de Juan Mihovilovich
Por Antonio Lagosi
“Crecía, pero mi crecimiento no dependía de mí, como si fuera un planta cualquiera colocada en un macetero o a la intemperie…(…) sencillamente me desprendía de mí mismo hacia arriba en busca de algo superior…”
(“La oscuridad y el rey imaginario”, p.51)
Crecimiento y búsqueda, quizás, sea este el único camino que hemos de recorrer, desde el nacimiento hasta la muerte, como haría cualquier ser vivo que se precie de tal. Todo lo demás pareciera no ser sino encierro, dolor y aire inflando el estómago.
Imaginaciones muy bien imaginadas son este conjunto de síntomas, que nutre cada una de las páginas de este libro, en donde, como en todas las cosas que mastica el hombre, detenido siempre al borde del abismo, solo el amor y la ternura, podrán, finalmente, traernos esperanza como forma de bendición y salvación.
Apenas entrando, recién, en las páginas de este nuevo libro, que para bien de nosotros, nos entrega nuestro querido Juan Mihovilovich, puedo refrendar con toda alucinación que, una sola de estas caprichosas ensoñaciones sujeta en nuestra mente, podría llegar a enunciar toda nuestra existencia, o bien resumirla en una de estas líneas dolorosas y bellamente escritas.
Afincados en esta búsqueda que nos atrapa, recorremos cada palabra puesta en el texto, para desglosarla con los ojos, como si cada una de ellas estuviera puesta en la mirada del hombre, en el hombre como especie humana; como una manera de reunirnos a todos en un sola idea. Así trasunta la vida, pasajera de un aparatoso ir y venir, un ir y venir de oscuros síntomas y sensaciones acopiadas,tal vez para especular sobre la vida y la muerte, con la misma mirada de antes, fijada ahora sobre las vigas de uno de los cuartos de donde cuelgan nuestros deseos, celebrando ese cielo descubierto tras el último respiro, imaginando que la esperada muerte puede disiparse como por arte de magia, volviéndose para otros, casi en el acto, la resurrección de sus días.
No hay misterio que develar, si concebimos la vida y la muerte como un espacio de igual magintud, desprejuiciado y sin dramas, por el bien de todos.
Y por eso mismo, como lector insomne, estiro la mirada desde una perspectiva fantasmal, para no perderme de vista a mí mismo, retornando una y otra vez sobre la página anterior, que me habla del colibrí; de los barrotes; de los colchones; de los muebles desvencijados. Selvas amazónicas atrapando la niñez, alucinando con el día, como buen lector comprometido con la noche, que nutre las historias de nombres y figuras que tantas veces hemos estrechado, naciendo una suave niebla a la venida del sol.
Cada Síndrome que respira en este libro, es sin duda una ojeada en el espejo, instalados nosotros frente a él, pero muy lejos del mundo que una vez imaginamos. Si apenas, haciendo lo correcto, formando parte del perfecto andamiaje de los días, saliendo a la calle para hacer lo preciso, una suerte de articulos de primera necesidad, definidos mucho antes que nosotros nos llenásemos de estos postreros años.
Un mundo para engullírselo desde la primera hora de la mañaña, hartándonos hasta el vómito dejado en la sombría agudez de ese bello paisaje que hemos imaginado.
Me llama la voz interior del engranaje que operamos; agotados de tanto andar sobre el mismo ruedo, sin descanso, lleno de angustia, fanfarroneando alguna vez mejores días. Extraña perspectiva que nos ofrece la muerte, por supuesto, según sea el escenario que se levante, puesto que como sabrán, la muerte no pesa lo mismo colgando de la viga, que colgando de nuestras manos ensangrentadas, sobre todo cuando no somos capaces de controlar los deseos, mucho menos la culpa, cautivos de un cuasidelito suplicando frente al juez.
Es nuestro autor, el que va metido en nosotros cantando sus remansos y dolores, poblado de calidad y belleza en sus imágenes, observándonos desde un rincón de la vida, un rincón claro y cabal, mirando cada uno de nuestros movimientos, como si cada unos de estos fueran misterios que resolver, consumido por nuevas tribulaciones: atrapado y perdido en sí mismo, con la diferencia, que, esta vez no podrá volver la vida atrás, ni por un solo minuto, como solemos hacer en nuestras mejores pesadillas.
A decir verdad, en la apreciación del libro y en primera instancia, pensé caminar sus páginas yendo ordenadamente de cuento en cuento, acompañándonos todos en el disfrute de este, envueltos por una muchedumbre suplicando de puerta a puerta o de alma en alma, muertos de la risa o vivos del llanto, como diría más de algún astuto por ahí. Pero, no pude, porque me asoló un mundo de representaciones apareciendo y desapareciendo en mitad de la calle. Un mundo palpitando a toda velocidad, para después desaparecer de un sola pincelada ern medio de ese mismo mundo, como si en realidad todas las historias que Juan Mihovilovich nos cuenta, se hubiesen reunido en una sola excusa para enfrentar un mundo en plena existencia y lucidez, desafiando con su desnudez, la magnificencia o pequeñez de ese otro mundo que arrasatramos, apenas murmurando.
Debe ser por ese raro movimiento interior que nos llama a cada instante, que nos llena de satisfacción y que, en simultáneo, también va llenando de asombro o terror a todo aquel que observa la imagen u oye las palabras que rezan nuestro pensamiento, apenas, abrimos los ojos, hablándonos de lo que nos aguarda allá afuera, rellenándose de sus profundidades; de sus emociones y de los deseos que acarrea su interminable búsqueda, colmada de pura belleza en sus palabras.
“Sin embargo un raro movimiento interior la altura del pecho lo había sobresaltado. Fue una sensación indescriptible, tenue y persistente que parecía tocarle el corazón”. (De “Un raro movimiento interior”, p. 45).
Tal como se devela en una de sus últimas imágenes, o la última imagen de este cuento, “De vez en cuando se ve flotando entre los árboles como si fuera un gorrión que va y viene a su nido”. (De “Un raro movimiento interior”, p.47).
Desvaríos
Esta es la culpa que jamás nos deja a solas, ni por un solo instante. Deber ser por eso que vivimos huyendo, refugiados, cada uno, en la propia soledad.
Síndromes que no devienen por cualquier circunstancia o por la mera acumulación de divagaciones perniciosas, porque en este caso hablamos de perfectas y sutiles enajenaciones dispuestas por la necesidad que tenemos por ser parte de algo, parados frente al quehacer de este “perro mundo” (p. 23), que no escatima en adjetivos que laceren nuestra existencia; para que así más tarde, podamos culpar al mundo de todas nuestras desgracias; para ponerle nota a cada suceso, concursando siempre en acuerdo con nuestros propios pecados o intereses que, según los últimos reportes también son lo mismo.
Vislumbramos una conjunción de palabras, salvaguardando un laberinto de pura alucinación, es decir, de pura claridad, de pura ganancia de luz para nosotros, presos de las conjeturas que necesitamos para entender cada alerta de la vida.
Una alucinación como para permanecer oculto tras el desaguisado; para actuar sobre seguro; como para rasgar vestiduras a la primera, si fuera necesario, sabiendo a ciencia cierta que nadie podría correr el velo de la temporalidad que se aloja en nuestro mundo interior. Debe ser por eso que, en apariencia, por supuesto, negamos la comprensión sobre el otro, hablando desde un estrado o desde un púlpito de lo terrible que es el aire que se respira allá afuera, pero sin poder entender mucho de todo esto todavía, como ese “Philips Jean” del cuento (p. 49), amparado, por suerte, en el amor, echándole para delante, sin dudar, qué importa después de todo este nuevo mundo, balbuceando unas primeras palabras en castellano, escasamente haciéndose entender por ese resto de mundo que murmura un “Cristo” a escondidas, como si fuera pecado.
Concluimos, timidamente entonces, por ese temor que tenemos de quedar en ridículo por no dar en el clavo que, por lo que se ve a simple vista, la verdadera realidad de nuestra condena es que esta no comulga con la muerte terrible, sino que, más bien “come del mismo plato” de la mano de este aire de tan bellos sufrimientos.
Debe ser por ello que, añoramos los sueños de la infancia, caminando de la mano del padre con rumbo del kiosco de diarios y revistas, a comprar las historietas, que aunque no lo crean, ahora, recién, en la hora de la vejez amarga, hemos comenzado a entender.
Hay oscuridad en mis fantasias, desde luego, ¿qué otra cosa se podría encontrar en ellas, escondido tras una exploración predecible? puesto que, yazgo mirando al cielo pero, lejos de su armonía, lo sé. Mirando con los ojos erguidos sobre la viga que sostiene la cuerda que soporta el cuerpo balanceándose, en el aire.
Ocultamos la mirada. Silbamos, como cualquier individuo común y corriente, sin atender la necesidad del otro. ¿Para qué?, me pregunto, quizás, para derribar todo lo que nos embarga, me respondo. Quizás, para volver sobre lo mismo cada día, sobre lo sutil, que a veces puede ser sinónimo de lo terrible, de realidad y locura.
El único problema que tenemos en realidad, es la mentira. Ese es el gran problema que nos aqueja. La mentira, echada a paletadas sobre la tumba de la verdad, verdad que todavía muerta, aterra. La mentira enarbolada como puntal del mundo.
Este es el problema que envuelve el murmullo en medio del tumulto. Una enfermedad que aprisiona las voces que sangran con cada paso, que sangran dentro de nosotros, adentro de nuestro interior vivo: “Todo aquí es húmedo: las paredes, los armarios desvencijados” (“Los números no cuentan”, p.65).
O bien, para volver sobre el amigo que una vez dejamos en la soledad, encantándose con el sentido de la vida o de la muerte, que, como ya dijimos, a estas alturas ya es lo mismo, habiendo hecho el camino al cementerio, en la adultez, tantas veces como lo hicimos sobre la plaza del pueblo, en los días de la infancia.
Al leer este nuevo libro de Juan Mihovilovich, se me ocurre decir que, impreso en sus hojas he ido encontrando de todo, como si de pronto se hubiese surtido un mercado de angustia, verdades y deseos en el aire. Las experiencias vividas, finalmente, han sido liberadas por el miedo.
La oscuridad ha llenado los cuartos de la casa de tantos cuentos, como puertas tiene la provincia. Y la plaza de gritos, y vendedores a la siga de una muchedumbre, haciendo fila frente a la iglesia solo por ver si agarramos un resto de algo, no importa, sea lo que sea.
Como dijimos, al concluir solo el amor y la ternura nos podrán salvar, con un “Philips Jean” enamorado y con la ternura plena, dibujada en la mirada de Richi, puesto en un bello cuento que nos llena de provincia; de una provincia nuestra, tal como aquella esquina, esa conversación y saludo, con la mano levantada, al pasar, aferrándonos a un mundo de pura resistencia y existencia todavía.
Síndromes alucinantes es cierto, como un montón de mundos naciendo por todas partes del mundo.
Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes
Simplemente Editores, 104 pp. 2026
[i] Antonio Lagos (Linares, 1962), poeta y cuentista. Premiado en diversos certámenes literarios de poesía y cuento de nivel local y nacional; ha publicado ocho libros.






Agudo análisis.