Por Eddie Morales Piña

El puerto de Valparaíso es un lugar geográfico que siempre ha sido tematizado como un espacio imaginario en la literatura o en otra de las artes clásicas, incluido el cine. Probablemente por su configuración casi mágica, en un entorno donde los cerros que enmarcan una bahía que muestra el mar océano en todo su esplendor y una ciudad edificada que tuvo su carácter magnífico en el pasado, Valparaíso está como un locus -un lugar- un espacio que tiene un carácter simbólico -Bachelard, dixit-, que sólo quienes lo hayan conocido podrán comprender esta connotación. Por esto es por lo que Valparaíso se convierte en un escenario para imaginarlo como un trasfondo en transfiguraciones artísticas.

Desde la novela de José Victorino Lastarria titulada Don Guillermo (1860) -que es la primera novela moderna chilena- ambientada en este puerto con la Cueva del Chivato de por medio y el mundo de Espelunco, pasando por las obras de Manuel Rojas –Lanchas en la bahía (1932) e Hijo de ladrón (1951)- y de Enrique Lafourcade –Para subir al cielo (1958)- hasta los textos narrativos de Manuel Peña –El niño del pasaje (1989) y sus crónicas porteñas (Ayer soñé con Valparaíso, 1999)- y novelas o relatos de un Valparaíso otro, hasta los múltiples poemas líricos que lo han tematizado, Valparaíso siempre está allí como un escenario ideal para recrearlo mediante la imaginación creativa.

Es lo que ha hecho recientemente la escritora Ester Poloni con su novela El día que el Titanic llegó a Valparaíso. Si en la literatura el puerto permanece incólume, en otras artes siempre está presente o sirve de imaginario o locación como en el cine. Un documental denominado A Valparaíso (1963) de Joris Ivens o Valparaíso, mi amor (1969) de Aldo Francia dan cuenta de que es un espacio que convoca y atrae. Lo mismo acontece en La luna en el espejo (1990) de Silvio Caiozzi o en Amelia Lópes O’Neill (1990) de Valeria Sarmiento. La tematización de este puerto también está en la música popular y en una canción emblemática de Osvaldo Gitano Rodríguez que se denomina Valparaíso (1969) estrenada en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile en Valparaíso.

Dentro de este contexto descrito someramente es que se inserta la novela de Ester Poloni -nacida en Valparaíso y de profesión abogada- que tiene un enigmático título, porque desde el punto de vista histórico y no imaginario, jamás aquel trasatlántico echó anclas en la bahía de Valparaíso. Se trata de una novela breve de Poloni que está situada en el puerto principal, como se dice habitualmente, y desarrolla una trama interesante que transcurre en el espacio de Valparaíso y cuya narratividad es sumamente atrayente para el receptor de la obra. Una novela breve de por sí conlleva un requisito esencial. En la historia de la literatura chilena y universal hay significativos relatos que quedan englobados en esta clasificación. La novela como género tiende a expandir el tiempo y espacio narrativos porque es propio de su naturaleza discursiva. La novela breve, por el contrario, procura concentrar el cronotopo, sin perder la esencia novelesca. Es lo que hace Poloni en este relato.

El tiempo de su lectura es rápido, pues el narrador logra atrapar o capturar al lector con una historia de amor entre un joven irlandés llamado William Nolan y una joven porteña de nombre Margarita. El viejo tópico del amor vuelve a rearticularse en esta novela. No es un tema que pierda vigencia, pues forma parte de la naturaleza humana desde que la literatura lo convirtió en una forma discursiva en la homérica Ilíada que provocó la guerra de Troya. El amor es un motivo recurrente en la literatura que se va modelizando en el tiempo. Ester Poloni a partir de la historia de amor de William y Margarita construye un relato que no defraudará al lector.

La trama del relato abarca desde el momento en que William Nolan decide quedarse en Valparaíso prendado de Margarita, que pronto se convertirá en su esposa. De este modo, entonces, la historia urdida por Poloni gira en torno a esta familia asentada en el cerro La Cruz, y mediante ella se nos va mostrando el devenir del tiempo histórico del país y del afamado puerto –Yo no he sabido nunca de su historia…-. En este sentido, la escritora recrea con gran viveza el espacio en que se sitúa el relato. Los personajes están muy bien diseñados haciéndolos creíbles y auténticos en su actuar narrativo. Aparte de la pareja protagonista -que en el despliegue de la historia iniciada en la década del 40 del siglo pasado irán envejeciendo y teniendo diversos avatares como la vida misma-, la figura de otro irlandés porteño, Fergus, y su mujer Elena, dan un complemento existencial en el acontecer. El final de Fergus es trágico. Ester Poloni narra con desenvoltura, en otras palabras, maneja con propiedad la retórica literaria al incursionar en la novela breve. La programación del relato en segmentos escriturarios es un acierto puesto que estos son como los pivotes en que se concentran los hitos narrativos. Estos, a su vez, conducen al lector hacia un desenlace inesperado que revela el sentido del título de la novela donde también está presente el tema de la migración, aunque en forma tangencial.

En síntesis, una obra absolutamente recomendable donde el imaginario de Valparaíso está presente con la fantasmal imagen del Titanic.

Ester Poloni: El día que el Titanic llegó a Valparaíso.
Valparaíso: Imprenta Eligraf, 2025, 126 pág.

El día que el Titanic llegó a Valparaíso
El día que el Titanic llegó a Valparaíso