Por Omar López
Visitar una playa solitaria en la boca del invierno es como un libro tomado al azar para ser leído interiormente: incluso al abrir cualquiera de sus páginas, esa lectura tendrá un sesgo de provocación y también, algo de certeza bondadosa. Cada ola de rumor universal o milenario, puede ser en cualquier momento la llave para internar nuestros pensamientos en los bosques del recuerdo infantil o en el brumoso laberinto de las pasiones consumadas y consumidas a fuerza de audacias o de una imperativa expulsión de los demonios. El frio del lugar y su lengua de viento contribuye al hundimiento en nuestro gastado yo: tal vez para conversar sin ánimo alguno de expresar culpas o arrepentimientos; tal vez simplemente para dialogar con elegante lentitud de nube intrusa y pasajera. Y además, pasear por la orilla brillante e impecable que nos seduce como espejo de un cielo oscuro pero comprensivo ante un ser tan mínimo y transitorio como es el ser humano.
La humedad de los huiros naufragados invade el espacio para abrir la puerta precisa: es decir, aquella vez primera que toqué el mar y los pies enrojecían de alegría y asombro. El vuelo de los cormoranes, gaviotas y “autitos” traducían otro instante de plenitud urgente y amorosa… los primeros besos, las intrépidas caricias, las complicidades de lunas compartidas al ritmo de una guitarra sonámbula y el susurro de promesas grabadas en la arena. Y ahora las rocas, la ausencia, la distancias nos invitan a repasar nuestra sombra y entender que seguirán ellas en su lugar mostrando sus venas, sus arrugas, sus noches de trueno y suicidas; sus tumbas de secretos sin dueños y su arquitectura de volcanes demolidos en longitud de tiempo y guerras desconocidas.
Una soledad sana y escasa esta de caminar sin apuro ni razón utilitaria. Nada de fotos ni de ruidos, salvo la canción del mar. Nada de turistas o gritos de vendedores de pomada, sirenas policiales o radios. Definitivamente, el mar es un buen libro de bolsillo y cabecera y las interminables hojas están ahí, esperando lectores solitarios que lleguen hasta él para gozar la dicha de estar vivo o para llorar las anticipadas muertes.
Y luego…
Luego el mar vino a empapar
mi sombra
que dejé abandonada por ahí
como abrigo viejo.






Un abrazo grande, sí, Alfredo, desde 'mi Buenos Aires querido'.