Por Felipe De la Parra Vial

Los sucesos de la política chilena de las últimas décadas marcó a todas las generaciones. La literatura, el teatro, la música, la danza, el cine, dejaron y dejan un registro que marcó las artes y la creatividad de los habitantes de esta parte de América Latina hasta el día de hoy. En sus relatos, murieron y vivieron. Así nadie se olvidó. Siempre hubo una puerta que abrir. La Humanidad encendió su celo, fortaleció su voluntad y reforzó su perseverancia. Eligió el cultivo de la virtud y la búsqueda de la verdad. Así se crearon obras luminosas en las artes que nos ayudan a ver claro, en una de las versiones de la caridad.

Los artistas, los trabajadores de la cultura, registraron el dolor de la muerte y de lo vivido. De lo sobrevivido. La alegría nunca fue olvidada. Sin embargo, la historia de Chile fue y sigue siendo relatada desde esos hechos luctuosos. La dictadura marcó las vidas de la cultura cotidiana y el olvido no pudo con el olvido. Esa es la verdad. Se abrió paso la belleza de la humanidad por sobre el odio. La ternura brilló en el resplandor de las miradas de los enamorados. Esa es la verdad. Así contaron sus historias. Así las registraron. Y las siguen descubriendo.

De eso han estado escribiendo, pintando, representando nuestros artistas chilenos todo este tiempo, desde todos los tiempos. La aparición de “El Libro de Carmen”, recientemente, de la escritora María Isabel Mordojovich, da cuenta de su vida y de todas las vidas que decidió vivir y también morir. De las que desconocía y de las que el tiempo le enseñó a ver. Aunque ella no lo vivió en carne propia. Lo vivió como propia.

La reciente publicación de la obra de teatro “El libro de Carmen” de María Isabel Mordojovich, bajo el sello editorial de Espora, da cuenta de su afán de vivir desde esa luz que emerge de sus cordilleras chilenas y francesas. De hecho, esta obra es hija directa de su novela homónima publicada el 2008, que escribió con el seudónimo María London.

“El Libro de Carmen”, aunque sea una ficción, la emoción descrita llega a la estación de la realidad. Transita en los inicios de los tiempos de vuelta de la democracia, con sus miedos y sus ventanas por donde se filtra el aire fresco del decir las cosas por su nombre. O casi.

La obra retrotrae la oscuridad. La vida la intenta esquivar, no quiere volver a morir. Desde el encuentro social y el aperitivo. ¡Para qué vamos a echar a perder la vida! Y así transita la obra desde planos dramáticos.

Su voz femenina marca el decir del desvaste. Donde la justicia, agazapada, espera en el transcurso del drama para saltar de una vez para atrapar la verdad. En su trastienda, cada lector –imagino al espectador en el teatro- comienza a develar paso a paso el misterio. El país de los días oscuros lucha por encontrar el sentido sanador de la luz.

La obra se desarrolla en una vida cotidiana, de compatriotas que intentan mirar la vida desde la normalidad prestada por la nueva democracia. De personajes que llevan la herida abierta.Y oscuros pasados. De un protagonista que actúa en la vida real. De sombras que se disfrazan para no ser descubiertas. Donde se espera que la umbría esconda lo sucedido. Como si no hubiera pasado nada.

Sin embargo, el teatro ilumina.

Una obra que pregunta y que incomoda. Como requiere el buen teatro. Que sigue vigente y que su destino reverbera como una campana que se resiste a quedar callada. El dolor de la mujer es el dolor del abuso… “cuando la Patria mata a la Matria / el amor de la vida”.

El soplo de la justicia deja su aliento en la obra de Mordojovich. Una puesta en escena que llama a ser protagonista para que nadie se rinda a la mentira y al abuso. Su mirada está lejos del panfleto o del simplismo. Aquí la humanidad toma partido por todos y se trata de una verdad que porta las preguntas a la caída del telón. La respuesta se encuentra en la obra imaginada arriba de un escenario.

La voz de Violeta Parra canta “Maldigo del alto cielo”. Se apagan las luces. Cae el telón.

Maldigo por fin lo blanco / Lo negro con lo amarillo / Obispos y monaguillos / Ministros y predicantes / Yo los maldigo llorando / Lo libre y lo prisionero / Lo dulce y lo pendenciero / Le pongo mi maldición / En griego y en español / Por culpa de un traicionero / ¡Cuánto será mi dolor!

De la autora, María Isabel Mordojovich: Ingeniero matemático y académica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, originaria de Punta Arenas, vive desde 1976 en Grenoble, Francia. Doctora en Matemáticas Aplicadas en la Universidad de Grenoble, Francia. En su obra literaria destacan las novelas “Piedras Blancas: La Escuela de Tortura”, “Cuatro entraron al paraíso”, “El libro de Carmen” e “Isabel, hija del viento”, entre otras. Sus trabajos literarios han sido traducidas y publicadas en francés. Su texto “Los Cuervos de Piedras Blancas” fue adaptada al teatro, coescrita con Mario Paul Ahues Blanchait.

La versión teatral de “El libro de Carmen” circula también en Amazon con una portada diseñada por David Bustos. La portada de la versión de la Editorial Espora fue diseñada por Helène Cipra.