Por Omar López, Puente Alto, marzo de 2026

Los domingos, siempre abiertos a horarios distintos de sus hermanos semanales y por lo mismo, con un mapa más reposado de gestos, rutinas o conversaciones suele envolvernos a los fieles vagabundos de ferias libres y de la subzona de cachureos duros, en un ámbito de ocasionales sorpresas e intraducibles encantos. Debe ser porque en esos espacios, en esas calles o pasajes habita una comunidad tan expresiva como fugaz. Se escucha y se ve de todo en medio de canturreos, tallas, garabatos, imprecaciones o risas a corazón abierto.

El domingo 8 de marzo recién pasado y luego de un par de horas en otra feria, iba caminando con mi bicicleta de tantos años y tantos kilómetros de vida por unos de estos corredores de ambulantes o “coleros” cuando en medio de una cincuentena o más de libros extendidos sobre los típicos paños que ellos ocupan para exponer su mercadería, veo mi libro (Malas costumbres); mi primer y modesto libro de poesía, autoeditado o perpetrado por mi cuenta y riesgo… para eventuales o incautos lectores. Fue publicado en octubre de 1990 con un tiraje de trescientos ejemplares y tiene toditos los defectos y los vicios de un completo principiante. Por eso, lo quiero.

Lo asombroso ocurrió en el instante en que le digo a la jovencita vendedora (de no más de doce años) que yo soy el autor del librito: ella lo toma y va a mostrarlo unos metros más allá a un señor de contextura gruesa y yo diría, cincuentón. Este caballero me observa y dialoga con la niña. Luego ella se acerca diciéndome: – Mi papá me dice que nos dé un autógrafo!! Ahí, mi sonrisa ocultó mi emoción y mi emoción la expresé con una dedicatoria a esa familia que dentro de su modestia y de su realidad, me otorgaron sin pretenderlo, el Premio Nacional de la Poesía Secreta. Al despedirme de ellos, le consulté a la niña si le gustaba leer y me dijo que sí, mucho, y siempre estaba en eso porque los sacaba a escondidas de su hermano, dueño él, de este negocio. Como ese día yo portaba cuatro libros para regalar a otro viejito que no encontré ese día, se los obsequié a ella y su rostro se iluminó con esa pureza de ser nuevo y ansioso de crecer.

Esta anécdota me invita a reflexionar en torno no solo a lo que escribimos o publicamos: existe un más allá del hecho que pasa por las zonas del azar o del misterio. Sabemos que la poesía o los libros de este género literario no vende; se lee poco; no se entiende o navega en las aguas muchas veces turbias de improvisadas editoriales que más bien estimulan sus finanzas y el siempre listo ego del autobombo. Y de ahí, no pasa. Sin embargo, en nuestro país uno levanta una piedra y aparece un poeta… y qué bueno que sea así también. El libro personaje de este diario tiene casi 36 años de vida y lo vi ese domingo, casi impecable en su portada y en sus páginas. ¿Por dónde anduvo? ¿Quién lo hizo dormir en un estante o lo leyó buscando…qué? ¿Cómo fue a parar ahí? Preguntas que no tendrán respuestas y es mejor que sea así, porque es parte de su destino o sus enigmas.

Ocurre algo parecido con los cientos de libros que he comprado en el mundo de los coleros de incontables ferias libres y cuando los recibo sucios, manchados o rotos los someto a una etapa de limpieza y recuperación. Es un gesto mínimo y acorde a la dignidad de sus autores y de sus contenidos porque todo objeto libresco es fruto de muchas manos y de muchos ojos antes de “ver la luz”. Por ejemplo, hace un par de años encontré un libro de Lenka Franulić (Editorial Ercilla; 1951) titulado CIEN AUTORES CONTEMPORÁNEOS; tapa dura, 995 páginas. Una joyita, un mundo biográfico de novelistas, poetas e intelectuales que esta dama señalada como la primera mujer periodista en nuestro Chile, describe con la frescura de su talento y la profundidad de sus comentarios. Ojo, el interesante volumen cumplirá este 2026, setenta y cinco años, misma edad que espero celebrar en el mes de abril. Por supuesto, lo tengo forrado con plástico transparente y yo creo estar forrado en optimismo.

Un libro de poesía es un pájaro en tierra y debe aprender a volar entre manos y ojos desconocidos que vieron en él cierta palabra, cierto verso, un susurro, un abrazo verbal que los instó a abrir sus alas y sentir en ese vuelo, algo parecido a sus propios latidos. Un libro de poesía igual de anónimo y solitario a pesar de fijar el nombre de su autor debe saber defender su dignidad con recursos propios e intransferibles y estar dispuesto a quedar atrapado en un baúl, en una caja de zapatos o en un viejo ropero pero seguir volando con esas alas de papel y de simple humanidad, resistiendo las canas del polvo acumulado y la humedad del tiempo que sabe corroer esperanzas y sueños, pero no poemas.

Después de todo, ahí reside su fortaleza.