Por Eduardo Valenzuela Abarca

La brisa fresca del atardecer le sorprendió en esa esquina. Ya estaba avanzado el otoño. Como despertando de un sueño, se dio cuenta que había llegado a ese lugar sin saber muy bien cómo. Caminó por un tiempo indefinido, pudieron ser algunas horas o días o años, eso no era importante ahora.

Las siluetas de los árboles añosos con sus ramas desnudas extendidas al cielo le parecieron brazos de mendigos a la orilla del camino, silenciosos, como esperando algo en medio de la luz crepuscular del atardecer.

Uno que otro transeúnte se perdía a lo lejos, presuroso, buscando tal vez el calor de un hogar al que llegar. Le parecía extraño encontrarse ahí, en ese paradero de autobús, sin saber exactamente hacia donde se dirigía. Por un momento sonrió. Había estado demasiado ensimismado en sus pensamientos y tal vez se distrajo. Unas pocas letras borrosas indicaban el recorrido que correspondía a ese punto. En algunos minutos llegaría el autobús y él ascendería, sin recordar del todo hacia donde se dirigía.

Subió el cuello del abrigo y metió las manos en los bolsillos. Sentía frío. Algunas hojas jugueteando en el suelo, animadas por la brisa, le recordaron niños corriendo alegremente en tiempos muy antiguos.

Ese no era el otoño en su barrio. Un fugaz instante su rostro se reflejó en parte de la estructura vidriada del paradero. La imagen le hizo sentir aún más frío. Deseó por un momento que el vehículo de transporte público ya estuviera ahí para poder subir y sentarse junto a otros, escapando de esa súbita sensación de soledad que le invadió. Supo que ya no volvería más a ese otoño, ni a su barrio, ni al calor de un hogar que se insinuaba en recuerdos que habían caído del árbol en este momento de su vida.

Las luces todavía algo lejanas del autobús anunciaban su llegada. Por una fracción de segundo sintió la tentación de seguir caminando, buscando tal vez en otras calles y paraderos una vía de regreso. Se contuvo. Era inútil. Las risas y juegos del niño que fue y de los que acompañaron su vida por algunos años, en el que fue su barrio, ya habían caído como hojas del otoño.

El autobús se detuvo y abrió sus puertas. Caminó unos pocos pasos y subió.

Los árboles con sus ramas desnudas, cual mendigos a la orilla del camino levantando sus brazos al cielo, quedaron atrás.

Eduardo Valenzuela Abarca

Eduardo Valenzuela Abarca. Santiago de Chile, 1955.Estudió Medicina en la Universidad de Chile (1974-1980). Estudios de Post Grado en el Hospital Universitario de Getafe (Madrid, España) en la especialidad de Geriatría.

Segundo Premio del Concurso Literario organizado por la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional -ALCIN- por su trabajo sobre el tema “El otoño en mi barrio” (1966)