liceo 7Por Diego Muñoz V.

A fines del año 1967, en un sencillo y emotivo acto, recibí un diploma de manos del Director de mi Escuela No. 48 y me convertí, imprevista e instantáneamente, en un egresado con precaria conciencia de lo que aquella transformación implicaría.

Al menos de momento significaba cambiar el mameluco u “overall” de crea beige por el uniforme de estudiante secundario: camisa blanca, pantalón y calcetines plomos, chaqueta azul y zapatos negros. No obstante, no fui promovido a Primero de Humanidades (como se denominaba la secundaria en ese entonces) sino que a Séptimo Básico, producto de la Reforma recién aplicada. El ansiado arribo a la educación secundaria se postergaba en cierta forma, pero como la escuela de barrio no tenía medios para ofrecer ni séptimo ni octavo, teníamos que irnos a un Liceo. Y el escogido fue el Liceo 7 de Ñuñoa, José Toribio Medina, ubicado en Carmen Covarrubias con la avenida Irarrázaval, a unas diez cuadras de mi casa, cuya caminata constituyó una deliciosa rutina cotidiana.

Partimos con clases en las tardes, porque la infraestructura del Liceo no daba abasto para acoger la gran masa de estudiantes que ingresaban cada año. Al comienzo el mayor impacto fue el tránsito desde una sola gran clase continua dictada por una sola profesora (con escasas interrupciones para clases de educación física o trabajos manuales), cuyos temas iban cambiando de acuerdo a un orden arbitrario, hacia un sistema constituido por profesores especializados con arreglo a un horario riguroso y estructurado. Ahora teníamos muchos profesores: historia, castellano, matemáticas, ciencias, inglés (¡una novedad aterradora!), técnicas especiales (así se rebautizó a trabajos manuales), dibujo, música y religión. Después, creo que al año siguiente, se integró francés.

Pasé del mundo estructurado y más bien monótono de la escuela básica, aunque muy variado socialmente, a un ambiente donde la heterogeneidad era la única regla general. Mucha gente nueva: profesores, inspectores, alumnos, funcionarios, oficinas misteriosas, caos visible e invisible, intentos de orden impuestos a fuerza de castigos, gritos, reprimendas y amenazas, a los que pronto se sumarían proclamas urgentes. En suma, un mundo tan desconocido como atrayente y vertiginoso. Era justamente marzo del año 1968 y bajo nuestros pies se iba conformando esa sustancia invisible y poderosa que precede los grandes estallidos sociales, la misma que en estos días de 2011 sentimos bailar debajo de nuestros zapatos. Inquietud y un malestar generalizados, un murmullo que va elevando su caudal hasta convertirse en una marea incontenible.

En mi Séptimo C del Liceo José Toribio Medina (dintiguido bibliógrafo e historiador chileno, un nombre muy bien puesto) –y durante los dos años siguientes en octavo básico y primero medio- conocí a personas inolvidables e inspiradoras y a grandes amigos que considero fundamentales y decisivos.

Mi curso estaba integrado por representantes de todos los estratos sociales. Una diversidad increíble si se la juzga con los parámetros actuales –cuando en nuestra sociedad se ha impuesto una estructura de barreras prácticamente infranqueables. Nuestros progenitores eran comerciantes, dueñas de casa, locutores, profesionales, dependientes, obreros, empleados bancarios o escritores. Y sus ideas políticas recorrían todo el espectro existente, desde las más conservadoras hasta las más avanzadas. Lo mismo parecía acontecer con nuestros maestros y maestras, aunque predominaban los jóvenes que exhibían gestos de rebeldía y guiños transformadores.

Vayan unas líneas especiales para Jorge Villalón, nuestro profesor de matemáticas en esos tres años. Estoy seguro de que cada uno de ustedes habrá tenido un profesor de este fuste. Yo tuve la gran suerte de tener varios de ellos, y creo que jamás podré tener oportunidad de agradecerles lo que les debo, así como estoy seguro de que ellos no esperaban, ni esperan agradecimientos ni retribuciones. Hicieron lo que consideraban su deber, con toda el alma, con una generosidad que fluía de manera natural, sin que se requiriesen recompensas o controles para que se manifestara. ¡Cuánto ha cambiado nuestra sociedad en este periodo!

Recordado y querido Jorge: donde quiera que estés, espero que leas estas líneas. De verdad lo deseo así, intensamente, porque aunque no sea necesario, quiero darte las gracias a ti y a todos aquellos profesores como tú, que hicieron la diferencia. A ti debo, por lo menos, el encanto por las matemáticas modernas. Nos abriste a un mundo nuevo y maravilloso, más allá de lo que señalaban los programas. Aquellos que fuimos tus alumnos y con el paso de los años optamos por estudiar ingeniería, lo hicimos a tus expensas, estoy seguro de ello. Esto lo podrán testimoniar Ricardo, Rodrigo, Santiago, amigos y colegas queridos.

En tus clases aprendí a volar en mundo conceptual, invisible a los ojos, y me hice de ideas fundamentales del álgebra moderna, que me sirvieron para siempre. Recuerdo tus guías de ejercicios multicopiadas con esténciles en los viejos mimeógrafos que operaban en las oficinas interiores, unos aparatos que tal vez anunciaban la cercanía del periodo de persecución y clandestinidad unos pocos años más adelante. Empleabas una batería de métodos incentivadores que echaban por tierra las técnicas arcaicas de los profesores anticuados, acostumbrados a la vieja clase doctoral. Nos alentabas a preguntar, a trabajar en clases resolviendo problemas, a buscar información por nosotros mismos, a sentir pasión por aprender más. Eso no figura por ninguna parte en un programa docente, ni tampoco en los libros; eso lo instalaste tú entre nosotros. Ayudaste a imponer el caos que permite establecer un nuevo ordenamiento mental. Eso te debo: la autonomía, el vuelo de la imaginación, la locura innovadora, el amor por lo nuevo. Y esto no logró destruirlo ni la distancia académica de otros profesores formalistas y distantes, ni la mediocridad y el burocratismo de otros, ni la propia tiranía que trataría de imponer la uniformidad y el inmovilismo por diecisiete largos años. Gracias por todo esto, recordado Jorge, un fuerte y emocionado abrazo donde quiera que estés ahora.

Gracias a don Pochito que nos enseñó a cantar la Marsellesa y nos proporcionó la oportunidad de llevar a cabo la primera batucada chilena, para asombro del liceo completo. Gracias a ese profesor inolvidable que hizo un reemplazo de Castellano, cuyo nombre se extravió en alguna parte, porque nos hizo leer –en aquellos años- a Borges, a Rulfo, a Cortázar y otros escritores maravillosos. Gracias a Míster Flowers por enseñarnos perseverantemente las bases del inglés que nos abriría puertas en el futuro. Gracias a María Cristina por iluminarnos la mente con sus sorprendentes experimentos científicos y gracias también por despertar el demonio de la adolescencia con esas piernas maravillosas que enseñabas gracias a tu generosa minifalda.

En mi querido Liceo 7 recibí muchas lecciones inolvidables. Algunas de ellas quedaron plasmadas en mi novela Todo el amor en sus ojos. Historias graciosas, bellas, terribles y luminosas; de aquella clase que emerge del crisol histórico que permite fraguar mejores personas.

Una de ellas, una de las más dolorosas en todo el sentido de la palabra, la recibí de las Fuerzas Especiales de Carabineros a los trece años. Concurría por primera vez al Liceo en toma. El día anterior los alumnos de la mañana, los mayores, de los últimos años, nos sacaron de clases anunciando que a partir de ese momento el Liceo estaba “tomado”. No entendí muy bien qué significaba aquello, y al día siguiente concurrí ingenuamente a clases, con uniforme y bolso. Había una micro verde de Carabineros apostada junto a la puerta del colegio. Me acerqué para hablar con alguien e inquirir lo que estaba pasando, cuando un mastodonte en uniforme me levantó en vilo y me arrastró hacia el vehículo. “ahora vai a ver, h…” me gritó entre otras expresiones que contradecían su rol de guardián del orden.

Me hicieron cruzar de un extremo a otro de la micro a punta de golpes de puño y patadas bestiales. Con cuidado de no pegarme en la cara, ni dejar huellas visibles, muy profesionales. Fue un infierno de golpes y dolor del cual salí medio aturdido, rodando por la escalerilla. “para que aprendas a no meterte en h…”, gritaron los carabineros, riéndose.

Y aprendí, efectivamente. Aprendí que había muchas clases de personas. Tipos brutales y cobardes capaces de darle una golpiza a un chico indefenso. De trizarle dos costillas, que ese fue el resultado; respiré cortito varios meses por efecto de este “encuentro”. Aprendí que había otras personas capaces de ayudarte, de recogerte, de solidarizar contigo. De enseñarte con cariño, como el maestro Villalón.

Ya lo he dicho, adquirí en esos años conocimientos fundamentales para toda la vida y gané amigos extraordinarios, de cuya amistad me enorgullezco: Luis Condon, Ricardo González, Rodrigo Medel, Santiago González, Hernán Lagunas, Pablo Montecinos, y tantos otros…

Remigio Muga, capítulo aparte, hermano querido, desaparecido en la niebla de los efectos devastadores, de largo plazo, de la dictadura militar. Se salvó de la represión más terrible de los primeros años –una suerte que no tuvo su amigo Héctor Garay, también hermano querido- para acabar en el exilio y hundirse en una depresión de la cual no pudo salir y acabó suicidándose hace unos años. Héctor Garay murió torturado atrozmente a los diecinueve años, acusado de ejecutar actividades terroristas con unas manos de las cuales solo vi salir hermosos poemas.

Estaba en mis últimas semanas en el Liceo 7 cuando ocurrió lo impensable, lo imposible. La marea social y humana siguió subiendo y subiendo y nos llevó a las calles, todos juntos: alumnos, inspectores, profesores, auxiliares, obreros, artistas, empleados. Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales y un grito de esperanza sacudió el país entero. Pero esa es otra historia.

Jorge Villalón, Remigio Muga, exprofesores y maestros auténticos, compañeros queridos del Liceo 7, donde sea que estén ahora, los abrazo emocionado, trémulo, estremecido por mis recuerdos y lleno de ilusiones ante la posibilidad de que mi país cambie profundamente.

 

En: Diego Muñoz Valenzuela