Por Eddie Morales Piña
La lectura de este libro del poeta Rodrigo Verdugo (Santiago, 1977) ha sido una verdadera sorpresa no sólo por su notable discursividad lírica, sino también por el despliegue de una forma de tematizar que deja al lector/a sumamente inmerso en las palabras que conforman el universo poético. No siempre es fácil descubrir lo que está detrás del lenguaje poético. La retórica de este prototipo escriturario significa dejarse llevar por el entramado lingüístico. La poesía lírica es una especial forma con que el sistema, norma y habla de una determinada lengua son puestos en una nueva manera de expresión lingüística. La poesía lírica -y uso a propósito la frase- es una creación peculiar de un sujeto hablante que es la trasmutación de la voz autorial, en este caso, el poeta Rodrigo Verdugo. El concepto poesía en su más prístino étimo proviene del vocablo poiesis -de la antigüedad griega- y en su significación originaria significa creación. Toda la literatura, en consecuencia, es poesía, solo que se modula de diversas maneras. La poiesis lírica en todo caso es donde el verbo, la palabra, alcanza resonancias especiales dado que implica poner el lenguaje de una forma diferente -incluso en la denominada antipoesía.
La poética de Rodrigo Verdugo mediante una discursividad casi coloquial nos sumerge en un mundo donde afloran diversos modus vivendi. En cierto modo, la poesía lírica de este poeta es existencialista -aunque toda poesía lírica lo es-, pero estamos pensando en una aprehensión de la realidad humana en los márgenes del existencialismo como actitud filosófica. En la contraportada de esta obra se nos indica que es el “último surrealista chileno”. Interesante esta denominación, por cuanto el surrealismo histórico dentro de las diversas vanguardias nos llevó a una percepción de la realidad y del propio ser que se alejaba de lo inmediato donde el sueño y la ensoñación pasaban a formar parte de la otra realidad.
Herencia del insomne está conformada por cuatro instancias que tienen que ver con el sustantivo que da inicio al título y que lleva el complemento del nombre del insomne. En otras palabras, el sujeto hablante o el hablante lírico está caracterizado como una voz que se desplaza a través de la textualidad como quien padece de un trastorno del sueño. El sujeto textual se autocalifica como aquel que no duerme ni puede conciliar el sueño. De tal manera que lo que leemos es de cierta forma lo producido en el tiempo del insomnio. Las imágenes de la vigilia donde se van plasmando las formas del ser y de la existencia. Todo esto, sin duda, dentro del juego poético lírico que nos propone el creador poético Rodrigo Verdugo. Entramos entonces como receptores de la discursividad en una poética surrealista que aquel nos ofrece como herencia. La palabra denota al sujeto que deja a sus herederos un conjunto de bienes.
La herencia del poeta Verdugo es la transmisión de un bien intangible; la voz poética traducida o puesta en acto en el mester poético es la herencia del insomne. La portada de la obra como paratexto de alguna manera posee un carácter significativo, ya que esa especie de castillo o fortaleza derruido pareciera indicarnos que el insomne está tras las murallas en medio de los roqueríos. El color gris de la imagen nos lleva a la textualidad interior, a los poemas, que son el trasunto de un sujeto hablante que va plasmando distintas instancias de la existencia. Sin embargo, sobre ese castillo de la portada recae otro color. Como la luz del sol que viene a iluminar al insomne. La dicotomía luz y sombra -el claroscuro del Barroco- nos lleva como lectores en un ejercicio hermenéutico de que este hablante que está detrás de los versos se debate en el ser o no ser hamletiano. Por otra parte, en esta interpretación exegética y asociándola con el castillo, los cuatro segmentos de quien hereda resultan ser los espacios o las moradas del castillo interior a que aludía Santa Teresa de Avila, sólo que aquí estamos en presencia de un transitar posmoderno de la existencia hacia la búsqueda de una verdad o las verdades de la intrahistoria del sujeto que se revela en la textualidad.
Como hemos afirmado, la obra entrega a través de 209 poemas la herencia del insomne. Lo ponemos en minúsculas, pues nos referimos al sujeto de la enunciación -cómo se dice o expresa el locutor- que es, a su vez, el sujeto del enunciado -lo que se cuenta-. La herencia primera es la más extensa. El lector se enfrenta a una suerte de historial de un enunciante vulnerable que va repasando vivencias donde la humanidad se muestra en un abanico con diversas modulaciones expresivas. En este sentido, los poemas líricos -algunos breves, como aikus : “El árbol/ camina // sobre tus lágrimas”– van plasmando la imagen de un sujeto desolado que busca una forma de redención: “Mezclo/ vino con té/ y hablo latín/ entre lobos marinos. // Mi futuro/ rebota/ en cada/ hoja y ola”. El hablante lírico va adoptando diversas voces, pero es el mismo sujeto que se revela muchas veces en la indefensión o viviendo a la deriva donde afloran los pensamientos del insomne.
En síntesis, este libro de Rodrigo Verdugo lo posiciona como uno de los imprescindibles poetas de las últimas generaciones de la lírica chilena contemporánea. Un texto sobresaliente y absolutamente recomendable.
Rodrigo Verdugo: Herencia del insomne.
Santiago: Editorial Perras Palabras. 2025. 163 pág.






Agudo análisis.