Por Eddie Morales Piña
Han pasado trece años desde que se publicó este libro de Juan Enrique Piedrabuena (Santiago, 1951). Nunca supe de su existencia hasta que llegó a mí hace algunos días. He buscado googleando referencias sobre este texto, y sólo me he encontrado con un comentario crítico del poeta Rodrigo Verdugo, quien finaliza diciendo que ojalá el poemario de Piedrabuena tenga una buena acogida en el tiempo de su lectura.
Pues bien, lo he recibido en 2026 y su lectura ha sido sumamente gratificante para quienes leemos poesía lírica. No todos los receptores asumen este tipo de poiesis. La poesía lírica es una forma de conexión especial entre el creador y quien lee. El texto poético adquiere unas resonancias especiales en su constitución lingüística, ya que no debemos olvidar que la poesía lírica es una forma peculiar del uso del sistema, norma y habla de la lengua. En este sentido, como lectores debemos dejarnos llevar por la retórica que el sujeto hablante nos propone. Cuando identificamos al enunciante sabemos que es la proposición lingüística de quien se revela a través de las palabras. Piedrabuena es el poeta lírico traspuesto en la enunciación, es decir, en los poemas que se leen como Poemas del desarraigo.
El título del poemario es de una simplicidad evidente, pero que tiene una connotación manifiesta de orden estético. El poeta Piedrabuena nos dice que son poemas, y agrega un complemento del nombre del desarraigo. La clave –clavis, llave- para entrar en la discursividad precisamente es el vocablo desarraigo. La portada de este libro, por otra parte, es significativa como paratexto, pues nos muestra una figura humana -un hombre- que va en actitud de caminante, mientras esta imagen está franqueada por dos sentencias. Una dice, Soplan vientos en Barcelona; la otra, Cómo no haber aprendido la cueca, ahora lo lamento. Las dos oraciones -versos- indican al receptor instancias existenciales o vivenciales que tienen que ver con la experiencia vital del hablante lírico que se revelará en la textualidad. Este sujeto escriturario es un desarraigado.
La palabra desarraigo tienen resonancias que poseen una significación ominosa. Cuando leo este concepto, me acuerdo de El Cid echado de tierra -un ensayo entrañable de Joaquín Casalduero referido al Campeador en el famoso poema épico. Etimológicamente, desarraigo alude a sacar de raíz, en consecuencia, como actitud no sólo es dejar la tierra geográfica, sino una pérdida existencial. El desarraigo se conecta con el exilio, con la pérdida de lo más caro para quien sufre este extrañamiento, otra palabra que tiene una potencialidad evidente: perder lo esencial de la existencia como sujeto histórico. La pregunta es cuál es el desarraigo del hablante lírico de este texto que pone como núcleo tal vocablo. En la portada están dos palabras que se relacionan; una ciudad, Barcelona; otra, una que hace referencia al denominado baile nacional, la cueca. El receptor, por tanto, puede concluir que el sujeto hablante está exiliado en una ciudad europea y que, además, añora no haber sabido bailar la cueca. Efectivamente, ambas situaciones están en el interior del texto poético de Piedrabuena. Hay un desarraigo histórico del creador y, en consecuencia, evoca en el sustantivo cueca la pérdida de algo esencial referido a la identidad. Como lector, no sé cuándo emergieron a la superficie los poemas que componen en texto. El poeta Rodrigo Verdugo en el único comentario crítico que hallé, manifiesta que los escritos de la primera sección pudieron ser elaborados en una etapa temprana del autor.
El libro del poeta Piedrabuena –Petrus bonus– está articulado, programado, estructurado sobre la base de dos pivotes. Son dos columnas vertebrales que sostienen y están entramados lingüísticamente en torno al motivo del desarraigo que tiene como componentes el tema del amor y el desamparo vivencial. En otras palabras, el desarraigo no sólo es espacio temporal, sino que se entronca con situaciones existenciales. En realidad, toda poesía lírica lo es. La poesía de Piedrabuena es existencialista con toques en la segunda sección, principalmente, donde el hablante adopta la perspectiva estética del sarcasmo y la ironía, como un poeta de la Baja Edad Media francesa, Francois Villon, o el poeta medieval hispánico Joan Ruiz, o incluso con una retórica quevediana. La primera parte se denomina Poemas del hombre que camina -y allí está la respuesta del paratexto-, mientras que la segunda lleva por título Poemas del hombre sentado.
Es en la segunda parte donde la retórica del hablante lírico nos lleva a una discursividad casi rabelesiana -Francois Rabelais- especialmente en el uso de una retórica de la oralidad que nos lleva a la cultura popular con elementos de sátira, humor, sarcasmo y comicidad para conectarnos con el desarraigo más allá de lo que la palabra nos pueda significar o connotar. Como escribió el poeta Rodrigo Verdugo, no copio poemas a modo de ejemplo porque no se puede captar la esencia de la poeticidad de Juan Enrique Piedrabuena, sino a través de la lectura íntegra de sus textos.
En definitiva, la experiencia lectora de Poemas del desarraigo ha sido un descubrimiento estético. Trece años después de su emergencia sigue manteniendo su lozanía escrituraria que invita a su lectura. Googleando encuentro que hay una segunda edición de 2024.
Juan Enrique Piedrabuena: Poemas del desarraigo
Chile. Libros del Amanecer. 2013. 91 pág.







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