Por Pilar González Langlois
Al leer el libro El rojo caballo de la juventud del poeta y periodista, Rodolfo de los Reyes Recabarren, me he encontrado con diversas voces en un mismo autor, lo que nos da cuenta que estamos en presencia de un poeta que lleva años descifrando en su interior para encontrar su poética, la que es diversa y múltiple en todas sus formas. Más que un nuevo poemario, el libro puede leerse como una suerte de antología personal, donde el autor reúne poemas escritos en distintos momentos de su trayectoria literaria, configurando una autobiografía poética en la que convergen la memoria, la ciudad, el patrimonio inmaterial histórico, la bohemia, el amor, la espiritualidad y el desarraigo.
Con prólogo del poeta Bernardo González Koppman y epílogo de la poeta Alejandra Moya Díaz, la obra despliega un amplio universo donde el Curicó de su juventud y adolescencia se convierte en el gran eje articulador. Es el Curicó de los bares antiguos, el cerro Condell, la Alameda, de comerciantes, mendigos, artistas y personajes anónimos que conforman el verdadero patrimonio inmaterial de la ciudad. Hay un rescate de aquello que el tiempo y la modernidad han ido relegando al olvido, pero que en sus versos se retoma con fuerza, estando más vigente que nunca.
Desde esa evocación del territorio, el poeta construye una ruta que recorre Curicó, Santiago y localidades del Maule como Licantén que están en la ruta de los poetas del Mataquito.
Uno de los mayores aciertos del libro es la amplitud de sus registros. Conviven con naturalidad la evocación histórica, la reflexión política, el erotismo, la espiritualidad y la contemplación existencial. El mismo poeta que invoca a Dios dialoga con las cantineras y los parroquianos. Recordando la represión de los años de dictadura, también celebra el deseo, el vino y la noche. Lejos de constituir una contradicción, esa convivencia entre lo sagrado y lo profano revela una concepción profundamente humana del poeta que ciertamente nos cautiva en sus letras y que, como la buena poesía, debe llamar al entusiasmo.
La bohemia ocupa un lugar central en esta obra, bares, cantinas, músicos, pintores, prostitutas, travestis y viejos parroquianos forman parte de una humanidad que el poeta rescata con afecto y dignidad. Son personajes que aquí adquieren una dimensión simbólica, convirtiéndose en custodios de una memoria colectiva.
La ciudad aparece como un espacio habido y recordado, pero también como una metáfora de la identidad. Pasajes de imágenes en Santiago durante los años de dictadura y posteriores años de universidad, encuentran su contrapunto en el regreso constante al Curicó de los años noventa. Allí se atraviesa con la bohemia provinciana no como protagonista, sino como observador de una constante fantasía, propia de una personalidad ingenua que se resiste a quedar inmóvil de lo que le impresiona y da curiosidad.
Todo aquello, permanece intacto y es sacudido por la historia en un espacio que hoy se comparte en la memoria colectiva.
El libro también incorpora hitos generacionales que marcaron a quienes crecimos en los años ochenta. El paso del cometa Halley, la música de Virus, las caminatas nocturnas, las referencias al pintor Mario González Sepúlveda y a otros creadores del Maule transforman la experiencia personal en un relato compartido por toda una generación. Del mismo modo, el homenaje al músico Edgardo Tapia y el diálogo final con Pablo de Rokha revelan la voluntad de inscribir esta obra dentro de una tradición cultural y poética que trasciende la experiencia individual.
En varios momentos, la escritura de Rodolfo de los Reyes Recabarren, se entrega a la poesía lárica chilena, sin embargo, su regreso al lugar de origen no responde únicamente a la nostalgia. Curicó es, sobre todo, un espacio desde o el cual el poeta intenta comprender el tiempo, la pérdida y la permanencia y la memoria no inmoviliza; por el contrario, permite reconstruir identidad.
El poema final, dedicado a Pablo de Rokha, ofrece una síntesis del espíritu que, en el fondo, es lo que atraviesa toda la obra. La desaparición del ramal ferroviario del Mataquito, la aldea que persiste únicamente en el recuerdo y la evocación del mundo campesino constituyen una elegía por un país que cambia sin detenerse a mirar aquello que deja atrás. En ese gesto, el libro alcanza una dimensión universal: la memoria de un territorio termina convirtiéndose en la memoria de todos.
El rojo caballo de la juventud confirma a Rodolfo de los Reyes Recabarren como un poeta en el que su escritura transforma la experiencia personal en patrimonio cultural, demostrando que la poesía puede preservar aquello que el tiempo insiste en borrar. Esta obra es un acto de resistencia afectiva al patrimonio del Maule y una celebración de esas vidas, lugares y voces que siguen habitando en quienes somos parte de ese paisaje que viene desde los álgidos y lúgubres años 80 hasta el silencio de estos días en que los ríos, los cerros y la agricultura que persiste en los márgenes de Curicó, aún dan vida.
Rodolfo de los Reyes Recabarren: El rojo caballo de la juventud
Ed. La victoria de las letras, 2026, 74 pp., Curicó, Chile







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