Por Antonio Rojas Gómez

Cuando termine la lectura de esta novela, el lector no podrá dejar de preguntarse, ¿entonces, es perfectamente legal cometer un crimen para eliminar a un malvado que le ha estropeado la vida a una persona que no ha tenido culpa alguna?

Porque eso es, visto a grandes rasgos, lo que le ocurre a Ema, la protagonista.

Pero sucede que la propia Ema no comulga con esa idea, y lo pasa mal, muy mal, huyendo para que no la sorprenda la policía, después de apuñalar a su marido. Comienza por escapar de Santiago, a un pueblo rural del sur, donde pasaba sus vacaciones de niña en el fundo de su abuela. Pero ahí no encuentra la tranquilidad. Presiente que alguien la puede reconocer y denunciar. Se oculta en la casa semi derruida de un trabajador de su abuela, ya fallecido, donde no encuentra la comodidad ni el lugar adecuado para refugiarse.

Y debe escapar, verdaderamente, del jefe del supermercado en que ingresa a trabajar, porque de algo tiene que vivir. El jefe del supermercado la busca no porque piense que es una asesina y la quiera denunciar a la policía, sino porque es una mujer atractiva. Pero a Ema no le interesa; acaba de liberarse de su marido y lo que menos desea es hacerse de otro amo machista y despiadado.

La única imagen que vislumbra como posibilidad de solución a su angustiosa soledad, es la de un muchacho con el que tuvo un intento de pololeo en uno de sus veranos adolescentes, el que continúa viviendo en el pueblo, al que ve, la reconoce y con quien tiene un encuentro. ¿Pero cómo decirle “me vine a esconder al pueblo porque maté a mi marido”?

No resulta fácil, ¿verdad?

Pues, la vida de Ema no es nada de fácil. Y habría resultado imposible si no hubiera conocido a una trabajadora del supermercado y a un perro callejero, que la van acompañando y aliviándole la vida. La mujer, destrozada por el hombre que se convirtió en su marido, halla refugio en otra mujer, casi una madre, y un perro. Y eso está tan bien retratado en las páginas de la novela, que es uno de sus puntos altos. Otro, es el sufrimiento constante de Ema en su doble papel de víctima y victimaria. ¿Cuál de esas dos condiciones le causa mayor dolor? ¿Cuál le impide realmente integrarse y hallar una ubicación en la sociedad, acorde con quien ella es, con la preparación que tiene, con sus expectativas? ¿Qué angustias aniquilan a las personas y las destrozan? ¿Las que ellas mismas buscan o esas otras que las asaltan por sorpresa y las conducen a asumir actitudes impensadas, que en el fondo de su ser repudian? ¿Cómo es de fuerte repudiarse a sí mismo?

Todas esas interrogaciones las va asumiendo Ema a lo largo de los múltiples episodios que enfrenta en su fuga constante, con el temor vivo de que la policía la reconozca y la detenga al doblar una esquina. ¿Pero de qué o de quién escapa Ema en realidad? ¿No será de ella misma, que sabe a cabalidad lo que hizo, que debió lavar sus manos ensangrentadas por las heridas que infringió a su marido?

La vida de Ema no termina con el apuñalamiento de su esposo, con el que se inicia la novela. Tiene mucho más que mostrar, mucho que enseñarnos a quienes nos asomamos a estas doscientas y tantas páginas que van trazando la imagen de una persona vibrante, esforzada y capaz, capturada por la desventura en una sociedad indiferente y cruel. Y encontramos un tercer punto alto al acercarnos a la forma en que se redondea la historia, con un desenlace sorprendente del que no recibimos antecedentes hasta el momento en que llega. La vida de Ema valía la pena de ser vivida, intensamente y hasta el final, como ocurre en este libro, que figura entre los mejores que he leído en el siglo XXI.

María Eugenia Lorenzini: El crimen de Ema
Editorial Forja, 232 páginas.

El crimen de Ema
El crimen de Ema