DISTOPÍA CRIMINAL DE IGNACIO FRITZ

Por Bartolomé Leal

Este nuevo libro de Ignacio Fritz es una nueva invitación a lanzarse al oscuro abismo donde la vida y la muerte, el mundo y el antimundo se confunden. Temáticas caras al autor, conocido por su compleja narrativa no siempre accesible a un lector medio. Bueno, como Burroughs, Kerouac o Céline, guardando respetuosas distancias. Por ello, cuando la entrega significa un patente salto en la calidad literaria, uno puede reconocer que involucrarse en esta experiencia da réditos estéticos; en medio de la rutina creativa que nos acosa.

El género negro nacional, para más remate, se halla quizá sumido en un cierto conformismo; sus temáticas parecen haberse quedado en los manoseados horrores de la dictadura militar (sí, hubo una hace casi medio siglo) y que, en soterrada connivencia con la industria editorial, ni siquiera se anima a meterse con el “estallido social”, por ejemplo. Como que el popular concepto de la novela negra como el “realismo social” del siglo XXI estuviera haciendo estragos en nuestro género en la versión criolla. Como que se hace metástasis en la prolongación del autor que es el lector. Tal vez por eso nos ahogamos en la indiferencia de la calle, vaya. La democracia es un tapiz deslavado. Los votos suelen ser irrelevantes. Sobre todo cuando la derecha gana elecciones. Hay que volver a un pasado heroico mistificado.

El autor de Los hombres de la Rubia de Kennedy no se interesa por tal enfoque. En la novela de Ignacio Fritz la distopía se da con otro signo. Allende no ha sido depuesto y la Dictadura del Proletariado gobierna. Bueno, no vamos a adelantar sobre eso, aspecto particularmente entretenido de la narración, y donde la ultraderecha es la que actúa de manera brutal contra la disidencia, esta vez encarnada en el propio gobierno. La propia policía del régimen no le va en zaga, en todo caso.

Ignacio Fritz ha escrito uno de sus mejores libros, esta distopía criminal como la subtitula, que travesea con un grandioso mito urbano santiaguino: “La rubia de la avenida Kennedy”. Dicha mujer habría muerto en un accidente automovilístico en la Kennedy con Gerónimo de Alderete, pero cundieron las sospechas de que murió en circunstancias misteriosas, con el supuesto asesino suicidado. Se dijo que penaba en esa esquina mortal y asediaba a los taxistas. Un arcoíris efímero, pone Fritz. El tema tuvo prensa, hasta Halloween tocó su parte, se hizo una película que pasó sin pena ni gloria, pocos escritores se atrevieron con el tema, tal vez porque no conocían el barrio.

Fritz no se mete con la arista forense, sino con el hecho de que la rubia asesinada vive a medio camino entre el mundo y el inframundo. Sigue buscando hombres de verdad. Un alma en pena. Por ahí el libro cita una investigación que afirma que el “peso del alma” es 21 gramos.

Bella edición, ¿qué dice el editor? Pues invito a leer la muy buena contratapa:

Se nota que Ignacio se lo investigó todo. ¿Por qué lo considero un libro destacable? Pues por su buen uso del lenguaje popular en varios medios sociales; por su sintaxis adecuada al tipo de relato y su estilo, nunca lineal aunque con la brújula bien conectada para lograr fluidez narrativa; por su visión original y nada farandulera del mito urbano santiaguino que se conecta con otros foráneos; por sus guiños a la ciencia ficción ciberpunk, sobre todo al brillante concepto acuñado por William Gibson de los “fantasmas semióticos”, ese popurrí de imágenes, ideas o mitos del pasado que quedan dando vueltas en el inconsciente colectivo; porque el autor, además, hermana la caca que tiene en la cabeza con aquel inconsciente colectivo, haciendo un continuo reciclaje de publicidades, canciones, películas, el porno, personajes deleznables y farsantes de todo tipo…

Una novela que me permito poner al lado de un par, sin perjuicio de que haya otras igualmente notables en la línea de una renovación del noir chileno: El Caníbal de Laguna Verde: La historia del comeporteños» (2013) de Cinthia Matus; y El detective del absoluto (2024) de Pablo Rumel. Menciono al paso, en línea original, a autores como Juan Calamares y Aníbal Ricci.

Bueno, aquí van como complemento algunas preguntas que hago al autor, a ver si nos aclara algunos conceptos acerca de su obra:

Se nota que Ignacio se lo investigó todo. ¿Por qué lo considero un libro destacable? Pues por su buen uso del lenguaje popular en varios medios sociales; por su sintaxis adecuada al tipo de relato y su estilo, nunca lineal aunque con la brújula bien conectada para lograr fluidez narrativa; por su visión original y nada farandulera del mito urbano santiaguino que se conecta con otros foráneos; por sus guiños a la ciencia ficción ciberpunk, sobre todo al brillante concepto acuñado por William Gibson de los “fantasmas semióticos”, ese popurrí de imágenes, ideas o mitos del pasado que quedan dando vueltas en el inconsciente colectivo; porque el autor, además, hermana la caca que tiene en la cabeza con aquel inconsciente colectivo, haciendo un continuo reciclaje de publicidades, canciones, películas, el porno, personajes deleznables y farsantes de todo tipo…

Una novela que me permito poner al lado de un par, sin perjuicio de que haya otras igualmente notables en la línea de una renovación del noir chileno: El Caníbal de Laguna Verde: La historia del comeporteños» (2013) de Cinthia Matus; y El detective del absoluto (2024) de Pablo Rumel. Menciono al paso, en línea original, a autores como Juan Calamares y Aníbal Ricci.

Bueno, aquí van como complemento algunas preguntas que hago al autor, a ver si nos aclara algunos conceptos acerca de su obra:

P: Te gustan las duplas de detectives, canon recurrente en el género y un buen recurso para diálogos sabrosos. ¿Qué crees que hace diferentes a los tuyos?

IF: No creo que haya mayor diferencia con otros autores del género noir. Sherlock Holmes tiene a Watson. Rex Stout a Nero Wolfe y Archie Goodwin. En fin. Hasta Batman tiene a Robin. Creo que es un recurso eficaz mientras otorgue impulso y que la acción corra a través del dúo. Los míos, claro, juegan con postulados que integro en ambos arquetipos, el veterano y el joven. Aparte, ambos son como el agua y el aceite, pero por tema trabajo, se bancan. Ambos desean encontrar la verdad, aunque en lo personal pienso que la “verdad” en las personas es solo una interpretación de la misma y no se llega nunca a la verdad inmutable que solo está en el mundo de las ideas. Como tú bien pusiste en el texto de más arriba, son temas que tal vez me son “caros” o queridos; y para qué decir “caros” para el lector medio (si es que existe), que no debe tener idea quién fue Platón pero sí Felipe Camiroaga o Naya Fácil.

P: Ese tráfico entre lo real y lo imaginario nos mete en la distopía de la Unidad Popular en el poder y dentro de aquello, perturbador de por sí, hay otros niveles de inverosimilitud, ¿qué buscabas?

IF: Divertirme, en primer lugar. Supongo que se le ha dado guaraca al tema dictadura. ¿Por qué no verlo desde el otro lado? Con respecto a la verosimilitud, para mí no cuenta. Sí cuenta la coherencia interna y en cómo planteo cada párrafo. Es triste observar cómo el martilleo de lo “correcto” o “incorrecto” permea la prosa de los escritores actuales. El noir ha derivado a gray y los árboles no dejan ver el bosque y parece que el tema de la dictadura quedó pegado como ese comercial de los ochenta de Poxilina. Se puede escribir hasta de lo inimaginable siempre y cuando se tenga el talento y la perseverancia para hacerlo. Para mí vivir lo que se debe escribir es un recurso válido para los escritores “normales”; el tema es que yo, como escritor, soy friqui y anormal. Lo de verosimilitud o no, eso es para los cultores del realismo social o la autoficción que tanto me apesta. Igual, qué bueno que pienses que es uno de mis mejores libros.

P: ¿Crees que este libro supera las controversias de otros anteriores y que te hacen una figura no digamos revulsiva, aunque sí para evitar?

IF: Nunca me he enterado de esas controversias, de partida. Estoy disponible para que me llamen o me las digan en la cara; si no, no vale. Como narrador enfrentado a otros, trato de ser lo más educado posible; de hecho, me sorprende que el cotilleo de pasillo impera más que lo que te comenté sobre qué es la verdad en lo real. O qué es mito de lo que no lo es, como lo de la Rubia de Kennedy. Parece que estas controversias en las que he estado involucrado no son descartadas con el buen juicio. Una persona juiciosa preguntaría a la fuente (en este caso, yo), no se quedaría con la chimuchina de los haters de siempre, que abundan aquí. Esa es mi verdad. Lo que sí me queda claro es que ser educado no da muchos réditos en colegas con su cantinela figurativa de siempre y aquí pienso lo mismo que Bolaño acerca de los escritores; que en la realidad (y me incluyo), “son unos gilipollas”. Hay algunos que te ven en el mercado persa y no te saludan… Finalizo citando otra vez a Bolaño: “Nada pidas, que nada se te dará. No te enfermes, que nadie te ayudará. No pidas entrar a ninguna antología, que tu nombre siempre se ocultará. No luches, porque siempre serás vencido…”. Esa es la verdadera caca de los escritores. Súmale “chilenos”.

Ignacio Fritz: Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal, Emergencia Narrativa, Santiago de Chile, 2026

Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal
Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal