Presentación

Por Flavia Radrigán
3 de octubre de 2026

Lo primero que me llamó la atención es el título, «Aguas documentales». Aquí hay dos palabras que en principio parecen venir de lugares distintos. El agua es movimiento, fuga, corriente, erosión. Un documento, en cambio, parece fijar, registrar, dejar constancia. Julio hace convivir estas dos fuerzas, el libro registra, pero sabe que toda memoria se mueve, intenta fijar, pero sabe que aquello que se quiere conservar también se borra, se hunde, reaparece y cambia de forma.

El agua no es aquí un paisaje decorativo, es una verdadera materia de la memoria. Está el maule, están la lluvia, la niebla, la bruma, el mar, los humedales, la isla, la desembocadura. Y cada una de esas aguas lleva restos, historias, cuerpos, voces, documentos, rumores, libros, nombres.

En un momento el libro pide hacer “un pequeño inventario de la humanidad a partir de los objetos que devuelve el mar”. Esa imagen parece central. La poesía de Julio trabaja precisamente con lo que vuelve, con lo que aparece después de haber sido arrastrado, olvidado o deliberadamente borrado.

“Aguas documentales” es también un libro profundamente territorial, su geografía es concreta, el Maule, Constitución, la costa, los pueblos, la feria, la cantina, la plaza, la municipalidad, el CESFAM, los ramales y las estaciones. Pero ese territorio nunca se convierte en postal, al contrario, el paisaje está atravesado por la historia, por la desigualdad, por las instituciones, por el trabajo, por la violencia y también por la vida cotidiana.

En estas páginas conviven pescadores, temporeros, profesores, funcionarios, ancianos, poetas, trabajadores y fantasmas. El Maule aparece como un lugar real y al mismo tiempo como una especie de gran archivo moral de Chile. Y aquí aparece otra característica que me gusta mucho del libro, su capacidad para mezclar registros. Julio hace entrar al poema en lenguaje administrativo, el decreto, el informe, el diagnóstico médico, la noticia, el Facebook, el WhatsApp, la conversación de cantina, la liturgia, la filosofía, el cine y la literatura: todo puede transformarse en materia poética. A veces el efecto es doloroso, otra vez es irónico, incluso ferozmente cómico. En esta mezcla evita cualquier solemnidad fácil.

El libro habla de asuntos graves, pero no se instala en una voz ni en un único tono. La estructura refuerza esa idea, el volumen recorre grandes zonas: “Un rumor forastero”, “La Real Laguna”, “Hijo de celulosa”, “La isla de la lluvia”, “Las costas del silencio” y “El tren de las olas”, que parecen estaciones de un mismo viaje. Cada una desplaza la mirada, pero regresan ciertas preguntas Si recuerda un territorio. ¿Quién escribe su historia? ¿Qué ocurre con aquello que las instituciones no registran? ¿Qué queda de los muertos? ¿Qué hacemos con la culpa? ¿Y cómo puede la poesía volver a audible aquello que ha sido reducido al silencio?

En “Hijo de la celulosa”, por ejemplo, la memoria individual y la memoria histórica se contaminan mutuamente. El deterioro cognitivo de un anciano convive con el bosque, la industria forestal, las leyes, las herencias familiares y la transformación del territorio. La pregunta por recordar deja de ser solamente médica o íntima, se vuelve política, familiar y colectiva.

El libro sugiere que una comunidad también puede padecer formas de amnesia. En “Las costas del silencio”, esa relación entre memoria y documento se vuelve todavía más dura. Aparecen expedientes, registros, detenciones, autoridades, silencios institucionales. Uno de los procedimientos más potentes consiste en llevar el lenguaje burocrático hasta el absurdo. “Consta que no consta”, “se registra la existencia de registros”. Esa retórica que podría parecer fría se vuelve inquietante porque muestra cómo una forma administrativa puede también encubrir la ausencia, transformar un cuerpo en expediente o convertir el silencio en una versión oficial.
Pero no quisiera presentar Aguas documentales solamente como un libro de denuncia o de memoria histórica. Sería reducirlo. Hay mucha ternura aquí. Hay amistad, deseo, infancia, vejez, familiares, trenes, despedidas, libros leídos en un vagón, objetos domésticos, conversaciones que parecen pequeñas y terminan abriendo una grieta enorme. En “El tren de las olas” aparece una poesía más íntima y reflexiva, donde el viaje, el eco, la física, Carl Sagan, la memoria y el amor se cruzan. Allí hay una frase que me parece preciosa: “Cuanto más breve la palabra de despedida, mejor el abrazo a la vuelta”.

También hay algo muy particular en la manera en que Julio entiende la tradición, Por estas páginas pasan Pessoa, Billie Holliday, Pasolini, Anne Carson, García Lorca, Eliot, Shakespeare, Carl Sagan, Omar Lara, Barbara Délano y autores vinculados al Maule, pero no aparecen como una exhibición de lecturas. Entran al mismo territorio que la feria, la camioneta, el barro, el pescado ahumado y la oficina municipal.

Esta convivencia me parece muy propia del libro. No hay una cultura elevada por un lado y una cultura popular por otro. Todo está mezclado en la experiencia, como las aguas de un río cuando llegan a su desembocadura. Y tal vez por eso la palabra documentales del título tiene además otro sentido: El libro mira como una cámara, se desplaza, encuadra, vuelve atrás, incorpora voces, interrumpe, hace montaje. En “La isla de la lluvia” incluso que plantea abiertamente una estructura dramática, planteamiento, desarrollo, conflicto, catástrofe, peripecia, desenlace y resolución, y convierte el poema en una especie de película verbal sobre un territorio que intenta recordar aquello que ha visto.

Conozco a Julio y por eso me resulta especialmente emocionante encontrar en estas páginas una voz que es muy suya, inquisitiva, irónica, culta, Sin perder nunca el contacto con la calle y con el habla cotidiana, nos lleva a ciertas obsesiones, a ciertas maneras de mirar el mundo que, de pronto aparecen transformadas por la escritura, y creo que eso ocurre con mucha fuerza en este libro.

Aguas documentales
Aguas documentales