Por Omar López

El otoño ya está sentado en la silla de los bosques y suele desordenar las nubes para crear rompecabezas y… ¿quiénes pueden armar esos rompecabezas? Por supuesto, los enamorados y solo ellos porque se vuelven tocados por gracia del amor y sus encantos intransferibles, en perfectos descifradores de nubes que nunca son las mismas y rara vez, conceden pistas o manuales de una rápida lectura.

También los niños saben leer nubes desde el patio de su pureza y fantasías inesperadas y ellos sí, consiguen armar rompecabezas de colores en los atardeceres con alfombra de mar o desde el columpio pendular de un parque anónimo. Luego, aunque parezca increíble, están los gatos: los gatos ambulatorios de tejados, muros y ventanas tienen un particular estilo para desempeñar el oficio de verdaderos expertos en traducir el siempre fresco enigma de la niebla, que viene a ser algo así como nubes a nivel terrestre en versión desnuda. ¿Para qué? Para inducir a los amantes furtivos a romper todas las convenciones y las cobardías latentes; para extender los brazos de la seductora luna llena a la piel solitaria de una sombra vagabunda. Para humedecer la tristeza de una ancianidad enferma o refrescar con su lengua de agua la adolescencia intensa de una polución nocturna. No lo digo yo, me lo narran los felinos traductores de niebla, los observadores bigotudos y eficaces de nubes que por años, a través de su ronroneo monocorde siguen leyendo desde su “ardiente paciencia” en el libro del cielo: un rebaño de ovejas; un dragón sin fuego o algún río de aire que el viento empuja.

Luego, sabemos que las nubes en la noche es otro idioma; en consecuencia… otra lectura. Sobre todo, cuando quien ordena la orquesta y decide las melodías y los tiempos es otra vez, la milenaria señorita luna: ella otorga en estos casos luces y sombras a las nubes dormidas que se mueven con lentitud de caracol y abren sus ventanas para que no se nos olvide que las estrellas nos miran con cierta curiosidad compasiva o preocupada. Tal vez, comentan entre ellas la audacia de los humanos para explorar sus territorios o esa oscura ambición de invadir otros planetas cuando ni siquiera saben cuidar al suyo.

Leer nubes frente al mar; descubrir figuras tendido en la arena y seguir la trayectoria de sus pasos con levitación de pluma nos acerca a nuestra pequeñez terrestre y a nuestra estadía en el planeta, tan transitoria como sus rutas. Leer nubes desde la ventanilla de un tren o de un bus, también nos incita a escuchar al tiempo con atención distinta mientras el paisaje “viaja” en sentido contrario con la rapidez de una máquina, pareciera que en el fondo de nuestros ríos interiores, surge un caudal de recuerdos, emociones, expectativas y asombros que hasta ese minuto, parecían imposibles. Del cotidiano y normal paseo por una calle cualquiera, la mirada externa y la mirada interna se unen en gesto fugaz y hasta involuntario para mirar el cielo y si no existe ni una sola nube y la famosa bóveda celeste está intacta, significa que el viento, haciendo gala de sus caprichos y temperamento, ha decidido borrar todo mapa o toda huella blanca para desnudar al cielo y en medio de esa desnudez, colgar nuestros mejores sueños.

Total, el optimismo… todavía es gratis.

Omar López
Puente Alto, martes 05 de mayo 2026.