Por Omar López
Puente Alto, sábado 31 de octubre de 2026

Suponemos que toda persona lectora que tiene incorporado entre sus actos o gestos, el afán instintivo o mecánico de abrir una revista o un libro en cualquier página, suele encontrarse con gratas sorpresas y, a veces, curiosos o sugerentes contenidos. Más aun, si dicha publicación ya cuenta con una edad de publicación más allá de los sesenta años:

“El hombre obscuro tuvo una mujer clara,
luminosa como una uva…
Hombre obscuro y mujer obscura.
No hubo caso. Su luz lo molestaba,
protegía sus ojos con lentes ahumados.
Hombre obscuro y mujer obscura.
La separación fue un parto, la luz se fue,
el nacimiento de un ciego”.

La poesía, particularmente, está sujeta a ese “golpe de vista”: puede ser un verso, una estrofa o un fragmento que atrapa el interés o refuerza la indiferencia. Luego, vamos al autor y si este habita nuestro inventario de personajes respetables, la curiosidad siempre corrosiva y eficaz inicia su tránsito hacia algo así como una íntima alegría. Me sucedió con este poema, atrapado por el título y sus primeros versos, fui descubriendo un ritmo y una escena con rango de misterio y tensión creciente. Algo así como un juego de sombras y seres solitarios que se tocan casi por inercia o instinto:

“Hombre obscuro y mujer obscura.
Solo. Vivía en un embudo negro, tapado,
negro.
Hombre obscuro y mujer obscura.
Salía en las noches, buscaba.
Miraba su rostro en las pozas.
Hombre obscuro y mujer obscura
En un cine negro sus piernas y manos
se tocaron.
Hombre obscuro y mujer obscura.
Bajo un paño de fotógrafo se dieron
el primer beso”.

Aquí el poeta ya instala una relación atada a la penumbra dura de los silencios cómplices y las soledades inmerecidas y que está sembrada de noche permanente, porque pareciera que sus protagonistas viven el subsuelo del desamparo afectivo. El texto persiste en reiterar la condición obscura, luctuosa de la pareja y comienza en su desarrollo, a sugerir cierto derrotero de esperanza que les demuela este infinito túnel existencial que ni la pasión ni su unidad de cuerpos pueden vencer:

“Hombre obscuro y mujer obscura.
Bebieron café negro luego
tendidos en el lecho de caoba.
Hombre obscuro y mujer obscura.
Se encontraron.
Hombre obscuro y mujer obscura.
Van al zoológico a buscar la claridad
en las pieles de los animales.
Hombre obscuro y mujer obscura
Desesperados…”

Es Gonzalo Millán, estudiante, 19 años. Es su primer poema publicado.

El final de este poema es perfecto. Notable el desenlace de los cuatro últimos versos porque simboliza en el mundo animal la única salida de entendimiento o felicidad entre los seres humanos. Es decir, en su presencia inocente de toda maldad a pesar de su encierro y lejos de su hábitat natural. La claridad en la piel a pesar de sus barrotes o jaulas, porque ellos son auténticos, puros e irradian luz como gracia compasiva.

Gonzalo Millán, gran, enorme poeta chileno (fallecido el 14 de octubre de 2006) es el autor del texto que presentamos intercalando nuestras impresiones y la nota referencial aparece en la contratapa (lado interior) de un número doble de la mítica revista de poesía ORFEO, números 11 y 12 de abril de 1965, al pie del poema. Creemos pertinente, además, mencionar que dicha revista era dirigida por Jorge Teillier y Jorge Vélez y la secretaria era la recordada y querida poeta Delia Domínguez. Es decir, toda una atmósfera; todo un excelente equipo de creadores que fueron parte activa y creativa de la generación de los años 60. ORFEO, revista de poesía y teoría poética, rezaba el subtítulo. Era simplemente una casa abierta, solidaria y rigurosa en la calidad y el contenido de sus páginas. Por eso, encontrar a un joven Gonzalo Millán con su PRIMER poema publicado en esta revista y cuando recién este 14 de octubre se cumplieron veinte años de su deceso, constituye toda una epifanía porque días antes había estado releyendo poemas de su también PRIMER libro; RELACIÓN PERSONAL que se terminó de imprimir el día 15 de enero de 1968, en los Talleres de Arancibia Hermanos, según el colofón respectivo, cuando el poeta ya estaba en sus volcánicos veintidós años y, como todo buen creador de versos y hombre comprometido con su mundo interior y los afanes del tiempo y del entorno, crecía a cada instante y traducía con fluidez de río, el lenguaje oculto de la cosas, de los actos, y de los seres oscuros y de esa otra población que pocos toman en cuenta…l os invisibles.

Saludamos la huella de Gonzalo; su obra, su poesía tan exacta de intenciones y profundidad de sentido. VENENO DE ESCORPIÓN AZUL, tituló sus anotaciones, reflexiones y poemas como último gesto de lucha y despedida, y creo que existe cierta geometría de intenciones entre esta obra y el DIARIO DE MUERTE de otro destacado poeta chileno, Enrique Lihn, porque ambos escritores dejaron en el irreversible proceso de la enfermedad cancerígena, un testimonio de rebeldía y dignidad, valentía para legitimar el llanto y oportuna serenidad para no dejar nunca de crecer, desde la ausencia y el silencio.

Y al final, resulta curioso que “un hombre oscuro” nos regale tanto sol.