Por Marcela Morales Farías
Sati nació en mayo de 1934 en el norte de Chile, se podría decir que fue un 18 de mayo, pero ya comprenderán que no podemos estar seguros de esta información.
Su padre, don Segundo Farías, era el pulpero de la oficina salitrera de Humberstone. Las pulperías eran las tiendas donde se vendían artículos de uso cotidiano, principalmente comestibles. No se transaba dinero, sino fichas, que era la forma de pago del salario de los obreros de las minas de salitre. Las fichas tenían grabado el nombre de cada oficina, por lo que solo se podía usar en la oficina donde el obrero trabajaba.
Los partos se hacían en las casas, y la leyenda familiar cuenta que don Segundo no dejó que su esposa pariera a Sati hasta que se atendiera hasta el último cliente de la pulpería. Su regla de oro, y que se cumplía a rajatablas, era: “la pulpería es lo primero”.
Ese día, al cerrar la pulpería, oficialmente comenzó el trabajo de parto; varias vecinas acudieron a colaborar. Sati nació sin problemas, lloró de inmediato, no quería molestar a nadie, solo quería vivir.
Su padre, administrador de la pulpería de una de las oficinas salitreras más prósperas, era quien decidía todo en esa familia. No era muy querido en la oficina salitrera, tampoco en su casa.
Segundo, se tomó un tiempo antes de ir a la Oficina del Registro Civil más cercana a inscribir a su nueva hija. Partió a caballo a Pozo Almonte a hacer el trámite de la que sería su última hija. Él eligió el nombre que tendría, que por cierto no fue Sati; decidió inscribir su nacimiento un 18 de mayo. Y como no recordaba con exactitud la fecha real de nacimiento, escogió el día en que la venta de la pulpería había estado muy buena. Así que, hasta ahora, los 18 de mayo Sati los celebra como su cumpleaños.
Los hermanos de Sati habían vivido en varias salitreras previamente; para ella esta fue la primera y la última. Ella era la menor de siete hermanos; todos la consentían, incluido su padre, que, si bien era muy estricto, con ella hizo ciertas excepciones, como permitir que sus hermanos le enseñaran a leer antes de asistir a la escuela de la salitrera.
Sati aprendió rápidamente a leer; a los tres años ya podía leer cuentos e incluso relatarlos. Con el tiempo se hizo una lectora voraz.
Sati tenía cuatro años, cuando Segundo, su padre, partió de Humberstone dejando a sus siete hijos y mujer al abandono. No son claras las razones que tuvo; el alcoholismo siempre fue una explicación muy esgrimida a la hora de tratar de entender lo ocurrido. También se dijo que él, como pulpero, previó, antes que nadie, la caída de las salitreras y partió a buscar mejor suerte. Nunca sabremos si la encontró porque jamás regresó.
La familia Farías fue desalojada de la casa de la pulpería y, en consecuencia. de la oficina salitrera. Don Segundo Farías ya no había regresado; la excusa de que había ido a buscar mercadería les permitió mantenerse allí seis meses.
Sati, junto a su madre y hermanos, partieron por la pampa nortina buscando una nueva vida. El destino era Antofagasta, a cuatrocientos kilómetros de Humberstone. Caminaron días y noches; en algunos tramos, más de algún camionero se apiadó de ellos y los acercó a la Perla del Norte.
Ya instalados en Antofagasta en casa de unos parientes, hubo que retomar la vida. La madre de Sati los envió a todos a la escuela, incluida a ella, que aún no tenía suficiente edad.
Sati amó la escuela, leía todo lo que se le cruzaba; rápidamente la fueron haciendo pasar de curso más rápido que lo que correspondía por su edad
Estaba en tercero básico cuando la profesora pidió a Sati que conjugara el verbo satisfacer en su forma condicional:
Sati con voz alta y firme comenzó:
Yo satisfaría
Tú satisfarías
Él/ella satisfaría
Y así continuó hasta el final
Fue felicitada por su profesora, y en modo de broma le dijo que de ahora en adelante la llamarían Sati Farías.
Lo que no supo nunca la maestra es que su recomendación se la tomaría muy en serio. A partir de ese día, el nombre que había decidido don Segundo: Emma por su madre, Isabelina por su abuela; no sería más recordado ni mencionado, salvo en situaciones oficiales.
Sati, feliz con su nuevo nombre, decidió que, a partir de ese día, no solo su nombre debía cambiar, sino que su vida debía ser diferente a lo que su padre había planeado para Emma Isabelina y lo que la época imponía a las mujeres.
Sati, al salir del Liceo, postuló y quedó en la Universidad de Chile para estudiar Licenciatura en Física en Santiago. Postuló a todas las becas conocidas y al hogar universitario; con todo esto solucionado, partió en tren a la capital. Al tercer día de viaje llegó a Santiago.
Ese día comenzaron las andanzas de Sati.

Marcela Morales Farías (Santiago, 1963), es Ingeniera Informática de la Universidad de Santiago de Chile. Diplomada en desarrollo de Programas Directivos y Liderazgo en Proyectos de Alto Impacto y Estratégicos, Ha participado en diversos talleres de cuento con Diego Muñoz Valenzuela. En 2005 publicó sus cuentos junto a otros talleristas en una Antología titulada “Mentiras a 12 manos”






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.