mientras el avión reanudaba su vuelo hasta que, luego de dar un lento rodeo, bajaba para aterrizar a sus pies, cerca de la tapia de ligustrinas.
Un mediodía ella puso una de sus piernas dentro del canastillo, acercó a su amiguito hasta que igualmente pudo acomodarlo con uno de sus pies dentro de lo que ahora se convertía en barco para cruzar nuevamente el océano plácido, que los llevaba mientras se abrazaban imaginando una embarcación que se perdía en lontananza luciendo sus velas blancas. Avanzaban afirmados de la nave y no había ola alguna que amenazara volcarlos. Momentos después una agradable calma los bendecía sobre una playa de pétalos y, poniendo distancia de la orilla, descansaron de la travesía deteniéndose en medio de una alfombra de geranios.
En otra ocasión -después de esforzarse durante un largo rato- logró instalarlo dentro del canastillo con ambas manitos en el asa de mimbre. Fue entonces el piloto de un enorme camión que se desplazaba llevando una carga que lo obligaba a maniobrar, acelerando y frenando ayudado por ella que imitaba el ruido del vehículo, mientras ambos reían, porque la abrupta detención provocaba el desparramo de la carga sobre el prado y el volcamiento que los unía riéndose abrazados al osito.
La visita al paraíso de los juegos se había convertido en su mayor alegría. Por ello cada día se apresuraba a llegar hasta allí para recrear las aventuras de él, de ella, de los juguetes, las naranjas y el osito.
Una mañana, poco antes de mediodía, llegó una vez más hasta la vivienda. Extrañamente, el ventanal se encontraba vacío. Se acercó y esperó. Después de un rato se atrevió a tocar la puerta. No hubo respuesta. Insistió, pero el silencio se mantuvo.
Cabizbaja y sin ser capaz de aventurar alguna explicación regresó al campamento. Al día siguiente concurrió de nuevo a la casa del jardín ahora vacío y nuevamente encontró el ventanal abandonado. Esta vez fue presa de una tristeza enorme y regresó sollozando.
Al tercer día encontró al hermano de lentes que salía de la casa.
-Está hospitalizado -explicó-, ha estado en otras ocasiones y después de algunos días lo dan de alta.
Cada uno de los días siguientes insistió y cada vez debió regresar después de golpear infructuosamente la puerta y mirar largo rato hacia los vidrios de la ausencia.
Había transcurrido más de una semana cuando despertó presa de tercianas. La mamá se preocupó al verla empapada en transpiración. Debió permanecer en cama durante varios días, hasta que superada la fiebre pudo levantarse.
Con el primer impulso corrió hasta la casa de su amiguito. Apenas llegó, ansiosa y expectante, se encontró con el ventanal cubierto de cortinas. Esta vez no intentó golpear la puerta y permaneció inmóvil unos minutos. Se aprestaba a emprender el regreso cuando de pronto salió de la casa el hermano mayor que -con expresión sombría- traía algo en una de sus manos.
Entonces ella se negó a aceptar que fuera verdad la explicación de frases entrecortadas que escuchaba como algo irreal.
-Antes de marcharse me mostró el osito y reiteró que te sea entregado. Repetía naranja, naranja -explicó con los lentes empañados- y ahora es tuyo.
Durante largos años nos hemos divisado esporádicamente con el hermano, pero nunca volvimos a conversar, así como jamás regresé al jardín de los juegos de aquel verano.
En algunas oportunidades mis hijos me han preguntado por qué les niego el antiguo canastillo y el juguete, los que por tanto tiempo me han acompañado en el local.






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