Por Adrián Marcelo Ferrero

A través de los cortinados color malva del cuarto se cuelan ráfagas de luna. El brillo rebota contra las paredes y provoca un efecto multiplicador. El espejo, sobre todo el espejo, la muestra opulenta, como esas tallas en piedra jabón o ciertas esculturas antiquísimas en mármol que he visto en el Pompeya, hace algunos años atrás. Recuerdo, ahora, el torso desnudo de Nadia, como el de una zarina. Ella misma, sus ancestros, el capricho de la geometría o quizás quién sabe qué artesano logró insuflarle un perfil tan perfecto, sin excesos ni faltas. Mi mano, aquella noche, recorrió su pelo muy negro, cayéndole en cascada por detrás, como un chal de seda que suavemente se desliza por los hombros. Ese gesto de ternura desató el deseo. Un pelo esbelto, lacio y tenue como un lienzo, de esos que los artistas usan para pintar óleos. La toco por primera vez, nos tocamos, y me estremezco al recordarlo. Mi mano abarca el pelo y lo recorre como si fuera una guía, luego alcanza su pezón, como un pecíolo, buscando asir una esencia, acaso pintarse las yemas con ese negro y dibujar luego algo en el aire o en las paredes mudas. En unas horas amanecerá, lo sé. La noche anuncia el día en cada estrella. También en la luz, que ya clarea. Miro otra vez el espejo y, sumido en estos pensamientos, en esta cháchara silenciosa que musito (pero que también es un grito), no escucho la puerta que se abre, el cerrojo que tranca la puerta, los tacos aguja de Inés sobre la madera. Antes, mucho antes, tampoco presté atención al motor del auto que se detenía, ni al estrépito del portón del garaje al bajar. Comprendo que no estoy pendiente de su llegada, como antes, cuando todo era un indicio de su inminencia. Inés se me acerca, arroja las llaves sobre la mesa y me besa. Ella me besa. Y yo, en un gesto atroz, me dejo besar, como quien deja que alguien entre a su casa sin haberlo invitado y lo recibe sin efusiones. No nos hablamos. Inés sabe que cuando estoy cansado o absorto de nada sirve hablarme o agitar mi hombro. Escucho su taconeo nervioso sobre la madera. La canilla del baño mientras se cepilla los dientes, el zumbido de las cerdas, el jabón de glicerina resbalando entre sus yemas. Imagino sus ojos azules mirándose contra la superficie del espejo, verificando el maquillaje, el jabón entre los labios de su vagina. Por último, como acorde final de una sinfonía, el tirón de las sábanas al descorrerse para hacerse lugar y llegar a mi lado. ¿Me creerá dormido? ¿O hemos llegado a un punto en que no es necesario comunicarnos? ¿O, quizás, ya no nos deseamos, como esos matrimonios de viejos que salen a comer afuera, a pasear un perrito chillón y lanudo y luego no se dirigen la palabra en toda la cena? Mirando la luna, escuchando la música de Inés al dormir, ese fuelle lento y moroso, pesado por momentos, me demoro una vez más en la imagen de Nadia, desnuda a mi lado ¿Es acaso la misma cama en la que ahora yazgo acostado con Inés? ¿O todo esto tuvo lugar hace muchos años o meses, en un tiempo brumoso que ya no es mío, tampoco de ellas, que no es posible registrar y, menos aún, volver a vivir, a revivir? ¿Tiene sentido recuperar algo que ya se esfumó, que se escapa aunque lo anhelemos de entre nuestros dedos como una brisa etérea, como el polvillo ocre de una mariposa que hemos sostenido por unos segundos y luego se ha volado?

Me duermo, mecido por el recuerdo de Nadia y por ese regreso obstinado a ciertos instantes, a ciertas postales que no me será dado vivir de ese modo que pretendía recordar.

Cae una gota de la canilla del baño. Tal vez Inés la dejó mal cerrada y es la excusa perfecta para no escuchar nuestro silencio. La canilla golpea, como un martillo golpea, o una maza golpea. Llega a la dimensión de taladro, de grito, de ladrido, de aullido de perro salvaje. Digo perro salvaje y no lobo feroz porque no sé si los lobos ladran. Creo que sólo aúllan o a lo sumo gruñen. Pienso en el tiempo que me llevará levantarme, ir hacia el baño, cerrar la canilla. En la energía que me insumirá terminar con ese sonido. Pero lo evito. Doy vueltas porque encuentro un placer perverso en esa gota que cae, en ese sonido que irritante que poco a poco me invade, que me envuelve y se apodera de mi atención. Me demoro en ese goteo como si fuera una cábala. No llego a confundirlo con el chorro veloz, siseante, de Inés cuando va al baño, ni con la llovizna de la ducha. Tampoco con el de los temporales sobre el tejado. Es continuo, permanente. Insiste en ser lo que es. Insiste en su persistir. Como todo sonido, es una forma de socavar la pureza del silencio, insostenible para un alma cavilosa. Me recuerda a la resignación de quienes, ante las calamidades más acuciantes, actúan con naturalidad frente a lo adverso, lo aceptan como se acepta el sueño o el tener que beber agua para sobrevivir. Tal vez Inés y yo seamos dos personajes habitando un universo liquidado. A veces, cuando Inés me propone: “Vayamos al cine”, “Cenemos berberechos”, “Tomemos sol en el parque”, siento chispazos de algo acabado que todavía busca renacer. Pero ¿Cuándo empezó todo esto? ¿Cuándo podría fecharse el comienzo del desamor? ¿Qué día la rutina –y no los hijos, que aún no han llegado- nos hicieron perder la euforia de estar juntos? ¿cuándo comenzó a inhibirse el deseo? Todo es como un lento derrumbe.

Reconozco que hemos intentado salidas vulgares y desesperadas. Una escapada a Barcelona. Una sesión semanal con un psicoanalista. Deportes. Comprar libros de cocina que, quién lo ignora, permiten renovar las acechanzas de la convivencia y sorprender a la amada con frituras deliciosas o esponjosos soufflés. O viceversa. Quisiera, lo pienso ahora, poder saber cuándo terminó el amor y comenzó la costumbre.

Una vez entrevisté a una escritora y hablamos de sus libros. Como yo tenía la credencial de periodista de un importante diario me atendió enseguida. Esa escritora resumía para mí una idea de lo que era el deseo convertido en palabras, en relatos. Fui a su casa, me recibió anhelante, conmovida por mi interés en su obra. Hablamos de sus textos eróticos, mencionó a los amantes. Y al “tercero ausente”, que también jugaba un rol importante en las relaciones (me hizo saber). ¿Será Nadia la tercera ausente de esta comedia? ¿una comedia que lenta, pero que inexorablemente se desliza a un desenlace infeliz? Invocada en mis sueños, evocada en mis recuerdos, vuelvo a ella una y otra vez. Sin embargo, sé positivamente que la Nadia que yo construyo en mi mente, la Nadia que yo evoco en mis memorias, la Nadia que retienen mis yemas, la Nadia que escribo en mis cuentos, es una Nadia que ya no existe, que nunca existió ni existirá. Que si voy corriendo a su encuentro se marchitará como un damasco maduro. Fruto. Árbol cortado. Un fruto pesado que cae de un árbol, ya pasado. Sensación perversa de recordar en brazos de otra la voluptuosidad de su cuerpo como una suspensión sutil y lenta en la cual me sumerjo. Estoy solo y recuerdo a ambas. Quizás el recuerdo de Inés está erosionado por la convivencia, por esta confortable vida de casados, de ya algunos años, sin demasiados sobresaltos salvo las enfermedades, los accidentes o las fiestas. Los días juntos, los viajes, las comidas compartidas, los llantos, las confesiones, el éxtasis frente a una frase leída de a dos, mis pesadillas, el horror de las heridas. Una intoxicación con un pavo al roquefort cierta noche en un restaurante. Pero ¿será siempre así?, ¿el amor deberá siempre estar sujeto a pruebas?

Anonadado, perdido entre sus pliegues y sus temblores, disfruto, todavía disfruto de los juegos con Inés. Nos amamos con confianza, con amor, pero también sin la impetuosa pasión de antaño, en aquellos encuentros furtivos e improvisados en un baño o una pileta. En el pasillo del living o la cocina misma. Un amor maduro, apolíneo, digno de unas bodas de plata, dice un amigo mío con ironía. Un amor en armonía, que sabe de quebrantos, de sueños, de una vida de a mitades. Ella es mi mitad. Mi mitad indócil que se ha vuelto mansa ¿Y Nadia? ¿Qué es para mí Nadia? ¿Es la fantasía de soñarla a oscuras en este cuarto, como antaño, cuando era yo quien desfallecía en sus brazos, en los suyos, mientras la otra duerme, mientras la luna me mancha y me desconsuela, al mismo tiempo? ¿es la sombra perversa de Inés? ¿Cuál de ambas es la otra? Siento que sobrevuelo a tientas un territorio imposible de cartografiar. No hay cortes nítidos ni siluetas recortadas. Hay un flujo impar de experiencias que nos abrasan y nos hacen girar en un océano de melancolía y deseo.

Nos olvidamos de ser salvajes. Que es lo que somos. Animales salvajes. Instintivos. Lo recordamos en unas pocas circunstancias: cuando comemos o bebemos con apetito, cuando vemos pasar con voracidad a una mujer hermosa, cuando sentimos el olor de la madera, cuando asistimos a un parto, cuando las mujeres sangran, cuando vamos al baño, cuando algo o alguien nos hiere. La sangre es algo que va por dentro, surcándonos. Los vasos ocultan interminables riachos, un delta que avanza dentro de nosotros de modo imperceptible. Y a veces, en un rapto brutal, la sangre brota, sale a la luz, estalla estrepitosamente. A la intemperie, la vemos, la olemos, la saboreamos, la tocamos. Con esa velocidad lenta y silenciosa de la sangre. Nuestros fluidos. Cuando ensalivamos un pezón, o tenemos mucha hambre y olemos o vemos un plato de comida deliciosa: secreciones de un cuerpo gobernado por impulsos y por instintos.

-¿Hola? ¿Quién es? -pregunto. Del otro lado me contesta un jadeo de mujer. Imagino, con mucha lentitud, que se trata de Nadia. Que llama para azuzar mi deseo. Que me busca como una perra de esas que uno ve en la calle, perseguidas por una jauría en celo de machos belicosos. Pero podría no ser ella. No se da a conocer y un jadeo tampoco identifica a una mujer por completo.

-¿Quién es? -insisto. Nadie contesta. Sólo el jadeo perverso de una mujer, que no me escribe, que no me envía cartas de amor ni libros, sino que me llama solo eso. Me deja en suspenso en el teléfono, escuchando sus sonidos. Desnuda, la adivino desnuda del otro lado, jugando con sus manos, trazando formas en su cuerpo con sus dedos, marcando un territorio al que me invita pero al mismo tiempo del que me expulsa.

Pregunto, en el colmo del atrevimiento y la desesperación:

-¿Nadia?

Esta vez silencio, como si hubiera pronunciado una contraseña, como si la hubiera descubierto. Como si se hubiera desconectado del aparato. No estoy solo, pienso. Somos tres en este dibujo, como esas alfombras persas que forman una trama producto de una tejedora de imaginación patriótica o ardiente. Nosotros estamos atrapados en uno de esos dibujos. Nosotros tres somos un dibujo. La perversidad de Nadia al llamarme, la mía al evocarla en presencia de Inés, la de Inés al ignorarla o al preguntarme ciertas cosas con el objeto solamente si todavía le sé mentir.

La premeditación de haberla pensado muchas veces no me evita el estupor de escuchar sus jadeos. Hace dos semanas que el teléfono sonaba y yo o no atendía (me daba pereza abandonar mis pinturas o las traducciones) o escuchaba un silencio total del otro lado. Automáticamente alguien (ahora imagino que Nadia) colgaba. Vuelvo a mis traducciones. Me gusta ejercitarme y habitar dos lenguas. Es como vivir en dos mundos paralelos, en dos continentes, en dos países, en dos realidades, pasando a través de un espejo, entre dos dominios que un tabique delimita. Del otro lado del espejo, el mundo se nombra de otro modo. Ese pasaje me enriquece porque me vuelve otro. Por sobre todo: otra clase de lector.

Dos noches más tarde, mientras traducía el libro, el teléfono volvió a sonar. Sonó dos veces seguidas y se detuvo. No atendí. No obstante, supe positivamente que era Nadia. Cada uno sabe el número de timbrazos que da su mujer o los golpes en la puerta con que se anunciará un amigo: un código secreto. La contraseña perfecta para un pacto. Ahora, mientras paso en la computadora la cuarta página del de la novela de Nadine Gordimer que traduzco, July’s People, el teléfono deja de sonar. Es la pausa ideal, la tregua que me da Nadia para que la presienta, la intuya buscándome, húmeda, invitándome, incitándome a dejar de hacer lo que hago, a perder la cordura, a que sea ella la que de ahora en más me urja. Para que fantasee con que bajaré a abrirle y abandonaré a Inés. Guardo el documento en la computadora, elijo un libro al azar de la biblioteca: ya no puedo concentrarme. Me ha quitado la concentración. Miro el índice. Repaso las páginas como si fueran las noticias de un diario ordinario, mirando los títulos, sin detenerme a interrogar los signos. Interrogado por ella, logra distraerme en tonterías. Mido el agua fría en la heladera, salgo a verificar si los postigos están cerrados. Bajo a comprar aceite de oliva a un supermercado que no cierra los fines de semana para cenar pastas mañana lunes. Hago planes en el aire para no cumplir con ninguno.

Llega Inés del trabajo, apurada por intercambiar unas sumarias pero profundas palabras. Y es que no siento que nada se haya terminado. La observo, con su minifalda celeste, su blusa a cuadros, el pelo rubio en una cola sobre la espalda, sus ojos muy azules. Hablamos. Pongo los spaghetti a hervir. Corto la albahaca. Ella ralla el queso sardo. Nos morimos de risa. Un momento de deleite de estar juntos es cuando contarnos las novedades del día. Los idiotas de su trabajo, que se le insinúan. Mi traducción, que avanza. Ella también sabe inglés, pero odia traducir. Le gusta el cine francés, el cine negro francés, y, como era de esperar, la moda. Esos horribles paraguas con mango de marfil tallado, que guarda en nuestro ropero de cuando viajamos a Europa, que compró en una excursión a Turquía, señalan nuestras diferencias. Sería estúpido usar algo así en un país como el nuestro. Sería como una cachetada. Inés sabe cuándo usar lo que tiene, incluida su boca.

Nos miramos, después de cenar. Ella come lenta y frugalmente, con delectación, paladeando cada sustancia, cada textura, cada aroma. Yo, ávido por el ayuno del día (sólo probé unas almendras tostadas a media tarde), mastico la cena a grandes bocados. Me gusta beber la vida a grandes sorbos. Ella la saborea. Paladea las sustancias. Lo suyo es el deleite. La delectación. A mí la parsimonia me irrita. Por eso le gusta el vino y no el agua, como a mí. Ama el vino tinto con las pastas. El agua discurre. El vino se desplaza de un modo denso. Se huele. Se agita. Se paladea. Ajena a las convenciones y las modas, usó transparencias y minifaldas cuando ya nadie se acordaba de ellas. Ahora, cuando le regalo una esclava o un brazalete, se los pone en las ocasiones menos protocolares. Un desayuno informal en la cama. Un domingo por la mañana en el río. Los momentos en que nadie nos ve y por eso son solo de ambos. Me gusta su atrevimiento, ese modo tan natural y descarado de hacer lo que se le antoja, sin buscar la aprobación de nadie. Tampoco la mía.

Prendo la televisión. Inés se ha dormido porque está rendida. Bajo el volumen para no despertarla y pongo una película subtitulada. Mierda. Está empezada. Odio ver películas empezadas. También las subtituladas del idioma inglés. Pero la cena fue larga. Hablamos de muchas cosas. Los planes para el domingo (hoy es jueves). Por lo general vamos a lo de mi hermana o a lo de sus padres. A mí me aburre un poco ver a la familia porque todos están muy ansiosos por saber cuándo tendremos un bebé. Porque Inés fantasea con una hija. A mí me da igual. Todo tiene sus ventajas y sus desventajas. Miro la televisión. Procuro reconstruir la trama de la película a partir de lo que puedo ver ahora. Transcurre en Arabia Saudita. Una caravana avanza por el desierto. Viaja un diplomático con su comitiva. Ocurre un atentando. El cónsul queda herido. Apago la televisión. Me aburre ver siempre lo mismo. Una vez, por indicación de Inés, fui a ver una película en el cine cuando ya había empezado. “Eso rompe estructuras”, me explicó. “Permite ejercitar el pensamiento libre de formas predeterminadas”. “Uno deja de estar cautivo”. Disfruté del juego pero reconozco, consternado, que me hubiera gustado conocer el comienzo. Hago a menudo ejercicios de distinto tipo. Exploro. Practico ejercicios de relajación, respiración o adopto posturas aprendidas con un instructor de yoga, hace ya muchos años, bostezo. Lo último: he comenzado con meditaciones guiadas.

Inés salió a nadar a la pileta climatizada. Sigo con la traducción. La novela no es larga pero eso me desalienta. Prefiero trabajos largos, en los que logro introducirme en el cosmos de los personajes y sus relaciones, en los hechos y en el idioma de ese escritor: su singularidad del uso. Con el tiempo he aprendido a saber esperar, ser paciente, ir paso a paso pisando con seguridad. En este caso, párrafo a párrafo. Avanzo con lentitud porque a veces me enfrasco en lo que estoy leyendo, con la trama. Debería evitarlo. Pero me gusta. Imposible no seguir la historia y pensar sólo en las frases como si fueran huecos jingles publicitarios. Además, para traducir hace falta manejar recursos de frase a frase. Conocer a fondo la totalidad para manejar el contexto. Una vez leí que un traductor empezaba a traducir por el segundo capítulo y después iba al primero. En realidad todo es parte de lo mismo. La superstición del método. Vuelvo a mis obsesiones: el orden, los sistemas, las estructuras, los mundos cerrados, los andamiajes, cómo salir de ellos y cómo volver a entrar, cómo usarlos y al mismo tiempo, burlarlos.

Escribo la traducción en la computadora. El renglón escrito, iluminado por la luz lunar de la pantalla, se va poblando horizontalmente, por saturación de negro sobre blanco, de oscuro sobre claro, por contraste de forma sobre fondo, y es como ir vistiendo un lugar desnudo, como ir poniendo ropa a una mujer que no la tiene, como decorar y amueblar una habitación vacía. Escribir al traducir es mi forma de habitar. Habito el vacío escribiendo. Llenar el vacío y saltar al vacío es asumir primero la responsabilidad de colmarlo y de arriesgarse a fallar. Escribo las letras, una detrás de la otra, rapidito, formando palabras, frases, párrafos, capítulos. Por fin, algún día, el libro. ¿Será la felicidad de un escritor al poner un punto final a su manuscrito traducido? ¿Clausurar una etapa, un proyecto que ahora sí, concluido, tiene sentido? Una especie de calendario del cual va tachando en negro sobre blanco semanas y meses.

Arreglé por teléfono para verme con Marco. Somos amigos desde chicos. Esos amigos de fierro, que ha conocido todas mis etapas. La infancia llena de júbilo y deberes, la adolescencia compleja y dolorosa por la pérdida de papá, la juventud feliz pero laboriosa, la adultez -este presente- sumida en una meseta que incluso él ha experimentado con su propia mujer.

Nos sentamos a una mesa de un bar del centro. Pedimos dos cortados. “Agregue canela”, le ordeno a la moza. Marcos me mira, como interrogando ese gesto inesperado que no desaprueba, con esa comprensión tan suya de aceptar todos mis caprichos sin juzgarlos.

-Ahora al café le agrego canela molida. Ah, y a los dulces.

-No los probé.

-¿Cómo estás? -me pregunta, sabiendo que no voy a poder escapar a la sinceridad descarnada de dos horas de charla, formulada a partir de una evidencia inocultable.

-Bien. Traduzco, sigo con Inés, por momentos tiemblo. Sabés que hace años que estamos juntos. No estoy enfermo. Viajo. Tengo un trabajo fijo que me gusta. La gente me valora. Hacemos programas. Escapadas los fines de semana. Escribo en mis ratos libres incluso. Y debo confesar que por el tipo de mensajes que llegan a casa, sería injusto si no dijera que también me siento querido.

-Pero no sos feliz.

-No. ¿Vos sí?

-Pablo, Pablo. Vos siempre con ideas grandilocuentes. Viejo, dejate de joder. La vida es un montón de trabajo, un montón de deberes, convivir con uno y con los demás, asumir que ciertas cosas todavía sí y otras ya no y otras ya nunca jamás. Y disfrutar en esos resquicios. Comprendo tu deseo de vivir en perpetuo estado de aturdimiento.

-Lo ves fácil.

-No lo veo fácil. Pero te conozco. Y sé que desde que tenés uso de razón querés vivir en perpetuo estado de éxtasis. Eso es adolescente.

-Puede ser. Pero desde hace unos meses, con Inés no estamos bien. Si me preguntás qué quejas tengo: ninguna. Es una mujer que no se descuida, se arregla, es buena amante, trabaja mucho, busca complacerme, está en los detalles, me quiere, no pretende absorberme como una aguaviva. Vos y yo sabemos que eso arde.

-Estás en la etapa en que pasó el vértigo, sigue el amor y la meseta de la estabilidad te atormenta.

-Como a todo el mundo.
-No, como todo el mundo no. Como ustedes. No te escapes por la tangente.

-Sí, como nosotros. Y seguimos sin dar el paso de los hijos.

-¿No pueden?

-Todavía no probamos. Nunca dejamos de cuidarnos. Pero supongo que no habría problemas. No terminamos de definir.

-Pero vos ¿querés o no tener hijos?

-Por ahora no.

-¿E Inés?
-Por ahora no. Pero fantasea mucho. Dice que le gustaría que fuera nena. Y viste que cuando esas cosas empiezan a aparecer, son un indicio de que algo está pasando. Algo que permanecía en estado de latencia de pronto está a punto de estallar. O se ha puesto lentamente en movimiento. Ha echado a rodar.

-Primero tenés que estar seguro de que la querés mucho. De que la elegís como tu mujer y madre de tu hijo. Un hijo ya no es un compromiso con ella. Es consagrar la vida a otra persona en diálogo con Inés. Un diálogo que, vos lo sabés muy bien, se puede romper.

-Ese es el punto.

-Estás todo cagado. Pregunto ¿Hay otra?

-Hubo otra.

-No entiendo.

-Estuve muy enamorado de otra mujer, hace unos años.

-¿Antes o durante la relación con Inés?

-Antes.

-Y no la podés olvidar.

-Más o menos. Vuelve. Regresa. Tengo imágenes.

-¿La volviste a ver?

-No. Pero a veces suena el teléfono y no contesta nadie.

-Y vos te hacés la cabeza con que es ella.

-Exacto.

-¿Hay algo de real en esa fantasía?

-No.

-Entonces dejate de joder.

-¿Cómo?
-Buscala. Encarala. Averiguá si está casada. Si tiene hijos. Qué le pasa cuando te ve. Si tenés ganas de estar en pelotas y acostarte con ella cuando la ves.

-¿E Inés?

-Inés es tu mujer.

-Por eso. Justamente.

-Bueno. Vos no vas a meterle los cuernos con otra mina. Vas terminar con un fantasma. Un fantasma que tenemos todos los tipos casados o con una pareja estable. Sacate la duda. Fijate qué te pasa al verla. Conversá con ella. Date tiempo. Y dale tiempo a Inés. Porque a lo mejor a ella le pasa lo mismo y no sabe qué hacer. O tiene miedo. O no quiere herirte. Vos sabés lo complejos que son los conflictos de pareja.

-Sí claro. Se han escrito paredes de bibliotecas enteras sobre eso. Los divanes están superpoblados de pacientes que hablan de sus parejas. Y los juzgados civiles no dan abasto con las causas por divorcio. ¿Te parece una buena síntesis?

-Sí. Pero ahora hay que ver qué te pasa a vos y qué querés hacer de tu vida apacible. Y averiguar si seguís enamorado de una imagen, de algo que no existe pero te persigue, con lo que tenés fantasías, o si fue algo que nunca existió. Y si todavía estás enamorando de un fantasma.

La charla con Marco no me dejó lugar a dudas. Había que buscar a Nadia. ¿Sería ella la de los llamados? Pensé, de modo ingenuo, “la busco en la guía telefónica”. Atontado, busqué la letra “G”. Mi dedo tembloroso recorrió el orden alfabético de su apellido. Carajo, ni figuraba en guía. Un buscador de Internet. La encontré. “Nadia Germani”. Arquitecta. Especialista en restauración de construcciones de edificios antiguos. Era ella. No había foto pero los datos coincidían. Vivía en Rosario. Pensé en todas las locuras que piensa un adolescente. Me tomo un micro. Me invento un viaje de trabajo a una editorial de Rosario para una traducción. Imaginé la escena. Yo entrando a un hotel. Pidiendo la guía telefónica. Marcando su número. Ella atendiendo. Su cara de perplejidad al atender y escuchar mi voz y mi nombre. Estaba en eso cuando volvió Inés del trabajo. Yo no había podido avanzar casi nada con la traducción en medio de mis cavilaciones de consultorio sentimental. Apenas unos párrafos miserables. Pensé que la vida es cruel, porque incluso en momentos cruciales, no podemos detenernos y abandonarnos brutalmente a la emoción que nos embarga. La vida nos apura, llena de prisas, de aprietos, de compromisos, de tareas, y nos pide que todo lo hagamos con empeño y energía, que seamos eficientes y cumplidores.

Inés me preguntó por mi día. Le dije que todo bien. Que habían llamado de la editorial para hacerme un nuevo encargo cuando terminara con la novela. “Bien, esto hay que festejarlo. Otra novela de Gordimer, My Son’s Story”. Abrió las puertas endebles de la despensa y sacó unos higos en almíbar, que tenía reservados para alguna ocasión especial. Me maravilló, como tantas otras veces, su capacidad para celebrar cada pequeño logro, por mínimo que fuera, como un triunfo de ambos.

Brindamos. Lavé la vajilla y nos fuimos a la cama. Inflamado por el deseo goloso de las confituras, proseguimos la celebración con otros sentidos, disfrutando de todos los modos del amor, de todos los modos posibles del deseo.

No inventé un viaje a Rosario. Tuve ganas de hacerlo y le dije a Inés que me quería tomar un fin de semana lejos del trabajo y a solas, para leer, pasear y visitar esa ciudad.

Subí al ómnibus lleno de preguntas, de hipótesis. Como todo futuro, que acontece en la imaginación, todo era posible. Las fantasías iban desde la más descabellada, encontrarme con que ella no estuviera en la ciudad, pasando por encontrarla con tres hijos uniformados y un marido que fumaba puros, hasta imaginar un encuentro feliz entre nosotros. Un encuentro ideal. El encuentro perfecto.

No dormí en todo el trayecto. Leí una novela policial en francés, tomé jugo de frutas y café. Pensé.

La sensación era la de dirigirme hacia algo que sería determinante y peligroso: otra forma del amor, otra forma del deseo, ¿otro fracaso? Pero algo que decidiría mi suerte de una vez por todas en este vaivén intolerable. Esta sensación revulsiva era la opuesta al hastío que experimentaba en la vida cotidiana. Era una mezcla de excitación y escándalo. Rumbo a lo desconocido, se activaban todas las formas de la fantasía.

Llegué a Rosario muy temprano. Estaba recién amaneciendo. Fui al hotel, tiré las cosas sobre la cama. Desayuné en un bar lleno de luz, encandilado. La ciudad era mía. “En algún lugar de esta ciudad algo me espera”, me dije, acariciando secretamente la esperanza de resolver mis preguntas. De dar con la respuesta tan anhelada.

Volví al hotel, dormí hasta pasado el mediodía y en la habitación encontré una guía telefónica. Busqué. Busqué. Mis dedos nerviosos titubeaban, erraban las letras. Por fin: “Germani”. “Germani, Américo. Germani, Bernardo. Germani, Carmen. Germani, Nadia”. “Eureka”. Copié el número. Eran las cuatro de la tarde. Un horario aceptable para llamar sin ocasionar un disturbio en una casa.

Marqué el número. Primer alivio. Atendió una voz de mujer. La señora no estaba. Volvía a la tardecita. Podía volver a llamar entonces. Si quería dejar algún mensaje. Hasta luego. Casi un contestador automático por el mensaje vacío de sentido profundo pero no el meramente instrumental.

Fastidiado por el resultado de la pesquisa, me encerré en el baño. Me di una ducha, me afeité y salí a caminar por la ciudad. Deambulé por opulentas librerías, prósperos cafés, principescas bombonerías, y me detuve en una a comprar medio kilo de bombones de fruta. Los comí mientras caminaba, de modo apurado, buscando provocar en ese gesto egoísta y obsceno la mirada de sanción de la gente.

Cuando el sol se puso volví al hotel. Pedí que no me pasaran llamadas. Escuché unos pájaros que cantaban cerca de la ventana y eso me transportó hacia otra temporada, de blanda despreocupación. Miré mis manos. Velludas, eran las manos de un hombre maduro. Ya no las de un joven. Eran manos verdaderas. Y ese dato me consternó. Nada puede volver atrás lo que tuvo lugar.

Llamé a lo de Nadia. Atendió ella.

-Soy yo. Pablo.

No hizo falta aclarar el apellido. Me reconoció y enmudeció por unos segundos.

-Hola, ¿me escuchás? -insistí

-Sí, Pablo, claro que te escucho. ¿De dónde me llamás?

-De acá, de Rosario. Vine por un viaje de trabajo. Estoy de paso. Me voy el lunes.
Y vos ¿cómo andás?

-Bien, gracias.

-¿Podremos vernos?

En ese momento temí que mencionara que tenía que bañar a sus hijos, o que el marido la esperaba para cenar en restaurante del río cerca del Monumento a la Bandera. Nada de eso. Aceptó.

-Hay un bar acá cerca del hotel. Lo conocerás. “Viena”. Es bar con pastelería alemana. Sirven comidas también.

-¿A qué hora? -agregó sin preguntar más nada.

-Ahora.

-Voy para allá.

Me di una ducha veloz, me vestí y salí para el bar. Quería elegir una buena mesa, cerca de los ventanales, como me gusta a mí y como nos gustaba a ambos, cuando salíamos juntos a comer afuera.

-¿Y cómo fue que viniste a Rosario en esta época del año, tan poco propicia para disfrutar del río y del paisaje?

-Ganas de hacerme una escapada.

-Y se te ocurrió llamarme, porque sí.

-No. Tenía ganas de verte. Saber de vos. Ver en qué andabas.

-Bien. ¿Sólo eso?

-Sí.

Cerré la puerta del cuarto del hotel con el corazón palpitando locamente. Caminé los pasos que me separaban de la cama temblando. Ella, en cambio, llegó en dos certeros y seguros trancos. Probó la fragancia de las sábanas, recién cambiadas, y la textura muelle del colchón. Se deshizo la trenza del pelo. Me acerqué, emocionado por encontrar en otro cuerpo unos rasgos familiares para cualquier hombre, pero siempre nuevos, estremecedores. Ella abrió mi camisa y me besó el pecho. La luna brillaba fuerte contra el negro de la noche. Mordió mis tetillas. Nos amamos sin dobleces, sin pausas, sin medida. En el colmo del amor, cuando todo estaba por concluir, de pronto todo recomenzó: su pelo azabache, fundido con todo lo nocturno, me produjo un terror inmemorial. La pasión hacía parecer ese lugar una embarcación en medio de una marea agitada. Negras olas, del Mar Negro, negras medias de red, mojaban mi cuerpo en una suave llovizna. De pronto, sentí miedo a la oscuridad. Viró del negro rotundo al rubio y, diestramente, ella se ató el pelo en una cola. Sus pechos y sus caderas olvidadas por mí se contrajeron en otra anatomía más familiar, más íntima, más cercana. Su voz se aflautó, sus ojos se azularon. Ya no grité “Nadia”, como iba a hacerlo unos instantes antes. Dos sílabas brotaron de mi boca, nombrando por tres veces, en un eco incontenible, de bautismo entrañable, la experiencia definitiva que por fin me deparaba el viaje: “Inés, Inés, Inés”.

Adrián Marcelo Ferrero

Adrián Marcelo Ferrero (La Plata, Buenos Aires, Argentina, 1970). Escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural; Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP, Argentina), Colaborador habitual de revistas académicas, culturales y diarios de EE.UU., Chile, México, Venezuela y Argentina. Publicó los libros Verse (relatos, Prólogo de Angélica Gorodischer, 2000), Cantares (poesía, 2005), Obra crítica de Gustavo Vulcano (investigación, 2005). Ha publicado cuentos, crónicas, series de poemas y crítica y teoría literarias. Autor de cuentos para niños y ensayos sobre literatura infantil. Ha obtenido premios y distinciones internacionales y nacionales.