Por Marcela Morales

En el país y en el mundo se había decretado estado de emergencia, no se podía salir a la calle sin un permiso del gobierno. Vivíamos el año 2021 y la pandemia del COVID dominaba todo el planeta.

En ese escenario pasaron los días de Álvaro, un joven de veinte años, quien no solo le temía al COVID, sino a cualquier cosa o ente vivo que pudiese transmitirle una nueva infección.
Había tenido una septicemia generalizada que afectó a todo su cuerpo y que lo tuvo en coma durante cuatro meses, conectado a muchas máquinas. Cuatro meses en donde el único recuerdo que hasta hoy viene a su mente, es el miedo o la tristeza.

Cuando lo pudieron desconectar de las máquinas, sus padres, junto al equipo médico, gestionaron el traslado a su casa para comenzar con la rehabilitación, la que, en los mejores escenarios, se consideró que tomaría un par de años.

Hubo requisitos médicos y administrativos que gestionar para la hospitalización domiciliaria; a la familia de Álvaro les pusieron una serie de exigencias para ir por esta alternativa.

Las primeras peticiones fueron que la casa y los autos que usaría Álvaro debían ser fumigados para todos los bichos y virus conocidos. La familia completa tuvo que ser vacunada contra el COVID, influenza y tétano.

Las mascotas de la casa, un perro y un gato, también debieron ser vacunados y revisados para obtener un certificado de buena salud. Su permanencia en la casa fue muy cuestionada por gran parte del equipo médico, pero finalmente, dada la insistencia del grupo de salud mental, se aceptó que los animales se quedaran por el apego emocional que podían significar para Álvaro.

El equipo médico quiso sacarlo lo antes posible del Hospital por temor a que se fuera a contagiar de COVID, ya que su cuerpo debilitado no lo habría resistido.

Su casa debió ser una fortaleza ante posibles infecciones y tener una emocionalidad esperanzadora y positiva, para que Álvaro pudiese recuperarse y convivir de la mejor forma con las secuelas que habían dejado la septicemia y el ACV sufrido durante la hospitalización.

Álvaro así lo entendió, si bien no podía comunicarse de forma natural en ese entonces, en cambio, se expresaba a través de dibujos y sonidos. Añoraba salir del hospital, aún sin tener claridad de lo ocurrido y con una alta incertidumbre sobre su futuro. Los tiempos fueron difíciles para todos, moría gente cada día y por el mundo entero debido al COVID, situación que jugó en contra del optimismo que en su casa trataban de tener.

El día que fue dado de alta fue muy estresante; el solo hecho de salir del hospital y ver la luz, conmocionó a Álvaro. Su cuerpo entero tiritaba y se encogía repetidamente como esquivando un golpe.

Durante el trayecto a su casa cada frenazo, bocinazo, sonido hizo que Álvaro se sobresaltara, y presionara el brazo de su madre con la poca fuerza que le quedaba. Su cuerpo enjuto, consumido, reaccionó bruscamente ante cualquier interacción externa durante el camino. Si bien estaba asustado, a la vez estaba feliz de volver a casa, aunque no fue capaz de expresarlo en ese momento

Su casa había sido transformada. El primer piso era una gran habitación con cama, escritorio y sala de rehabilitación. Sus guitarras se las habían dejado a mano; su computador, sus recuerdos y fotos de todos sus seres queridos colgados en las paredes. Cada objeto tenía escrito su nombre, con el fin de ayudarlo a ir recordando las palabras.

Álvaro quiso saludar a sus mascotas, así que tuvo que usar un traje de plástico especial para verlos y acariciarlos. Luna, la perrita saltó y corrió en círculos, era pura felicidad, y Estrella, la gata, se apegó al cuerpo “plastificado” de Álvaro, haciendo un suave ronroneo.

Él se sintió seguro, aquí nada ni nadie le podría hacer daño.

Comenzaron las terapias, había mucho camino que recorrer, mucho que aprender. Desde lo más básico: comer, caminar, hablar, escribir, leer, fueron muchos los retos que tuvo por delante.

Para cada tema había un terapeuta o un padre asignado a esa labor. Los terapeutas debían usar trajes plásticos enteros, lentes y mascarillas. Sólo la madre tenía permitido no hacerlo, ya que era ella quien lo asistía en sus rutinas de baño y similares.

Vivir en un pasaje ayudó mucho en la rehabilitación, se disponía de más espacio, los vecinos al verlo salir se asomaban a las ventanas y lo animaban con diferentes manifestaciones, algunos incluso hicieron carteles con mensajes de ánimo, que de a poco Álvaro pudo leer.

Él se sentía cada vez más seguro, y avanzó sorprendentemente rápido, sus terapeutas estaban impresionados. Según la psicóloga que lo atendía, lo que favorecía su avance, era que él se sentía protegido en casa, también ayudó el saber que todos los días moría menos gente por el Virus.

Pasaron los meses, el gobierno fue flexibilizando las medidas para salir a la calle, y se comenzó a retornar al trabajo parcialmente en forma presencial. Esto implicó que Álvaro también debió iniciar ese camino. Salir a pasear fuera, ir a comprar, ver a otras personas.

Cuando sus padres y médico de cabecera se lo dijeron, el enfureció y entristeció a la vez, decía que si dejaba la casa se contagiaría nuevamente de algo; él le temía al exterior.

Los terapeutas hicieron diversos intentos de hacerlo ir a la calle, propusieron salir en auto con él o salir en tramos cortos, pero se resistió, su cuerpo se rigidizaba al solo mencionar la idea.

Él ya era capaz de caminar, aunque con una cojera del lado derecho, lo que no era impedimento para desplazarse. Además, ya se podía dar a entender en situaciones sencillas, manejaba un lenguaje básico.

En conjunto con sus padres y el equipo de salud mental, desarrollaron una estrategia de salidas. Primero fueron en horarios nocturnos de manera de no encontrarse con mucha gente, y en el día, cuando había luz, solo salía en auto con alguno de sus padres. Él aceptó estos desafíos, pero con mucho temor. Se manifestaba con temblores, sudor excesivo, rigidizando partes de su cuerpo y generando dolor de cabeza.

Sin embargo, durante el día, Álvaro se desplazaba en el pasaje, acompañado solo de su perrita Luna.

A fines del 2021, el Covid ya estaba en retirada en el mundo. Faltaban pocos días para Navidad cuando Álvaro en uno de sus paseos habituales con Luna al interior del pasaje, se encontró con el portón de autos abierto de par en par y Luna, sin dudarlo, se lanzó a correr hacia la calle.

Álvaro caminó lo más rápido que pudo persiguiéndola, y cuando quiso presionar el timbre de emergencia que colgaba siempre en su cuello, se dio cuenta que lo había dejado sobre el escritorio. Estaba solo frente a esta situación.

Luna salió de su alcance de visión, tenía que salir del pasaje para verla y hacerla entrar. La otra opción era volver a casa y avisar lo que estaba pasando, pero sintió que eso tomaría mucho tiempo y podría perder a su mascota.

Así que continuó su caminata a la salida del pasaje y, cuando estuvo allí, sus pies se paralizaron, no pudo seguir y no veía a Luna. Entró en una angustia profunda hasta que sintió que no había más remedio que salir; dio un paso hacia la calle y vio a Luna oliendo las plantas, le movió la cola en señal de felicidad y se abalanzó sobre él, queriendo jugar, alejándolo del portón y poniéndolo en la calle.

Álvaro no tuvo opción, tuvo que seguirla y armarse de valor; allí se dio cuenta que, durante ese año, su casa, la que él había sentido como una fortaleza que lo alejaba del peligro, no sólo estaba integrada por el lugar físico, sino que su hogar era más que eso, eran todos sus afectos y su propia osadía, que ese día volvió a nacer gracias a Luna.

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Marcela Morales Farías, santiago, 1963), es Ingeniera Informática de la Universidad de Santiago de Chile. Diplomada en desarrollo de Programas Directivos y Liderazgo en Proyectos de Alto Impacto y Estratégicos. Ha participado en diversos talleres de cuento con Diego Muñoz Valenzuela. En 2005 publicó sus cuentos junto a otros talleristas en una Antología titulada “Mentiras a 12 manos”.