Por Iván Quezada

El deseo es sinónimo de insatisfacción. En el plano erótico, nos frustramos justo cuando creíamos alcanzar la meta. La carne, particularmente al quedar ahíta en el orgasmo, se nos revela como una estación de paso en un viaje cuyo final quizás no exista, o sea tan banal como morirse y desaparecer en la nada. Sin embargo, tal vez como consuelo, el erotismo se experimenta como una realidad absoluta, por un instante la percepción se libera de las ataduras de la retórica y la racionalización tan comunes en la poesía reciente.

En su libro ZEDLAV (Laborde Editor, 2020), Orlando Valdez se esmera en capturar dicho instante, más que con palabras, con sílabas. Casi es una poesía «concreta», como los ruidos caóticos de una ciudad. Pero el «casi» es clave, porque en efecto se desparraman por la mesa innumerables sentidos, significados y sensaciones que el lector puede atribuir a la sexualidad, al coito, valiéndose de su propia experiencia.
Por sobre romper con las reglas de la semántica, el autor transgrede la sintaxis en la construcción de sus frases y/o versos. Se repiten palabras, a veces anota algunas fuera de contexto, las rimas incluso pueden ser cacofónicas. Todo lo cual cobra sentido en la dimensión de la sensualidad, casi como «balbuceos» (¿se acuerdan de que Armando Uribe decía que la poesía es un balbuceo?), en ocasiones de placer y en otras de tristeza y pérdida.

Conviene poner la mente en blanco al leer este libro, pero… ¿es posible algo así? No existe una fórmula para conseguir semejante hallazgo. Se puede lograr escuchando profundamente el silencio, hasta cohibir los pensamientos, o en medio de una bulliciosa multitud. En este caso, con poemas de versos breves en su mayoría (según los clásicos, corresponden a la categoría de «poesía menor», en el sentido de que un poema con un menor número de sílabas por línea es más emotivo que intelectual), que uno va leyendo a los saltos, como si fuera una carrera con vallas en una pista de rekortan. La velocidad importa, pero también las pausas en que se puede infiltrar el inconsciente.

En este punto, ¿cómo no aludir a las influencias? Dos son las principales, a mi juicio: el Neruda de los VEINTE POEMAS o el de LAS PENAS Y LAS FURIAS, y en general el Dadaísmo de principios del siglo XX. Desde luego, como se espera en los continuadores de una tradición, Valdez trata de ir un poco más allá en sus descripciones físicas, en relación a Neruda, sin ser completamente explicito. Y asimismo se tienta con hacer dibujos con sus poemas, escribiendo algunas palabras verticalmente y amontonando versos con el fin de causar una impresión plástica.

Su gran instrumento es la elipsis: entre un verso y otro a veces transcurre menos de un segundo y en otras, años o un cúmulo de sensaciones que van desde la satisfacción, la euforia, a la ausencia, la nostalgia y el celibato. Claramente este libro no es una bitácora de la autodestrucción, ni una expresión de culpa ante la pérdida de una mujer «ideal» en el período de la vida con la libido más alta (como da la sensación en los poemas de VENUS EN EL PUDRIDERO, de Eduardo Anguita).

Es otra cosa más íntima, un gesto de supervivencia, de continuar viviendo el día a día, aunque no por conformismo o aburguesamiento. Quizás en la pasión sí existe un equilibrio o al menos permite dar un testimonio in situ, en la permanencia, nunca a posteriori, porque quien intenta domesticar a la pasión termina muerto en vida. Por último, Valdez convierte su caos experimental en cartas a una mujer imaginaria, que arroja al aire en un planeta sin gravedad.