Por Jorge Muñoz Gallardo
Profesor y escritor
A MG lo conocí cuando estuve, durante diez días, en una habitación situada en el octavo piso de una clínica. Había sufrido una apendicitis que derivó en peritonitis y fui operado de urgencia. Siempre me ha dicho mi esposa que no me cuido, que no doy importancia a los síntomas y voy al médico demasiado tarde. En este caso tuvo toda la razón, esperé mucho y resultó complicado, más bien dicho, grave. Los dolores de estómago eran terribles y me paralizaban. Mi cuñado Hernán y mi hermana Gloria, junto con Miriam, mi esposa, me llevaron a las once de la noche a la urgencia de la clínica y después de los exámenes de rigor pasé directamente al quirófano. Era el mes de diciembre, faltaba sólo una semana para la navidad y fueron días muy difíciles para Miriam que debió hacerse cargo de todo, trámites, pagos, compras, la casa, y también fue triste para mi hija Sofía.
Siempre he sido muy sensible a los olores de barnices, pinturas, lustramuebles, detergentes; al despertar de la anestesia mi olfato se había vuelto más perfecto. Me sentía mareado, como inmerso en un largo sueño. Las voces de Miriam y Sofía me llegaban de lejos. Las imágenes de la habitación me parecían sacadas de una pintura de Salvador Dalí. Estaba muy cansado, mis horas transcurrían entre el sueño y la vigilia sin que pudiera distinguir con claridad entre uno y otro. Las figuras y las voces de médicos, enfermeras, familiares, se sucedían en una procesión onírica. Todavía no conocía a MG que se insinuaba como una presencia incorpórea entre todos ellos.
Una tarde, miraba el televisor que estaba situado en la pared opuesta a mi cama, en la pantalla se veía una mujer de unos cincuenta años, rubia, erguida, que vestía una blusa blanca y pantalones vaqueros, cantando mientras una gran cantidad de personas la rodeaba vitoreándola. La pantalla se fue ampliando poco a poco hasta ocupar toda la pared y la mujer avanzó hasta detenerse a los pies de mi lecho. Entonces, entre el público surgió un individuo de mediana estatura, flaco, muy pálido, de ojos aguados, pelo claro y corto, que aparentaba ser muy joven y tímido, era MG. Avanzó hasta la cama, la mujer y el público desaparecieron, él se acomodó a los pies, luego se presentó. Cuando la puerta se abrió y entró la enfermera a tomarme la temperatura, MG se alejó por la misma puerta sin ser visto, ni hacer el menor ruido. Después llegaron dos enfermeras que me saludaron con amabilidad y echando hacia atrás la ropa de cama empezaron a limpiar la herida con algodones empapados en una sustancia que tenía un olor agrio.
Por la noche, como había intentado rascarme la piel, en la zona de la herida, el médico decidió amarrarme las manos, a lo que me opuse de manera terminante e incluso llegué a amenazarlo con una demanda judicial, por lo que llamaron a Miriam pidiendo autorización. Ella la concedió. Así, tuve que dormir con las manos atadas, lo que me hizo sentirme como un presidiario. Sofía contó más tarde que le había sugerido traer una tijera para cortar las cuerdas, y mis pantuflas para abandonar la clínica a escondidas. Esto causó las risas de ella y de Miriam.
También mi hermana Gloria se quedaba algunas noches para cuidarme. en una de esas ocasiones oí el sonido de una gaita, alguien, que resultó ser una joven de pelo y ojos oscuros, que estaba de pie junto a un árbol, la tocaba, en un patio soleado a cuyo alrededor había numerosas casas de un piso. Era un sueño, pero yo no lo sabía y abarcaba todo mi pensamiento. Cuando la muchacha dejó de tocar ingresó en mi cuarto MG y sentándose a los pies de la cama me preguntó:
-¿Qué le pareció la gaita?
-Me gustó.
-Yo prefiero la poesía.
-¿La poesía? ¿Por qué?
-Sí, la poesía china.
Me quedé mirándolo sorprendido, la poesía china era lo que menos habría recordado en ese momento.
-Sí, me gusta Li Po, -dijo bajando la voz, como si quisiera que nadie más que yo lo oyera, a pesar que en ese instante éramos los únicos en la habitación.
Después de pensarlo un poco, le dije:
-Creo que Li Po murió en una forma muy romántica.
-Sí, se ahogó cuando paseaba ebrio en un lago a bordo de su barquilla. Era de noche, la luna se reflejaba en la superficie. Él quiso atraparla y saltó al agua donde se ahogó.
La puerta se abrió para dar paso a una enfermera y MG se deslizó, sin ser visto, hacia afuera.
-¿Cómo se siente? –preguntó la enfermera aproximándose a la cama.
-Bien, con sueño, pero bien, -dije.
-Le voy a tomar la temperatura y le daré una pastilla que lo va a relajar.
Pensé para qué tenía que relajarme si pasaba sumido en la somnolencia, pero ella completó su faena con habilidad y se marchó. Me habían dado tantos antibióticos para evitar una infección que mi cuerpo estaba tan suelto como un trapo.
A primera hora de la mañana siguiente llegaron Miriam y Sofía, su presencia era el mejor remedio, me hablaban de la familia, las noticias de los diarios y la televisión para mantenerme informado, aunque en ese estado poco me interesaba informarme. Ellas almorzaban en una cafetería que estaba en el primer piso de la clínica. Por las tardes me visitaban otros familiares y algunos amigos. Esta rutina se repetía todos los días.
Eran alrededor de las 18.30, Miriam y Sofía se habían retirado hacía poco tiempo, yo esperaba a Gloria que me acompañaría esa noche. Cerré los ojos y sin saber por qué me acordé de Li Po. Entonces percibí unos pasos muy suaves y descubrí a MG que me miraba sonriendo.
-Buenas tardes, -dijo, permaneciendo de pie como un escolar que espera instrucciones. -Siéntese, -le dije.
Se acomodó en una silla ubicada junto a la pared del lado izquierdo, próxima a la cama.
-¿Sigue interesado en la poesía china? –le pregunté.
-Sí, sobre todo en Li Po.
-¿Por qué en él?
-Era el mejor de todos, también un maestro de la espada y un peregrino infatigable.
-Y un borracho, -le dije sin ningún tino.
-Un gran bebedor, eso sí, pero no un borracho.
Durante, algo así como un cuarto de hora, hablamos de Li Po, su vida y su poesía, materia en la cual era un verdadero experto.
La llegada de Gloria lo hizo desaparecer. Mi hermana hacía clases de Pilates en el Polideportivo de Ñuñoa, y cuando le tocaba visitarme se dirigía a la clínica en cuanto terminaba su labor. Esa noche volví a oír la gaita, esta vez el puro sonido, no había un patio rodeado de casas, ni una niña tocando junto a un árbol, sólo la melodía balanceándose en la calma nocturna. La melodía me iba envolviendo, arrastrando, llevando como una hoja impulsada por el viento. Surgieron las calles de mi barrio, Pedro de Valdivia, Eduardo Castillo, Los Tres Antonios, el pasaje, nuestro departamento del segundo piso de un edificio de tan sólo tres, y el balcón donde hay una jardinera con geranios rojos y rosados. Lo observé todo con atención y algo parecido al asombro, estaba en mi sector, donde todo me era familiar, las casas, los árboles, los colores y los olores, los ladridos de los perros. Unos pasos que percibía sin oír y una puerta que se abría y cerraba me devolvieron a mi reposo en la cama. La oscuridad se extendía en una delicada malla de tenues fulgores que entraban por la ventana abierta para neutralizar el calor de finales de diciembre.
-Estoy aquí.
La voz de MG resonó a penas audible. Lo miré, estaba ahí, parado frente a mí, con un libro en las manos.
-Quiero leerle unos poemas de Li Po, -dijo mirándome con esos ojos aguados y redondos, de lechuza.
-Está bien, lea usted.
Se acomodó a los pies de la cama y empezó a leer deteniéndose a ratos para darme una explicación acerca del texto y su relación con lugares y experiencias de la vida del poeta. No sé cuánto tiempo estuvo inclinado sobre las páginas del libro abierto en sus rodillas, pero cuando comenzaba a clarear se marchó sin pronunciar ninguna palabra de despedida. Un verso de Li Po daba vueltas en mi memoria, entre imágenes sueltas sin conexión entre ellas: “En el resplandor de la luna, vuela una garza”. Y me parecía ver, a través de la ventana abierta, una garza agitando sus alas blancas sobre el fondo azul oscuro del cielo.
Gloria se despertó, pasó al baño y después de despedirse salió apresuradamente para ir a su departamento y enseguida dirigirse al trabajo. A los pocos minutos entró en la habitación una auxiliar llevando un carrito con ruedas de metal y superficie de vidrio, encima de la cual estaba el desayuno. Me ayudó a incorporarme, a sentarme en la silla de la pared, enseguida acercó el carrito. Un platillo con una jalea de frambuesa, una rebanada de pan tostado con jamón de pavo, unas galletas de soda y una taza de té se ofrecían a mi apetito todavía bastante débil. Al poco rato llegaron Miriam y Sofía, sonreían contentas porque faltaba muy poco para que yo pudiera volver a casa. Al décimo día abandoné la clínica. Me sentía muy débil. Por fin iniciaba el período de convalecencia en nuestro departamento al que tanto deseaba regresar. No volví a ver a mi extraño amigo, pero dediqué la mayor parte del tiempo de convalecencia a dormir y leer la obra de Li Po. MG tenía razón, es un poeta extraordinario.






Cristian Cisterna es un grandioso poeta. Sus enseñanzas quedarán marcadas en generaciones.