Por Marcelo Beltrand Opazo

La Palabra, es el elemento fundamental en la microficción, articula y estructura las historias, las grandes historias encerradas en formatos diminutos, en cajitas pequeñas. La Palabra es más que un simple sustantivo, más que un significante, es la clave que abre la puerta a infinitas realidades.

Pero detengámonos aquí, porque si decimos que la palabra es el elemento fundante en la microficción, tenemos que verlas más que simples sustantivos. Esas palabras son más que eso, más que la definición formal que constituye al significante. Cada palabra encierra una historia, un olor, un sabor, nos evoca una música. Una palabra nos activará, en forma automática, imágenes, y en esas imágenes personas, que la distancia convierte en personajes. Por ejemplo las palabras viaje, ciudad, capital, París, Lima, Valparaíso, nos llevan a nuestras propias experiencias, y nos convertimos en personajes de nuestras propias historias. Ahora la memoria está en juego, sin querer comenzamos a construirnos un pasado acorde a los tiempos, una palabra nos une la historia, pero muchas veces cuando tenemos que contar esa historia, nuestra propia historia, y según el contexto, la persona, nos armamos un patchwork de nuestra propia vida, omitiendo aquellos pasajes un tanto oscuros, y que no queremos explicar. Palabra, historia y memoria.

La imagen en una fotografía, se nos aparece parcial, fragmentando una realidad condensada eternamente. Así, será el observador, el que construya, recreé y complete la historia estática de la fotografía, imaginando el movimiento de las personas convertidas en personajes. De la misma forma, en el microcuento, el lector tendrá que completar aquello que falta, aquello que ha sido omitido por el escritor y que solo está puesto y comprimido en unas pocas palabras. Esa imagen que ha sido gatillada por una palabra ahora se convierte en toda una historia, con fondo, formas y colores. Acá tenemos al lector como actor relevante del cuento, participando en forma directa y obligada a rellenar aquello que falta.

Pero las palabras no son un simple espejo, como dice Foucault, donde las cosas se reflejan a fin de enunciar, una a una, su verdad singular. Las palabras son el motor absoluto de nuestra historia como país. En nuestro imaginario han quedado plasmadas a fuego y sangre palabras que hieren, por ejemplo, dictadura, tortura, CNI, DINA, Pinochet. Cada una de estas palabras perdió en el fragor de la propia experiencia histórica su inocencia como sustantivos, convirtiéndose en cuchillos que laceran nuestra memoria. Hoy tenemos palabras cojas, palabras truncan, palabras mancas, por ejemplo, Democracia, Votación, Participación, Pueblo, Mapuches. Si observan, cada una de las palabras que hemos nombrado, tienen su propia historia, y se cuentan por si solas. Palabra e historia.

Por otra parte, pudiéramos encontrar que también los títulos de los propios libros han adquirido una significación que va más allá de su propio significado original, por ejemplo, Crimen y Castigo, Rayuela, Foe, Hamlet, entre muchos otros ejemplo, cada uno de estos títulos, fácilmente, se pueden convertir en un microcuento. La Palabra, nuevamente nos remite a la historia, a las imágenes, al recuerdo, a la memoria. Porque cuando yo dijo Rayuela, y sé que se refiere al libro de Cortázar, vendrán a mi mente las imágenes de mi primera lectura de aquel rompecabezas literario, de una época, del papel amarillo de sus hojas, de la tapa. Palabra e imagen nuevamente.

La experiencia de la lectura tiene muchas coincidencias con la escucha de la radio, el lector también es un auditor. Por una parte la lectura nos mantiene atentos y prendados de nuestra imaginación, donde la conversación silenciosa que se pueda tener con el autor, se hace generalmente, a través de un sentido, la vista. Sólo la vista actúa en este transe que es leer, en esta experiencia, en esta aventura maravillosa que significa leer. Cuando despertamos de ese estado hipnótico, recurrimos a otros sentidos para apoyarnos, como recuperando el equilibrio: tomamos conciencia de la textura del libro, de su aroma a imprenta y tinta y papel impreso, comentamos en voz alta, solos, las impresiones de lo leído. Necesitamos de los otros sentidos para continuar el viaje.

Cuando escuchamos radio, nos pasa algo similar, actúa sólo un sentido, el oído, y es la imaginación el lugar donde se desenvuelven las imágenes que contienen la voz del locutor. Nuestra mente ágil va reconstruyendo las imágenes fragmentadas del discurso de la voz del locutor sin rostro, pero de pronto, nos paramos, hacemos otras cosas, no sólo escuchar sentados o acostados el programa de radio, lavamos la loza, hacemos las camas, comemos, cualquier cosa que nos permita despertar del transe que nos ha provocado la radio. La radio es mágica al igual que los libros. Ambas permiten transportarnos a otros mundos, armar y recrear a nuestro antojo aquello que falta.

Es por eso que el microrelato se acomoda tan bien en la radio, a través del programa Cuentos y otras Letras, el programa que conduzco en Valparaíso en la Radio Agricultura de Valparaíso. En el se leen microcuentos, microhistoria, que muchas veces, por su extensión, el auditor no alcanza completar. Pero en otras ocasiones, construye aquello que falta en la historia.

La idea original de Cuentos y otras Letras se la debo a Marco Antonio de la Parra, quién amalgama el género con la radio, a través del programa Puro Cuento en Radio Duna. Pero para no hacer una copia feliz de Puro Cuento, Cuentos y otras Letras contiene comentario de libros, conversaciones con escritores, música entre otras cosas. Así, la minificción se apodera del dial, todos los domingos en la mañana, ocupando otro formato, la lectura,  y se despliega en todo su esplendor, las historias aparecen precisas y concisas, ni una palabra de más ni una palabra de menos.  Y descubrimos que el microcuento se amolda perfectamente a la radio, es decir, hoy no sólo en los libros está la microficción, sino que también está en la radio.

El programa se nutre de los cuentos que los auditores envían al correo electrónico, de sitios en Internet, de autores publicados de microcuentos, muchos aquí presentes en este II Encuentro, de Talleres Literarios y todos los lugares donde habite la microficción, todo sirve. En Cuentos y otras Letras, el microcuento se funde con música y comentario de libros, muchas veces, de microcuento. En Cuentos y otras Letras, la minificción tiene su espacio, tiene su casa.

El programa salió al aire el 3 de diciembre de 2006, y se ha convirtiendo en un espacio de difusión cultural reconocido en la región.

Escribir microcuentos, leerlos en papel y luego escucharlos en la radio, puede entregar una nueva dimensión a las historias condensadas. Ayuda a mejorar. Activa la creatividad. Da felicidad.

Palabras, microficción y radio se han unido en Cuentos y otras Letras.

Muchas gracias.

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Ponencia leída en el marco del II Encuentro Chileno de Minificción “Sea breve, por favor”, 5-7 de noviembre del 2008.