Por Roxana Pizarro Muñoz

Débora, ojos azules, café en mano, cada mañana rumbo a la oficina.

“¿Cómo me metí en esto? …tres hijos, el padre ausente. Vivo en el puerto y nunca veo el mar”.

Débora se aferra a la juventud que le queda. La belleza aún se palpa en su rostro semi infantil. Las batallas del día a día la remiten a su propia infancia. Aún puede oler la humedad de aquel departamento en Villa Portales, donde su madre sacaba cuentas para ver si llegarían a fin de mes.

Provenía de una casta de mujeres fuertes: su abuela, su madre. Herencia con temple de acero, que corre por sus venas, porque sabe que tres vástagos dependen de ella.

La muerte llamó temprano al padre, que nada heredó a los niños. No hubo amor, no hay dinero. Sólo ella… que no se ha dado cuenta cómo, ha llegado a la puerta de su oficina y ya instalada, contempla el café que se ha enfriado.
Vivo en el puerto…y nunca veo el mar…

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Roxana Pizarro Muñoz ha participado en talleres literarios de Alejandra Basualto y José Luis Rosasco. De preferencia, escribe cuentos y relatos breves.