Por Bárbara González Valdéz

Leer “El lado oscuro de la sombra y otros ladridos” es como sentarse en una banca cualquiera de la ciudad, a una hora en que casi nadie mira a nadie, y escuchar historias que no estaban pensadas para ser “literatura”, sino para ser contadas en voz baja, con humor torcido, con ternura sin almíbar y con una rabia que nunca se vuelve consigna. Es un libro que se deja leer con una sonrisa triste y una carcajada inesperada, y que al cerrarlo deja esa sensación incómoda y hermosa de haber mirado algo que siempre estuvo ahí, pero que solemos evitar.

Su autor, José Baroja, escribe desde un lugar muy reconocible para quienes vivimos en este lado del mundo: la calle, el desamparo, la ironía frente a las promesas incumplidas, la compasión por los que no caben en el relato oficial del éxito. Y lo hace, además, con un gesto narrativo que se vuelve su marca: darles voz a los perros, o más bien usar a los perros como una lente moral para observar a los humanos. No es un truco simpático ni una simple alegoría: es una decisión ética y estética. Los perros de Baroja sienten, piensan, recuerdan, juzgan.

Desde el primer relato, “Un hijo de perra”, uno entiende que aquí no hay concesiones al sentimentalismo fácil. El narrador es un perro callejero que le habla a su humano muerto, y en esa despedida hay más crítica social que en muchos ensayos bienintencionados. La voz canina cuenta su origen bajo un puente de Providencia, sus recorridos por Mapocho, Cal y Canto, la Catedral, la universidad, los encuentros con mendigos, prostitutas, policías, niños. Todo está narrado con una mezcla rara de ingenuidad, lucidez y humor negro. El perro no idealiza la pobreza ni demoniza sin matices a los humanos, pero tampoco se engaña: sabe quién lo ignora, quién lo patea, quién comparte lo poco que tiene. Y en ese saber se cuela una reflexión brutal sobre el abandono, la violencia cotidiana y la hipocresía religiosa. Lo que podría haber sido un cuento lacrimógeno se convierte en una pequeña bomba emocional, sostenida por una voz que jamás se victimiza.

El relato que da título al libro, “El lado oscuro de la sombra”, continúa esa exploración de la marginalidad, esta vez desde la relación entre Juan, un hombre sin hogar, y Perro, su compañero callejero. La ciudad en crisis, las protestas, el ruido metálico, los gritos, la violencia latente, forman el telón de fondo de una historia mínima: dos seres tratando de dormir juntos en la calle La Merced. Hay algo profundamente humano en esa escena, y al mismo tiempo algo que nos deja mal parados como especie. Baroja no necesita grandes discursos políticos: le basta con mostrar la fragilidad compartida de Juan y Perro, su mutua lealtad, su manera de resistir la noche. El sueño de Juan, esa pesadilla poblada de sombras, marionetistas y caídas al vacío es una de las imágenes más potentes del libro, y funciona como una metáfora clara del desamparo social y la manipulación.

Uno de los encantos de este conjunto de cuentos es su capacidad para moverse entre lo íntimo y lo social sin volverse panfletario. “Donde existe Dios”, por ejemplo, es un relato breve, casi una estampa, en el que una perrita llamada Paloma se encuentra con una niña pequeña en un hostal costero. El abrazo entre ambas transforma el espacio, despierta sonrisas, reconcilia por un momento a los adultos con algo que habían olvidado. Aquí Baroja muestra su lado más luminoso: la idea de que el amor sencillo todavía es posible. Pero incluso en esta ternura hay una sombra: la conciencia de que ese momento es frágil, que la infancia se pierde, que el mundo adulto vuelve a imponerse.

“Campos de Marte” introduce una sátira feroz sobre el aparato militar, la televisión, el espectáculo patriótico. Un perro que irrumpe en un ensayo del desfile y desordena por un instante la marcialidad perfecta se convierte en un símbolo involuntario de lo que no encaja, de lo que no puede ser domesticado del todo. La sonrisa que provoca esa irrupción dura poco: el orden se restablece, el perro es sacado del lugar, la maquinaria sigue funcionando. El cuento es breve, pero deja una incomodidad persistente, porque todos reconocemos ese gesto: la expulsión de lo vivo, de lo impredecible, en nombre del protocolo y la imagen.

“Orfeo” es quizá uno de los relatos más delicados del libro. La historia de un perro quiltro que vive con una pareja joven, que espera un hijo, y que observa el paso del tiempo marcado por un reloj de pared. Aquí Baroja se permite una ternura más sostenida, una exploración del vínculo familiar, de la lealtad silenciosa del animal que entiende más de lo que aparenta. El momento en que Orfeo descubre al recién nacido y asume su rol de guardián es de una belleza sencilla, sin golpes bajos. Hay una confianza en la inteligencia emocional del lector que se agradece.

“Juanito ‘Botella’” vuelve al registro irónico y urbano. Un ex profesor de Educación Cívica convertido en alcohólico de la costanera de Valdivia cae al río por culpa de un ladrido oportuno. El perro que lo salva, casi milagrosamente, introduce otra vez esa idea barojiana de la providencia canina. No es un cuento moralizante sobre la redención, sino una escena absurda, tierna y triste al mismo tiempo, que deja abierta la pregunta por el destino, la casualidad y la segunda oportunidad.

El relato más largo, “Van Gogh”, es una especie de sátira amarga sobre la cuarentena, el privilegio, la soledad y la fragilidad de una identidad construida a partir del consumo, las redes sociales y la validación externa. Gladys, la protagonista, tiene todo para atravesar el encierro con comodidad, hasta que poco a poco se queda sin Internet, sin contacto humano, sin su perro Firuláis. La historia avanza hacia una sensación de claustrofobia psicológica que resulta inquietantemente cercana. Baroja no se burla cruelmente de Gladys, pero tampoco la absuelve: la muestra atrapada en una burbuja que se rompe cuando desaparecen los dispositivos que la sostenían. Firuláis, como en otros cuentos, es el ancla emocional, el último vínculo real. Su huida marca un punto de quiebre que deja a Gladys frente a sí misma, desnuda de likes y de streaming.

Hay en todos estos cuentos una coherencia temática muy clara: la atención puesta en los márgenes, en los que no importan, en los que no salen en la foto bonita del progreso. Pero también hay una coherencia estilística que merece destacarse. Baroja escribe con una oralidad trabajada, con modismos, con cambios de registro que van de lo poético a lo coloquial sin chirriar. Su prosa no busca la perfección pulida, sino la vibración de una voz que parece hablarnos al oído. A ratos se permite digresiones, comentarios del narrador, guiños metatextuales, sin perder nunca del todo el hilo emocional.

Es inevitable pensar en tradiciones literarias donde los animales funcionan como espejos de lo humano, desde Kafka hasta Jack London, pasando por Cortázar y Monterroso. Pero Baroja no se limita a repetir esos gestos: los traslada a un contexto muy específico, latinoamericano, urbano, contemporáneo, atravesado por la desigualdad, la represión policial, la precariedad laboral, la pandemia, la desconfianza en las instituciones. Sus perros no son símbolos abstractos: son quiltros, pulgosos, hambrientos, tiernos, irónicos. Y desde esa materialidad construyen una ética.

Lo que más me conmovió de este libro es su negativa a ofrecer soluciones fáciles. No hay finales completamente felices, ni moralejas claras. Hay pequeños gestos de luz en medio de un panorama áspero. Hay abrazos entre una niña y una perrita, lengüetazos que despiertan a un hombre de una pesadilla, ladridos que salvan a un borracho del río. Hay momentos de amor que no cambian el mundo, pero lo vuelven un poco más habitable por unos segundos. Por ello, “El lado oscuro de la sombra y otros ladridos” se siente como un libro necesario precisamente porque no intenta agradar a todo el mundo. Es incómodo, tierno, irónico, políticamente incorrecto a ratos, y profundamente humano en su forma de mirar la miseria y la belleza cotidiana. No es un libro que uno lea para “escapar” de la realidad: es uno que obliga a mirarla desde abajo, desde la vereda, desde el hocico de un perro que no entiende por qué ustedes, los humanos, se portan tan raro.

Cerré el libro con una mezcla de tristeza y gratitud. Tristeza por todo lo que cuenta, por todo lo que reconocí. Gratitud porque alguien se tomó el trabajo de escribir estas historias sin cinismo, sin condescendencia, sin pretensiones de grandeza. Solo con una voz honesta que, como sus perros, ladra cuando tiene que ladrar y se queda en silencio cuando el silencio dice más.

No sé si este libro hará que tratemos mejor a los perros, o a los pobres, o a los olvidados. Ojalá. Pero al menos logra algo que no es poco: nos recuerda que ahí están, que existen, que sienten, que piensan, que nos miran. Y que, quizá, en ese lado oscuro de la sombra donde preferimos no mirar, todavía hay algo parecido a la dignidad. Y al amor. Y a una forma distinta de ser humanos.

José Baroja: El lado oscuro de la sombra y otros ladridos
Ediquid: Lima, 2020, 91 páginas.

El lado oscuro de la sombra y otros ladridos
El lado oscuro de la sombra y otros ladridos